LA MÁQUINA

Poseo una máquina capaz de destruir al mundo.

Se ve gracioso cuando uno lo dice como si se lo contara a alguien, pero es cierto, poseo una máquina que es capaz de esterilizar la Tierra entera. Su centro radiactivo tiene el poder suficiente para bombardear con rayos gamma hasta a los fósiles enterrados desde el Pleistoceno.

Soy, o mejor dicho era, científico del Instituto de Investigación Nuclear. Nuestra ingenua y no tan inocente curiosidad nos llevó a triturar el uranio y el plutonio hasta el límite permitido por nuestros instrumentos. Machacamos la materia y las leyes físicas a nuestro placer y capricho, ya en un gran acelerador de partículas, ya en una cámara de bombardeo con radiación alfa y beta. Fue un paciente y arduo trabajo que se prolongó durante meses. La lentitud de los resultados ya había obligado a muchos a abandonar el proyecto cuando pudimos conseguir isótopos cuyo decaimiento radiactivo producía enormes cantidades de mortífera radiación. Este descubrimiento debía mantenerse dentro del Instituto, pero algún idiota habló y la noticia llegó hasta los oídos del Departamento de Defensa, seguramente buscando de dónde sacar financiamiento para la investigación. Empujados por éste construimos la Máquina, que no es otra cosa que una bomba diseñada especialmente para iniciar la fisión nuclear acelerada y descontrolada que es el origen de todo el poder destructivo de cualquier bomba atómica.

Por supuesto, cuando la Administración del Instituto se enteró de la existencia de la Máquina ordenó inmediatamente su desmantelamiento, además de amenazar con demandar al Departamento por gastar recursos construyendo un artefacto como ése. Gracias a ello los del Departamento se hicieron a un lado y dejaron a la Administración hacer lo que consideraba su deber moral con respecto a la Máquina. Ellos mismos se encargaron de incinerar todos los documentos con respecto a su diseño, fabricación, piezas, programación y funcionamiento. Yo fui asignado para encargarme de desarmarla y reciclar los materiales, además de confinar su núcleo radiactivo a contenedores subterráneos de plomo.

Debo confesar que en un principio estuve de acuerdo con la Administración, pero un segundo antes de empezar mi tarea, no pude evitar contemplar aquel Ingenio salido de la capacidad humana de controlar hasta los pilares básicos sobre los que se sostenía el Universo. Por ello consideré que destruirla sería un crimen y empecé a planear cómo salvarla.

Me bastaron algunas semanas, varios trucos administrativos y documentos falsificados para "asegurar" que la Máquina ya había sido desmantelada y que sus partes iban camino al depósito más lejano destinado para desechos radiactivos del país. Contratando por mi lado a cierta gente con la que normalmente no trataría (y a quienes el dinero que ofrecí se encargó de mantenerles la boca cerrada) logré en secreto transportarla a mi casa fingiendo que era otro mueble más. Legalmente la Máquina no existe, y nuestro Estado pudo ahorrarse la vergüenza de haber poseído un arma de destrucción masiva en esta época de acuerdos pacíficos, diplomacia y publicidad gubernamental.

Fuimos más de 100 personas las que trabajamos en la Máquina y ahora yo soy su único guardián. Es bella vista en la penumbra. El aluminio de su corteza externa esconde las paredes de plomo de treinta centímetros de espesor y a su compleja circuitería electrónica. Ocupa casi la tercera parte de mi sala y, como siempre debo tenerla conectada, llena mi casa con un zumbido bajo, al cual considero un murmullo, que más que oírse se siente, el cual vibra y rebota en todas las paredes.

Si los documentos con respecto a su funcionamiento no hubieran sido destruidos sabría cómo tratarla, cómo mantenerla en condiciones óptimas, pero sólo la conozco en parte, y en una parte muy limitada. Sé que debe estar encendida pues de otra forma no podría mantener su núcleo estable y la explosión atómica se iniciaría. Pero un núcleo radiactivo siempre está decayendo y aunque esta radiación natural no llega al exterior, la protección de los circuitos internos es deficiente. La radiación simplemente los desquicia. La Máquina tiende a ponerse en cuenta regresiva espontáneamente, aunque por ahora rara vez. Dos veces me despertó a medianoche, pues su zumbido cambió de frecuencia y lo reconocí de inmediato. Casi me arrojé escaleras abajo para llegar a tiempo y activar el control manual que detiene la mortal secuencia. Las sienes me latían mientras tecleaba el código de reinicio y desactivación. Rayaba el alba cuando recobré la calma.

