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Para entender en su
integridad la belleza y la perfección universales de las obras de Dios,
hemos de reconocer un cierto progreso perpetuo y muy libre de todo el
universo [...]. Siempre hay en el abismo de las cosas partes soñolientas
aún por despertar...
Gottfried Wilhelm Leibniz,
De Rerum Originatione
(Sobre el origen último de las cosas), 1667
La sociedad nunca avanza. Retrocede en un sitio con la misma rapidez con
que se adelanta en otro. Sufre cambios continuos; es bárbara,
civilizada, cristiana, rica, científica; pero...
por cualquier cosa que se recibe, algo se paga.
Ralph Waldo Emerson,
«Self-Realiance»,
en Essays: Firt Series, 1841
El siglo XX será recordado por tres grandes innovaciones: medios sin
precedentes para salvar, prolongar y mejorar la vida, medios sin
precedentes para destruirla (hasta el punto de poner por vez primera en
peligro nuestra civilización global) y conocimientos sin precedentes
sobre nuestra propia naturaleza y la del universo. Las tres evoluciones
han sido fruto de la ciencia y la tecnología, una espada de dos filos
bien cortantes. Las tres tienen raíces en el pasado remoto.
SALVAMENTO, PROLONGACIÓN Y
MEJORÍA DE LA VIDA HUMANA
Hasta hace unos 10.000 años, con la invención de la agricultura y la
domesticación de animales, la alimentación humana se hallaba limitada a
frutas y verduras proporcionadas por el medio natural y a la caza. La
escasez de víveres producidos de manera espontánea hacía que la Tierra
sólo pudiese mantener a unos 10 millones de personas. Hacia el final del
siglo XX, en cambio, habrá 6.000 millones de seres humanos. Eso
significa que el 99,9 % de nosotros debe la vida a la tecnología
agrícola y a la ciencia subyacente —genética y comportamiento vegetal y
animal, fertilizantes químicos, pesticidas, conservantes, arados,
cosechadoras y otras herramientas agrícolas, regadíos— y a la
refrigeración en camiones, vagones ferroviarios, almacenes y hogares.
Muchos de los avances más asombrosos de la tecnología agrícola
—incluyendo la llamada «revolución verde»— son obra del siglo XX.
Gracias a la higiene urbana y rural, la potabilización del agua y otras
medidas de sanidad pública, la aceptación de la teoría de los gérmenes,
los antibióticos y otros productos farmacéuticos, la genética y la
biología molecular, la ciencia médica ha mejorado enormemente el
bienestar de las personas en el mundo entero, sobre todo en los países
desarrollados. La viruela ha sido erradicada del planeta, las áreas
donde medra el paludismo disminuyen año a año, y casi han desaparecido
enfermedades que recuerdo de mi niñez, como la tos ferina, la
escarlatina o la poliomielitis.
Entre las invenciones más importantes del siglo XX figuran métodos
relativamente baratos para el control de la natalidad, que por vez
primera permiten a las mujeres controlar de manera segura su destino
reproductivo y actúan en favor de la emancipación de la mitad de la
especie humana, posibilitando grandes reducciones en muchos países
peligrosamente superpoblados sin reprimir la actividad sexual. También
es cierto que los productos químicos y las radiaciones surgidos de
nuestra tecnología han suscitado nuevas enfermedades y están implicados
en el cáncer. La proliferación a escala global de los cigarrillos
determina, según estimaciones, tres millones de muertes anuales (todas,
desde luego, evitables). La Organización Mundial de la Salud ha
calculado que para el año 2010 serán 10 millones.
La tecnología nos ha dado, sin embargo, mucho más de lo que nos ha
quitado. El signo más claro es que la esperanza de vida en Estados
Unidos y en Europa occidental era en 1901 de unos 45 años, mientras que
ahora se acerca a 80 (un poco más para las mujeres, un poco menos para
los hombres). La esperanza de vida es quizás el índice más significativo
de la calidad de vida: si uno está muerto, no es probable que lo pase
bien. Dicho esto, son todavía miles de millones los que no tienen
suficiente ni para comer, y 40.000 los niños que cada día mueren sin
necesidad en el mundo.
A través de la radio, la televisión, el tocadiscos, el magnetófono, el
disco compacto, el teléfono, el fax y las redes informáticas de datos,
la tecnología ha transformado profundamente el rostro de la cultura
popular. Ha hecho posible los pros y los contras del espectáculo global,
de las empresas multinacionales no sometidas a ningún país concreto, de
los grupos de afinidad transnacionales y el acceso directo a las
opiniones políticas y religiosas de otras culturas. Como vimos en la muy
atenuada rebelión de la plaza de Tiananmen y en la de la «casa blanca»
de Moscú, el fax, el teléfono y las redes informáticas pueden ser
potentes instrumentos de conmoción política.
