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''It's time to do something different;
it's time to look at the things we've ignored,''
David Patterson, computer scientist
University of California Berkeley.
The distance between a great victory
and a great defeat is only one step.
1
Dicen que todo hombre mata lo que ama, también funciona a la inversa: lo que
amas termina matándote. Puedo dar fe de ello: El amor me transformo en un
gato de Schrödinger como lo hará con ustedes. Con la salvedad que pronto
seremos como el gato, cien por ciento muerto y no solo a un nivel quántico.
El sueño de los transhumanistas convertido en una pesadilla demencial.
Todo comenzó el día que Alisha entró por la puerta del laboratorio con esa
sonrisa suya, iluminándole el rostro, que borró de golpe la falsa noción de
que mi verdadero amor eran el software y la biología molecular. Al verla
comprendí la pícara sonrisa de mi asistente principal cuando, una semana
atrás, me había anunciado la llegada de una nueva especialista en genética a
nuestras instalaciones.
—Alisha… Alisha Woo. Es un gusto conocerlo profesor.
La calidez en su mano hacia que la mía, en comparación, pareciera un
témpano, así que la retiré con rapidez.
Ella lo notó, lo pude ver en la expresión de su rostro y el movimiento
inconsciente de su mano en dirección a la falda con motivos incaicos. Pocos
se habrían percatado, pero, para mi desgracia, tengo lo que los entendidos
llaman una personalidad paranoide que raya peligrosamente con la
esquizofrenia, y mis sentidos registran las más insignificantes señales del
lenguaje corporal.
Quizá ese primer encuentro fue el que marcó el derrotero de los siguientes
acontecimientos. No lo sé, no puedo encontrar una buena respuesta y a estas
alturas poco interesa. Es solo una teoría, podría decir como Bohr: “Después
de todo el fotómetro detecta fotones”.
Lo que recuerdo fue el terrible deseo de saber. Saber que pensaba esa
cabecita de cabellos negros parecidos a los de Blancanieves. Con el tiempo
lo sabría pero a cambio tendría que pagar un amargo precio, la perra vida no
se contentaría como la perversa madrastra con el corazón y el hígado,
exigiría mucho... mucho más.
Las primeras tres semanas no ocurrió nada en particular, la vida del
laboratorio siguió su habitual rutina. El lunes 15 de septiembre, puedo
recordarlo perfectamente ya que fue el día de mi cumpleaños, se sumó un
nuevo hecho a la línea de los acontecimientos.
Puntual como siempre, introduje mi código de identidad en la puerta del
laboratorio, tecleé el código de cierre y me encaminé a Aislamiento, donde
se realizan los experimentos de alta seguridad. Lo hice en silencio, no soy
de los que cantan en las mañanas y uso zapatillas de suela acolchada.
Para llegar a la puerta de acceso, es necesario recorrer un espacio de unos
cincuenta metros donde se intercalaban los cubículos de trabajo del resto de
mis colegas. Había recorrido la mitad de esa distancia cuando me pareció
escuchar un quejido.
Soy curioso por naturaleza, pero mi curiosidad es científica, no participo
de la moda de fisgonear en las vidas ajenas con el fin de evadirme de la
mía. Pero un quejido como el que escuche provocaría la curiosidad de
cualquiera. No obstante, y a fin de ahorrarme una escena y la vergüenza para
los implicados si los descubría en una posición comprometedora, esperé lo
que me pareció un tiempo prudencial y...
Carraspeé.
— ¿Quién está ahí? —La voz de Alisha, preocupada, con un ligero temblor, me
llegó desde la izquierda unos pasos más adelante.
—Soy yo, Efraín… disculpa si te asuste
Estaba completamente sola, sentada frente a su máquina, la cabeza mirando
sobre el hombro, en los ojos la sombra del miedo disipándose.
—Usted no me asusta profesor —dijo.
— ¿No sentiste ningún ruido… extraño?
Su rostro: el de un ángel de la inocencia pintado por Botticelli.
2
Miguel me estaba esperando en Aislamiento. Colocó sus patitas en el enrejado
de acero y movió una en un gesto de saludo. Sus vivaces ojillos me miraron
como preguntándome ¿y hoy, que?
Miguel era el matusalén de los ratones transgénicos, el numero cien de su
generación. Noventa semanas atrás le había administrado una dosis
intramuscular de un homogenizado de cerebro de hámster dorado inoculado
previamente con priones.
