LOCURA DE AMOR

''It's time to do something different;
it's time to look at the things we've ignored,''
David Patterson, computer scientist
University of California Berkeley.

The distance between a great victory
and a great defeat is only one step.

1

Dicen que todo hombre mata lo que ama, también funciona a la inversa: lo que amas termina matándote. Puedo dar fe de ello: El amor me transformo en un gato de Schrödinger como lo hará con ustedes. Con la salvedad que pronto seremos como el gato, cien por ciento muerto y no solo a un nivel quántico. El sueño de los transhumanistas convertido en una pesadilla demencial.
Todo comenzó el día que Alisha entró por la puerta del laboratorio con esa sonrisa suya, iluminándole el rostro, que borró de golpe la falsa noción de que mi verdadero amor eran el software y la biología molecular. Al verla comprendí la pícara sonrisa de mi asistente principal cuando, una semana atrás, me había anunciado la llegada de una nueva especialista en genética a nuestras instalaciones.
—Alisha… Alisha Woo. Es un gusto conocerlo profesor.
La calidez en su mano hacia que la mía, en comparación, pareciera un témpano, así que la retiré con rapidez.
Ella lo notó, lo pude ver en la expresión de su rostro y el movimiento inconsciente de su mano en dirección a la falda con motivos incaicos. Pocos se habrían percatado, pero, para mi desgracia, tengo lo que los entendidos llaman una personalidad paranoide que raya peligrosamente con la esquizofrenia, y mis sentidos registran las más insignificantes señales del lenguaje corporal.
Quizá ese primer encuentro fue el que marcó el derrotero de los siguientes acontecimientos. No lo sé, no puedo encontrar una buena respuesta y a estas alturas poco interesa. Es solo una teoría, podría decir como Bohr: “Después de todo el fotómetro detecta fotones”.

Lo que recuerdo fue el terrible deseo de saber. Saber que pensaba esa cabecita de cabellos negros parecidos a los de Blancanieves. Con el tiempo lo sabría pero a cambio tendría que pagar un amargo precio, la perra vida no se contentaría como la perversa madrastra con el corazón y el hígado, exigiría mucho... mucho más.
Las primeras tres semanas no ocurrió nada en particular, la vida del laboratorio siguió su habitual rutina. El lunes 15 de septiembre, puedo recordarlo perfectamente ya que fue el día de mi cumpleaños, se sumó un nuevo hecho a la línea de los acontecimientos.

Puntual como siempre, introduje mi código de identidad en la puerta del laboratorio, tecleé el código de cierre y me encaminé a Aislamiento, donde se realizan los experimentos de alta seguridad. Lo hice en silencio, no soy de los que cantan en las mañanas y uso zapatillas de suela acolchada.
Para llegar a la puerta de acceso, es necesario recorrer un espacio de unos cincuenta metros donde se intercalaban los cubículos de trabajo del resto de mis colegas. Había recorrido la mitad de esa distancia cuando me pareció escuchar un quejido.
Soy curioso por naturaleza, pero mi curiosidad es científica, no participo de la moda de fisgonear en las vidas ajenas con el fin de evadirme de la mía. Pero un quejido como el que escuche provocaría la curiosidad de cualquiera. No obstante, y a fin de ahorrarme una escena y la vergüenza para los implicados si los descubría en una posición comprometedora, esperé lo que me pareció un tiempo prudencial y...
Carraspeé.
— ¿Quién está ahí? —La voz de Alisha, preocupada, con un ligero temblor, me llegó desde la izquierda unos pasos más adelante.
—Soy yo, Efraín… disculpa si te asuste
Estaba completamente sola, sentada frente a su máquina, la cabeza mirando sobre el hombro, en los ojos la sombra del miedo disipándose.
—Usted no me asusta profesor —dijo.
— ¿No sentiste ningún ruido… extraño?
Su rostro: el de un ángel de la inocencia pintado por Botticelli.