La introducción en la década de los cuarenta de los libros de bolsillo
en el mercado de masas llevó la literatura mundial y el saber de los más
grandes pensadores hasta las vidas de la gente corriente, y aunque ahora
esté subiendo el precio de los libros de bolsillo, todavía existen
gangas como los clási¬os (a dólar el volumen) de Dover Books. Estas
iniciativas, junto con el progreso de la alfabetización, son los aliados
de la democracia jeffersoniana. Por otro lado, lo que a finales del
siglo XX pasa por alfabetización en Estados Unidos es un conocimiento
muy rudimentario de la lengua inglesa. La televisión en particular
tiende a desviar a las masas de la lectura. El afán de lucro ha rebajado
la programación por debajo del mínimo común denominador, en vez de
superarse para enseñar e inspirar. Desde los clips a las gomas, los
secadores de pelo, los bolígrafos, los ordenadores, los magnetófonos,
las fotocopiadoras, las batidoras eléctricas, los hornos de microondas,
las aspiradoras, los lavavajillas, las lavadoras y secadoras, la
difusión del alumbrado interior y urbano, los coches, la aviación, las
herramientas, las centrales hidroeléctricas, las cadenas de montaje y
los enormes equipos de construcción, la tecnología de nuestro siglo ha
eliminado tareas fatigosas, creando más tiempo de ocio y mejorado la
vida de muchos. Ha acabado, además, con muchos de los hábitos y
convenciones predominantes en 1901.
El empleo de una tecnología potencialmente salvadora de vidas difiere de
una nación a otra. Estados Unidos, por ejemplo, tiene la tasa más alta
de mortalidad infantil de todas las naciones industrializadas. Hay más
jóvenes negros en las prisiones que en las universidades, y el
porcentaje de ciudadanos encarcelados es mayor que en cualquier otro
país industrial. Comparados con estudiantes de la misma edad de otras
naciones, los estadounidenses arrojan resultados deficientes en los
exámenes normalizados de ciencias y matemáticas. A lo largo de la última
década y media ha aumentado rápidamente la disparidad en los ingresos
reales de ricos y pobres, así como el declive de la clase media. Estados
Unidos es el último de los países industrializados en cuanto a la
fracción de la renta nacional que destina cada año a la ayuda exterior.
La industria de alta tecnología huye de las costas norteamericanas.
Tras situarse a la cabeza del mundo en casi todos los aspectos hacia
mediados de siglo, en la actualidad hay algunos signos de declive. Cabe
señalar la cualidad del liderato, pero también una disminución en la
inclinación de sus ciudadanos por el pensamiento crítico y la acción
política.
TECNOLOGÍA TOTALITARIA Y
MILITAR
Las formas de hacer la guerra, de exterminar en masa, de aniquilar
pueblos enteros, han alcanzado durante el siglo XX niveles sin
precedentes. En 1901 no existían aviones o cohetes militares, y la
artillería más potente sólo era capaz de lanzar una granada a unos
cuantos kilómetros de distancia y matar a un puñado de personas. Hacia
el segundo tercio del siglo XX eran unas 70.000 las armas nucleares
acumuladas. Muchas estaban montadas en cohetes estratégicos para su
lanzamiento desde silos o submarinos, podían llegar virtualmente a
cualquier parte del mundo y cada una de sus cabezas atómicas bastaba
para destruir una gran ciudad. Estados Unidos y la ex Unión Soviética se
disponen ahora a emprender considerables reducciones de armamento, tanto
de ojivas nucleares como de lanzadoras, pero en un futuro previsible aún
estaremos en condiciones de aniquilar la civilización global. Por
añadidura, hay por todo el mundo y en muchas manos armas químicas y
biológicas pavorosas.
En un siglo que hierve de fanatismo, intransigencia ideológica y líderes
enloquecidos, esta acumulación inaudita de armas letales no es un buen
presagio para el futuro humano. A lo largo del siglo XX han muerto en
guerras y por órdenes directas de dirigentes nacionales más de 150
millones de personas.