Los humanos, y la mayoría de animales terrestres, tenemos priones en nuestro
organismo, localizados principalmente en las membranas celulares del sistema
nervioso central. Ellos se encuentran en forma de una proteína que no causa
enfermedad alguna (la PRP). Cuando esta proteína (PRP) se vuelve anómala
entonces se producen lesiones en el cerebro en forma de placas que ocasionan
síntomas variados, dependiendo del tipo de proteína que se produzca. Podrían
imaginarse a los priones como minúsculos ratones (no pueden ser vistos por
microscópia electrónica), que dejan el cerebro como un queso gruyere. De
aquí la denominación de encefalopatías espongiformes. O sea una enfermedad
que te deja el cerebro como un Bob esponja.
Había sometido al homogenizado a una serie de procesos enzimáticos con el
objetivo de eliminar la partícula que producía los cambios de la proteína
PRP normal convirtiéndola en una anormal: la PRP sc (de scrapie). Una vez
inyectado el animal, tendría que determinar si era portador o no de la
enfermedad.
Ninguno de los hermanos de Miguel había sobrevivido tanto tiempo
asintomático. El nombre con que lo había bautizado no tenía nada que ver con
mi amor por los dibujos animados. El nombre era una forma de aliviar mi
conciencia por lo que iba a hacerle a continuación.
Los protocolos de bioseguridad son estrictos y en nuestro laboratorio varias
cámaras de vigilancia se encargan de registrar los procedimientos a fin de
garantizar, entre otras cosas, que se cumplan.
Abrí la jaula, tomé al pequeño Miguel y lo coloqué en la mesa de disección,
con un rápido corte separé la cabeza del resto del cuerpo teniendo cuidado
de no dañar las estructuras del tallo encefálico.
Puedo garantizarles que no sufrió, al menos no tanto como yo hubiese querido
que sufriese, de haber estado en mis manos, el Miguel por el cual le había
puesto el nombre.
Realicé un minúsculo corte a nivel del tronco encefálico a través del canal
espinal con un instrumento de plástico diseñado para este propósito y
procedí a tomar una muestra de aproximadamente medio gramo.
En condiciones normales, uno o varios técnicos deberían haberme ayudado,
pero esto es imposible, así que la mayor parte de las veces he tenido que
asumir el rol de varios individuos y trabajar a solas como los científicos
locos de las películas de ciencia ficción de clase B. Por supuesto, una gran
desventaja, pero al menos, solía decirme para compensar, permite guardar
algunos secretos.
Por extraña suerte unos meses atrás habíamos recibido una donación, lo que
me ayudó a eliminar una serie de pasos en la centrifugación con el objetivo
de enriquecer las proteínas priónicas específicas.
Tenía calor, el sistema acondicionador de aire estaba trabajando al mínimo y
el doble par de guantes y la ropa de plástico que exige el protocolo para
trabajar en la cabina de bioseguridad incrementaban la incomodidad.
Traté la muestra de homogenizado de cerebro con enzimas digestivas y la
coloqué en la placa azul de preincubación para su tratamiento con
anticuerpos junto a otras que servirían de control. Un programa que combina
la microscopia ultraestructural, la inmunohistoquímica y el western blot, se
encargaría de determinar los niveles de la proteína priónica anómala.
Ahora solo quedaba esperar. Usualmente el proceso dura dos horas y durante
ese tiempo me puse a elucubrar acerca del extraño gemido que había escuchado
poco antes.
Contar con un cerebro analítico puede ser un regalo para un investigador,
pero puedo asegurarles que también puede volverte loco cuando sopesas
posibilidades. Cuántas pasaron por mi mente. Y lo mejor, ninguna me parecía
confiable, ninguna podía explicarme lo que había ocurrido.
Si Alisha no era la causante de ese sonido, ¿entonces quién? Estaba
completamente sola cuando la encontré y hasta donde conozco todavía no se ha
inventado la teletransportación, y Gasparin es un dibujo animado.
Por otra parte, si ella había gemido, ¿qué le había producido tal expresión
de placer? He escuchado a mujeres excitadas, pero lo que oí se parecía más
al jadeo de una artista porno en un video de la net que a otra cosa.
¿Estaría Alisha sumergida en el hardcore, ahogando su soledad con el
espectáculo de otros haciendo el amor?
