EL FORASTERO MALTRECHO

Una hermosa tarde de verano jugábamos a las escondidas en el bosque de olivos detrás de la casona de la abuela, mientras los primos más pequeños construían casitas de caña y barro cerca del charco de los patos. Nunca imaginamos la sorpresa que nos llevaríamos antes de caer la noche. Junto con los primos Víctor y Claudio, compartíamos las travesuras y los juegos con otros muchachos de la granja: Mango era hijo del chino, el amarillo dueño de la única bodega, de ojitos jalados y sonrisa amigable. Además estaba Pepa, el orgullo de su padre, el capataz de piel cobriza que nos extasiaba los domingos con su guitarra. También disfrutaba el pequeño Fito, hijo del Payaso y nieto de la negra Ignacia, quien nunca conoció a su padre pues lo concibió con antifaz una noche de Carnavales.
Ya sudábamos de tanto correr, mientras detrás del gallinero de la abuela, el gallo cacareaba trepado sobre la enredadera de campanillas azules y el jazmín de olor perfumaba bajo el sol ardiente.
Humeaba el arenal. Los algarrobos se perfilaban retorcidos y mustios en la niebla que se levanta a la hora de la siesta. Se escuchaba el croar de las ranas y el graznido de las ocas en medio de nuestra algarabía. El travieso Víctor estaba ensimismado en su afán constructor sin treparse por las ramas como hacía generalmente con esas piernas larguiruchas, cada día más flacas. Acababa de salir del “carampión” como pronunciaba, que no era una enfermedad de campeones como quería hacerle creer la vieja Ignacia sino el terrible sarampión con manchas rojas por todos lados. Ya estaba convaleciente y lo dejaban jugar sentado en la arena para que se le fuera esa palidez casi transparente que le había borrado hasta las pecas de la nariz, y con un sombrero de paja toquilla de ala ancha para no quemarse.
Después de los juegos, nos gustaba saltar dentro de la acequia de regadío para bañarnos en el “agua nueva” recién bajada de los Andes. Salíamos limpios y contentos menos Fito que quedaba siempre adolorido porque su madre lo refregaba con la escobilla de lavar la ropa y mucho jabón, para blanquearlo, sin grandes resultados.
Ya nos preparábamos para entrar al agua, esa tarde, cuando Claudio, trepado cabeza abajo sobre uno de los árboles, con su melena colorada colgando despeinada, dio la voz de alarma. En el desierto costero, ondulando bajo el soplo del viento “paraca”, observamos una sombra asomar a lo lejos que parecía disolverse entre espejismos. ¿Sería magia o verdad?
Un personaje se acercaba a la granja. No llegaba a caballo ni en camioneta ni en camión; venía arrastrando los pies y tropezando.
-¡Se cae, que se cae, se cayó!- gritó Claudio mientras bajaba del eucalipto a toda prisa.
Ya no divisábamos la sombra avanzar sobre la arena. Se desvaneció en la loma antes de llegar a la casona de la abuela.
Salimos todos corriendo a observar con curiosidad al caído y a socorrerlo si hubiera necesidad.
-¡Es verde!- exclamé maravillada, al acercarme.
-¡Y está enfermo! - afirmó Pepa, temblando.
-¡Se ha mojado!- observó Mango, socarrón.
El último en llegar fue Víctor, y, al ver la figura tendida de espaldas con la cara de piel verde y gruesa, cubierta de manchas rojas, manifestó con voz recelosa:
-Tiene “carampión”, como yo.
Efectivamente, el extraño individuo tenía un color poco común. Además, nos dimos cuenta que de su espalda caía una sustancia amarilla que no sabíamos si era sangre clara o algún otro líquido corporal, aunque no olía a orines sino a musgo.
Decidimos ayudarlo y lo arrastramos un trecho por la arena ya que, desde siempre, la casa de la abuela fue un lugar acogedor para foráneos, extraños o “pajueranos”, como llamaba Ignacia a quienes llegaban de “pa’ juera”.
Se acostumbraba a recibir en la mesa dominical a gente de otras razas, culturas y creencias, ya que la abuela repetía: no porque vienen de lejos hay que tratar mal a los visitantes de buena voluntad. Por lo tanto, un individuo de piel verde con manchas rojas, que derramaba un líquido amarillo por la espalda no nos llenó de estupor en ese momento, aunque ahora que lo recuerdo después de tantos años, me sorprendo de mí misma y de nuestra increíble ingenuidad.

