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A Carl Sagan lo
conocemos por diversas facetas, experto radioastrónomo, polemista
incisivo, impulsor del Proyecto SETI dedicado a la búsqueda de
inteligencias extraterrestres, investigador insigne, ambientalista que
alerta sobre los riesgos del “cambio climático” y el “efecto
invernadero”, novelista y ensayista, miembro del equipo de la NASA,
titular de la cátedra de
astronomía y
ciencias del espacio de la
Universidad de Cornell y como uno de los más famosos divulgadores del
conocimiento atesorado por la Ciencia y la Tecnología (serie de TV
Cosmos y más de 200 trabajos catalogados), tareas que comparte con un
conjunto de reconocidos científicos y escritores: Isaac Asimov, Arthur
C. Clarke, Rudy Rucker, los hermanos Boris y Arkady Strugatski, Fred y
Geoffrey Hoyle, Kim Stanley Robinson, Robert Forward, etc., quienes a
través de sus textos de CF van cimentando conciencia sobre los problemas
que tendremos que enfrentar en este milenio proceloso y angustiante que
moramos.
Es cierto, Sagan es mejor científico que literato, y las críticas no
trataron blandamente a su única obra de CF, pero no puedo negar que
posee encanto y engancha, quizás por la filosofía implícita, por las
consideraciones éticas y hasta teológicas que surcan sus párrafos, y por
que su mensaje deviene eficaz. Pero sobre todo por que el personaje
protagónico dibujado por el autor, doblemente marginada por ser mujer y
además científica, se nos torna cercano por sus anhelos y debilidades.
La novela, que encabezó la lista de los best sellers del The New York
Times durante seis meses en 1985, se presenta como un tríptico donde
repite el esquema de investigación científica:
"El Mensaje" equivalente a la idea motora, impulsora, narra como
se aproxima a la formación científica la protagonista, y sus primeros
contactos con el misterio del universo, que llega desde las rutilantes
estrellas, potente y entrecortado, ya que desde el firmamento presiona
contra nuestras mentes y corazones cual si quisiera dotarnos de sentido,
encantando el intelecto y emocionándonos con parpadeos que insinúan
mensajes y nos incitan a ensoñar.
Observándolas titilar, Ellie, la heroína a los 10 años, tendida sobre el
césped decide cual será el curso de su existencia: consagrarse a su
exploración lejana y sumergirse en esa atracción del vértigo infinito
que brota de la bóveda estelar. La llamada se concreta con un empujón
final proporcionado por la rigidez de comportamiento de su padrastro y
el desprecio con que juzga y evalúa su inclinación y cariño por la
física y la electrónica. Ella sintetiza una de las creencias del autor:
El cosmos es todo lo que es, todo lo que fue y todo lo que será.
Nuestras más ligeras contemplaciones del cosmos nos hacen estremecer:
Sentimos como un cosquilleo nos llena los nervios, una voz muda, una
ligera sensación como de un recuerdo lejano o como si cayéramos desde
gran altura. Sabemos que nos aproximamos al más grande de los misterios
(Cosmos, introducción). Quizás esa sensación sea la que impulsa no sólo
sus convicciones y realizaciones, sino la de much@s lector@s de CF.
"La Máquina", o la parte aplicativa, que aborda las explicaciones
del conjunto de las dificultades a superar para la construcción de un
artilugio que nos comunique con los remitentes del mensaje, gracias a
las instrucciones dilucidadas para su diseño y montaje que llegan a
través de ARGOS (un programa similar a SETI) desde la estrella Vega
hasta el gran radiotelescopio de Arecibo.
El proceso de arquitectura y edificación del artefacto le permite
afrontar la compleja gama de problemas del mundo académico y real, desde
los subsidios estatales, las maniobras diplomáticas y la forma como los
medios masivos de información asumen el tema del contacto hasta las
sectas religiosas (sugiere que la inserción de los fundamentalistas
religiosos y los predicadores evangélicos en la sociedad USA era más
fuerte de lo que parecía, como en efecto demostraron las victorias
republicanas de los Bush posteriormente) y las correlaciones de fuerzas
entre las grandes potencias y la paranoia gubernamental generada por la
necesaria coordinación; eso si, sin apartarse ni por un breve instante
de su rol de difusor del pensamiento y realización científicos. Páginas
enteras estarán dedicadas con exacto didactismo a ilustrarnos sobre el
funcionamiento de los radiotelescopios, los quasares, las estrellas de
neutrones y otros fenómenos siderales, quizás demasiado explícitamente,
lo que contribuye a lastrarla con una cierta pesadez.
Muy situada en su época, alude permanentemente a los esquemas de fuerza
políticos, tecnológicos y económicos de ese momento, destacamos, por
ejemplo, que tanto la construcción de la máquina como el encuentro con
los ET se llevan a cabo en Japón, que antes del colapso de la burbuja
financiera acaecido a finales de los 80, por impulso cultural (aunque el
gobierno despilfarró, las familias no sólo mantuvieron sino que
incrementaron la tasa de ahorro interno) y por presiones de sus
competidores (sobre todo USA) para que disminuyera el ritmo de sus
exportaciones, se observaba como el país que representaba el futuro que
de manera obligada tendría que atravesar la humanidad.
"La Galaxia", o la retroalimentación tras el proceso para
inspirarse hacia nuevas cotas de conocimiento, que describe el encuentro
entre terrícolas y extraterrestres, y mediante el rigor científico y la
verosimilitud, gráfica ese probable tinkuy con los alienígenas. La
fascinación que sobre su imaginación provoca tal evento no lo obnubila:
los medios que utiliza para establecer la relación se efectúan con
instrumentos y técnicas que actualmente poseemos y que podemos llegar a
alcanzar, crear o transformar con relativamente poco esfuerzo si nos
abocamos a ello, ese optimismo se suma a otra característica que da
valor agregado al texto, la plétora de información y su manejo combinado
a las preocupaciones humanistas.
Esta reseña quiere recordar su trascendencia aprovechando su fecha de
nacimiento y muerte (09 de noviembre – 20 diciembre) y recomendar la
lectura de sus numerosos libros, en especial “Miles
de millones”. Culmino señalando que su impronta romántica y
exaltada queda al desnudo, cuando va trazando a través de sus obras,
textos e imágenes la ruta de una manera de pensar peculiar (la
científica) y de un amor interminable (por el universo, la materia y
todo lo demás), cuya fusión, paradójicamente, sin perder un ápice de
pasión es lo suficientemente distante para no aferrarse a los errores,
por eso para un científico es más fácil aceptar que estaba equivocado, a
fin de cuentas es materia cósmica altamente organizada que se contempla
a si misma y puede retroalimentarse para rediseñarse, lo cual queda de
manifiesto cuando él mismo señala, parafraseando a Keats (poeta
romántico inglés del siglo XIX, también utilizado como emblema por Dan
Simmons en su tetralogía Hyperion – Endimión), que:
“los científicos
están consagrados a perseguir el sonido de una melodía aún no
escuchada”.
© Luís Bolaños; 24-09-06.
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