2

Miguel me estaba esperando en Aislamiento. Colocó sus patitas en el enrejado de acero y movió una en un gesto de saludo. Sus vivaces ojillos me miraron como preguntándome ¿y hoy, que?
Miguel era el matusalén de los ratones transgénicos, el numero cien de su generación. Noventa semanas atrás le había administrado una dosis intramuscular de un homogenizado de cerebro de hámster dorado inoculado previamente con priones.
Los humanos, y la mayoría de animales terrestres, tenemos priones en nuestro organismo, localizados principalmente en las membranas celulares del sistema nervioso central. Ellos se encuentran en forma de una proteína que no causa enfermedad alguna (la PRP). Cuando esta proteína (PRP) se vuelve anómala entonces se producen lesiones en el cerebro en forma de placas que ocasionan síntomas variados, dependiendo del tipo de proteína que se produzca. Podrían imaginarse a los priones como minúsculos ratones (no pueden ser vistos por microscópia electrónica), que dejan el cerebro como un queso gruyere. De aquí la denominación de encefalopatías espongiformes. O sea una enfermedad que te deja el cerebro como un Bob esponja.
Había sometido al homogenizado a una serie de procesos enzimáticos con el objetivo de eliminar la partícula que producía los cambios de la proteína PRP normal convirtiéndola en una anormal: la PRP sc (de scrapie). Una vez inyectado el animal, tendría que determinar si era portador o no de la enfermedad.
Ninguno de los hermanos de Miguel había sobrevivido tanto tiempo asintomático. El nombre con que lo había bautizado no tenía nada que ver con mi amor por los dibujos animados. El nombre era una forma de aliviar mi conciencia por lo que iba a hacerle a continuación.
Los protocolos de bioseguridad son estrictos y en nuestro laboratorio varias cámaras de vigilancia se encargan de registrar los procedimientos a fin de garantizar, entre otras cosas, que se cumplan.
Abrí la jaula, tomé al pequeño Miguel y lo coloqué en la mesa de disección, con un rápido corte separé la cabeza del resto del cuerpo teniendo cuidado de no dañar las estructuras del tallo encefálico.
Puedo garantizarles que no sufrió, al menos no tanto como yo hubiese querido que sufriese, de haber estado en mis manos, el Miguel por el cual le había puesto el nombre.
Realicé un minúsculo corte a nivel del tronco encefálico a través del canal espinal con un instrumento de plástico diseñado para este propósito y procedí a tomar una muestra de aproximadamente medio gramo.
En condiciones normales, uno o varios técnicos deberían haberme ayudado, pero esto es imposible, así que la mayor parte de las veces he tenido que asumir el rol de varios individuos y trabajar a solas como los científicos locos de las películas de ciencia ficción de clase B. Por supuesto, una gran desventaja, pero al menos, solía decirme para compensar, permite guardar algunos secretos.
Por extraña suerte unos meses atrás habíamos recibido una donación, lo que me ayudó a eliminar una serie de pasos en la centrifugación con el objetivo de enriquecer las proteínas priónicas específicas.
Tenía calor, el sistema acondicionador de aire estaba trabajando al mínimo y el doble par de guantes y la ropa de plástico que exige el protocolo para trabajar en la cabina de bioseguridad incrementaban la incomodidad.
Traté la muestra de homogenizado de cerebro con enzimas digestivas y la coloqué en la placa azul de preincubación para su tratamiento con anticuerpos junto a otras que servirían de control. Un programa que combina la microscopia ultraestructural, la inmunohistoquímica y el western blot, se encargaría de determinar los niveles de la proteína priónica anómala.
Ahora solo quedaba esperar. Usualmente el proceso dura dos horas y durante ese tiempo me puse a elucubrar acerca del extraño gemido que había escuchado poco antes.
Contar con un cerebro analítico puede ser un regalo para un investigador, pero puedo asegurarles que también puede volverte loco cuando sopesas posibilidades. Cuántas pasaron por mi mente. Y lo mejor, ninguna me parecía confiable, ninguna podía explicarme lo que había ocurrido.
Si Alisha no era la causante de ese sonido, ¿entonces quién? Estaba completamente sola cuando la encontré y hasta donde conozco todavía no se ha inventado la teletransportación, y Gasparin es un dibujo animado.
Por otra parte, si ella había gemido, ¿qué le había producido tal expresión de placer? He escuchado a mujeres excitadas, pero lo que oí se parecía más al jadeo de una artista porno en un video de la net que a otra cosa.
¿Estaría Alisha sumergida en el hardcore, ahogando su soledad con el espectáculo de otros haciendo el amor?
¿Y en el laboratorio?
Lo dudaba.
Una mujer como ella, ¿sola?
Difícil, pero no imposible. Muchas mujeres bellas e inteligentes mueren solteras. Las causas pregúntensela a los sicólogos, pero es un hecho. Una amiga mía me contaba que en una reunión de veinte mujeres, todas intelectuales, quince eran solteras sin hijos, y solo dos habían tenido novio, bueno, al menos eso era lo que ellas decían.
El piloto rojo me avisó que el proceso había concluido. Observe los resultados sin creer lo que estaba frente a mis ojos. Calma, calma, me decía pero quería gritar: Prusiner…EUREKAAAA.
Volví a revisar los resultados. No había dudas. Ni una sola de las muestras era positiva a la proteína anormal. Ahora solo quedaba verificar los hallazgos del Programa de Detección.
Avancé hacia la computadora aguantando la respiración.

