Jack Vance es uno de los
escritores de C-F que mejor logra evocar ese estado de extrañeza, de
ajenidad en sus relatos de C-F. Uno de sus cuentos La polilla lunar
(Los mundos de Jack Vance, Martínez Roca SF N° 69) nos introduce a un mundo extraño donde
los seres humanos viven en una sociedad donde nadie muestra su
rostro y las mascaras varían según el estatus de cada uno, en ese
marco sorprendente se desarrolla una singular búsqueda policial.
José Bravo de Rueda, ganador del II Concurso
Nacional de cuento 1993 -Premio Asociación Peruano Japonesa-,
justamente con el relato El hombre de la máscara, toca el mismo
tema, pero lo sitúa en un lugar atemporal y con mano segura nos va
mostrando las reacciones que un comportamiento así desata en los
demás. Esta exploración de la singularidad, del individualismo
exacerbado se cierra melancólicamente, porque en un mundo así no
hay, no puede haber libertad individual.
Al principio
nadie le prestó atención. Apareció a mediados de agosto, época de frío y
lluvias, de noches largas, de poca gente en las calles. Al crepúsculo
paseaba por el malecón y luego iba al café de Max a tomar un vaso de
leche o de jugo con la ayuda de un sorbete. (De otra forma le hubiera
resultado sumamente incómodo).
En las mañanas no se le veía. Ocupaba un cuarto en un edificio de la
calle Argentina, y aunque alguien trató de saber de él preguntándole a
los vecinos o al casero, los esfuerzos resultaron vanos. No por un
exceso de discreción, o de temor, sino porque nadie sabía nada de aquel
misterioso hombre.
El pueblo era pequeño y todos sabían todo de todos, pero esta vez la
curiosidad no pudo ser aplacada. Como nadie averiguaba la verdad, se
crearon fábulas e historias que con el tiempo fueron olvidadas y
reemplazadas a su vez por otras historias y fábulas. Además, por miedo o
por falta de oportunidades, nunca nadie habló con él. Vino en julio y se
fue en diciembre, cuando empezaba el calor.
Poco a poco la curiosidad insatisfecha fue perturbándolo todo. Ya no
éramos los mismos. Las conversaciones, las discusiones, los sueños, los
pensamientos, siempre tenían algo que ver con el hombre de la máscara.
No faltaron peleas entre amigos o familiares; tampoco ataques de locura,
insomnio o depresión.
Una visita a la policía no ayudó en nada. El comisario, luego de
consultar con el juez y con el reglamento, se encogió de hombros con
gesto filosófico y dijo que cada uno es libre de hacer lo que desee con
su cara. Luego recomendó que utilizáramos el tiempo libre en algo útil.
Esto terminó por desesperarnos. El mayor de los Centenario y Felipe
Gurruchaga tramaron un plan. Lo esperaríamos escondidos en el malecón.
Al fin sabríamos por qué usaba esa máscara.
Luego de posponer vanas veces la noche elegida, finalmente nos decidimos.
Eramos cuatro; habíamos bebido bastante. Aguardamos en silencio, en una
esquina de poca luz. Pero los sorprendidos fuimos nosotros. Era fuerte,
rápido, y la máscara se reveló como un arma terrible. No podíamos
golpearlo en el rostro o en la cabeza, sin lastimarnos, mientras que sus
impactos eran demoledores. Fue una paliza. Nos retiramos sangrantes y
humillados.
Para entonces las murmuraciones, las fábulas y las historias estaban en
su apogeo. Si ese hombre ocultaba su rostro era porque había cometido un
delito imperdonable y no quería que lo reconociéramos. Debía ser uno de
los asesinos fugados de la capital. O tal vez una quemadura monstruosa
había deformado el rostro de aquel actor famoso, ídolo de las
quinceañeras, desde hace un tiempo desaparecido. Variantes de estas
versiones circularon profusamente. Incluso se repitieron historias que
ya habían quedado descartadas.
Mientras tanto el hombre de la máscara seguía con su rutina, que ni la
pelea en el malecón había podido alterar. A veces, como haciéndonos
burla, ajustaba con unas pequeñas pinzas los tornillos y botones de la
máscara negra.
Después de los golpes recibidos opté por un cambio de estrategia. Me
encerré en la biblioteca y consulté los periódicos de los últimos veinte
años. Leí también todos los libros de curiosidades, hechos insólitos,
increíbles, extraordinarios... sin ningún resultado. En ninguna parte
había la menor referencia al hombre de la máscara.
