
Sutilmente y profundamente, las
actividades de la vida han afectado el ambiente de nuestro planeta.
Nuestra atmósfera está compuesta de 20 % de oxígeno y 80 % de nitrógeno.
El oxígeno se produce casi completamente por la fotosíntesis de las
plantas verdes. Semejantemente, la más reciente evidencia sugiere que el
nitrógeno es casi completamente un producto de la actividad biológica de
microorganismos de la tierra que convierten nitratos y amoníaco en el
gas N2 —el nitrógeno molecular. No sólo están los principales
constituyentes de nuestra atmósfera estrechamente controlados por las
actividades biológicas, sino que los constituyentes menores también lo
están. En una magnitud significativa, el anhídrido carbónico es también
controlado por el ciclo de fotosíntesis/respiración. Asimismo un
constituyente menor de la atmósfera terrestre como el metano, CH4,
es de origen biológico.
De hecho, vida en la Tierra, invisible a la fotografía, podría ser
perceptible con un telescopio pequeño y un espectrómetro infrarrojo si
es observada desde Marte. Los marcianos, podrían observar fácilmente, a
una longitud de onda de 3.33 micras (µm) en el infrarrojo, una fuerte señal
de absorción que el análisis revelaría es debida a una parte por millón
de metano en la atmósfera terrestre. No seria difícil deducir que el
metano (CH4) probablemente es de origen biológico. El metano es químicamente
inestable en un exceso de oxígeno. Se oxida rápidamente a anhídrido
carbónico:
CH4 + 2O2
= CO2 + 2H2O
La cantidad de metano que puede estar en
equilibrio con el gran exceso de oxígeno de nuestra atmósfera
es menos de 1/1000000000 (1*10-9) de la cantidad realmente
observada. ¿Cómo puede ocurrir esto? El metano debe producirse así a una
alta velocidad para que el oxígeno no pueda reducir rápidamente su
abundancia a la cantidad de equilibrio. Podría ser que que haya
yacimientos gigantes de metano proveniente de antiguos campos de
petróleo en la Tierra. Pero debido a la gran cantidad requerida, ésta es
una hipótesis muy improbable. Y de hecho nuestros hipotéticos marcianos
podrían suponer que la mayoría del metano se produce
por un proceso biológico.
Y éste es de hecho el caso. Se ha debatido en la literatura ecológica
sobre las dos posibles fuentes de metano. Una fuente es la bacteria del
metano que vive en las agua estancadas y pantanos —de allí el término
"gas de pantano" para referirse al metano. El otro hábitat principal de
la bacteria del metano está en la panza de los ungulados. Hay una
escuela ecológica por lo menos que sostiene que la mayor parte del
metano se produce de la última fuente. Esto significa que esa
flatulencia bovina —las actividades intestinales íntimas de vacas,
renos, elefantes, y alces— es perceptible a distancias interplanetarias,
mientras el volumen de las actividades de la humanidad es invisible.
Nosotros ordinariamente no consideraríamos la flatulencia del ganado
como una manifestación dominante de vida en la Tierra, pero allí está.
Inadvertidamente, sin el esfuerzo consciente de la humanidad, la vida en
la Tierra ha modificado el ambiente a una gran escala. A través del
efecto de la presión atmosférica y la composición atmosférica, se crea un
lazo de realimentacion por el cual el propio clima puede ser controlado
en cierto grado por las reacciones de intercambio de gas en que
participan las formas de vida terrestres. En cierto modo, la vida en la
Tierra ha terraformado la Tierra. Ella ha hecho en gran medida que la
Tierra sea como es.
¿Es posible que en algún momento en el futuro nosotros pudiéramos ser
semejantemente capaces de terraformar otros planetas, convertir Marte o
Venus, hoy inhóspito al Hombre, en un ambiente clemente y habitable?
Este cambio, si es posible, sólo debe hacerse después del examen más
cuidadoso y responsable de las consecuencias. Nosotros querríamos
entender completamente el ambiente actual del planeta antes de
alterarlo. Debemos garantizar escrupulosamente que cualquier
organismo indígena en el planeta no sería eliminado por el terraformado.
