El autor sostiene que
el impulso de escribir libros "colinda en cierto modo con la locura".
La mayoría de los libros tienen pocos lectores y aún menos lectores
cuidadosos; obtienen una mísera suma de dinero; contribuyen con poco a
la posición social o reputación de su autor, y terminan olvidados y en
las polvorientas estanterías de las bibliotecas. Sin embargo, el
impulso es irresistible para muchas personas y ceder a él ofrece
satisfacciones especiales y útiles.
Paul Robinson es profesor de historia intelectual en la Universidad de
Stanford, codirector de Social Thought in America and Europe, y autor
de libros sobre teoría sicológica—The Freudian Left (La izquierda
freudiana)—y directores de orquesta (Karajan y Stokowski). Tambien ha
escrito un estudio sobre Giuseppe Verdi en relación con la historia
intelectual europea. Su artículo está reproducido de The New Republic.
No incurriré en la paradoja de escribir un
ensayo que suscite dudas acerca del oficio de escribir. Baste decir que
considero interesante la pregunta; interesante, obviamente, para quienes
escriben; también, probablemente, para quienes piensan escribir, y tal vez
incluso para quienes no escriben pero encuentran irresistiblemente
misteriosos a los escritores. Debo añadir que me refiero principalmente a la
literatura no novelesca, aunque mucho de lo que digo se aplica por igual a
la novelística.
Para la mayoría de nosotros, escribir toma bastante tiempo; normalmente
dedicamos varios años a un libro. Y aunque un escritor hace otras cosas
también, por lo general trabaja miles de horas antes de entregar su obra al
editor, y ni siquiera entonces han terminado sus afanes.
En realidad la pregunta "¿Por qué escribir?" surge precisamente porque
intuimos una discrepancia entre la cantidad de esfuerzo que dedicamos a cada
obra y el conocimiento, edificación y diversión que los lectores extraen de
ella. He especulado que si se pudieran calcular todas las horas dedicadas
por todos los lectores a la lectura de un libro, por lo general resultarían
ser menos que las horas que el autor pasó escribiéndolo. Huelga decir que no
me refiero a los Shakespeares y Dickens de este mundo, sino al resto de
nosotros los escritorcillos.
Con fines de análisis, "¿Por qué escribir?" puede dividirse en dos
subpreguntas: ¿Cuáles son los motivos para escribir? y ¿Quién es el público?
Las respuestas más probables a esas preguntas parecen inadecuadas.
Se escribe para ganar dinero. Naturalmente, algunos
escritores—principalmente los novelistas y los autores de libros de texto—sí
ganan dinero, y un gran número de ellos escribe, al menos en parte, con la
esperanza de ganar dinero. Pero la mayoría de los autores saben que no se
gana dinero con escribir, y aquellos que no lo saben lo descubren bastante
rápido. Al decir "no se gana" hago un juicio comparativo: se gana
ridículamente poco en comparación con lo que se puede ganar siendo médico,
dentista, abogado, hombre de negocios o incluso maestro de escuela. Estas
son las comparaciones pertinentes porque los escritores, en conjunto, son
personas inteligentes e industriosas que, aparte de una aversión
temperamental, sin duda tendrían bastante éxito en las profesiones que dejan
dinero. Algunas veces he tratado de calcular mi ingreso por hora como
escritor. Si tomara en cuenta sólo las regalías, sería vergonzosamente bajo,
quizá menos de 50 centavos de dólar, e incluso si incluyera la mitad de mi
sueldo como profesor (suponiendo que la Universidad de Stanford me pagara
tanto para escribir como para enseñar), éste se aproximaría, en el mejor de
los casos, al salario mínimo fijado por el gobierno. Si se examina el asunto
estadísticamente, entonces sólo los tontos escriben para ganar dinero.
Se escribe para tener prestigio. Hay algo de cierto al respecto, pero se
trata de un asunto engañoso y sumamente subjetivo. La fama se relaciona
estrechamente con los lectores. No dudo que la mayoría de los escritores
desean ser apreciados, pero creo que a menudo se engañan con respecto a
quien los escucha, como trataré de mostrar en breve.
Se escribe para decir la verdad. Este es el motivo más atrayente por ser el
más desinteresado, pero ha sufrido daños irreparables en el siglo XX. En
casi todas las áreas de investigación, desde las ciencias naturales hasta
las humanidades, la noción de verdad ha sido impugnada, y junto con ella el
antiguo modelo acumulativo del quehacer intelectual: la "marcha de la
erudición". Max Weber, Thomas Kuhn y muchos otros nos han convencido, en
diversos grados, de que la vida intelectual no consiste en remplazar ideas
falsas con verdaderas, sino en sustituir ideas impracticables con ideas
útiles. Naturalmente, aún debemos decir la verdad, pero no siento que los
autores escriban fundamentalmente para disipar el error. La búsqueda de la
verdad no constituye en modo alguno una inquietud despreciable, pero ya no
tiene la fuerza de la que gozara alguna vez.
¿Quiénes son los Lectores?
