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Hace unas semanas, una
tarde ventosa, tuve la revelación: estamos en vías de extinción.
Pero no en el sentido dramático de los grandes cataclismos, ni de un
supuesto castigo divino. De hecho, no vamos a “desaparecer”. Pero vamos
a cambiar hacia algo tan irreconocible que difícilmente podamos
considerar humano. Ahora, simplemente jugamos tiempo extra.
Esta reflexión, que no tiene nada de triste, surgió tras leer en el
periódico una oferta de televisores. Se trataba de televisores de
pantalla de plasma, 20 pulgadas, a sólo 2000 soles. Junto a él, se
ofertaban cámaras fotográficas digitales a 200 soles, i-pods y otros
aparatos que pronto dejarán de ser novedad.
Sí. La electrónica y la miniaturización, unidas a la creciente tendencia
a digitalizar todo lo digitalizable, nos está llevando a un punto de no
retorno en el cual lo que ahora llamamos “virtual” será lo “real”. Y el
mundo que conocemos, la especie que sómos, habrá llegado a su fin.
¿Qué cosas, aparte de la ociosidad, me llevaron a elaborar estos
informes pensamientos? Primero, el recuerdo de una película que ví hace
más de 20 años: “TRON”, de la Disney. Si, la odiada Disney, que sin
querer queriendo nos entregó un anticipo de nuestro futuro. Para quienes
no la hayan visto (en el cine vale la pena, en televisión no), está
ambientada en la prehistoria de la informática, cuando reinaban las TRS
80 de Radio Shack, la Commodore y la Sinclair ZX 81 (de 1 Kb de memoria
RAM, ampliable a 16 Kb) eran “lo último en computadoras”. En “TRON”
(acrónimo de un programa informático), un ser humano era digitalizado
mediante un rayo laser para así ser “transferido” al interior de una “mainframe”.
La gracia de TRON era que, dentro del mundo digital, los programas
existían como personalidades, con sentimientos y todo, que reverenciaban
como dioses a los “usuarios”, o sea, nosotros.
De más está decir que, por mucho tiempo, quedó rondando la idea de
“entrar” en una computadora. El tema ha sido tratado también por William
Gibson en sus novelas. De hecho, Gibson es quien ha dado el nombre a ese
nuevo mundo: ciberespacio.
Muchos años después, ví “Matrix”. En un principio, parece plausible la
historia de seres humanos viviendo una fantasía y tratando de liberarse
de ésta. Muy ideal y muy platónico... pero irreal. Es uno de los
principales fallos del argumento (el otro es que, siendo las máquinas
tan poderosas e inteligentes, no se les haya ocurrido otra manera de
conseguir energía que utilizando a los seres humanos como baterías).
Vamos, si puedo “ser” digital, ¿para qué volver a la supuesta libertad
de un cuerpo físico, con sus limitaciones y necesidades?
Ambas películas muestran así el futuro (cada vez más cercano) de la raza
humana. Una raza que optará por trasponer el umbral de la carne al mundo
digital. Cada juego de realidad virtual, cada aparatito electrónico que
nos provee de entretenimiento, es un paso más hacia el fin de nuestra
humanidad.
Sobre lo que nos espera del otro lado de ese umbral, en ese
ciberespacio, solo cabe especular. Eso sí, no creo que, como en “Matrix”,
copiemos el mundo que actualmente percibimos con nuestros sentidos. Por
decirlo de una manera que a mí mismo me resulte comprensible, “veremos”
el mundo digital en el cual estaremos inmersos con nuevos “sentidos”.
Entonces, quizá recién descubramos el significado de lo que dijo San
Pablo: “Ahora vemos en un espejo, en enigma, entonces veremos cara a
cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy
conocido” (1 Co 13, 12).
© Daniel Salvo;
14-10-05
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