
La siguiente reflexión surge de combinar lo
que cavile entre los restos arqueológicos de Chan Chan con la devastadora e
incitante ironía desencadenada en “Guía del Autoestopista Galáctico”, y tal
mixtura simultáneamente espoleada por la agenda propuesta para la última
reunión de la Asociación Coyllur de CF y la conversación que acometimos,
acontecimientos todos acaecidos en estos meses, aún frescos…o tibios, como
ven “Todo es relativo”.
La CF trata, parodiando a Douglas Adams, de la vida, el universo y todo lo
demás, sólo que enmarcado en una clave especulativa muy peculiar que alude
al manejo del tiempo, a la superposición de espacios y dimensiones y a la
inevitable pregunta de Bob Dylan en su canción “Blowin in the Wind”:
¿Cuántos caminos debe recorrer un ser humano?, respuesta que debe arrojar el
superordenador del film y la novela, e interrogante que recupera Ken Wilber
en su prólogo de “Breve historia de todas las cosas” para poner de relieve
lo compleja que deviene la realidad y que no hay soluciones fáciles. Al
espectar el filme, la planificación de sus escenas me ayudaron a reverdecer
en la mente las maquinaciones que tracé al deambular por las ruinas de Chan
Chan, referidas a cuáles podrían ser algunos de los pilares de Jonbur de la
historia peruana o como preguntó Zavalita, personaje de “Conversación en la
Catedral” (de Mario Vargas Llosa) hace ya un lapso de varios quinquenios:
¿Cuándo se jodió Perú?
Mi caminata bajo un cielo mortecino, mezcla de vientre de rata y espuma
sucia (invierno del hemisferio sur), estaba penetrada de una impresión de
desconsuelo y pérdida, rubricado por el hecho de que en esa inmensa urbe de
adobes secos (según los datos, la mayor del globo), sobre la cual flota un
velo de tristeza y remembranza, se observan profusas deyecciones de aves
sobre y en lo alto de los murallones de ladrillos arcillosos que se
desmoronan, anunciando la victoria de un proceso químico-ambiental
erosionador y destructivo, e indicadores que aluden a la imprescindible
protección y cuidado que requieren las ruinas y sin los cuales se
desintegrarán y desaparecerán; por más que en África gracias a las
reparaciones exitosas del palacio Tsuchudi nos hayan otorgado la exención de
lugar en peligro, no está de más recalcar que la mencionada mansión es sólo
una de las muchas docenas existentes en el sitio, y que para conseguir
reproducir aproximadamente parte de la grandeza de Chan Chan habría que
reparar y rehabilitar un buen porcentaje de las restantes.
Podía imaginar a las multitudes cobrizas que recorrían los pasillos umbrosos
y la gama de funciones y tareas que ejecutaban, sincrónicamente el rugido de
las rompientes llegaba en sordina a la zona de montículos e insólitos
diseños arquitectónicos que atravesaba recordándome que el sonido del mar y
el viento era una constante también para los desaparecidos Chimúes; además
transitaba entre los túmulos con la emergente conciencia de que Chan Chan
era el lugar donde más alienígena me había sentido, me preguntaba qué
conceptos, que motivos, que razonamientos, que pasiones los movían a
realizar acciones, a organizar su vida de la manera como intentan
explicarnos los investigadores… ¿y si están equivocados?, ¿y si los
sacrificios y la estratificación social tenían otro sentido, donde lo
ambiental los forjaba y consolidaba?, donde la aparente aceptación y
resignación se originan en un sentido cronológico que debe más a los
aspectos ecológicos que a los sociales y por ende vivían en aquel tiempo de
acuerdo a principios biológico-culturales (herencia que quizás aún está
presente en chiclayanos y trujillanos).
