A finales de los
ochentas y hasta principios de los noventas (S XX), la Revista
Muy Interesante, de origen español, aunque ya a esas fechas
editada en México (y Sudamérica), estuvo publicando regularmente
algunos muy interesantes artículos del doctor Isaac Asimov hasta
casi la fecha de su fallecimiento en 1992. Ojalá los disfruten de
nuevo como yo ahora que los releo y que, aun cuando fueron escritos
hace más de 10 años, no pierden la actualidad que en su momento
tuvieron.
Cada mujer produce a lo largo de su vida un
cierto número de óvulos que son genéticamente idénticos. Cada uno tiene
veintitrés cromosomas, entre ellos uno relativamente largo llamado cromosoma
X.
Los hombres, por el contrario, producen dos tipos de células espermáticas:
una contiene veintitrés cromosomas, entre ellos el X; el otro contiene un
rechoncho cromosoma Y en lugar del X. Cada varón produce cantidades iguales
de cada variedad, y las probabilidades de que sea un espermatozoide de
cromosoma X o uno de cromosoma Y el que fecunde el óvulo son más o menos
iguales.
Si es un espermatozoide X el que fecunda, el óvulo resultante es XX y da
lugar a una hembra. Si es Y, el óvulo fecundado es XY y engendra un varón.
Como las posibilidades del juego son parejas, nace aproximadamente igual
número de niños que de niñas. Por consiguiente, la mitad, más o menos, de
los seres humanos son mujeres y la otra mitad hombre.
Con la evolución de las técnicas de ingeniería genética humana es verosímil
que una de las primeras conquistas consista en descubrir métodos de alterar
las probabilidades, permitiendo así que la pareja elija entre tener un niño
o una niña, en lugar de plegarse al capricho del destino.
¿Qué sucederá entonces?
Por diversas razones sociales e históricas, parece ser que la mayoría de las
parejas quieren más niños que niñas. La impresión general es que si cada
pareja pudiese elegir libremente el sexo de sus hijos, los varones llegarían
a predominar en número, quizá de manera abrumadora.
Pero, ¿sería una situación permanente?
Aún en el caso de que en la primera generación de libre elección del sexo
abundaran los varones y las mujeres escasearan, ¿no sería una situación
inestable? Si el número de mujeres fuera relativamente escaso, ¿no se
convertirían en algo valioso, por diversas razones? Las parejas querrían
entonces tener niñas, y el péndulo oscilaría en sentido contrario. De
pasarse hacia el otro lado, sería en ese momento la cotización de los
varones la que subiría. Puede ser que las generaciones oscilaran cierta
distancia a un lado y otro del punto de equilibrio, pero no es probable que
la proporción se estabilizara permanentemente en ninguno de los bandos.
Mas ¿y si la cuestión del sexo de los hijos no fuese un problema de decisión
voluntaria? Imaginemos que el Gobierno interviene.
Lo primero que cabe preguntarse es por qué lo iba a hacer. ¿Hay alguna razón
para que los encargados de planificar el futuro de la especie humana
decidiesen desequilibrar la proporción de sexos? ¿Por qué iban a anunciar de
pronto que la cuota de hembras estaba saturada y que hasta finales de año
sólo se darían licencias de niños varones?
Bien, la tasa de natalidad depende del número de mujeres en edad
reproductiva que hay en la población. El número de varones no importa,
siempre que no rebase márgenes muy generosos. Un solo hombre puede tener
preñada a una mujer todo el tiempo; dos hombres (o cualquier número de
hombres) no podrían embarazarla más.
Por consiguiente, si hubiera alguna manera de controlar el sexo de los niños
antes de nacer, puede ser que los Gobiernos impusieran un déficit de mujeres
como una forma de disminuir la tasa de natalidad. Incluso cabría imaginar un
gobierno mundial que en cada periodo censal sopesara cuidadosamente las
estadísticas de las tasas de crecimiento demográfico y estableciera las
proporciones de varones/hembras para las distintas regiones del mundo, con
el fin de que esas tasas de crecimiento subieran o bajaran, según las
necesidades.
Por otro lado, supongamos que los principios del feminismo prosperan y que
se comprueba que las mujeres son, por una razón u otra, más capaces de
resistir los rigores del espacio, o de ajustarse a un mundo computarizado o
a un mundo descentralizado y de baja densidad demográfica. En ese caso
merecería la pena ajustar la razón de sexos para que hubiera diez mujeres
por cada varón. Bastaría entonces modificar las costumbres sociales, o bien
utilizar a los hombres como fuentes de esperma para inseminación artificial,
para cubrir las necesidades reproductoras.
Ahora bien, ¿sería práctico cualquiera de los dos extremos, fueran cuales
fueran sus fines? En un mundo en que los hombres tuvieran que compartir las
mujeres o prescindir de ellas, o en el cual las mujeres tuvieran que elegir
entre compartir a los hombres o abstenerse, ¿no habría demasiada tirantez
como para no poder hacer otra cosa? La política de harén (el peor tipo de
política) predominaría en cualquier caso.
La especie humana es, al fin y al cabo, el producto de una larga historia
evolutiva, y si su estrategia reproductora se basa en proporciones iguales
de ambos sexos creo que es porque es lo que mejor funciona. Sospecho que
ninguna otra solución gozaría nunca de aceptación general.
© Isaac Asimov.
Recuperado por AP del Grupo Asimov.
Escaneados, OCReados y revisados por artulopezchih en marzo del 2003.
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