Después de un mes abandoné la empresa. Mi fracaso decepcionó aún más a
los Centenario, a Felipe Gurruchaga y a los demás muchachos. Sin
decírmelo, habían puesto sus esperanzas en mí.
Aun el padre Francisco manifestó su preocupación por el extraño sujeto.
Algunas señoras habían insinuado una inquietante posibilidad: el hombre
de la máscara era el demonio en persona. ¿Quién más querría ocultar su
rostro? Por él se enfermaban los niños, se arrumaban las cosechas, los
peces huían a otras aguas. Pronto las ratas y ¡as culebras invadirían el
pueblo.
Un domingo, en el sermón, el padre Francisco negó estas asociaciones,
pero trató de consolarnos diciendo que "Dios conoce nuestro verdadero
rostro, aunque tratemos de cambiarlo con disfraces o maquillajes".
Todos suspiramos aliviados, sintiendo el aire en nuestras caras,
enseñándonos los ojos que nada ocultaban. Todos compadecimos al hombre
de la máscara, por la pesada carga que llevaba sobre los hombros. Pero
nada de esto alivió nuestra curiosidad. El seguía tan tranquilo como de
costumbre, paseando por el malecón al atardecer, tomando un vaso de
leche en el café de Max.
Un día nos decidimos. No sé qué nos dio el valor necesario para
enfrentarlo, porque, la verdad, le teníamos miedo. Pero ese día, un
martes de noviembre, habiendo anochecido ya, salimos todos a las calles,
sin habernos puesto de acuerdo, como guiados por una fuerza superior o
como si formáramos parte de lo inevitable.
Nos concentramos en la Plaza de Armas, frente a la Municipalidad. Algunos
trajeron antorchas; otros, palos o instrumentos de labranza. Sin que
nadie dijera nada, como obedeciendo órdenes ya impartidas, empezamos a
caminar. Doblamos por la esquina de la biblioteca, seguimos por la
alameda y luego volteamos en la esquina del grifo, en la calle que da al
café de Max.
Estábamos ahí todos: el alcalde y su familia, el padre Francisco, los
Centenario, Rosita, los Salcedo, el cojo Buenaventura. Vestido de
paisano, con un gran sombrero de paja, reconocí al comisario. El
profesor Baráybar estaba muy nervioso, pero se quedó hasta el final. Aun
los niños pequeños, en brazos de sus madres, querían ver el verdadero
rostro del hombre de la máscara. Estábamos todos, sin excepción. Todos.
Ni cuando nos visitó el presidente vi semejante multitud. Parecía la
procesión de la Virgen, o las fiestas de Año Nuevo, cuando hasta de los
pueblos vecinos vienen a ver los fuegos artificiales.
Caminamos en orden, en relativo silencio, sin gritar ni hacer escándalo.
Llegamos frente al café. Yo estaba entre los primeros, con el mayor de
los Centenario, Felipe Gurruchaga, los Salcedo y otros más. Nadie se
atrevió a entrar al café, nos detuvimos a pocos pasos de la entrada y el
resto de gente se esparció en la avenida y en las calles adyacentes.
Pudimos verlo por los grandes ventanales: para él nada extraordinario
ocurría; continuó sorbiendo el jugo sin el menor signo de alarma.
Max salió a la calle y casi llorando nos imploró que tuviéramos calma,
los cristales de las ventanas valían una fortuna y aún no terminaba de
pagarlos, sin contar los espejos, las mesas, las sillas, los vasos, las
botellas, años de trabajo y esfuerzo, nosotros sabíamos. Dio a entender
que en la calle podíamos hacerle lo que quisiéramos, pero por favor no
en el café.
Nadie dijo nada. Nos limitamos a mirarlo con impaciencia: se estaba
interponiendo entre nosotros y quien había trastornado nuestras vidas.
Desesperado, tomándose la cabeza, entró y balbució algo cerca del hombre
de la máscara. Fue como si le hablara a una estatua. No obtuvo ninguna
respuesta, ninguna reacción. Optó por coger un grueso fierro y se
parapetó detrás del mostrador.
Sobrevino entonces un silencio absoluto. Tan nervioso estaba que traté de
atravesar con la vista la impenetrable máscara negra, quise ver la
expresión que ponía el miedo en sus ojos, su forma de descomponer la
boca, cómo la frente se llenaba de sudor.
Pero él no tenía miedo. Sus dedos tamborileaban inaudiblemente sobre la
mesa; la otra mano sostenía el vaso de jugo. La máscara le daba un
aspecto terrible.
