Adriana Alarco nos
entrega una historia más, ambientada en su acogedor mundo donde cada
tanto caen simpáticos forasteros extraterrestres quienes de un modo u
otro reciben una muestra de la hospitalidad humana.
El problema de 70Z era que nadie lo notaba.
Desde que pasó a la etapa de reciclaje para trabajos riesgosos se daba
cuenta que tenía un futuro peligroso. Llegada a una cierta suma de
experiencias, se retorcían los nódulos, médulas, químicos, fórmulas que
todos los seres tenían dentro de sí y se iban deteriorando. Por eso lo
habían entregado al equipo de agentes experimentales que se ocupaba de
designar los trabajos en Zaurak .
El mismo 70Z, al ver que sus miembros se distorsionaban y le crecían
protuberancias, se ofreció para el nuevo trabajo de Agente Invisible. Al
menos tendría la oportunidad de viajar para descubrir y explorar planetas
donde se desarrollaba cualquier tipo de vida antes de desaparecer del todo.
En su entorno necesitaban más espacio.
El traje que le habían proporcionado cubría completamente su estilizada
figura y estaba confeccionado con sustancias inteligentes. Era mimético.
Donde él pasaba, lo que tapaba con su cuerpo se reflejaba en la parte
anterior del traje por lo que nadie se daba cuenta del movimiento
imperceptible de una sombra pasajera que era el Agente Invisible 70Z. La
cámara que tenía incorporaba, filmaba lo que había al otro lado y lo
transmitía por delante. Pasaba desapercibido en todos lados.
Además, su cuerpo moldeable a cualquier impacto, se volvía plano apoyándose
a una lámina de construcción, cilíndrico si debía pasar a través de un tubo
o tomaba la forma del objeto más cercano.
Sus compañeros lo miraban pero no a él sino a lo que estaba detrás de él,
sean las máquinas voladoras del laboratorio, las placas metálicas de las
construcciones, o las paredes con instrucciones del cubículo donde se
refugiaba durante el descanso.
A ratos se sentía una nulidad, un vacío, un hoyo negro. No era como
cualquier ser viviente normal que se desarrollara en el medio, o sea que
aprendía, se reproducía y luego se reciclaba para alimentar a sus
semejantes. Nadie lo distinguía, lo advertía ni le hablaba, a no ser el jefe
del laboratorio que le impartía órdenes a través del traje inteligente.
Finalmente lo enviaron a su primera misión.
Visitó el lejano planeta azul y robó los documentos secretos con fotografías
de estrellas, planetas y satélites tomadas por el astrofísico Doctor
Furlinguer. Fue rápidamente, llegó sigilosamente y regresó triunfante. Nadie
se percató de su visita pues se mimetizaba con cualquier ambiente aún si era
novedoso y desconocido en Zaurak. Delante de una pared de ladrillos
reflejaba la pared de ladrillos. Delante de un aviso luminoso él mismo se
convertía en aviso. En el parque era un arbusto moviéndose en la brisa. Era
el espía perfecto.
El Agente 70Z cumplía órdenes, era disciplinado, austero, valeroso,
incansable pero se convirtió en un ser solitario y taciturno. Era un agente
invisible a carta cabal, sin embargo, sufría por esa indiferencia que
generaba alrededor suyo. Se angustiaba porque las personas nunca lo
percibían, distinguían, notaban, reparaban en él ni lo escrutaban con
visores, ojos, telescopios, largavistas. Ni siquiera era un símbolo ni un
signo de los tiempos como algunos de sus compañeros. Era Nada, con N
mayúscula. La falta de comunicación con sus semejantes lo estaba llenando de
frustración y desencanto.
A veces gritaba en medio de las calles y los transeúntes volteaban
rápidamente a observar esa boca que andaba por los aires, abierta y lanzando
alaridos. Luego movían la cabeza dudando y pensaban que era una nueva forma
de llamar la atención para compartir noticias o publicitar un producto y
seguían su camino, insensibles.