Se escribe para un público. Pero en términos de nuestro compromiso
con el oficio de escribir, los lectores reales son menos importantes que los
imaginarios. Más aún, no es suficiente saber quiénes leen. También queremos
enterarnos de cómo leen (con qué espíritu y con qué grado de comprensión).
Si se toman en cuenta estas consideraciones cualitativas, se puede argüir
que muchos escritores trabajan guiados por una falsa concepción de su
público. Entonces, ¿quién escucha?
Escuchan los amigos y la familia. Sería más preciso decir que tratan
de escuchar. Dudo que yo sea excepcional en el sentido de que la mayor parte
de lo que escribo es poco inteligible para mis amigos y familiares. Dediqué
mi último libro a mi madre, mujer inteligente e instruida, y ella hizo un
esfuerzo heroico para leerlo. Recibí semanalmente cartas con listas de
palabras que ella desconocía. (¿Con cuánta frecuencia, durante una
conversación culta, se usa la palabra "empírico"?) Según recuerdo,
finalmente se dio por vencida en la página 70 más o menos.
La mayoría de los autores ya reconocen esta triste verdad en la manera en
que enfocan la pregunta, formulada por alguien que no es erudito, "¿Sobre
qué escribe usted?" Por ejemplo, en la actualidad preparo un estudio sobre
Giuseppe Verdi y la historia intelectual europea, y mi respuesta a esa
pregunta consiste invariablemente en una serie de evasivas. Si digo
sencillamente que escribo sobre Verdi, mi interrogador deducirá que escribo
una biografía. Si digo que escribo sobre Verdi y la historia, se da por
sentado que trato de las circunstancias históricas en las que se
representaron por primera vez las óperas de Verdi, o quizá del contenido
histórico de éstas. "Historia intelectual" es un pozo sin fondo; he
encontrado que para la mayoría de la gente la frase casi no tiene
significado. (Además, no hay razón por la que debiera tenerlo.) Por otra
parte, aun si puedo comunicar lo que quiero decir por historia intelectual,
la tarea de explicar cómo se relaciona esto con un grupo de óperas italianas
del siglo XIX, sigue siendo para mí una labor digna de Sísifo. En resumen,
siempre siento alivio cuando mis amigos no me interrogan, pero de ninguna
manera porque considere que mi empeño sea trivial.
Escuchan los críticos. Sí, pero con el único fin de escribir reseñas.
Cualquiera que haya reseñado un libro conoce la disposición mental
explotadora con el que se aborda la tarea: la meta principal no es aprender
sino decidir lo que se va a decir.
Escuchan quienes estudian la materia. Sí, pero sólo algunos, y, al
igual que los críticos, tienden a escuchar con ánimo explotador. Se ha
escrito tanto que sólo leemos una pequeña porción de las publicaciones que
se relacionan con nuestro trabajo, y leemos en gran parte con el ánimo de
"terminar". Los libros, incluso los de nuestros amigos, son obstáculos. Los
leemos de prisa, tomando quizás algunas ideas que nos serán útiles, y nos
produce alivio dejarlos atrás. Me parece muy absurdo pasar tantos años
escribiendo un libro sólo para producir estas pequeñas ráfagas de ansiedad
intelectual. Al contemplar un ritual tan insano, una persona racional debe
concluir que la mayoría de los libros se escriben para ser escritos, no
leídos.
Está por demás decir que existen excepciones. No sólo tenemos la producción
de los grandes, los "inmortales", sino algunos libros "ordinarios" tan bien
concebidos, tan bellamente escritos, que los leemos con el mismo espíritu
con el que suponemos que fueron escritos. Entre mis propias lecturas
recientes, el libro de Donald Howard, The Idea of the Canterbury Tales (La
idea de los cuentos de Canterbury), cae dentro de esta categoría. Lo
menciono en especial porque contiene un análisis del origen de la lectura y
de los libros (lo que Howard llama "librismo") que esclarece en forma
impresionante el dilema que nos ocupa aquí.
Empero, el punto ineludible es que dichos libros son, como se dijo antes,
excepcionales. Si se necesitan pruebas, recomiendo un recorrido informal por
las estanterías de una biblioteca importante. Tómese cualquier libro de un
estante y lo más probable será que se tenga en la mano una obra de erudición
que no ha sido consultada en años, aunque con ella su autor haya obtenido
una titularidad en alguna universidad o, lo que es más intimidante,
"coronado" una carrera distinguida. Y allí descansa, tan muerta como una
crónica medieval. Su única esperanza de supervivencia es como fuente
primaria de información para eruditos más jóvenes que estén escribiendo una
historia de la disciplina. Pero aun cuando la especie se canibaliza, las
oportunidades de cualquier volumen dado son contadas. En momentos como
estos, se reconoce que el oficio de escribir colinda con la locura.
Escribir para Uno Mismo
Sin embargo, seguimos escribiendo, y pocos de nosotros vamos a parar al
manicomio. Se me ha ocurrido sólo una explicación a este misterio, y es que
escribimos en gran medida para nosotros mismos. Esta proposición parecería
más plausible si hubiera restringido mis comentarios a la novelística, ya
que por lo general se admite que los poetas, novelistas y dramaturgos se
entregan, al menos en parte, a actos de autoexplotación y autodefinición.