¿Y en el laboratorio?
Lo dudaba.
Una mujer como ella, ¿sola?
Difícil, pero no imposible. Muchas mujeres bellas e inteligentes mueren
solteras. Las causas pregúntensela a los sicólogos, pero es un hecho. Una
amiga mía me contaba que en una reunión de veinte mujeres, todas
intelectuales, quince eran solteras sin hijos, y solo dos habían tenido
novio, bueno, al menos eso era lo que ellas decían.
El piloto rojo me avisó que el proceso había concluido. Observe los
resultados sin creer lo que estaba frente a mis ojos. Calma, calma, me decía
pero quería gritar: Prusiner…EUREKAAAA.
Volví a revisar los resultados. No había dudas. Ni una sola de las muestras
era positiva a la proteína anormal. Ahora solo quedaba verificar los
hallazgos del Programa de Detección.
Avancé hacia la computadora aguantando la respiración.
3
La envidia puede ser maligna hasta el grado de la autodestrucción.
Para celebrar el acontecimiento, el Instituto botó la casa por la ventana.
Por supuesto, los gerentes y patrocinadores sacaron sus cuentas. ¿Qué
significaban unos miles de euros para alegrar la vida de los científicos que
habían logrado evitar la transmisión de una cepa de priones de un animal a
otro...? Las posibilidades eran inmensas. Dentro de poco, todos podríamos
comer carne sin preocuparnos por las vacas locas. Adiós a los priones. Una
vez aislada la partícula que producía la translocación de la proteína
priónica podían crearse nuevas drogas para tratar las encefalopatías
espongiformes, que si bien no son comunes, son devastadoras y un peligro
potencial para la salud humana. Los millones que entrarían en el Instituto
serían suficiente compensación para los gastos de hoy.
Y eso lo habíamos logrado en nuestro pequeño laboratorio tercermundista, con
carencia de recursos tanto humanos como materiales. ¿Cómo entonces no
alegrarse? Algunos hablaban incluso del Premio Nobel. Caras sonrientes,
chistes, enemigos jurados dándose la mano y congratulándose. Si la fiesta
hubiera sido en una botella de champaña de doscientos metros cuadrados, el
corcho habría llegado a la más lejana de las constelaciones.
Yo no participaba de la efervescencia general, permanecí en un rincón de la
gigantesca sala de protocolos con una copa a medias, simulando que bebía,
tan olvidado como el ratón Miguel y sus cien hermanos transgénicos.
¿Estarían ellos ahora celebrando en el cielo de los ratones la victoria de
la ciencia humana que les había costado la vida?
Lo dudaba.
Por lo general no soy amante de las fiestas, pero ésta en particular la
odiaba. No era solo por la hipocresía que suele caracterizar estos eventos,
las lamidas de mano, por no mencionar la palabra adecuada, y otras
costumbres tan generalizadas entre nosotros los humanos.
Mi problema era otro. Como dijo Dumas: cherchez la femme
Alisha sonriendo descaradamente, haciéndole guiñitos a Alberto, un compañero
del laboratorio quince años mas joven que yo. Alto, buen mozo, y menos,
mucho menos inteligente que un burro, pero como se dice en lenguaje popular,
con una buena vara que le había permitido entrar al Instituto, aplicando la
conocida Ley de Arquímedes.
¿Eso en qué lugar me dejaba? Aunque confieso que me gustaría ostentar cierta
parte de la anatomía del burro, en general no es un animal por el que me
cambiaría.
Al parecer, Alisha sí.
Aproveche las palabras del rector y me sumergí en la noche, pensando en el
nombre que le pondría a la próxima generación de mascotas de laboratorio.
4
Las mejoras empezaron de inmediato. Si pedía pajaritos volando, eso me
daban. Cinco nuevos asistentes aparecieron como por arte de magia, con
sueldos nada envidiables. Ellos servirían de muro contenedor y filtro para
las numerosas compañías e instituciones interesadas en el tema. Los
geniecitos de la bioestadística se encargaron de las publicaciones. Los
artículos vieron la luz en las más prestigiosas revistas de ciencia. Una
legión de seguidores repitió los experimentos con resultados afines.
