
Hace unos 12 años
llegaron a mis manos los libros de las Crónicas de Dragonlance y fueron
devorados en pocos días. Me encantaron por muchos motivos, pero uno en
especial me vino a la mente hoy. En la cosmología de Krynn, este mundo
de Dragonlance creado para D&D por Weiss y Hickman, existían tres
Grandes Ordenes de Magia. Estas se distinguían no sólo por sus túnicas
de colores sino por sus valores y forma de conducta que, dentro de la
visión sobre-simplificada del juego, eran tres: Los buenos, los malos y
los neutrales. Si estos hechiceros se encontraban en algún lugar del
planeta, eran enemigos a muerte.
Sin embargo, tenían una cosa bien clara. Por más diferencias que
tuvieran sobre si era buena idea ayudar a un campesino en apuros o
desintegrarlo para que no fastidie, todos se consideraban hermanos en la
magia, o El Arte, como lo llamaban. Y es así que existían cinco torres,
The Towers of High Sorcery o Torres de Alta Hechicería, donde miembros
de las tres órdenes trabajaban juntos buscando aumentar el conocimiento
mágico y dejando momentáneamente de lado sus diferencias. Nada de
hostilidades cuando algo tan importante estaba en juego. Primero la
magia, luego las ideologías. Siempre me encantó esta idea, pensar que
las diferencias entre personas pueden quedar atrás cuando algo más noble
se usa como causa común.
Bueno, resulta que leyendo a Bryson me entero que a veces en la historia
han pasado cosas similares. Me refiero a la Royal Society de Londres,
fundada en 1660 y justo después de una Guerra Civil. ¿Los miembros?
Personas con creencias tan dispares que sólo unos años atrás se habían
estado matando unos a otros. Realistas y Reformistas. Anglicanos y
Protestantes. Cualquiera que se tome en serio la historia puede
comprender lo enormemente opuestas que eran estas formas de pensar. Y
sin embargo, ahí se juntaron para buscar hacer ciencia, grandes genios y
personalidades.
Tenemos a Sir Christopher Wren, el arquitecto que reconstruyó Londres.
Vale decir que aprovechó la reconstrucción para crear observatorios que
no hubiera podido construir de otra forma. Estaba Robert Boyle, el
fundador de la química moderna. Robert Hooke, quien le puso nombre a las
células, estudió fósiles como restos antiguos por primera vez, descubrió
la mancha roja de Júpiter y la rotación de Marte. Para colmo ayudó a
Newton con la teoría de la gravedad y estuvo a un pelo de descubrir el
oxígeno. Y bueno, Newton también estaba ahí, y que se puede decir de la
persona que descubrió la mitad de la física. Tenemos a Sir William Petty,
de la teoría del valor y otras cosas económicas. John Wilkins, astrónomo
y criptógrafo. Thomas Willis, considerado el padre de la neurología. Y
la verdad sólo estoy mencionando a lo más notables porque la lista es
enorme.
Incluso Edmond Halley, si bien no era miembro oficial, paraba con la
gentita. Dicho sea de paso, Halley hizo muchas cosas pero no descubrió
el cometa. Creó un mapa estelar, una campana sumergible y estudió el
magnetismo y la gravedad. De hecho fue él quien buscó a su amigo Newton
para que lo ayude con un par de cosas sobre eso de la gravedad y cuando
llegó a su casa se enteró que Sir Isaac ya había descubierto todo hacía
tiempo, sólo que no le parecía importante publicarlo porque estaba muy
ocupado quedándose ciego mientras comprobaba sus fórmulas de óptica.
Edmond llevó el libro a la Royal Society para que lo publiquen, pero lo
chotearon porque ya se habían gastado todo su presupuesto en un tomo
sobre la historia de los peces. Así que el dinero para publicar el
Philosophiae Naturalis Principia Mathematica salió de los bolsillos de
Halley.
Por supuesto que estos personajes también metían la pata investigando
rocas, pero esbozaron las bases de la ciencia moderna. Ayudaron a
desligar la pseudo-ciencia de la ciencia real: la astronomía de la
astrología, la química de la alquimia, la física de la magia. Es algo
similar a lo que pasa hoy en día donde temas como la ingeniería
genética, la exploración del espacio o la nanotecnología se enfrentan al
mismo problema de ser bombardeadas por una fuerte mezcla de misticismo o
tratadas como temas tabú.
¿Y qué pasaba en otros lados? La Académie des Sciences en Francia,
fundada sólo unos años después también fue el centro de los aportes de
ese país a la ciencia. Ya muchos años después surgirían sociedades
similares en los EEUU y Canadá con el mismo propósito. Hoy en día existe
incluso una Third World Academy of Sciences fundada en 1983 y que cuenta
con cuatro peruanos entre sus 811 miembros de más de 70 países. No
importa la época o la geografía, la meta es siempre la misma: Promover
la ciencia por encima de diferencias políticas, religiosas o
ideológicas.
En el ámbito personal he podido apreciar este efecto Tower of High
Sorcery cuando, por ejemplo, personas de todas las edades y con
historias completamente heterogéneas podemos pasar un día juntos y
divertidos en la Retro Party por el sólo hecho de compartir una historia
en 8-bits. O cuando me reúno con la gente de Coyllur y veo como
diferencias políticas y personales desaparecen mientras todos discutimos
la obra de Le Guin. Quien sabe, tal vez las raíces de un nuevo
Fellowship se encuentran ahí.
En nuestro país es muy fácil encontrar las diferencias que existen entre
nosotros y muchas veces perdemos de vista todo lo que tenemos en común.
Lo mismo sucede en Latinoamérica. Me encantaría ver surgir algo que haga
olvidar nuestras diferencias. Una opción claro es una amenaza común,
como en las películas Día de la Independencia o La Guerra de los Mundos,
donde la humanidad deja de lado todo para concentrarse en vencer a los
que amenazan con exterminarnos. Pero, en lugar de eso, mucho mejor sería
una meta común. Y que meta mejor que el desarrollo de la ciencia y la
investigación asociada a ella que, a la larga, ayudan en todos los
ámbitos de la vida.
Por lo pronto, con ejemplos como la Royal Society, una vez más la
realidad supera a la ficción.
© Jorge Revilla; 08-04-06.
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