El agente no podía deshacerse del traje de espía. Era parte de él, de su
destino. Era su consignación, designación, su fin en la vida. Si se lo
quitaba, lo reciclaban nuevamente y desaparecía de la circulación.
Después de recibir los documentos secretos, entregados por el agente, los
jefes decidieron que el planeta azul debía investigarse. ¿Sería un buen
lugar para desarrollar algunos tipos de vida que estaban colapsando en el
satélite? ¿Los habitantes eran hostiles? ¿Feroces? ¿Agresivos? ¿Acogedores?
Conocían su trayectoria por haber vislumbrado cohetes provenientes del
planeta azul que cruzaban los espacios pero no sabían hasta qué punto
permitirían que llegaran los satelitales a posesionarse y a colonizar
algunos terrenos no utilizados por ellos.
Enviaron de regreso al agente 70Z.
Esta vez su nave, mimetizada en la misma forma que él, aterrizó en las
dunas. Quien observara el paisaje vería solamente colinas interminables y
alguna planta de algarrobo retorcida aquí y allá. Tanto él como su nave se
perdían de vista en las arenas grises.
Iba a hacer esta última investigación en el planeta azul y luego dejaría que
lo reciclen y serviría para proporcionar sustancias vitales a sus
compañeros. Aunque ese destino no lo atraía mucho, quizás fuera mejor
desaparecer de una vez que sufrir siempre por la terrible humillación de ser
usado como un objeto sin sentimientos ni voluntad.
Al llegar a su destino se dio cuenta que no había llegado al mismo lugar que
la vez anterior cuando robó los documentos secretos del ciudadano Doctor
Furlinguer. Decidió investigar y sabía lo que debía hacer. Bajó de la nave y
caminó por la arena. Pisaba un terreno desconocido. Su cuerpo frágil,
alargado y cubierto de protuberancias se sentía nuevamente pesado y torpe en
ese ambiente.
A lo lejos, en medio de extraña vegetación que su sensor captó como
Gossypium o algodón, planta exótica y útil para los humanos, se encontraba
una construcción que servía probablemente como habitación. Observó una
figura moviéndose en las cercanías. Su mimetismo lo hacía tomar formas y
colores diferentes por lo que ahora semejaba un arbusto de flores amarillas.
-¿Quién eres?- preguntó el terrícola observando el suelo.
El agente 70Z entendió las palabras con su convertidor idiomático pero no
quiso contestar inmediatamente. Dudaba. ¿Cómo se había dado cuenta el nativo
de su presencia? ¿Cómo había desentrañado su misterio si él no hacía ruido,
se mimetizaba, era invisible a los ojos de todos en su planeta, no tenía
olor especial y también su nave pasaba desapercibida?
Si el terrícola era tan avieso como para darse cuenta de su presencia, era
también un personaje que podría darle información interesante. Pero fue su
afán de compañía, comunicación y afecto que le hicieron responder luego de
unos instantes.
-¿Cómo sabes que estoy aquí?- tradujo su convertidor idiomático.
-Porque cuando te mueves dejas huellas en la arena, - contestó el muchacho.
Claudio era el nieto más travieso de la dueña de la casa hacienda que
cultivaba algodón en las dunas de ese paraje, bastante solitario por lo
demás.
-Soy el agente sietecerozeta de Zaurak.
-Me doy cuenta que vienes desde muy lejos....
-Así es, -contestó 70Z señalando el cielo, aunque sabía que Claudio no podía
ver su gesto. Sin embargo, el joven dirigió su linterna hacia él y notó el
imperceptible movimiento.
-¡Vislumbre de fantasma!
-No Vislumber, Agente sietecerozeta.
-¡Claudio, dice la abuela que vengas a cenar! -gritó Ignacia desde la puerta
de madera negra de hollín de su cocina.