3

La envidia puede ser maligna hasta el grado de la autodestrucción.

Para celebrar el acontecimiento, el Instituto botó la casa por la ventana. Por supuesto, los gerentes y patrocinadores sacaron sus cuentas. ¿Qué significaban unos miles de euros para alegrar la vida de los científicos que habían logrado evitar la transmisión de una cepa de priones de un animal a otro...? Las posibilidades eran inmensas. Dentro de poco, todos podríamos comer carne sin preocuparnos por las vacas locas. Adiós a los priones. Una vez aislada la partícula que producía la translocación de la proteína priónica podían crearse nuevas drogas para tratar las encefalopatías espongiformes, que si bien no son comunes, son devastadoras y un peligro potencial para la salud humana. Los millones que entrarían en el Instituto serían suficiente compensación para los gastos de hoy.
Y eso lo habíamos logrado en nuestro pequeño laboratorio tercermundista, con carencia de recursos tanto humanos como materiales. ¿Cómo entonces no alegrarse? Algunos hablaban incluso del Premio Nobel. Caras sonrientes, chistes, enemigos jurados dándose la mano y congratulándose. Si la fiesta hubiera sido en una botella de champaña de doscientos metros cuadrados, el corcho habría llegado a la más lejana de las constelaciones.
Yo no participaba de la efervescencia general, permanecí en un rincón de la gigantesca sala de protocolos con una copa a medias, simulando que bebía, tan olvidado como el ratón Miguel y sus cien hermanos transgénicos. ¿Estarían ellos ahora celebrando en el cielo de los ratones la victoria de la ciencia humana que les había costado la vida?
Lo dudaba.
Por lo general no soy amante de las fiestas, pero ésta en particular la odiaba. No era solo por la hipocresía que suele caracterizar estos eventos, las lamidas de mano, por no mencionar la palabra adecuada, y otras costumbres tan generalizadas entre nosotros los humanos.
Mi problema era otro. Como dijo Dumas: cherchez la femme
Alisha sonriendo descaradamente, haciéndole guiñitos a Alberto, un compañero del laboratorio quince años mas joven que yo. Alto, buen mozo, y menos, mucho menos inteligente que un burro, pero como se dice en lenguaje popular, con una buena vara que le había permitido entrar al Instituto, aplicando la conocida Ley de Arquímedes.
¿Eso en qué lugar me dejaba? Aunque confieso que me gustaría ostentar cierta parte de la anatomía del burro, en general no es un animal por el que me cambiaría.
Al parecer, Alisha sí.
Aproveche las palabras del rector y me sumergí en la noche, pensando en el nombre que le pondría a la próxima generación de mascotas de laboratorio.

4

Las mejoras empezaron de inmediato. Si pedía pajaritos volando, eso me daban. Cinco nuevos asistentes aparecieron como por arte de magia, con sueldos nada envidiables. Ellos servirían de muro contenedor y filtro para las numerosas compañías e instituciones interesadas en el tema. Los geniecitos de la bioestadística se encargaron de las publicaciones. Los artículos vieron la luz en las más prestigiosas revistas de ciencia. Una legión de seguidores repitió los experimentos con resultados afines.