Vestía el forastero un traje ajustado y le colgaban de la cintura una serie de aparatos que se encendían, se apagaban, emitían sonidos intermitentes y ruidos extraños. Lo rodeamos, asombradísimos, pero no nos atrevimos a tocarlo al principio. Cerca del cuerpo inanimado resplandecía bajo el sol un casco grande y plateado con diseños geométricos y muy extraño. Mi primo Claudio, irrespetuoso como siempre, probó a ponérselo en la cabeza pero se lo quitó rápidamente y lo arrojó lejos.
-¡Tiene música y película! - exclamó farfullando asustado.
Eso sí que era bastante raro, más que el color de su piel, pues las únicas películas que veíamos en el cine del pueblo eran las de Tarzán y nunca antes supimos que dentro de un casco , aunque fuera resplandeciente, pudiera aparecer Tarzán.
-¡Y no es Tarzán!- afirmó al ver nuestra sorpresa.
Cogí el casco sin miedo y me lo coloqué en la cabeza hasta que me la cubrió completamente. A través de la lámina transparente delante de los ojos, además del paisaje alrededor, vi a un personaje de ojos saltones y boca alargada y escuché que me hablaba en idioma desconocido. Parecía darme instrucciones. Traté de entender lo que deseaba comunicarme pero no lo comprendí. Tuve la sensación de levantarme en el aire y de no tener adónde apoyar los pies. Cuando estuve a varios metros de altura, me quité el artefacto de la cabeza, asombrada, y me encontré parada en el suelo. Menos mal que no me hice daño, pensé, porque sino la abuela me hubiera regañado por imprudente.
- ¿Me vieron volar? - pregunté a los muchachos.
- Nadie te ha visto volar, - respondió Mango que no creía en supercherías. - Has estado allí todo el tiempo.
- ¡Le crecieron antenas al casco! - exclamó Claudio.
Pepa se acercó y acarició el casco que se iluminaba a ratos. Las antenas se habían retirado por unos agujeritos y no se veían. ¿Cómo así yo había visto el paisaje desde lo alto sin despegar los pies del suelo? ¿Quién era el personaje que me hablaba dentro de la chamorra? ¿Era un casco con pretensiones rampantes o era un artefacto volador, un ascensor, un elevador?
No quise desentrañar el misterio inmediatamente porque ya encontraba los hechos suficientemente extraños, esa tarde.
- ¿Será el forastero que tanto espera la abuela cuando escudriña el horizonte y ve sólo arenales? - preguntó Claudio señalando al individuo indispuesto mientras unos lo jalábamos de los brazos y otros de los pies.
Como nadie respondió, cansados por el esfuerzo y mudos de asombro, decidí correr hacia la cocina de la abuela y llamé a Ignacia a gritos.
La negra vieja salió corriendo secándose las manos en un trapo.
-¿Qué llevas entre manos, niña Rosa? - me preguntó.
-Es un casco del forastero que se desmayó en la arena, - respondí. -Trae cine y hace volar.
-¡Qué tonterías dices!- y movió la cabeza con resignación la buena mujer. Ya estaba acostumbrada a nuestros vuelos imaginarios y a todo forastero que se acercara a la mesa dominical en casa de la abuela. Luego observó lo que sucedía con aprensión.

Se acercaban los muchachos con el desmayado a la cocina que despedía olores picantes y fuertes.
-¿Qué traen allí, bandidos? Tengan más cuidado...- exclamó la negra cacareando con su voz de gallina vieja.
-Hemos encontrado a un “pajuerano” en la loma, - interrumpió Fito.
-Está como muerto, - aseveró Claudio.
-Tiene “carampión”- aseguró Víctor.
Ignacia se acercó al cuerpo tendido en la arena. Era un individuo pequeño y retorcido como un algarrobo. Lo cogió entre sus fuertes brazos y lo cargó hasta la casa. Con su espíritu observador, noble y generoso se dio cuenta al instante:
-¡Otro que nos cayó del cielo! - exclamó examinándolo con curiosidad. - Está herido. Parece que le han dado un machetazo por detrás.
La abuela apareció preocupada en la cocina e hizo llevar al forastero lesionado a una de las camas del cuarto que mantenía para huéspedes inesperados, a quienes siempre trataba muy bien, fueren quienes fuesen, pues repetía:
-Que sean forasteros no significa que son ciudadanos de segunda categoría.
Así lo entendimos desde pequeños.
Limpió y curó con cuidado esa piel verde y algo escamosa que hacía parecer al recién llegado, o llagado, más a una iguana que a una persona. Le cubrió luego la lesión de la espalda con tiras de sábana que rasgó para poder fajarlo.
Cuando lo dejó descansando y respirando mejor, la abuela nos hizo un interrogatorio a todos. Por supuesto que al enterarse del casco volador y con cine incorporado lo confiscó inmediatamente guardándolo bajo llave en el arcón a los pies de su cama, el mismo que había contenido sus sábanas bordadas al casarse.
-No es un juguete, -afirmó con seriedad. - Se aprende también en esta vida con la experiencia ajena aunque provenga de algún lugar más allá de las estrellas.

