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Greg Egan (Perth, 1961) es un autor de CF
australiano de producción abundante y relativamente reciente, del cual
ya conocemos varias obras suyas en español, particularmente las Novelas
Cuarentena (1992), Ciudad Permutación (1994) y El
Instante Aleph (1995) y la más reciente
Schild’s Ladder
(2002) además de las aun no comentadas Diáspora (1997) y
Teranesia (1999) y otros relatos, tanto en el formato de cuento como
en el de novela corta, Oceánico (1998) es uno de estos.
La edición que he tenido oportunidad de leer e intitulada Oceánico,
contiene tres novelas cortas: Oceánico, que da nombre al libro,
Oráculo (2000) y Singleton (2002) en las cuales Egan pone
de manifiesto sus particulares inquietudes intelectuales así como
personajes bastante singulares.
Así, tenemos en Oceánico una civilización post-humana o
sencillamente descendiente de la humana, naturalmente adaptada a habitar
en un mundo en el que la población se halla dispersa entre tierra firme
(firmelandeses) y el mar (librelandeses) siendo en cada caso el
particular nicho adaptativo en el que cada cultura se halla la fuente de
toda una serie de normas de conducta, las cuales se circunscriben o
basan en su particular cosmogonía, en la que a la intervención de la
divina chispa para crear a la vida humana, se suma la figura de una
particularmente notable Beatriz, quien, según dice la leyenda, fue capaz
de convencer a los ángeles mismos de abandonar su estado celestial e
inmortal y descender a Promisión, el nombre del planeta donde viven
ahora y rediseñar a la especie humana, dándole características
diferentes y es a partir de eso que Martín, el personaje, digamos,
principal de la narración, elabora sus particulares interpretaciones en
las que intenta conciliar la ciencia positiva con la experiencia mística
que pasara al principio de la historia. Resulta interesante el contraste
casi permanente entre las vivencias “íntimas” del personaje y su visión
particular a la luz de su experiencia mística. Que se establece un poco
en la dicotomía sujeto-objeto. Y en como esa dicotomía afecta sus
relaciones con todos los demás personajes de su entorno, desde la
relación con sus padres, hasta su particular opinión sobre las personas
del género opuesto, en especial, la piadosa Agnes, quien se casaría con
su hermano mayor, Daniel.
Todo esto no pasaría de ser una anotación al margen dentro de una
biografía en un país extraño de no ser por la particular biología de los
habitantes de Promisión, que, en la guisa de la obra de Octavia Butler,
Xenogénesis, la evolución se realiza por adquisición y
colaboración, no por competencia, así, la sexualidad no se vuelve un
asunto de posesión ni de géneros definidos, sino de conexiones o
“puentes” y tal como se puede ver en la ceremonia del matrimonio de
Agnes y Daniel (¿Quién de vosotros ha traído el puente?) tal referencia
no es simbólica ni por asomo, el puente mencionado no es sino el falo,
que tras el coito se desplaza del penetrador al penetrado, permitiendo a
ambos lados de la relación el conocimiento de ambas manifestaciones
sexuales y de la capacidad reproductiva (al respecto, en su novela
Schild’s Ladder había ya
tratado el tema, en base a cuerpos prostéticos en los que los órganos
reproductivos crecían siempre y cuando la voluntad de los sujetos
consintiera en ello, siendo los roles sexuales asignados completamente
consensuados.
El cuento, además, está narrado con un estilo punzante, en el que,
además de manifestar con claridad el dilema de Daniel —que se resuelve
de algún modo en su adultez, y cuyo relieve le da el punto final a la
trama— no da pausa al lector, a pesar de la lentitud que quizás pudiere
representar tanto espacio para la reflexión.
El segundo cuento, Oráculo, es una especulación que combina
crónica histórica (teniendo como protagonistas, sin mencionarlos, a dos
ilustres intelectuales ingleses) con la hipótesis de los múltiples
mundos de Everett, quizás en otra rama, donde un ligero suceso no
ocurrió o dejó de ocurrir, un matemático es rescatado de una humillante
prisión en la que es puesto por saber demasiado por una mujer que guarda
más de un secreto, y con más de una intención, aunque todo pasa por la
primera y esencial de todas las intenciones sospechosas (“cambiar al
mundo, desde luego”) que, pese a todo, logra su cometido de crear
novedades sin precedente y aproximándose a la Inteligencia Artificial,
lo cual lleva a otro colega inteligente y profundamente creyente a
aparecer y exigir una clarificación a sus afirmaciones, lo cual
desencadena un debate en el que ambos tendrán que poner su punto sobre
la i para convencer a la gente, lo que se hará cada vez más complicado
para el segundo ante una emergencia personal. La historia está basada,
aunque en retrospectiva, en las vidas de Alan Turing y C.S. Lewis,
reflejando bien los particulares miedos y manías de cada uno y aquí
tenemos otra vez la dicotomía creer-saber, en este, caso, el piadoso
Lewis es conducido a un sanatorio, donde el contacto con lo familiar, en
esencial con su madre, es cortado abruptamente por la muerte de esta y
su caída final, en la cúspide de sus capacidades termina de hacerlo
colapsar y descender en una espiral que finalmente conseguirá que este
se rinda, no sin antes pensar en un proyecto. Una base de datos
universales, o multiversales donde el conocimiento de este universo y de
los múltiples que rodean al nuestro pueda ser accedido y usado para
responder preguntas sobre nosotros mismos en todos los tiempos.
El tercero, Singleton, trata acerca de las desventuras de una
joven pareja, sus aventuras científicas por diversas partes del mundo,
iniciada, como suele ser en las narraciones de Egan, con una casualidad.
Un joven ordinario salva de ser masacrado a un ayudante de cocina, que,
tras perder una apuesta iba a creerle mejor. La historia sigue entonces
a partir de esa casualidad, a la que se suma la investigación científica
de Europa, un hijo que vino y se fue y una computadora cuántica aislada
del exterior son todo lo que permaneció de él, más aun cuando en un
tiempo como el especificado en las escritos originales hasta cuando Rey
caiga. Y luego… el nacimiento de su hijo, hija en realidad de la
profesión y la mecánica cuántica, en la que se trata de comprobar
realmente una Inteligencia Artificial basada en una Matriz de una
Computadora cuántica (y eso, que el supuesto base para ello era que la
mente humana no tiene un sustrato cuántico) Y que dará como resultado un
ser singular que crecerá y pasará más de una desagradable experiencia
frente a seres humanos de la peor clase.
En términos generales, la prosa de Egan es fluida e intensa, a pesar de
que a veces, puede sentirse que uno está siendo desgarrado con un
bisturí, planteando situaciones límite o llevando ejemplos comunes a
conclusiones y situaciones absurdas pero convincentes, introduciendo
—muy notoriamente en esta colección— detalles de la vida cotidiana
urbana, por lo general en tonalidades grises y vagas, en las que los
personajes, ejércitos de un solo hombre en pos de una misión
ineluctable, se manifiestan con una claridad atronadora.
Para concluir, vale la pena destacar el trabajo de ediciones Cuasar, que
ha logrado una colección muy bien cuidada y en la que tres cuentos de un
nivel muy parejo se concitan, esperando que futuras colecciones tengan
un tino tan bueno o superior a este, ya que historias como las de Egan,
que es un especialista en removerle el piso a la realidad cotidiana,
merecen ser leídas. Así que si pueden, adquiéranlo, vale la pena cada
página.
© Isaac Robles; 27-11-06.
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