Todo un éxito, pero yo continuaba obsesionado con la idea de conocer los pensamientos más íntimos de Alisha. ¿Puede alguien saber lo que otro piensa con certeza? ¿Qué sucedería en una sociedad en la que sería imposible mentir porque tus pensamientos estarían expuestos al escrutinio ajeno? ¿Llevaría esto a los humanos a un nuevo nivel de la existencia o los destruiría? Si algunos de los sueños de los escritores de ciencia ficción se habían vuelto realidad (Verne, Clarke), ¿Por que el mío no podía tornarse real en el futuro?
Una noche, como muchas otras, en la que no lograba dormir comencé a leer un artículo en la Net sobre el Profesor Bill Ditto del Georgia Institute of Technology. Él y sus colegas habían desarrollado una computadora basada en neuronas de sanguijuela.
Me interesé en el asunto y abrí otros enlaces.
En el año 2001 un grupo de científicos israelíes había creado un prototipo de computadora biológica capaz de realizar un billón de operaciones por segundo, sorprendentemente un millón de estas computadoras con enzimas como hardware y ADN como software cabían en una gota de agua.
Estuve toda la noche leyendo artículos sobre el tema y cuando la luz del incipiente día entró por la ventana del cuarto y los pájaros iniciaron su concierto matinal, yo estaba sentado frente al computador fumándome un Winston y con una taza de café humeante entre mis frías manos haciéndome un montón de preguntas.
Obviamente comprendía el interés por crear una computadora más rápida que las actuales utilizando una interfase biológica y las ventajas de esto, pero por qué conformarnos con maquinas que solo simulaban la inteligencia. ¿Para que construir más Deep Blue que nos derrotaran?
Dos horas más tarde me puse en contacto por videoconferencia con el doctor Inamushi del Centro para el desarrollo de computadoras biológicas en Tokio, y gustosamente aceptó mi invitación. El único problema, dijo, es que sería necesario posponer el encuentro ya que tenía que participar como invitado en la Convención Anual de Inteligencia Artificial a celebrarse en Miami por esos días. Le pedí unos minutos, marqué el número de la Gerencia, y cuando termine le dije:
—Profesor, ¿podríamos encontrarnos en el Intercontinental Hotel Miami el 12?
—Por supuesto —dijo y en su rostro pude ver la pregunta. ¿Cómo diablos lo ha hecho? Las Convenciones de IA son eventos muy importantes y dos o tres meses antes de inaugurarse las reservaciones están agotadas. Científicos de alto nivel dejan de asistir porque sus presupuestos no alcanzan para pagar los Hoteles de cinco estrellas que quedan vacantes. Yo lo había resuelto con una simple llamada telefónica.

Conseguí convencer al profesor Inamushi y a otros tres científicos que comenzaron a trabajar de inmediato en la idea. El doctor Galiano de la Universidad Politécnica de Cataluña se encargaría de los aspectos relacionados con la interacción celular y los factores de reconocimiento/adhesión. El doctor Kjorm, un gigante barbarroja supervisaría los aspectos relacionados con la Inteligencia genética. El doctor Anthony Persons, un especialista en el campo de la IA, diseñaría los protocolos de acceso y comunicación.