Nuestra tecnología se ha vuelto tan poderosa que voluntaria o
involuntariamente somos ya capaces de alterar el medio ambiente a gran
escala y amenazar muchas especies de la Tierra, incluida la nuestra. La
cruda realidad es que estamos haciendo un experimento sin precedentes
sobre el medio ambiente global y que, en general, confiamos contra toda
esperanza en que los problemas se resolverán por sí mismos. La única
nota optimista es el Protocolo de Montreal y los acuerdos anexos,
gracias a los cuales las naciones industriales del mundo aceptaron
acabar de forma paulatina con la producción de CFC y otros productos
químicos que agreden la capa de ozono. Sin embargo, en la reducción de
las emisiones de dióxido de carbono, en la resolución del problema de
los desechos químicos y radiactivos y en otras áreas, el progreso ha
sido funestamente lento.
En cada continente han abundado las venganzas etnocéntricas y xenófobas.
Ha habido intentos sistemáticos de aniquilar grupos étnicos completos,
sobre todo en la Alemania nazi, pero también en Ruanda, en la ex
Yugoslavia y en otros lugares.
Ha habido tendencias semejantes a lo largo de la historia humana, pero
sólo en el siglo XX la tecnología ha conseguido llevar a la práctica la
muerte a tal escala. Los bombarderos estratégicos, los cohetes y la
artillería de largo alcance poseen la «ventaja» de que los combatientes
no tienen que enfrentarse cara a cara con el horror que han perpetrado,
lo que les ahorra los remordimientos de conciencia. A finales del siglo
XX el presupuesto militar global se acerca al billón de dólares al año.
Pensemos cuánto bien podría hacer a la humanidad siquiera una fracción
de esa suma.
El siglo XX se ha caracterizado por el derrocamiento de monarquías e
imperios y por el auge de democracias al menos nominales, así como
muchas dictaduras ideológicas y militares. Los nazis poseían una lista
de grupos aborrecibles a los que comenzaron a exterminar
sistemáticamente: judíos, homosexuales de ambos sexos, socialistas y
comunistas, minusválidos y personas de origen africano (apenas presentes
en Alemania). Dentro del régimen nazi, militantemente «pro vida», las
mujeres se hallaban relegadas al Kinder, Küche, Kircher
(los niños, la cocina y la iglesia)*. Cuan ultrajado se sentiría un buen
nazi en una sociedad norteamericana, predominante en el planeta más que
la de cualquier otro país, donde judíos, homosexuales, minusválidos y
personas de origen africano gozan por ley de plenos derechos, los
socialistas son al menos tolerados y las mujeres ingresan en el mundo
laboral en número hasta ahora desconocido. Ahora bien, sólo el 11 % de
los miembros de la Cámara de Representantes estadounidense son mujeres,
en lugar de algo más del 50 %, como debería ser de practicarse la
representación proporcional (la cifra correspondiente en Japón es del 2
%). Thomas Jefferson enseñó que una democracia resultaba imposible sin
un pueblo instruido. Por estricta que pueda ser la protección que le
brinde la Constitución o la jurisprudencia, pensaba Jefferson, los
poderosos, los ricos y los carentes de escrúpulos siempre sentirán la
tentación de socavar el ideal de un gobierno por y para el ciudadano
corriente. El antídoto es el apoyo vigoroso a la expresión de opiniones
impopulares, una alfabetización amplia, los debates en profundidad, la
familiaridad con el pensamiento crítico y el escepticismo ante las
declaraciones de quienes ejerzan la autoridad, condiciones todas que
también resultan fundamentales en el método científico.
LAS REVELACIONES DE LA
CIENCIA
Cada rama de la ciencia ha logrado avances asombrosos durante el siglo
XX. Los fundamentos mismos de la física experimentaron la revolución de
las teorías especial y general de la relatividad y de la mecánica
cuántica. En este siglo se desentrañó por primera vez la naturaleza de
los átomos, con protones y neutrones en un núcleo central y rodeado de
una nube de electrones; se vislumbraron los elementos integrantes de
protones y neutrones, los quarks; y gracias a los aceleradores de alta
energía y los rayos cósmicos, apareció la multitud de partículas
elementales exóticas de vida corta. La fisión y la fusión han hecho
posible las armas nucleares, las centrales atómicas de fisión (un logro
no exento de riesgos) y la perspectiva de centrales nucleares de fusión.
La comprensión de la decadencia radiactiva ha permitido conocer de modo
definitivo la edad de la Tierra (unos 4.600 millones de años) y el
momento del origen de la vida en nuestro planeta (hace aproximadamente
4.000 millones de años).
