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A la distancia en tiempo, espacio y márgenes
de creencia, es interesante repasar en este libro no solamente una postura
determinada respecto a lo que pasaba en el mundo ni un estilo determinado de
narrar, sino la consistencia dramática que sostiene, y que encumbra a su
autor como un conocedor de los seres humanos.
Clifford D. Simak publicó esta novela en 1965, dos años después de su
reconocida obra Estación de Tránsito, reflejando además de sus
particulares inclinaciones estéticas y cosmológicas, un extraordinario
sentido del drama.
Viktor Frankl, en su notable obra El Hombre en busca de Sentido,
señala con algo de claridad que es el propósito de una vida (es decir, la
construcción de un motivo o cadena de motivos porque vivir) lo que nos
mantiene andando a través de los caminos del tiempo, y lo interesante –por
así decirlo- o extraordinario de esto es que sólo podemos ver claramente
esas motivaciones o construcciones que elaboramos para seguir adelante en
situaciones extremas. Y así, si en el caso de Frankl fue un campo de
concentración en la II Guerra Mundial, en esta novela el escenario es el
mismo pueblo natal de Simak, Milville, que enclavado en medio de las
montañas, tiene todas las características usuales de los pequeños pueblos
(tan alabadas por algunos y tan denostadas y satirizadas en series como
South Park) una comunidad de gente de vidas ordinarias y sin sobresaltos,
lentas y aburridas quizás para el gentilhombre citadino o los buscadores de
progresos, con sus dramas pequeños, sus trifulcas y enconos y la seguridad
que da el saber que algunas cosas esenciales no cambian (quien es rico,
quien es pobre, a que negocio dedicarse, que camino seguir por la vida,
etc.)
Esta aparentemente inmóvil y bucólica tranquilidad se ve interrumpida de
repente, cuando una barrera invisible, que sólo deja pasar a los objetos
inanimados rodea el pueblo, aislándolo del resto del planeta.
Es en este momento en que la trama se abre al mismo tiempo, al misterio, el
asombro y el drama, reflejado en las actitudes de los personajes, los al
parecer inexplicables sucesos y los elementos extraños dejados aparentemente
al azar, pero que resultan vitales para resolver los cabos sueltos de la
historia.
Uno de los factores interesantes de la historia es la dicotomía
cambio-permanencia que es la iniciadora del drama: un suceso que rompe la
comprensión habitual de los hechos, el flujo normal de la vida, el paso
tranquilo y sin sobresaltos de los años, las tareas, los deberes y las
obligaciones; Todo ello desgajado de un solo golpe por una serie enteramente
sin precedentes de sucesos, tachonado además de elementos inusuales,
teléfonos sin discos de marcar y sin conexión y donde sin embargo se
escuchan voces (¿zapatofónos? ¿celulares inter-dimensionales?) Sujetos
desaparecidos hacía mucho que reaparecen de pronto y vuelven a disolverse en
la nada sin explicación, un árbol con dinero como hojas y visitantes de
lejanos mundos son los evidentes –y desagradables, para los habitantes del
pueblo- síntomas de una extrañeza mayor.
El protagonista, narrador y eje central del drama es el protagonista, Brad
Carter, quien, al contrario que la mayoría del pueblo, puede percibir el
paso del cambio alrededor suyo, tras haber fracasado en los negocios y estar
a punto de perderlo todo, siente que la estabilidad de otrora ha dejado paso
a la desazón y el hastío de fallar en tener éxito y en honrar el legado
paterno, consistente en el invernadero y en las flores que allí criaba, que
parecen ser de una especie desconocida, y es aquí donde llegamos al quid de
la historia.
Si hablamos de síntomas, entonces se hace más necesario e importante hablar
de la enfermedad: y esto lo podemos ver en dos niveles:
En primer lugar, tenemos a las flores, que son en realidad depositarias de
conocimientos de muchas civilizaciones anteriores a la humana, o simplemente
alternas, esto nos lleva a abordar otra vez una de las preocupaciones
fundamentales de Simak: El tiempo y sus inquietantes ramificaciones,
derivada del retrato del espacio-tiempo de universos paralelos de la
mecánica cuántica, aunque más probablemente, derivado de las consideraciones
de Einstein reflejadas en la Relatividad General.
Es la aparición de estas flores alienígenas la causante de los fenómenos que
suceden en el pueblo, siendo la incitación de las anomalías el corolario una
serie de contactos discretos y manipulaciones sutiles de estos seres dotados
de memoria, pero al parecer no de un intelecto propiamente dicho, incapaces
de comunicarse directamente con la mente humana, aunque no de invadirla y
explorarla, lo que es una fuente de pistas valiosas para el contacto, pero
que se muestran inútiles a la larga (la forma más clara de definirlos sería
como algo parecido a un sistema experto, donde los mecanismos de inferencia
y acción están dados por lo que el sistema experimenta en el tiempo)
Otro detalle importante a notar es en las personas que sirven de contacto
entre las flores y el pueblo, el solitario retrasado Tupper y el marginal
Stiffy además del fracasado Carter y el Rico del pueblo Sherwood, de cuya
hija está enamorado Carter, pero se siente indigno de ser correspondido en
sus afanes, son los operadores de la tragedia, que sin saberlo ceden a las
maquinaciones de las flores, y ponen al mundo en un nudo gordiano.
El segundo nivel es la reacción de los demás habitantes del pueblo, sacados
de sus dramas y vicisitudes habituales, representados especialmente por el
jefe de policía, matón del pueblo y enemigo declarado de Carter. Hiram
Martin, quien, al enterarse minimamente de la participación de Carter en el
misterio, lo eleva a la indigna categoría de chivo expiatorio, sambenito que
Carter no puede quitarse de encima ni aun después de aporrearlo. Esta
percepción de inseguridad se extiende hasta la misma Casa Blanca, donde los
altos funcionarios discuten que hacer con la amenaza y decretan la mala
solución universal: la bomba. Simak ataca aquí el temor usual de la Guerra
Fría y la sensación de estar al límite de la navaja que inevitablemente
brinda.
Y aun entonces, cuando todo parece perdido, la humanidad presa del pacto
fáustico con una especie mucho más lista o la aniquilación total, es que
aparece una luz de esperanza en las palabras de Stiffy, y es que no puede
existir un poder sin un admirador de este, las definiciones que usamos de
belleza, bondad o erudición sólo se aplican si existe previamente la idea de
otro como involucrado, una dicotomía observador- observado. Las flores son
organismos simbiontes, y la especie humana es el ganador de este turno.
Esta relación con el otro es una moneda de dos caras, y así como existe la
admiración, el amor y la camaradería, presenciamos envidias, temores y
animadversiones. Esta falta de reconocimiento de la otredad es lo que
produce escenas de incomodidad suprema (es extraño, me siento como nuevo,
pero no es natural, no tendría porque ser así) y de incomprensión evidente,
como el hecho que las flores no fueran capaces de entender la diferencia
individual ente el padre de Carter y este, cosa que es fácil ver respecto a
otra especie, pero que es igualmente válido para otras naciones y culturas.
En suma, un libro sólido que conjunta la expresión ante el horror de la
incomprensibilidad del otro y el despropósito de tratar de acomodar todos
los acontecimientos a un estrecho marco de referencia, a través de las
acciones de sus personajes, Simak nos propone un retrato dramático, mas no
exento de esperanza y de posibilidades estimulantes que sobre todo, nos
habla de la necesaria y nunca bien ponderada tolerancia, a ser tenida en
cuenta como valor crucial en tiempos como estos.
© Isaac Robles; 21-01-05. |