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El mundo tiene mil
habitantes. El mundo tiene un millón de habitantes. El mundo tiene mil
millones de habitantes. El mundo…
Sea en la proporción que sea, la población humana mundial tiende a
incrementarse antes que a disminuir. Lo malo es que este incremento no
es racional: los países con mayores recursos para soportar la vida
humana tienen menos habitantes que los países pobres.
¿Una exageración? ¿Acaso Italia, cuya superficie apenas iguala al
departamento de Ucayali, no tiene aproximadamente 60 millones de
habitantes, frente a los 27 y pico del Perú? Considerando las cosas
desde una perspectiva tan basta, fácilmente podríamos concluir que el
Perú está despoblado. Ya lo saben. Creced y multiplicaos.
Excepto que no es así. No se trata de llenar un espacio con gente, se
trata de sostener una población con un mínimo de calidad de vida. Con
algo que todo el mundo considera un lujo al que los pobres no deben
aspirar: dignidad.
Con todo y su volumen, el Perú (y el mundo) tiene una capacidad limitada
para sostener la vida humana. Precisando, tiene una capacidad limitada
para “soportar” la vida humana. Y desastres como el huracán “Katrina” en
Nueva Orleáns nos demuestran que la Tierra tal vez ya está “harta” de
nosotros.
Es lógico. Por muy abundantes que parezcan, los recursos son escasos.
Siempre hay menos de los que el ser humano pueda utilizar, sea cual sea
la cantidad de seres humanos existentes. La mera actividad humana
implica una alteración irreversible de la “naturaleza”, lo cual es
inevitable. Pero ya es tiempo de seguir “existiendo” de manera más
racional, con una mayor consciencia de lo que nuestra existencia produce
en el mundo.
La ciencia-ficción ha producido excelentes extrapolaciones de las
consecuencias que trae la sobrepoblación, sin embargo, se ha tenido en
poco esta prospección. Por ejemplo, tenemos a “¡Hagan sitio, hagan
sitio!” de Harry Harrison, una historia policial cuyo escenario son unos
Estados Unidos tan sobrepoblados, que las residencias se subdividen para
proporcionar espacio a los nuevos habitantes. El tráfico callejero es un
caos. Lo peor de todo es que esta situación no parece importarle gran
cosa a la población, que genera ejemplares tan insanos como un tipo que
engendra y engendra hijos para hacerse merecedor de mayores espacios
redistribuidos por el Estado. Los líderes religiosos se limitan a
sostener el insostenible “creced y multiplicaos”, persistiendo en su
oposición a todo lo que suene a control de la natalidad.
Esta tendencia a la sobrepoblación es tocada también por George R.R.
Martin en los “Viajes de Tuf”. El viajero Tuf, humano poseedor de una
inmensa nave cuyo propósito inicial era la guerra biológica, es llamado
por los dirigentes de un planeta cuya población cada día crece más (como
masa, pues los individuos son cada vez más pequeños de estatura), y se
enfrenta a una escasez creciente de alimentos. Tuf se asombra de esta
situación y de la solución buscada, preguntando si además de necesitar
alimentos, la gente no necesitará acaso iniciar medidas de control de la
natalidad. Dicha pregunta es tomada como una ofensa, pues atenta contra
los más arraigados tabúes religiosos. Tuf decide ayudarlos,
proporcionándoles una planta milagrosa fácil de cultivar y cuyo fruto es
adictivo, de modo que la gente no se canse de comer lo mismo siempre.
Para las proteínas, les proporciona unas inmensas masas de carne
constituidas por células programadas para crecer incontroladamente.
Vamos, les da unos “cánceres” gigantescos de duración indeterminada.
Como para quitarse el sombrero por la idea: un cáncer comestible. Lo que
no sospechan los habitantes del planeta es que Tuf ha introducido
también un anticonceptivo que se propaga en el polen de la planta
milagrosa. Ya que la gente es tan estúpida, decide hacerles un favor.
Lástima que Tuf no ande cerca de la Tierra…
¿Pueden revertirse los efectos de la sobrepoblación? En “La mortal
misión de Phineas Snodgrass”, Frederik Pohl nos dice que si, pero merced
a un viaje en el tiempo. Phineas Snodgrass, bonachón él, viaja a la Roma
Imperial para enseñar a los romanos cómo cuidar mejor su salud, el uso
de nuevas tecnologías, etc., de modo que en menos de lo que canta un
gallo (temporalmente hablando), la humanidad está en el espacio. Pero la
masa total de la Tierra es menor a la masa total de la población humana.
Ya no hay sitio. ¿La solución? Un viaje al pasado para detener al bueno
de Phineas Snodgrass.
Lamentablemente, la visión de Harrison, con todo lo cruda que pueda
parecer, es la que está pareciéndose cada vez más a nuestra realidad.
Hasta hace poco tiempo, donde se encuentran el pueblito de Aguas
Calientes en Cusco y el balneario Asia de Lima, no había nada. Ahora hay
poblaciones. Y uno que ha estado ahí antes, cuando solo eran lugares
desiertos, se pregunta ¿de donde salen los recursos para sustentar esta
población?
Aunque lo correcto, tal vez, sea preguntar a quién se los están
quitando.
© Daniel Salvo;
05-09-05
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