Todo un éxito, pero yo continuaba obsesionado con la idea de conocer los
pensamientos más íntimos de Alisha. ¿Puede alguien saber lo que otro piensa
con certeza? ¿Qué sucedería en una sociedad en la que sería imposible mentir
porque tus pensamientos estarían expuestos al escrutinio ajeno? ¿Llevaría
esto a los humanos a un nuevo nivel de la existencia o los destruiría? Si
algunos de los sueños de los escritores de ciencia ficción se habían vuelto
realidad (Verne, Clarke), ¿Por que el mío no podía tornarse real en el
futuro?
Una noche, como muchas otras, en la que no lograba dormir comencé a leer un
artículo en la Net sobre el Profesor Bill Ditto del Georgia Institute of
Technology. Él y sus colegas habían desarrollado una computadora basada en
neuronas de sanguijuela.
Me interesé en el asunto y abrí otros enlaces.
En el año 2001 un grupo de científicos israelíes había creado un prototipo
de computadora biológica capaz de realizar un billón de operaciones por
segundo, sorprendentemente un millón de estas computadoras con enzimas como
hardware y ADN como software cabían en una gota de agua.
Estuve toda la noche leyendo artículos sobre el tema y cuando la luz del
incipiente día entró por la ventana del cuarto y los pájaros iniciaron su
concierto matinal, yo estaba sentado frente al computador fumándome un
Winston y con una taza de café humeante entre mis frías manos haciéndome un
montón de preguntas.
Obviamente comprendía el interés por crear una computadora más rápida que
las actuales utilizando una interfase biológica y las ventajas de esto, pero
por qué conformarnos con maquinas que solo simulaban la inteligencia. ¿Para
que construir más Deep Blue que nos derrotaran?
Dos horas más tarde me puse en contacto por videoconferencia con el doctor
Inamushi del Centro para el desarrollo de computadoras biológicas en Tokio,
y gustosamente aceptó mi invitación. El único problema, dijo, es que sería
necesario posponer el encuentro ya que tenía que participar como invitado en
la Convención Anual de Inteligencia Artificial a celebrarse en Miami por
esos días. Le pedí unos minutos, marqué el número de la Gerencia, y cuando
termine le dije:
—Profesor, ¿podríamos encontrarnos en el Intercontinental Hotel Miami el 12?
—Por supuesto —dijo y en su rostro pude ver la pregunta. ¿Cómo diablos lo ha
hecho? Las Convenciones de IA son eventos muy importantes y dos o tres meses
antes de inaugurarse las reservaciones están agotadas. Científicos de alto
nivel dejan de asistir porque sus presupuestos no alcanzan para pagar los
Hoteles de cinco estrellas que quedan vacantes. Yo lo había resuelto con una
simple llamada telefónica.
Conseguí convencer al profesor Inamushi y a otros tres científicos que
comenzaron a trabajar de inmediato en la idea. El doctor Galiano de la
Universidad Politécnica de Cataluña se encargaría de los aspectos
relacionados con la interacción celular y los factores de
reconocimiento/adhesión. El doctor Kjorm, un gigante barbarroja supervisaría
los aspectos relacionados con la Inteligencia genética. El doctor Anthony
Persons, un especialista en el campo de la IA, diseñaría los protocolos de
acceso y comunicación.
Poco a poco en el transcurso de los meses se unieron otros científicos al
equipo. La doctora Mathieus, experta en optimización dinámica utilizando
MAPK networks, a mediados de octubre. En noviembre tres científicos hindúes:
un ingeniero de sistemas, un experto en neurointernetics y un programador
especializado en fisioinformática y en diciembre un norteamericano oriundo
de Massachussets de apellido Zunt, que trabajaba en el Programa BIOjade y
era experto en bromas pesadas. Al finalizar el primer año trabajábamos en el
proyecto alrededor de 100 personas entre especialistas y técnicos.
Tardamos dos años en lograr que los priones se unieran a los tejidos de
forma sistemática y formaran una red neural. A diferencia de otras
proteínas, la priónica resultaba bastante estable y el proceso de incorporar
el software a los tejidos vivos se facilitó. Sin embargo el proyecto no
avanzaba como queríamos. Por alguna razón que no lográbamos precisar, las
conexiones en los cerebros de los ratones se cristalizaban y fragmentaban
con facilidad y las señales de comunicación eran poco menos que eficaces
como lo demostraban los estudios con moléculas fluorescentes.