Nos quedamos tristes e insatisfechos pues todos deseábamos probar el casco, y yo quería ver las antenitas y volar nuevamente aunque sea con la imaginación.
En la granja se dieron quehacer para encontrar a los malhechores que habían acogido a machetazo limpio al forastero que sin afán de dar batalla, como suponíamos, había aterrizado en el arenal proveniente de un mundo lejano. La hija mayor de Ignacia y madre de Fito se enteró que un grupo de bandoleros andaban asolando la región y tomando menjurjes de cactus y otros brebajes alucinantes. Sospechó que eran los culpables. Ella conocía bien a muchos hombres en la zona. Vivía tratando de descubrir quién la embarazó y todos los años en las fiestas de Carnavales desenmascaraba a los payasos y les preguntaba a quemarropa:
-¿Eres tú el padre de Fito?
Así es que cuando se enteró de los bandidos, trabajadores de paso para las labores del campo, movió cielo y tierra para encontrarlos y llevarlos a la justicia, pero sucedió lo que sucedía también con sus otras búsquedas. Fueron vanas e infructuosas y lo único que escuchó fueron risas reprimidas y zapatear de botas.
-La gente debería acoger a todos con respeto, sobretodo si vienen con buenas intenciones,- se quejó la abuela por la agresividad de los recogedores de algodón eventuales que contrataba para la labor de la estación.

A los pocos días de darle caldo de gallina y huevos de codorniz, junto con infusiones de hierbas y frotarle el cuero pellejudo con tintura de toronjil, tomillo y tamarindo, fue recuperándose el paciente. Nuestra curiosidad nos llevaba a asomarnos al cuarto de huéspedes pero la morena madre de Fito se quedaba de guardia en la puerta, tejiendo, para que no lo molesten.
Una tarde en horas de la siesta encontramos la llave puesta en el arcón y aprovechamos del sueño de la veneranda para robar el casco mágico. Se lo colocamos a Víctor pues como estuvo enfermo tenía más derecho que nosotros, sanos. Asomaron por los costados del casco dos antenitas pero él, rápido, se lo quitó temblando y gritó:
-¡Hay un pato muerto en el techo!
-¿Un pato muerto en el techo?
- ¿Sabes, Rosa? Debe ser el ave que Claudio cogió por las patas y lo aventó hacia el mirador cuando la abuela no veía, - acusó Fito.
- ¡Cállate, soplón!
Me coloqué el casco y empecé a volar yo también. Me elevé sobre el jazmín de olor, encima de los eucaliptos, rocé el mirador con su baranda de madera resquebrajada en el techo de la casona y también observé el pato que la furia malhumorada de Claudio había hecho aterrizar en el techo de la casona. Seguí subiendo y atravesé la niebla. El corazón me latía de miedo hasta que salí de la nube y vi allá abajo, sobre el arenal y a gran distancia de la casona, un enorme aparato volador, sin alas, como un disco plateado y resplandeciente, apoyado en el suelo pero muy al fondo de una hondonada. Por eso no se divisaba desde la casa.
Al tratar de quitarme el casco, jalé las antenitas e inmediatamente me enrollaron la parte superior del cuerpo unas correas que salieron del casco como serpientes, mientras escuchaba los gritos de los muchachos y las palabras incomprensibles del locutor dentro del casco.
- ¡Cuidado que sale volando de verdad! - gritaban los primos.
Apreté con las manos el casco tratando de quitármelo. Se desenrollaron las correas y caí al suelo. Había levitado verdaderamente unos pocos metros del suelo.
- ¡Casi te vas por el aire! - aseguró Pepa asustada.
Entendí que podíamos volar físicamente con el casco y no sólo ver el mundo desde arriba, pero nos daba miedo. Los demás lo probaron sin jalar las antenitas, para no despegar los pies del suelo, mientras los vigilábamos de cerca para no perder a ninguno de ellos ni que fueran a elevarse y alejarse por miedo al castigo de la abuela. Todos quedamos maravillados de lo que habíamos visto desde lo alto sin mover los pies del suelo. Decidimos devolver el mágico objeto al arcón. Seguramente el forastero necesitaría su casco volador para llegar a su medio de transporte cuando fuera a regresar a su mundo nuevamente. No dijimos una palabra a la veneranda y mantuvimos el secreto, muy asustados de verdad, por ese misterio tan inexplicable. Si se hubiera enterado la abuela nos castigaba sin comer postre al menos por un mes.