En cierta forma esquiva, y al mismo momento estimulante, se convertían para
mi en mejores exponentes del pasado que los quechuas, y cavilaba ¿qué
hubiera sucedido si el reino chimú hubiera resistido y detenido la oleada
invasora quechua y entonces, a su llegada, los conquistadores hispanos
encontraban a una nación aguerrida en la costa con la cual combatirían hasta
el agotamiento y probando quizá, incluso la derrota, con un giro histórico
interesante a expandir.
Podía conjeturar la adaptación al entorno y la extraña belleza de los
rituales y las costumbres mientras me introducía a través de las brechas y
tramontaba los lienzos para encontrar vastos anfiteatros en cuyo centro
reposaban estanques. Luego en el Palacio Tsuchudi comprobaría que en algunos
puntos de las paredes devueltas, se supone a su esplendor original, se
observaban reiterados obsesivamente los fractales y en el diseño de su
estructura los callejones dispuestos en laberintos, y brotaba con fuerza la
convicción de que ese pudo ser uno de los pilares de Jonbur claves para
Perú. Ya en ese derrotero incrementé el estilo gráfico y sentí que la mejor
forma de dibujar su magnificencia era mediante la línea clara de Moebius
(con guión de Alejandro Jodorowski, por supuesto).
En mi deambular por el borde de las murallas o por los campos eriazos
flotaba esa leve sensación de peligro que predispone para la aventura, la
cortante brisa silbaba alentadora y se mantenía el rumor de la resaca
marina, todo parecía preñado de mensajes y no diferenciaba si era provocado
por el paseo sin posibilidad de comunicación donde se aglomeraban sentires y
pensares o por los residuos de grandeza que impregnaban la devastada
metrópoli, casi intuía como si fuese a producirse una brecha espacio
temporal y cruzándola iba a caer de bruces exactamente en el centro de una
ceremonia, podía comprender en innegable modo elusivo (contemplando por el
rabillo del ojo como quería Edgar Allan Poe), mejor esa cultura costeña
frente al mar y los espacios abiertos que la cultura de montaña ciclópea y
cerrada del Inkario.
La soledad y el desamparo reemplazan ahora al bullicio y los intercambios
que debían reinar, casi podía escucharlos, las suaves pisadas de los
pescadores hollando la arena, las risas de los niños en los pasadizos
umbrosos y entoldados, los murmullos de las conversaciones de los emplumados
y enjoyados jerarcas, los chapoteos de peces y aves en los estanques, el
susurro de las telas de sacerdotisas y mujeres en el mercado, daba la
impresión que una auténtica muchedumbre fatigaba estos, ahora desolados,
espacios citadinos. En pocas ocasiones he captado ese erizamiento de lo
imaginado en las visitas a otros restos arqueológicos.
Quizás la peripecia de caminar por mi cuenta sin guía ni referente fue un
ejercicio inspirador para avizorar ucronías y universos alternativos para
una sociedad particular, ocasionalmente desbocado (cuando me implicaba
personalmente) pero siempre conectado al paisaje, ya que veía emerger con
potencia la profunda vinculación de su sociedad pretérita con los
ecosistemas circundantes y con el entorno global de la región (abundantes
huellas permanecen en los comportamientos campesinos) y en cualquier recodo
retornaban las alusiones a los laberintos y los fractales como indicativos
de apoyatura de su forma de pensar y significar en ciclos y reiteraciones.
La gravedad de lo ocurrido reside en que las visiones americanas fueron
destruidas sin ser cabalmente entendidas, como en algún párrafo lo señalaba
Alvar Nuñez en su texto “Naufragios” respecto a las culturas del Golfo de
México y lo reitera Levy-Strauss cuando señala “lo que Occidente ha
destruido está perdido para siempre”… y eso seguro que nos torna más pobres,
más desvalidos a tod@s en el planeta.