Por aquella época apenas pude ver a Alisha, las pocas veces que logré
robarle un tiempo a la investigación me la encontraba con su sombra
acompañante y el creciente deseo de decirle “te amo” moría en mis labios
congelados por la rabia de los celos. En dos o tres ocasiones tuve la
impresión de que ella también deseaba hablarme, desembarazarse de su sombra,
pero siempre, al final, pensaba que esto no era más que una sensación
surgida de mis oscuros e inconfesables deseos, una ilusión forjada en el
yunque de mi fantasía. Para completar mis frustraciones, cierta mañana a
mediados de diciembre los tórtolos decidieron darme el tiro de gracia.
—Pensamos casarnos a principio de año —dijo Alisha con una tranquilidad
escalofriante y una sonrisa de felicidad que daba ganas de gritar. Alberto,
a su lado, también sonreía.
Recibí la noticia lo mejor que pude, mi rostro distendido en una mueca de
alegría. Al fin y al cabo la hipocresía es un mal contagioso. Los felicité
con efusividad y les desee lo mejor. Que el cáncer te coma el pene. Que tus
hijos padezcan Down.
Me escondí a llorar en el laboratorio de aislamiento. Cientos de Albertos me
miraban desde sus jaulas con algo parecido a la burla pintada en sus rostros
ratoniles. Extraje al que estaba más cerca y lo descuarticé con lentitud
ante la visión horrorizada de sus compañeros.
Allí estaban: indefensos, pequeñas máquinas esperando a ser inyectados con
una mezcla de priones para convertirse en otra cosa. Claro si nuestra
investigación daba resultados positivos pasarían años antes de que el
procedimiento fuera aceptado en humanos. Un logro para la sociedad que para
mi no tendría sentido.
Entonces tomé la decisión. Al carajo los protocolos.
Apagué las cámaras de seguridad.
5
Los primeros indicios de que mi locura estaba dando resultados los noté
pocas semanas después.
El principio de la computación biológica fue enunciado por Adleman. Las
células son una especie de computadora en paralelo, ellas tienen
instrucciones codificadas, crecen, se multiplican de acuerdo a programas
celosamente guardados en el código genético. Todas las células utilizan el
mismo sistema operativo: el ADN se transforma en ARN que a su vez produce
proteínas. El ADN almacena y transfiere información. Estos programas pueden
ser copiados y ejecutados al igual que los de un procesador corriente.
La tecnología utilizada en nuestro experimento, aunque basada en la idea de
Adleman, difería en cuanto a sistemas biológicos implicados y en la
naturaleza del sistema computacional.
Aprovechando la estructura cerebral y las conexiones naturales entre ellas
—cien trillones de sinapsis— todo un ejército de priones poblaba ahora mi
cerebro utilizando las elevadas capacidades energéticas producidas por los
átomos de hidrogeno que conforman nuestro organismo, viajando a través de
los líquidos tisulares, desplazándose sobre los astrocitos, cabalgando vía
retrógrada a lo largo de los axones, convirtiéndome en una computadora
viviente con cien billones de biochips (neuronas) que utilizaba los priones
(proteínas) como hardware y el DNA introducido en cepas de E coli HE154/p
—con miles de piezas codificadas escritas por programadores humanos— como
software.
El poder de un cerebro humano normal en términos computacionales es de 10^17
ops/ sec, o sea un millón de billones de operaciones por segundo. En mi caso
la velocidad de procesamiento se incrementó a 10^35 ops/sec, haciendo que
mis habilidades matemáticas, de razonamiento lógico y comunicación, entre
otras, se multiplicasen por un número que un humano no puede ni siquiera
imaginar.
Por supuesto, esto no ocurrió de un momento para otro, ni me transformó en
una singularidad. Mis procesos se hicieron más rápidos pero eso no me hizo
más listo ni más sabio. Como habían predicho muchos investigadores, existían
límites: físicos, biológicos, temporales.
Para empezar el influjo de información era tal que constantemente mi cabeza
parecía a punto de estallar, las imágenes aparecían distorsionadas y
fraccionadas y me era muy difícil diferenciar entre realidad y
alucinaciones.
Conceptos matemáticos se entremezclaban con notas musicales, los sonidos se
amplificaban en mi oído medio produciendo fantasmagóricas resonancias
visuales en mi cráneo.