Por ejemplo, si Marte tiene una población de organismos indígenas que se
extinguirían por el terraformado, nosotros nunca deberíamos realizarlo.
Pero si el planeta es inanimado, o si los organismos sobreviven bien
bajo nuestras condiciones, podría ser razonable considerar en un futuro
una alteración del ambiente planetario.
Nuestras motivaciones para la re-ingeniería planetaria deben estar
claras. Ésta no es una solución al problema de la superpoblación. Varios
cientos de miles de personas nacen todos los días. No hay ninguna
perspectiva razonable en el futuro inmediato de que podamos transportar
centenares de miles de personas a otros planetas cada día. En toda la
historia de la humanidad solo se ha podido enviar a una docena de
personas a otro cuerpo celestial. No es probable ver en el futuro
inmediato una industria minera floreciente en que las menas que se extraen
de otro planeta se envíen a la Tierra: El flete sería prohibitivo.
Pese a ello el espíritu humano es expansivo; el impulso para colonizar
los nuevos ambientes yacen profundamente en nosotros. Pero esas
actividades pueden realizarse sin un imperialismo cósmico, sin el tipo
de arrogancia que caracterizó la colonización europea del Nuevo Mundo, o
la invasión de tierras indias durante la colonización del oeste
norteamericano. La colonización interplanetaria puede ser consistente
con las metas y aspiraciones más altas de la humanidad.
¿Cómo lo haríamos? En el caso de Venus, como vimos en el Capítulo 12,
hay una atmósfera aplastante, compuesta mayormente de anhídrido
carbónico, y una temperatura en la superficie de 480 °C. parecería
ser de hecho una tarea formidable convertir ese ambiente en uno en que
los hombres puedan vivir y trabajar sin una enorme ayuda tecnológica.
Pero hay una posibilidad simple para re-diseñar Venus y que sea un lugar
como la Tierra, una posibilidad que yo sugerí con alguna cautela en
1961. El método asume que la alta temperatura de la superficie se
produce por un efecto de invernadero que involucra el anhídrido
carbónico y agua, una conjetura que es ahora mucho más creíble que
entonces. La idea simplemente es sembrar las nubes de Venus con una
variedad robusta de algas —un género llamado Nostocacae (Cylindospermopsis)
fue sugerido— qué realizaría la fotosíntesis en la vecindad de las
nubes. Convertirían el anhídrido carbónico y agua en compuestos
orgánicos, mayormente hidratos de carbono, y oxígeno. Las algas, sin
embargo, serian transportadas por la circulación atmosférica a los
niveles más profundos y más calientes de la atmósfera de Venus dónde se freirían. Al freírse una alga suelta compuestos de carbono simples,
carbono, y agua en la atmósfera. El contenido de agua de la atmósfera
permanece fijo, y el resultado neto es la conversión de anhídrido
carbónico en carbono y oxígeno.
El efecto de invernadero presente en Venus es grande debido al anhídrido
carbónico y al agua. La presión total en Venus es aproximadamente
noventa veces la que existe en la superficie de Tierra. La atmósfera de
Venus está principalmente compuesta de anhídrido carbónico. Cuando el
anhídrido carbónico es convertido en carbono (sólido) y oxígeno, y el
oxígeno se combina químicamente con la corteza de Venus, la presión
total caería, disminuyendo la absorción infrarroja de la atmósfera, ello
reduce el efecto de invernadero, y baja la temperatura.
Por consiguiente, es posible que la inyección de algas apropiadamente
cultivadas en las nubes de Venus, algas capaces de reproducirse allí más
rápido que lo que ellas son fritas, podría en el tiempo transformar el
ambiente sumamente hostil de Venus en uno mucho más agradable para los
seres humanos.
La cantidad de vapor de agua en la atmósfera de Venus, si es condensada
en la superficie del planeta, originaria una capa de agua de 31 cm de
alto —no un océano, pero lo suficiente para irrigar y mantener otras
necesidades humanas. También es posible que el agua este disponible en
las piedras de la superficie planetaria.