Diversos relatos, aunque creados con horizontes culturales y motivaciones
distintas acudieron a mi memoria: Mike Resnick (“La 57ª dinastía de Antares”
por la agudeza de sus observaciones socioculturales y la honda congoja del
narrador nativo), Connie Willis (“Territorio inexplorado” por la relación
entre paradigmas con bases angustiantes disímiles y la reinterpretación de
la memoria), George R.R. Martin (“La ciudad de piedra” por sus infinitas
puertas a otros mundos y la plástica multiplicidad de su añoranza), para
acompañarme en mi caminata y ampliar mis marcos. Comprendí que uno pueda
quedar turulato o alucinado ante una escoria arqueológica al igual que
consumiendo un psicotrópico, ambos son poderosos motores del magín, por eso
Jack Vance nos es tan grato, es capaz de captar el alucinante latido del
pasado en el extraño futuro obsoleto que nos ofrece pleno de melancolías
imposibles (desde “Lámpara de noche” hasta la saga de Cadwal) y preñar con
tal sensación sus propios orbes elucubrados con detalle para proyectarla
como nostalgia y deseo frustrado de algo que nunca ocurrió…pero pudo haber
ocurrido en otra dimensión, en otro mundo (desde la Trilogía del Anomo hasta
“La tierra moribunda”). No fueron los únicos que alumbraron mi recorrido
entre los escombros, pero los elegí, a cada cual por ser emblemático a su
manera de la rebeldía, el romanticismo, la polivalencia multidisciplinar y
la fantasía.
Estaba acostumbrado a desplazarme en la selva donde el calor agobia o en la
sierra donde la altura agobia, pero no en estas arenas repentinamente
solitarias (bastante transitadas por la cantidad de huellas de perros,
zorros o personas) con el rumor de la marejada al fondo, sin apenas
cansancio y una ligera pátina de sudor enfriado de inmediato por la
omnipresente brisa me estimulaba a continuar explorando e imaginando.
Parecía que la ciudad de barro durmiera y en sus restos estuviesen
enterrados los sueños de sus moradores dispuestos a convertirse en hechos
reales en cualquier fractura del espacio-tiempo, lo cual era de por si el
tema de un relato de CF, que surgía embebido en ese instante de éxtasis, ya
que cuando retornaba tras recorrer Chan Chan a un futuro próximo con la
misma edad del ingreso, encontraba en la cartelera un reseco, amarillento
recorte periodístico donde daban cuenta de mi desaparición, lo que para mi
fueron un par de horas para el mundo fue un lustro y ahora estaban a mi
alcance los avances tecnológicos que ya se anuncian.
Casi de inmediato examiné otros pilares de Jonbur: ¿Qué hubiera sucedido si
los cazadores recolectores en lugar de eliminar a la megafauna del
pleistoceno la domesticaban y cuando los europeos arribaban encontraban
tecnologías superiores a las suyas basadas en otros animales? ¿Cómo habría
desplegado sus encantos la intelectualidad latinoamericana si un José Carlos
Mariátegui con salud mantenía contactos con Argentina y otros países
apoyando la creación de una corriente de pensamiento de izquierda propio, de
tal manera que cuando Janio Cuadros, Marmaduke Grove o Perón llegasen al
gobierno los nutrieran con programas adecuados? ¿Qué sucedería en el
panorama sociopolítico del Tahuantinsuyo si Huáscar eludía a Atahualpa y
vencía en el enfrentamiento fratricida? Traumatizado por su derrota en la
Guerra del Salitre contra Chile, frecuentemente muchos peruan@s parecen
encubrirse tras esos escombros y repiten una y otra vez la letanía del
cercenamiento territorial, escondiendo o escamoteándose algunos de sus
mejores y fidedignos desarrollos, tierra fértil para relatos ucrónicos o de
universos alternativos.
Creo que si apuntáramos a esos pilares de Jonbur, eventualmente la CF
peruana tendría la posibilidad de ayudar a recrear los sueños da la nación a
través de un gimnasia de rememoración que nos permita recuperar grandeza y
autoestima. Por lo menos, que así queden registradas otras rutas para los
escritores.
© Luís Bolaños; 05-08-05.
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