Las sensaciones térmicas, olfatorias, visuales, táctiles se confundían una
con otra hasta el grado de la parálisis. Una avalancha de sensaciones
cenestésicas formas y colores me asaltaban. El rojo me hacia sudar, el azul
me producía escalofríos, el verde asfixia. Los objetos perdían sus límites y
se fusionaban con el medio en una oscilante luminosidad, deconstruyéndose y
reconstruyéndose a capricho creando una nueva realidad alucinante y
tenebrosa compuesta por elementos de alta y baja resolución en una gama
inusitada de colores, olores, sensaciones y sonidos que me hacían evocar
recuerdos ajenos a mi memoria.
Olor a café: alguien azotaba mi espalda mientras el grito de un millón de
voces se cristalizaba en un cielo púrpura. Humo de cigarro: gigantescas
columnas de fuego lamían los restos calcinados de millones de hombres
cubiertos por ejércitos de cucarachas que pululan sobre los irregulares
despojos de la tierra huyendo de una lluvia ácida y persistente.
Manchas de humedad que son caras sonrientes o tristes o amenazantes. Nubes:
gigantescos caballos de algodón en una lenta metamorfosis de manos
crispadas, lamentos octagonales de erizadas aristas que se fragmentan en
cristalinas gotas para correr en voluptuosas cataratas por el rostro insomne
del cielo.
Me era imposible probar las comidas, la carne me parecía trozos cuadrados de
plástico, el agua una corriente de lava erosionando mi garganta, el arroz
una pegajosa masa de gusanos muertos. Constantemente sufría episodios de
hipoglucemia que por suerte nunca llegaron al coma. Aprovechando que aún
podía moverme programe dos bombas de infusión con dextrosa hipertónica para
poder alimentarme.
Mi vida transcurría en una caleidoscópica sucesión de instantes
desconectados sin consistencia ni duración, flotaba en una corriente sin
sentido donde el tiempo y el espacio se confundían hasta formar una amalgama
de paradojas fluctuantes. Poco después mi actividad muscular se incrementó
en un 200%, calambres contracciones, me obligaron a permanecer en cama. La
señora María fue mi ángel salvador en ese periodo. Me alimentaba a través de
una sonda nasogástrica, cambiaba mis pañales y atendía todas mis necesidades
básicas como a un niño de teta.
Si antes padecía de un insomnio benigno ahora vivía en un estado de
permanente vigilia o de constante ensoñación, memorias de la infancia que
parecían ajenas, visiones de lugares que no recordaba haber visitado. El
rostro de Alisha deformado en una mueca insana mostrándome la lengua. Sus
gemidos lacerándome las carnes, produciéndome erecciones que no tenían
alivio
Llegado un momento las paredes de mi habitación se desplomaron y quede
expuesto al vacío. Figuras amorfas sobrenadando en el caldo primigenio.
Fusiones, divisiones, luchas en un sórdido maremagnum de vida y muerte. Un
paisaje desierto en que las imágenes danzaban bajo el intenso calor.
Inmensas masas de hielo resquebrajándose con un sonido desgarrante. Las
nevadas cimas de una montaña donde brillaba un objeto enorme sobrevolado por
una paloma...
Objetos bizarros fuera de foco en un cielo infernal de púrpuras y violetas
anegaron mis ojos, estallidos flamígeros de luz y de sombras azotaron mi
conciencia hasta que por fin fue devorada por un enorme mastín de ojos fríos
y resplandecientes y me hundí en el olvido
Cuando desperté, una calma total.
Podía percibir la luz que atravesaba mi ventana con claridad casi
sobrenatural, pero los objetos se mostraban con las cualidades de siempre.
Mis oídos no zumbaban y mi cabeza no era un enorme globo a punto de
estallar. Y, aunque a un nivel subliminal podía percibir el ritmo de mis
células con cada latido, esta constante actividad no interfería con el mundo
exterior.
Escuché el canto de los pájaros, el ruido de una perforadora, el amortiguado
desplazamiento de los autos, el llanto de un niño en algún lugar, el suave
arrullo de los amantes, voces: el pulso de la ciudad en su cotidiano ajetreo
pero ahora con un flujo lento, ordenado, armonioso.
Había renacido.
6
Durante meses mi nuevo estado me absorbió por completo y me hizo olvidar a
Alisha y el motivo que había servido de motor primigenio para la
investigación.
Cierta noche en que me había quedado hasta tarde comprobando la velocidad de
mis patrones de respuesta a problemas lógicos encontré a Alisha cabizbaja en
su cubículo. Era evidente que algo le pasaba
—Hola —le dije.