Poco a poco en el transcurso de los meses se unieron otros científicos al equipo. La doctora Mathieus, experta en optimización dinámica utilizando MAPK networks, a mediados de octubre. En noviembre tres científicos hindúes: un ingeniero de sistemas, un experto en neurointernetics y un programador especializado en fisioinformática y en diciembre un norteamericano oriundo de Massachussets de apellido Zunt, que trabajaba en el Programa BIOjade y era experto en bromas pesadas. Al finalizar el primer año trabajábamos en el proyecto alrededor de 100 personas entre especialistas y técnicos.

Tardamos dos años en lograr que los priones se unieran a los tejidos de forma sistemática y formaran una red neural. A diferencia de otras proteínas, la priónica resultaba bastante estable y el proceso de incorporar el software a los tejidos vivos se facilitó. Sin embargo el proyecto no avanzaba como queríamos. Por alguna razón que no lográbamos precisar, las conexiones en los cerebros de los ratones se cristalizaban y fragmentaban con facilidad y las señales de comunicación eran poco menos que eficaces como lo demostraban los estudios con moléculas fluorescentes.
Por aquella época apenas pude ver a Alisha, las pocas veces que logré robarle un tiempo a la investigación me la encontraba con su sombra acompañante y el creciente deseo de decirle “te amo” moría en mis labios congelados por la rabia de los celos. En dos o tres ocasiones tuve la impresión de que ella también deseaba hablarme, desembarazarse de su sombra, pero siempre, al final, pensaba que esto no era más que una sensación surgida de mis oscuros e inconfesables deseos, una ilusión forjada en el yunque de mi fantasía. Para completar mis frustraciones, cierta mañana a mediados de diciembre los tórtolos decidieron darme el tiro de gracia.
—Pensamos casarnos a principio de año —dijo Alisha con una tranquilidad escalofriante y una sonrisa de felicidad que daba ganas de gritar. Alberto, a su lado, también sonreía.
Recibí la noticia lo mejor que pude, mi rostro distendido en una mueca de alegría. Al fin y al cabo la hipocresía es un mal contagioso. Los felicité con efusividad y les desee lo mejor. Que el cáncer te coma el pene. Que tus hijos padezcan Down.
Me escondí a llorar en el laboratorio de aislamiento. Cientos de Albertos me miraban desde sus jaulas con algo parecido a la burla pintada en sus rostros ratoniles. Extraje al que estaba más cerca y lo descuarticé con lentitud ante la visión horrorizada de sus compañeros.
Allí estaban: indefensos, pequeñas máquinas esperando a ser inyectados con una mezcla de priones para convertirse en otra cosa. Claro si nuestra investigación daba resultados positivos pasarían años antes de que el procedimiento fuera aceptado en humanos. Un logro para la sociedad que para mi no tendría sentido.
Entonces tomé la decisión. Al carajo los protocolos.
Apagué las cámaras de seguridad.