-¡Válgame el cielo! - escuchamos los gritos de la anciana al entrar en el dormitorio para huéspedes una mañana.
- ¡Ave María Purísima! - recitó Ignacia, detrás.
Nunca nos contó la abuela lo que conversó con el forastero ese día pero supimos que se entendieron.
Esa mañana sacó el casco del arcón y nos reunió en el patio bajo el jazmín de olor.
- Nunca debemos ser intransigentes ni intolerantes con seres de otro lugar, color o pensamiento, - nos aleccionó. - El forastero ahora está sano; quiere regresar a su mundo y debemos darle facilidades y no entorpecer sus deseos por curiosidad, envidia o maldad.

Ese día presenciamos hechos inusitados, junto a los tíos con sus botas de montar a caballo, al chino de la bodega, a la negra Ignacia, a los recogedores de algodón de piel cobriza y a la abuela de cabello blanco y piel pecosa que se ponía roja apenas tomaba algo de sol.
Vimos aparecer al forastero vestido con un pantalón de algodón grueso, recién planchado y una camisa a cuadros. Supimos que la abuela había decidido vestir al visitante decentemente para el viaje y nos dimos cuenta en ese momento, asombradísimos, que le había descosido la costura en el fundillo para dejar salir una cola verde y escamosa que le arrastraba por detrás.
- ¡Le creció una cola de lagarto! - repetía Ignacia y la veíamos persignarse murmurando oraciones.
- ¡Probablemente le cortaron la cola con un machete y se regeneró como las lagartijas! - susurraban los presentes.

Ya no derramaba líquido amarillo ni se tambaleaba. El forastero subió al mirador de la casona mientras su cola daba brincos sobre los peldaños carcomidos de la escalera de madera, luego alzó los brazos con un gesto de despedida y una mueca que podría parecer una sonrisa, y se colocó el casco en la cabeza. Inmediatamente, aparecieron las antenitas que lanzaban rayos y las jaló hacia arriba con sus dedos largos y encorvados. Las correas lo enrollaron sobre la camisa a cuadros y, silenciosamente como había llegado, el visitante salió volando de verdad y desapareció en la niebla del atardecer.
Los trabajadores regresaron a sus quehaceres preguntándose si habían soñado o si era un nuevo truco del circo que llegaba al pueblo durante las fiestas. Los tíos se alzaron de hombros y se dirigieron a sus tareas montando a caballo como todas las mañanas, acostumbrados a los visitantes exóticos y saltimbanquis de la abuela. Nosotros, sospechando los sucesos posteriores, dirigimos nuestra mirada hacia el horizonte y al poco rato vimos despegar el disco plateado que fue elevándose verticalmente entre la niebla y despegándose de la tierra hasta que enrumbó vertiginoso hacia las estrellas.
Recuerdo que nuestra vida quedó marcada para siempre. Fue por la experiencia de vislumbrar por momentos otro mundo nuevo, mágico, insondable que llenó nuestra juventud de sueños sorprendentes y nuestro futuro de acogidas hospitalarias, aleccionadoras e inesperadas. A través de los años, los visitantes han sido siempre bien recibidos en este lugar del mundo. Puedo asegurar que hasta el día de hoy en casa de la abuela, aunque ella ya no nos acompaña, la mesa dominical está puesta: el plato del forastero espera.

© Adriana Alarco; 01-07-05.
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Adriana Alarco
Su producción bibliografica ha estado orientada al Teatro y relato infantil-juvenil. Donde ha desarrollado una profusa labor. Asimismo ha escrito varios libros sobre temas variados que van desde las plantas medicinales hasta los minerales peruanos.

Recientemente ha decantado su producción a la literatura de Ciencia Ficción donde tiene publicado ya varios relatos en las diferentes revistas electrónicas que circulan por la red.

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