Pero creo que lo mismo puede decirse de los ensayistas, aunque éstos no se
den cuenta, y que sus escritos ganarían en claridad y fuerza si el motivo se
hiciera consciente. Esto por lo menos desalentaría las acusaciones de falta
de propósito a las que están sujetos en especial los escritores.
La mejor prueba de que escribimos para nosotros mismos es el hecho de que
somos nuestro mejor público. Nadie lee lo que escribimos con la misma
atención o cariño que nosotros le ponemos. El autor es el único que lee sus
escritos sin el propósito de explotarlos. Y el autor es el único lector que
reconoce los triunfos intelectuales que contienen ciertas frases
perfectamente modestas que requirieron de horas para tomar forma. Sospecho
que si Shakespeare resucitara y pudiera darse tiempo para leer todas las
críticas que se han hecho a sólo una de sus piezas de teatro, se
maravillaría primero de todas las cosas que han detectado los críticos
literarios y que él mismo no había notado; pero también podría quejarse de
que alguna expresión particularmente acertada, alguna ambigüedad o cierta
rima interna, haya pasado inadvertida.
De la misma manera, el autor por lo general sabe mejor que nadie dónde están
los errores de su argumento, lo que lo convierte no sólo en el lector que
mejor aprecia su propia obra, sino también, en cierta forma, en el que más
la critica. Visto desde esta perspectiva, el escribir es un acto de
esclarecimiento propio, en el que traemos orden a ideas y sentimientos que
de otra manera quedarían confusos e inconexos.
Sobre todo, el escritor lee su propia obra con mayor placer que casi
cualquier otro lector. El finado John Wasserman, que se halla entre los
escritores más amenos que conozco, comprendía esto perfectamente. Era famoso
por reír a carcajadas cuando leía sus propias columnas y artículos, y le
encantaba hacer notar a sus colegas los giros estilísticos especialmente
traviesos que se le habían ocurrido. En pocas palabras, adoptó muy
sensatamente la lógica narcisista que protege a los escritores de la locura.
Sólo cuando el escritor reconoce que escribe para sí, trasciende las formas
más mezquinas de narcisismo que atormentan a los autores: el deseo de
dinero, progreso, prestigio. Irónicamente, el yo, despojado de sus pequeñas
vanidades, es también el punto de referencia más desinteresado del escritor:
pasa a ser un ejemplo de humanidad. Reconozco que aquí he entrado en aguas
turbulentas, pero creo que es sicológicamente correcto decir que el escritor
que siente que escribe para sí, también siente que escribe para la
humanidad, y que la convicción no está ligada a la cuestión de si será leído
o no. Al explorar y esclarecer el pensamiento propio, se tiene la sensación
de que se esclarece también la mente de la especie. La proposición puede
parecer inaceptable a primera vista, pero convendría compararla con las
demás motivaciones que he considerado aquí y que, a mi parecer, son mucho
menos convincentes.
Una Forma de Gratitud
He pensado en una razón final por la que escribimos, y ésta se relaciona con
las repercusiones universales de escribir para uno mismo. Algunas veces
escribimos para agradecer, para expresar nuestra gratitud a un miembro o una
porción de la humanidad que nos ha dado placer, nos ha exaltado y nos ha
hecho tener una opinión mejor de nosotros mismos. Esa es la motivación que
sentimos y consideramos tan conmovedora en la frase inicial del magnífico
estudio que Fernand Braudel hiciera del mundo mediterráneo en el siglo XVI:
"He amado con pasión al Mediterráneo..." Descubrí en mí mismo un motivo
similar al empezar mi estudio sobre Verdi. Me di cuenta de que parte de la
energía para el proyecto provino del deseo de reciprocar. He pasado miles de
horas escuchando a Verdi. En realidad, medido en términos puramente
cuantitativos, ningún otro ser humano me ha proporcionado más placer. Un
escritor se encuentra en la afortunada situación de poder agradecer un don
semejante de manera más plenamente satisfactoria que aquellos que no
escriben.
Este último motivo, creo, es también relativamente independiente de la
posibilidad de encontrar un público. Escribir en este sentido es una especie
de correspondencia particular, y sus gratificaciones son exactamente las que
se derivan de escribir a un amigo. Sólo que aquí el amigo—o, más
precisamente, el benefactor—sirve como norma singular para el escritor: ya
que éste y aquél son miembros de la misma especie, el primero se puede
identificar con el segundo, pero como éste es uno de sus ejemplos
extraordinarios, revela las limitaciones del escritor y la distancia entre
él y lo que puede alcanzar el hombre.
Existen otras razones para escribir, entre ellas, el amor puro al idioma y a
su uso correcto, motivo subrayado por George Orwell en su ensayo, "Por qué
escribo". Pero estoy persuadido de que en el fondo del empeño yace la
dialéctica enormemente gratificante del yo, el otro y la humanidad.
© Paul Robinson.
Tomado de: Facetas Vol. 12 1979 N° 2 |