En geofísica, se descubrió la tectónica de placas (una serie de correas
transmisoras bajo la superficie de la Tierra que portan los continentes
desde su nacimiento hasta su muerte, a razón de unos dos centímetros y
medio cada año). La tectónica de placas es esencial para entender la
naturaleza y la historia de las masas terrestres y la topografía de los
fondos marinos. Ha surgido un nuevo campo de la geología planetaria
donde cabe comparar las masas terrestres y el interior de la Tierra con
los de otros planetas y sus satélites. La química de los minerales en
otros mundos —determinada a distancia o bien a partir de muestras
traídas por naves espaciales o de meteoritos ahora reconocidos como
procedentes de otros planetas— puede ser cotejada con la de las rocas
terrestres. La sismología ha sondeado la estructura del interior
profundo de la Tierra y descubierto bajo la corteza un manto semilíquido
y un núcleo de hierro líquido en la periferia y sólido en el centro,
cuyo estudio es vital para conocer los procesos que condujeron a la
formación del planeta.
Algunas extinciones masivas de la vida pasada son ahora atribuidas a
inmensas emanaciones del manto que llegaron a la superficie generando
mares de lava donde antaño hubo tierra firme. Otras se debieron al
impacto de cometas o asteroides próximos a la Tierra que incendiaron los
cielos y transformaron el clima. En el siglo XXI deberíamos al menos
hacer un inventario de cometas y asteroides para saber si alguno lleva
inscrito nuestro nombre.
Un motivo de satisfacción científica en el siglo XX es el descubrimiento
de la naturaleza y la función del ADN (ácido desoxirribonucleico), la
molécula clave responsable de la herencia en los seres humanos y en la
mayor parte de plantas y animales. Hemos aprendido a leer el código
genético y, en un número creciente de seres vivos, trazado todos los
genes y determinado de qué funciones orgánicas se encarga la mayoría.
Los especialistas en genética han trazado el mapa del genoma humano,
hazaña de enorme potencial tanto para el bien como para el mal. El
aspecto más significativo de la historia del ADN es el hecho de que
ahora se consideren perfectamente comprensibles, en términos
fisicoquímicos, los procesos fundamentales de la vida. No parece que
haya implicados una fuerza vital, un espíritu, un alma. Lo mismo ocurre
en neurofisiología: todavía de modo impreciso, la mente parece ser la
expresión de los 100 billones de conexiones neuronales del cerebro, más
unos cuantos elementos químicos simples.
La biología molecular nos permite ahora comparar dos especies
cualesquiera, gen por gen, molécula por molécula, para descubrir su
grado de parentesco. Estos experimentos han demostrado de modo
concluyente la semejanza profunda de todos los seres de la Tierra y
confirmado las relaciones generales antes propuestas por la biología
evolutiva. Por ejemplo, hombres y chimpancés comparten el 99,6% de sus
genes activos, lo que ratifica que los chimpancés son nuestros parientes
más próximos, y que tenemos un antepasado común.
Durante el siglo XX, y por vez primera, investigadores de campo han
vivido con otros primates, observando atentamente su comportamiento en
su hábitat natural para descubrir la piedad, la perspicacia, la ética,
la guerra de guerrillas, la política, el empleo y la fabricación de
herramientas, la música, un nacionalismo rudimentario y muchas otras
características a las que antes se juzgaba únicamente humanas. Prosigue
el debate sobre la capacidad lingüística de los chimpancés, pero en
Atlanta hay un bonobo (un «chimpancé pigmeo») de nombre Kanzi que
utiliza con soltura un lenguaje simbólico de varios centenares de
caracteres, y que, además, ha aprendido por sí mismo a fabricar
herramientas de piedra.
Muchos de los más asombrosos avances recientes en química están
relacionados con la biología, pero voy a mencionar uno cuya
significación es mucho más amplia: se ha comprendido la naturaleza del
enlace químico, las fuerzas cuánticas determinantes de las asociaciones
de átomos, así como la intensidad y la configuración de las uniones.
También se ha sabido que aplicando las radiaciones a atmósferas nada
recomendables (como las primitivas de la Tierra y otros planetas) se
generan aminoácidos y diversos elementos clave de la vida. En el
laboratorio se ha descubierto que los ácidos nucleicos y otras moléculas
se multiplican por sí mismos y reproducen sus mutaciones. En
consecuencia, el siglo XX ha registrado un progreso sustancial en la
comprensión del origen de la vida. Buena parte de la biología se puede
reducir a la química, y mucho de ésta, a la física. Aún no existe una
seguridad completa, pero el hecho de que haya algo de verdad en ello,
por poco que sea, constituye un atisbo importantísimo sobre la
naturaleza del universo.