5

Los primeros indicios de que mi locura estaba dando resultados los noté pocas semanas después.
El principio de la computación biológica fue enunciado por Adleman. Las células son una especie de computadora en paralelo, ellas tienen instrucciones codificadas, crecen, se multiplican de acuerdo a programas celosamente guardados en el código genético. Todas las células utilizan el mismo sistema operativo: el ADN se transforma en ARN que a su vez produce proteínas. El ADN almacena y transfiere información. Estos programas pueden ser copiados y ejecutados al igual que los de un procesador corriente.
La tecnología utilizada en nuestro experimento, aunque basada en la idea de Adleman, difería en cuanto a sistemas biológicos implicados y en la naturaleza del sistema computacional.
Aprovechando la estructura cerebral y las conexiones naturales entre ellas —cien trillones de sinapsis— todo un ejército de priones poblaba ahora mi cerebro utilizando las elevadas capacidades energéticas producidas por los átomos de hidrogeno que conforman nuestro organismo, viajando a través de los líquidos tisulares, desplazándose sobre los astrocitos, cabalgando vía retrógrada a lo largo de los axones, convirtiéndome en una computadora viviente con cien billones de biochips (neuronas) que utilizaba los priones (proteínas) como hardware y el DNA introducido en cepas de E coli HE154/p —con miles de piezas codificadas escritas por programadores humanos— como software.
El poder de un cerebro humano normal en términos computacionales es de 10^17 ops/ sec, o sea un millón de billones de operaciones por segundo. En mi caso la velocidad de procesamiento se incrementó a 10^35 ops/sec, haciendo que mis habilidades matemáticas, de razonamiento lógico y comunicación, entre otras, se multiplicasen por un número que un humano no puede ni siquiera imaginar.
Por supuesto, esto no ocurrió de un momento para otro, ni me transformó en una singularidad. Mis procesos se hicieron más rápidos pero eso no me hizo más listo ni más sabio. Como habían predicho muchos investigadores, existían límites: físicos, biológicos, temporales.
Para empezar el influjo de información era tal que constantemente mi cabeza parecía a punto de estallar, las imágenes aparecían distorsionadas y fraccionadas y me era muy difícil diferenciar entre realidad y alucinaciones.
Conceptos matemáticos se entremezclaban con notas musicales, los sonidos se amplificaban en mi oído medio produciendo fantasmagóricas resonancias visuales en mi cráneo.
Las sensaciones térmicas, olfatorias, visuales, táctiles se confundían una con otra hasta el grado de la parálisis. Una avalancha de sensaciones cenestésicas formas y colores me asaltaban. El rojo me hacia sudar, el azul me producía escalofríos, el verde asfixia. Los objetos perdían sus límites y se fusionaban con el medio en una oscilante luminosidad, deconstruyéndose y reconstruyéndose a capricho creando una nueva realidad alucinante y tenebrosa compuesta por elementos de alta y baja resolución en una gama inusitada de colores, olores, sensaciones y sonidos que me hacían evocar recuerdos ajenos a mi memoria.
Olor a café: alguien azotaba mi espalda mientras el grito de un millón de voces se cristalizaba en un cielo púrpura. Humo de cigarro: gigantescas columnas de fuego lamían los restos calcinados de millones de hombres cubiertos por ejércitos de cucarachas que pululan sobre los irregulares despojos de la tierra huyendo de una lluvia ácida y persistente.
Manchas de humedad que son caras sonrientes o tristes o amenazantes. Nubes: gigantescos caballos de algodón en una lenta metamorfosis de manos crispadas, lamentos octagonales de erizadas aristas que se fragmentan en cristalinas gotas para correr en voluptuosas cataratas por el rostro insomne del cielo.
Me era imposible probar las comidas, la carne me parecía trozos cuadrados de plástico, el agua una corriente de lava erosionando mi garganta, el arroz una pegajosa masa de gusanos muertos. Constantemente sufría episodios de hipoglucemia que por suerte nunca llegaron al coma. Aprovechando que aún podía moverme programe dos bombas de infusión con dextrosa hipertónica para poder alimentarme.
Mi vida transcurría en una caleidoscópica sucesión de instantes desconectados sin consistencia ni duración, flotaba en una corriente sin sentido donde el tiempo y el espacio se confundían hasta formar una amalgama de paradojas fluctuantes. Poco después mi actividad muscular se incrementó en un 200%, calambres contracciones, me obligaron a permanecer en cama. La señora María fue mi ángel salvador en ese periodo. Me alimentaba a través de una sonda nasogástrica, cambiaba mis pañales y atendía todas mis necesidades básicas como a un niño de teta.
Si antes padecía de un insomnio benigno ahora vivía en un estado de permanente vigilia o de constante ensoñación, memorias de la infancia que parecían ajenas, visiones de lugares que no recordaba haber visitado. El rostro de Alisha deformado en una mueca insana mostrándome la lengua. Sus gemidos lacerándome las carnes, produciéndome erecciones que no tenían alivio
Llegado un momento las paredes de mi habitación se desplomaron y quede expuesto al vacío. Figuras amorfas sobrenadando en el caldo primigenio. Fusiones, divisiones, luchas en un sórdido maremagnum de vida y muerte. Un paisaje desierto en que las imágenes danzaban bajo el intenso calor. Inmensas masas de hielo resquebrajándose con un sonido desgarrante. Las nevadas cimas de una montaña donde brillaba un objeto enorme sobrevolado por una paloma...
Objetos bizarros fuera de foco en un cielo infernal de púrpuras y violetas anegaron mis ojos, estallidos flamígeros de luz y de sombras azotaron mi conciencia hasta que por fin fue devorada por un enorme mastín de ojos fríos y resplandecientes y me hundí en el olvido