Nadie puede estimar si éste es un escenario muy probable, o cuánto
tiempo tomaría para terraformar el segundo planeta del Sol. Es
absolutamente posible que exista alguna falla en la idea. Por ejemplo,
que la alta temperatura en la superficie pueda no ser debida a un efecto de
invernadero, pero yo pienso que esto es improbable.
En cualquier caso, pienso que terraformar Venus no es imposible. El
esquema de las algas Nostocacae es un ejemplo de cómo la ciencia y
tecnología humana pueden, en periodos realmente cortos comparados al
tiempo geológico, modificar el ambiente de otro planeta.
Para Marte, cuando vimos en el Capítulo 18, hay evidencia que en tiempos
comparativamente recientes las condiciones en ese planeta era muy
parecidas a la tierra actual. Mencionamos la probabilidad de que existan
cantidades enormes de anhídrido carbónico y agua atrapadas en las
regiones polares marcianas, entrampados como el permafrost y
químicamente enlazados al material superficial del planeta. Mucho de
este CO2 y H2O puede soltarse dos veces de los casquetes polares a la
atmósfera en cada ciclo precesional de cincuenta mil años. Los doctores
Joseph Burns y Martin Harwit de la Universidad de Cornell han
considerado una variedad de esquemas tecnológicos para inducir a
condiciones más clementes en Marte en ciento de años en vez de miles de
años. Estos esquemas involucran la alteración de las órbitas de los
satélites marcianos o de un asteroide cercano para cambiar el movimiento
de precesión del planeta, o la instalación de un enorme espejo orbital
por encima del casquete polar para fundir allí el material helado. Aun
más fácil, sin embargo, podría ser salpicar el negro de humo encima de
los casquetes, se calientan los polos, aumenta la presión atmosférica, y
calienta el planeta.
De nuevo, nosotros no sabemos si estas ideas funcionaran, pero ellas no
parecen sumamente imprácticos. Quizá en una escala de cientos de años
nosotros tendremos la capacidad de convertir a Marte en un planeta mas
parecido a la Tierra.
La Luna y los asteroides son mucho menos hospitalarios que Marte y
Venus. Ellos son mucho menos capaces de retener una atmósfera y los
esquemas de terraformación que hemos estado discutiendo les son
inaplicables. Pero incluso en los mundos sin aire, el establecimiento de
colonias humanas en sus superficies o incluso —en el caso de asteroides
pequeños— en sus interiores son un posible proyecto futuro para la
humanidad. Las colonias estarían mucho más apiñadas que aquéllas
establecidas en un Marte o Venus terraformado, y requerirían una mayor
atención por lo escaso de los recursos disponibles.
Estas colonias sólo serían sustentables si los recursos naturales
significativos —particularmente agua helada o químicamente retenida—
estén disponibles. En el caso de la superficie lunar, las muestras
traídas por las misiones Apolo no mostraron en absoluto la presencia de
agua. Pero es completamente posible que yacimientos grandes de agua
existan en el frío de las regiones sombreadas cerca a los polos lunares
o en las profundidades bajo la superficie lunar.
No es improbable que en una escala de tiempo de unos siglos existan
extensas colonias humanas a lo largo de la parte interna del Sistema
Solar y en algunos de los satélites mayores de los planetas Jovianos. La
perspectiva es clara; las tareas de ingeniería son inmensas y la
necesidad de retener el respeto ecológico para otros ambientes es
imperativa. El peligro de la contaminación biológica hacia y desde
nosotros debe siempre ser examinada escrupulosamente.
Puede incluso llegar el día en que nosotros alcancemos el manejo del
Sistema Solar. Desde el mirador de nuestra propia época se verá como el
momento en que nosotros dejamos la cuna de nuestras especies y
empezamos, lenta y cuidadosamente a explorar y transformar el espacio
que nos rodea.
© Carl Sagan, 1973
Tomado de "The Cosmic Connection"
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