-Vislumbre, si tienes hambre, aprovecha. Ven a comer con nosotros, claro, si
es que tienes boca.
-No Vislumber, Agente sietecerozeta.
-Como te llames... La abuela coloca siempre un plato extra en la mesa para
los forasteros que se atreven a llegar tan lejos, o para quienes pierden su
camino entre las dunas del desierto.
-¿Con quién hablas? -preguntó la negra vieja persignándose supersticiosa
para alejar fantasmas y espíritus malignos.
-Con Vislumber sietecerozeta, -contestó el muchacho, feliz de su
descubrimiento. -Llegaba a casa de la abuela y observé las huellas en la
arena.
-Pero, ¿qué dices? ¡Si no hay nadie! -exclamó aterrada la mujer observando
espantada al nieto menor de la dueña que hablaba solo.
Claudio no se inmutó, dirigió su linterna hacia el Agente 70Z y luego se le
acercó con los brazos abiertos hasta que tocó algo sólido. Le dio un
pellizco y el forastero gritó de dolor.
-¡Sólo quería saber si eras real o una sombra pasajera! - explicó para
disculparse.
Ignacia desapareció detrás del fogón, contrariada. Se acercaron a la casona,
Claudio con su linterna encendida y junto a él, el forastero complacido y
contento ya que nunca había tenido tal acogida en su ciudad. Además, pensaba
que podía aprender mucho sobre los terrícolas si tenía relaciones amistosas
con ellos.
Al reflejarse la sombra alargada del agente en la pared de la cocina,
Ignacia gritó a todo pulmón:
-¡Al invisible! ¡Al invasor! ¡He descubierto al invasor! ¡Allí está! ¡Aquí
está!
-¡Es un agente de otros mundos!- explicó Claudio a sus hermanos que entraron
corriendo a la inmensa cocina de la abuela.
-¿En serio? -exclamaron los chicos dando vueltas alrededor del forastero
proveniente de una estrella.
70Z exultaba de entusiasmo al darse cuenta de que deseaban comunicarse con
él, de que era bien recibido y de que lo notaban.....
Lo invitaron a sentarse a la mesa de mantel blanco. Su cuerpo se mimetizó
con el ambiente y tomó la forma de la silla al sentarse.
En la cocina se divirtió alimentándose y comiendo a mandíbula batiente. Sólo
se veía una bocaza enorme que se abría para tragar y masticar y luego
desvanecía.
-Es un agente tan secreto que cuando pasé a su lado no se veía, ni notaba ni
resaltaba en medio de las dunas de arena. Tuve que encender mi linterna para
descubrirlo -explicó Claudio mirando alrededor lleno de orgullo y
satisfacción por haber traído a la mesa de la abuela a un forastero tan
digno de compartir con ellos las viandas dominicales. ¡Un forastero
invisible! ¡Un vislumbre de fantasma!
Su identificación estaba a salvo.
El Agente 70Z nunca regresó a su planeta. Con la satisfacción del deber
cumplido, de haber investigado y enviado información desde la nave sobre el
planeta azul, desapareció entre las dunas y, cuando deseaba compañía, no
tenía más que llegar a la vieja casona en medio del arenal y los algodonales
y sentarse a la mesa dominical, para espanto de la vieja Ignacia que veía
desaparecer las viandas como por encanto.
La abuela lo recibió siempre con amabilidad. El habitante de Zaurak nunca se
alejó mucho de ese lugar, por lo que quedó con la idea, quizás algo vaga y
confusa, de que los habitantes de este planeta azul llamado Tierra eran
acogedores, amigables y curiosos.
Quizás si algún día lo encontremos todavía vagando por las dunas del sur, si
nadie lo ha reciclado. Para descubrirlo, nos informa Claudio, es necesario
fijarse en las huellas del Agente 70Z que dejan una larga zeta sobre la
arena y, sobre todo, iluminarlo con una linterna de bolsillo.
© Adriana Alarco;
03-04-05. |