Se sobresaltó como si hubiera visto a un fantasma. Y quizás lo era.
—Hola, profesor.
—Parece que lo hiciera a propósito, siempre ando asustándote.
—Usted no me asusta, profesor —respondió y por un momento una extraña
sensación de déjà vu me invadió.
—Nos conocemos ya hace varios años Alisha, ¿porque sigues tratándome de
usted?
Sus hombros se encogieron ligeramente
—Pienso que por respeto. Usted… tu...”
—Disculpa Alisha, no quiero ser entrometido pero ¿tienes algún problema?
Sacudió la cabeza.
—No es nada …profesor, no tiene porque preocuparse —dijo, pero mi
sensibilidad para correlacionar datos lingüísticos con la información
gestural y facial decía otra cosa.
—¿Por qué no me cuentas...? —Insistí.
Las palabras se le atragantaron visiblemente y sus ojos adquirieron un
brillo húmedo.
—Perdone, y-yo… no puedo...
Si hay algo que me destroza es ver a una mujer llorando.
Permanecí con los ojos cerrados unos segundos e intenté borrar de mi mente
la expresión de desesperación que crispaba su rostro. El intenso olor del
miedo y la frustración que emanaban de su cuerpo transportado por las
feromonas se incrustó en mi cerebro olfatorio. No sabía que hacer, si
estrecharla en mis brazos y secar sus lágrimas con mis labios o huir a algún
lugar distante donde no tuviese que soportar el dolor de su mirada, la
tortura de mi cobardía.
—Espera un momento —dije—, te traeré un vaso de agua.
Corrí hacia la cocina. El momento se convirtió en diez minutos, el vaso de
agua en uno de té. Necesitaba calmarme, el corazón me galopaba en el pecho.
¿Que le pasaba a Alisha? ¿Problemas con su esposo? ¿Le habría pegado? No le
note ningún moretón pero hay hombres que saben donde pegar para producir
dolor sin dejar marcas. ¿La había traicionado con una de sus amigas? (El
tipo se pasaba el tiempo alardeando de Don Juan).
Cualquiera que fuera el asunto, Alisha no parecía dispuesta a comunicármelo.
Ella no te dirá. No te dirá
El silbido de la tetera me devolvió a la realidad. Vertí el agua caliente en
una tasa y estornudé.
Maldita alergia.
Coloqué una bolsita de Mc Collins en el agua hirviendo y observé como se
teñía lentamente con el color característico de la infusión. Tomé el
azucarero, a ella le gusta bien dulce, y puse los dos recipientes en una
bandeja de metal. El aroma del te penetró con fuerza en mis fosas nasales y
estornudé de nuevo. Pude ver claramente las góticas desperdigándose en el
aire ambiental.
No te dirá.
La voz interior me acosaba, se burlaba de mí.
Nunca sabrás. Todo ha sido inútil
Me había arriesgado a inyectarme una sustancia a costa de mi propia vida con
el objetivo de saber que pensaba ella y seguía en la misma situación. La
misma incertidumbre
Un cerebro potenciado no te hace adivino, no te capacita para extraer los
pensamientos de una mente ajena, todo lo que te permite es poder interpretar
de forma mas lógica señales que para otros pasan inadvertidas, utilizar
algunas capacidades y habilidades que el hombre ha perdido en el transcurso
de su evolución.
Tenía que hacer algo.
Observé la infusión en la taza que sostenía mi mano temblorosa. Oscura como
mis pensamientos.
Hacía poco había leído en un artículo que la proteína priónica podía
almacenarse en la mucosa olfatoria de pacientes con la Enfermedad de
Creutzfeldt-Jakob, el modelo de las enfermedades espongiformes. Este dato
sugería que las secreciones nasales podían transportar priones.
Solo había una forma de comprobarlo.
Cuando llegue al cubículo Alisha estaba completamente calmada pero se tomo
su té sin chistar. En su rostro no se dibujó la mueca de repugnancia de
siglos atrás cuando me dio la mano por primera vez a pesar de que la
infusión estaba cargada de una abundante dosis de mis bastarditos.