Cuando desperté, una calma total.
Podía percibir la luz que atravesaba mi ventana con claridad casi sobrenatural, pero los objetos se mostraban con las cualidades de siempre. Mis oídos no zumbaban y mi cabeza no era un enorme globo a punto de estallar. Y, aunque a un nivel subliminal podía percibir el ritmo de mis células con cada latido, esta constante actividad no interfería con el mundo exterior.
Escuché el canto de los pájaros, el ruido de una perforadora, el amortiguado desplazamiento de los autos, el llanto de un niño en algún lugar, el suave arrullo de los amantes, voces: el pulso de la ciudad en su cotidiano ajetreo pero ahora con un flujo lento, ordenado, armonioso.
Había renacido.

6

Durante meses mi nuevo estado me absorbió por completo y me hizo olvidar a Alisha y el motivo que había servido de motor primigenio para la investigación.
Cierta noche en que me había quedado hasta tarde comprobando la velocidad de mis patrones de respuesta a problemas lógicos encontré a Alisha cabizbaja en su cubículo. Era evidente que algo le pasaba
—Hola —le dije.
Se sobresaltó como si hubiera visto a un fantasma. Y quizás lo era.
—Hola, profesor.
—Parece que lo hiciera a propósito, siempre ando asustándote.
—Usted no me asusta, profesor —respondió y por un momento una extraña sensación de déjà vu me invadió.
—Nos conocemos ya hace varios años Alisha, ¿porque sigues tratándome de usted?
Sus hombros se encogieron ligeramente
—Pienso que por respeto. Usted… tu...”
—Disculpa Alisha, no quiero ser entrometido pero ¿tienes algún problema?
Sacudió la cabeza.
—No es nada …profesor, no tiene porque preocuparse —dijo, pero mi sensibilidad para correlacionar datos lingüísticos con la información gestural y facial decía otra cosa.
—¿Por qué no me cuentas...? —Insistí.
Las palabras se le atragantaron visiblemente y sus ojos adquirieron un brillo húmedo.
—Perdone, y-yo… no puedo...
Si hay algo que me destroza es ver a una mujer llorando.
Permanecí con los ojos cerrados unos segundos e intenté borrar de mi mente la expresión de desesperación que crispaba su rostro. El intenso olor del miedo y la frustración que emanaban de su cuerpo transportado por las feromonas se incrustó en mi cerebro olfatorio. No sabía que hacer, si estrecharla en mis brazos y secar sus lágrimas con mis labios o huir a algún lugar distante donde no tuviese que soportar el dolor de su mirada, la tortura de mi cobardía.
—Espera un momento —dije—, te traeré un vaso de agua.
Corrí hacia la cocina. El momento se convirtió en diez minutos, el vaso de agua en uno de té. Necesitaba calmarme, el corazón me galopaba en el pecho.
¿Que le pasaba a Alisha? ¿Problemas con su esposo? ¿Le habría pegado? No le note ningún moretón pero hay hombres que saben donde pegar para producir dolor sin dejar marcas. ¿La había traicionado con una de sus amigas? (El tipo se pasaba el tiempo alardeando de Don Juan).
Cualquiera que fuera el asunto, Alisha no parecía dispuesta a comunicármelo.
Ella no te dirá. No te dirá
El silbido de la tetera me devolvió a la realidad. Vertí el agua caliente en una tasa y estornudé.
Maldita alergia.
Coloqué una bolsita de Mc Collins en el agua hirviendo y observé como se teñía lentamente con el color característico de la infusión. Tomé el azucarero, a ella le gusta bien dulce, y puse los dos recipientes en una bandeja de metal. El aroma del te penetró con fuerza en mis fosas nasales y estornudé de nuevo. Pude ver claramente las góticas desperdigándose en el aire ambiental.
No te dirá.
La voz interior me acosaba, se burlaba de mí.
Nunca sabrás. Todo ha sido inútil
Me había arriesgado a inyectarme una sustancia a costa de mi propia vida con el objetivo de saber que pensaba ella y seguía en la misma situación. La misma incertidumbre
Un cerebro potenciado no te hace adivino, no te capacita para extraer los pensamientos de una mente ajena, todo lo que te permite es poder interpretar de forma mas lógica señales que para otros pasan inadvertidas, utilizar algunas capacidades y habilidades que el hombre ha perdido en el transcurso de su evolución.
Tenía que hacer algo.
Observé la infusión en la taza que sostenía mi mano temblorosa. Oscura como mis pensamientos.
Hacía poco había leído en un artículo que la proteína priónica podía almacenarse en la mucosa olfatoria de pacientes con la Enfermedad de Creutzfeldt-Jakob, el modelo de las enfermedades espongiformes. Este dato sugería que las secreciones nasales podían transportar priones.
Solo había una forma de comprobarlo.

Cuando llegue al cubículo Alisha estaba completamente calmada pero se tomo su té sin chistar. En su rostro no se dibujó la mueca de repugnancia de siglos atrás cuando me dio la mano por primera vez a pesar de que la infusión estaba cargada de una abundante dosis de mis bastarditos.
Sé que usted puede pensar ¿cómo es posible que un científico se deje arrastrar por los bajos instintos? La historia esta llena de ejemplos. Si la farándula científica tuviese un E entertainment television, de lo que se enteraría la gente. Después de todo los científicos también somos humanos