La física y la química, con la ayuda de los ordenadores más potentes de
la Tierra, han tratado de determinar el clima y la circulación
atmosférica general del planeta a lo largo del tiempo. Este poderoso
instrumento se emplea para calcular las consecuencias futuras del
vertido continuo de CO2 y otros gases invernadero a la
atmósfera terrestre. Mientras tanto, y con una facilidad mucho mayor,
los satélites meteorológicos permiten la predicción del tiempo con una
antelación de varios días, evitando cada año pérdidas de miles de
millones de dólares en la agricultura.
A principios del siglo XX los astrónomos estaban sumidos en lo más hondo
de un océano de aire turbulento, desde donde intentaban atisbar mundos
lejanos. Hacia el final del siglo giran en órbitas terrestres grandes
telescopios que observan los cielos en las bandas de rayos gamma y X,
luz ultravioleta, luz visible, luz infrarroja y ondas de radio.
En 1901, Marconi realizó su primera emisión de radio a través del
Atlántico. Ahora estamos acostumbrados a emplear la radio para
comunicarnos con cuatro vehículos espaciales más allá del planeta más
lejano de nuestro sistema solar, y a recibir las emisiones de radio
naturales de quásares situados a 8.000 y 10.000 millones de años luz,
así como la denominada radiación de fondo del cuerpo negro (los
vestigios del Big Bang, la vasta explosión que inició la encarnación
actual del universo).
Se han lanzado vehículos de exploración para estudiar 70 astros y
posarse en tres de ellos. El siglo ha contemplado la casi mítica hazaña
de enviar 12 hombres a la Luna y traerlos sanos y salvos junto con más
de 100 kilos de rocas lunares. Las naves robóticas han confirmado que la
superficie de Venus presenta, por obra de un inmenso efecto invernadero,
una temperatura de más de 480 °C; que hace 4.000 millones de años Marte
tenía un clima semejante al de la Tierra; que moléculas orgánicas caen
como maná del cielo de Titán, un satélite de Saturno; que quizá una
cuarta parte de cada cometa es materia orgánica.
Cuatro de nuestras naves espaciales viajan rumbo a las estrellas. Se han
encontrado otros planetas en torno de otras estrellas. Nuestro Sol está
en los arrabales de una vasta galaxia en forma de lente que comprende
unos 400.000 millones de soles. A principios de siglo se creía que la
Vía Láctea era la única galaxia. Ahora sabernos que hay centenares de
miles de millones, todas alejándose unas de otras como restos de una
enorme explosión, el Big Bang. Se han hallado residentes exóticos del
zoo cósmico ni siquiera imaginados al comenzar el siglo: pulsares,
cuásares y agujeros negros. Al alcance de nuestras observaciones quizás
estén las respuestas a algunas de las preguntas más profundas que jamás
se hayan hecho los seres humanos sobre el origen, la naturaleza y el
destino del universo entero.
Tal vez el subproducto más desgarrador de la revolución científica haya
sido el hacer insostenibles muchas de nuestras creencias más arraigadas
y consoladoras. El ordenado proscenio antropocéntrico de nuestros
antepasados ha sido reemplazado por un universo frío, inmenso e
indiferente, donde los hombres se hallan relegados a la oscuridad. Sin
embargo, advierto la emergencia en nuestra conciencia de un universo
poseedor de un orden magnífico, mucho más complejo y primoroso de lo que
imaginaron nuestros antepasados. Si es posible comprender tanto acerca
del universo en términos de unas cuantas y simples leyes naturales,
quienes deseen creer en Dios siempre pueden atribuir su belleza a una
Razón que subyace en toda la naturaleza. Mi opinión es que resulta mucho
mejor entender el universo tal como es que aspirar a un universo tal
como querríamos que fuese.
Adquirir el conocimiento y el saber necesarios para comprender las
revelaciones científicas del siglo XX será el reto más profundo del
siglo XXI.
[*] Tras esbozar las concepciones
cristianas de la mujer, desde los tiempos patrísticos a la Reforma, el
filósofo australiano John Passmore (Man's Responsability for Nature:
Ecological Problems and Western Traditions, Nueva York, Scribner's,
1974) llegó a la conclusión de que Kinder, Küche, Kircher «como
descripción del papel de las mujeres, no es una invención de Hitler,
sino un típico lema cristiano».
© Carl Sagan, 1996
Tomado de "Miles de Millones"
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