Sé que usted puede pensar ¿cómo es posible que un científico se deje
arrastrar por los bajos instintos? La historia esta llena de ejemplos. Si la
farándula científica tuviese un E entertainment television, de lo que se
enteraría la gente. Después de todo los científicos también somos humanos
7
Alisha murió hace cinco días. No fui al entierro, no podía. Ver su cuerpo
languidecer, tembloroso como una hoja en otoño, sus ojos de pupilas
dilatadas enrojecidos por el insomnio, su lengua balbuceando palabras
incoherentes, fue suficiente.
¿Qué salió mal?
Teóricamente, los priones que albergaban mi cuerpo no debían producir la
enfermedad. Entonces ¿qué había fallado?
Lo que falló fue un maldito número. Lo descubrí un día antes de la muerte de
Alisha. Mi análisis genético mostró una doble mutación 178 D-N, 200 EK que
incrementa la conversión espontánea de la proteína priónica normal a la
patológica. Los priones que pasaron al cuerpo de Alisha reprodujeron la
mutación produciéndole la enfermedad. Paradójicamente, a pesar de ser el
portador, los síntomas y el progreso de la enfermedad se atenuaron en mi
organismo. De alguna forma mi sistema inmunológico se las había ingeniado
para contener el ataque de los priones.
Mis esfuerzos por corregir la mutación no dieron resultados. Utilicé los
bancos de información genética, bioquímica, e inmunológica a mi disposición,
pero las isoformas aberrantes de la proteína priónica se mostraron
resistentes a cualquier tipo de manipulación.
Impotente asistí a la extinción de la mujer que amaba viendo como
gradualmente sus neuronas colapsaban como soles muertos, mientras sus vías
neurales se destruían cubiertas por un pavimento amiloideo, una densa maraña
de fibras cristalinas de conformación helicoidal que interrumpía las señales
nerviosas alimentándose del tejido que conforma los sueños.
Rescaté lo que pude a través de los enlaces que aún permanecían intactos,
los recuerdos más profundamente enterrados en el sótano del subconsciente.
Una sonrisa, una flor... La cegadora visión de la luz al salir del canal del
parto.
Después de su muerte todo ha ocurrido con una alucinante celeridad, como si
estuviera montado en una demencial montaña rusa. Cuesta abajo hacia la
catástrofe. Las imágenes se multiplican y bombardean mi mente como un haz de
fotones. Los pensamientos y sueños de millones de individuos se multiplican
exponencialmente en el tiempo a medida que los priones invaden otros cuerpos
y los links crecen en mi red neuronal.
Un SERVIDOR HUMANO, en eso me he transformado, un gigantesco servidor que
infecta al resto de mis congéneres.
Ahora mismo alguien puede estar tosiendo a su lado, estornudando, dándole un
abrazo, un beso. Ahora mismo pueden estar sometiéndolo a una lipectomía o a
una cirugía estética mientras un ejército silencioso de priones inteligentes
lo invade.
Ya casi no me quedan fuerzas, si pudiera me cortaría el pescuezo como a uno
de mis animales de experimentación. Las innumerables victimas de la ciencia
deben estar festejando en sus paraísos particulares.
Observo el retazo de cielo gris color panza de burro característico de mi
ciudad sin verlo. Mis retinas agobiadas por tanta muerte: demencia, ataxia,
parálisis, insomnio mortal, las numerosas formas de terminar con la vida que
tienen las encefalopatías espongiformes. Mientras, me aferro al último
pensamiento que latió en la agonía de Alisha, la última imagen en su amorfa
conciencia poco antes de morir: mi rostro. El rostro que, hace no se cuantos
años, le provoco un gemido de placer en su fantasía frente a la computadora,
el origen de toda esta locura.
Ahora entiendo, aunque tarde, que es una estupidez querer conocer el
pensamiento de otros. Las señales del amor casi siempre están ahí para que
podamos verlas. Una pausa que se extiende, una leve mirada, un apretón de
manos. No son necesarios cables, ni biochips, ni sistemas de potenciación,
lo importante es intentar comprender la naturaleza humana y sus
motivaciones.
Puedo escuchar el ruido de los aviones estrellándose, el de los autos
chocando, atropellando personas inocentes. Puedo ver las manos temblorosas
de los cirujanos cortando en los lugares indebidos, la sangre corriendo como
un río infinito por las calles.
Hoy es mi ciudad, mañana será el mundo.
Por suerte pronto, muy pronto todo será silencio.
© Kala Azar;
20-10-05.
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