¿Cuánto tiempo duró ese silencio, en que lo miramos fijamente, mientras
él nos ignoró por completo? Para nosotros, siglos. Él simplemente
aguardaba a que nos atreviéramos a atacarlo, o siquiera a decirle algo.
Si en esos momentos él se hubiera levantado para ir a su habitación,
nadie habría intentado detenerlo. Pero no se levantó. Siguió esperando;
sorbiendo otro jugo que Max había traído con manos temblorosas.
La gente comenzó a impacientarse. Vanas botellas se estrellaron contra el
piso. Se oyó una explosión que pudo ser un disparo. Las bocas, antes
silenciosas, dejaron escapar un murmullo que creció hasta convertirse en
un feroz griterío. Alzamos los puños. Nos estremecimos como azotados por
corriente eléctrica.
-¡Que se saque la máscara! -gritó el cojo Buenaventura, ya borracho.
-¡Sí! -aullamos todos-. ¡Que se saque la máscara!
-¡Fuera la máscara! ¡Fuera!
No tardamos en perder el control. Eramos una turba enloquecida, dispuesta
a lincharlo. Una piedra destrozó uno de los ventanales, otra se estrelló
contra la fachada. Cuando todos buscábamos algo que arrojar, él salió.
Alzó las manos y retrocedimos. Pero no había qué temer. Llevó las manos
hacia la nuca y comenzó a sacar los tornillos y a aflojar las
cadenillas.
Otra vez nos poseyó aquel silencio absoluto, aquel silencio sobrenatural.
Sólo se oía el rechinar de las piezas metálicas. Casi no respirábamos.
Parecía el fin del mundo. Si en ese instante hubiera empezado un
terremoto, nadie se habría movido, por nada del mundo habríamos perdido
de vista las manos que lentamente iban removiendo la máscara. Alguien se
desmayó. Los perros, asustados por la ausencia de ruidos, empezaron a
aullar como locos. Las rodillas me temblaban. Las piezas de metal se
iban acumulando en la mesa, junto al vaso y al cenicero.
Por fin el último tornillo. Un leve forcejeo -pareció un caballero
quitándose el yelmo- y pudimos ver su rostro: el rostro de una mujer.
El asombro nos sacudió los espinazos. Suspiramos como si se nos fuera la
vida. Algunos no controlaron el llanto; otros, avergonzados, pidieron
perdón.
Era una mujer sin ningún rasgo especial. Ni fea ni bonita. Sin expresión
necia o inteligente. Un rostro extremadamente pálido por la ausencia de
sol. De ojos pequeños, nariz roma, labios finos tibiamente rosados. Un
rostro normal, que se olvida al minuto de haberlo contemplado, sin
marcas notables de golpes o cicatrices. Un rostro que, en apariencia, no
tenía por qué estar oculto tras una máscara.
Pero a los instantes de estar mirándolo algo extraño me comenzó a
ocurrir. Empezó a hacérseme intensamente familiar, como si conociera a
esa persona, como si fuera una antigua amiga o un pariente lejano. Creí
ver en ella, sucesivamente, a mi profesora de primaria; a una muchacha
que conocí en la capital; a una tía -ya muerta- a quien apenas vi una
vez: en su entierro; la imagen de una antigua reina en un libro de
historia; una niña de quien estuve enamorado cuando tenía doce años...
Sentí un deseo intenso de hablarle, pero me controlé. Comprendí lo
absurdo de mi intención; lo imposible de mis suposiciones.
Y todos sintieron lo mismo. Los Salcedo, Felipe Gurruchaga, el padre
Francisco, el cojo Buenaventura... vieron también en ella algún fantasma
del pasado, real o ficticio; todos creyeron reconocer ese rostro,
desearon hablar con ella, anhelaron volver a un tiempo definitivamente
perdido.
Hubo alguien que, en voz alta, lanzó una acusación sin fundamento. Otro
amenazó con vengar una antigua afrenta. Un tercero cayó desmayado ante
la cruel tristeza de la visión.
Durante todo este tiempo ella permaneció inmóvil, serena, obviamente
acostumbrada, pestañeando ligeramente en el resplandor de las antorchas,
sin decir palabra.
Poco a poco la gente se empezó a retirar. Yo me quedé hasta el último;
esperé a que se pusiera la máscara y retomara su expresión de
desconocido. Luego, pidiendo permiso muy cortésmente, fue a caminar por
el malecón.
© José Alberto
Bravo de Rueda;
1993
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