7

Alisha murió hace cinco días. No fui al entierro, no podía. Ver su cuerpo languidecer, tembloroso como una hoja en otoño, sus ojos de pupilas dilatadas enrojecidos por el insomnio, su lengua balbuceando palabras incoherentes, fue suficiente.
¿Qué salió mal?
Teóricamente, los priones que albergaban mi cuerpo no debían producir la enfermedad. Entonces ¿qué había fallado?
Lo que falló fue un maldito número. Lo descubrí un día antes de la muerte de Alisha. Mi análisis genético mostró una doble mutación 178 D-N, 200 EK que incrementa la conversión espontánea de la proteína priónica normal a la patológica. Los priones que pasaron al cuerpo de Alisha reprodujeron la mutación produciéndole la enfermedad. Paradójicamente, a pesar de ser el portador, los síntomas y el progreso de la enfermedad se atenuaron en mi organismo. De alguna forma mi sistema inmunológico se las había ingeniado para contener el ataque de los priones.
Mis esfuerzos por corregir la mutación no dieron resultados. Utilicé los bancos de información genética, bioquímica, e inmunológica a mi disposición, pero las isoformas aberrantes de la proteína priónica se mostraron resistentes a cualquier tipo de manipulación.
Impotente asistí a la extinción de la mujer que amaba viendo como gradualmente sus neuronas colapsaban como soles muertos, mientras sus vías neurales se destruían cubiertas por un pavimento amiloideo, una densa maraña de fibras cristalinas de conformación helicoidal que interrumpía las señales nerviosas alimentándose del tejido que conforma los sueños.
Rescaté lo que pude a través de los enlaces que aún permanecían intactos, los recuerdos más profundamente enterrados en el sótano del subconsciente. Una sonrisa, una flor... La cegadora visión de la luz al salir del canal del parto.
Después de su muerte todo ha ocurrido con una alucinante celeridad, como si estuviera montado en una demencial montaña rusa. Cuesta abajo hacia la catástrofe. Las imágenes se multiplican y bombardean mi mente como un haz de fotones. Los pensamientos y sueños de millones de individuos se multiplican exponencialmente en el tiempo a medida que los priones invaden otros cuerpos y los links crecen en mi red neuronal.
Un SERVIDOR HUMANO, en eso me he transformado, un gigantesco servidor que infecta al resto de mis congéneres.
Ahora mismo alguien puede estar tosiendo a su lado, estornudando, dándole un abrazo, un beso. Ahora mismo pueden estar sometiéndolo a una lipectomía o a una cirugía estética mientras un ejército silencioso de priones inteligentes lo invade.
Ya casi no me quedan fuerzas, si pudiera me cortaría el pescuezo como a uno de mis animales de experimentación. Las innumerables victimas de la ciencia deben estar festejando en sus paraísos particulares.
Observo el retazo de cielo gris color panza de burro característico de mi ciudad sin verlo. Mis retinas agobiadas por tanta muerte: demencia, ataxia, parálisis, insomnio mortal, las numerosas formas de terminar con la vida que tienen las encefalopatías espongiformes. Mientras, me aferro al último pensamiento que latió en la agonía de Alisha, la última imagen en su amorfa conciencia poco antes de morir: mi rostro. El rostro que, hace no se cuantos años, le provoco un gemido de placer en su fantasía frente a la computadora, el origen de toda esta locura.

Ahora entiendo, aunque tarde, que es una estupidez querer conocer el pensamiento de otros. Las señales del amor casi siempre están ahí para que podamos verlas. Una pausa que se extiende, una leve mirada, un apretón de manos. No son necesarios cables, ni biochips, ni sistemas de potenciación, lo importante es intentar comprender la naturaleza humana y sus motivaciones.
Puedo escuchar el ruido de los aviones estrellándose, el de los autos chocando, atropellando personas inocentes. Puedo ver las manos temblorosas de los cirujanos cortando en los lugares indebidos, la sangre corriendo como un río infinito por las calles.
Hoy es mi ciudad, mañana será el mundo.
Por suerte pronto, muy pronto todo será silencio.

© Kala Azar; 20-10-05.
Si desea enviar algún comentario pulse aquí

 
Kala Azar es ya un eficiente y sólido narrador con un puñado de buenos relatos publicados. Para nosotros es un placer ver su constante evolución. 

.- Todos los deseos del
   mundo
.- La mano derecha de
   Dios
.- ETico
.- Locura de amor
Entrevista: Robert Sheckley
Extremaunción
Vitales
Tierra X
El arte de Rowena Morrill
Suscríbete al
Grupo Asimov

Powered by es.groups.yahoo.com Yahoo! Grupos

 

Octubre 2005

Volver

Editorial

Los últimos de nuestra especie

Artículos
El eternauta; visos de un héroe militante
Luís Fermando.
Ese mito llamado amor
Daniel Mejía.
Entrevista
Robert Sheckley
Relatos peruanos
Locura de amor
Kala Azar.

Relatos extranjeros

Amor S.A.
Robert Sheckley.
Las aflicciones del hombre humano
Robert Sheckley.
Reseñas
Extremaunción
Daniel Salvo.
Vitales
Víctor Pretell.
Cine & Comic
Tierra X
Daniel Mejía.
Galería

Rowena Morrill
Víctor Pretell.

BitImagen

Web of the Spider de Rowena Morrill
Luís Bolaños.


 
Ediciones Pasadas
  Recursos C-F
  Enlaces
  Escríbenos
  Suscríbete
 
.
Optimizado para 800x600
Agradecimientos

© 2003 Velero25.net
 Todos los derechos reservados.