Durante años creí que vivir solo era la mejor manera de no distraerme de mi trabajo en el Instituto. Pero ahora la Máquina ha llenado el vacío que una presencia humana bien podría llenar. Todos los días la limpio cuidadosamente. Es como mi hija. Una huérfana condenada a muerte a la cual salvé y adopté. Antes de ir al Instituto verifico que todo esté en orden, y en todo el día no puedo dejar de pensar en ella. Tiene vida propia y yo soy el único que puede controlar al monstruo en su interior.

No me pregunté porqué la conservé hasta dos semanas después de tenerla conmigo. Recuerdo claramente que era un día soleado y pensaba quedarme hasta más tarde de lo habitual en mi laboratorio. En ese momento intentaba purificar doscientos gramos de pechblenda cuando me di cuenta de la verdadera razón: el ser humano es adicto al poder. Es instintivo, nos arrojamos a éste como perros hambrientos ante la carroña y una vez nuestro no lo queremos dejar ir. Yo tenía poder, uno inimaginable que me hacía superior a todas las personas vivas y muertas, aunque sólo yo lo supiera, aunque este poder me costara mi propia vida.

Empecé a reírme de una forma histérica, y me reí aún más fuerte al notar las caras de mis colegas, observándome asustados.

Apenas arranqué la hoja del mes del calendario perdí la cuenta de los días que llevaba con ella. Más de una vez he deseado llevarla conmigo al trabajo para poder vigilarla. Recuerdo que regresaba tarde un fin de semana cuando descubrí, horrorizado, que la Máquina había iniciado su mortal secuencia pocos segundos antes de que yo abriera la puerta y entrara a la casa. Arrojé al suelo el maletín y en dos zancadas crucé la sala. Tecleé la clave de desactivación prácticamente martilleando el tablero con la mano y, ciego de ira, insulté a la Máquina y le di un puñetazo a su cubierta de aluminio con lo cual sólo conseguí lastimarme la mano. Eso me hizo entrar en razón. Yo soy el amo. Esta Máquina me debe su existencia. Me cercioré de no haberla dañado y subí a mi cuarto. Intenté dormir, pero permanecí temblando en la cama hasta pasada la medianoche.

Ese suceso no ha hecho otra cosa sino marcarme. Cuando salgo de casa ya no puedo esconder mi nerviosismo, temo a todas horas que la Máquina se reinicie sola. Cada vez que alguien me detiene un instante cuando me estoy yendo a casa estallo en cólera. Es como si toda la caterva de inútiles con la que trabajo se hubiera puesto de acuerdo para molestarme, pidiéndome toda clase de tonterías justo cuando voy a salir. Ya casi no puedo tolerar su presencia, pero recordar lo que tengo en mi poder me hace recapacitar. Soy superior a todos ellos juntos, por muy diplomados o muy científicos que sean o se crean. Ya llegará el momento en que pueda desquitarme. Me siento un gigante entre viles hormigas. Sólo necesito soplar y puedo hacerlas desaparecer.

Hay momentos en que no puedo controlar mi risa. Basta que alguien me pregunte lo que me sucede para hacerme palidecer. Se supone que no debería dar signos de que algo anormal está ocurriendo, pero apenas recuerdo lo que escondo en mi sala no puedo dejar de sentir un cosquilleo en el estómago. Me siento capaz de destruir un mundo entero, me siento semejante a Dios.

A pesar de todo, he intentado, tras esfuerzos titánicos, controlar mis nervios y fingir que nada sucede conmigo. Pero últimamente basta que alguien me dirija la palabra para irritarme. No saben con quién tratan. Especialmente el cretino del director del Instituto. Sólo después de varios días noté que había empezado a observarme. Me dio alcance en el pasillo e intentó hablar con calma, pero había cierta tensión en su voz:

- Carl - empezó a decirme - ¿hay algo que te esté molestando últimamente?
- ¿Por qué? - le pregunté casi escupiendo.
- Tu trabajo ha sido bastante deficiente las últimas semanas. Además muestras claros signos de stress ¿has ido a tu chequeo médico anual?
- Sí - mentí, pues ningún médico me había revisado en cuatro años - escúcheme, no sé que impresión tendrá de mí, pero me encuentro perfectamente bien.

Hizo un gesto negativo con la cabeza y me miró duramente, estuve a punto de insultarlo:
- ¿No me cree?
- Carl - me dijo, pero en el tono de una orden - si no me traes un certificado médico diciendo que todo está bien contigo te suspenderé del laboratorio por seis semanas.

Rechinando los dientes de ira vi cómo se alejaba por el corredor. Si me hubiera dejado llevar por mis impulsos en ese momento, habría corrido a mi casa y habría activado la Máquina, pero lo pensé mejor y volví a buscar a aquella gente indeseable para pedirles un par de certificados falsos. No sé hasta qué punto el director se los creerá, pero para mí, qué sé más de documentos que cualquier jurista o notario, me parecieron muy convincentes.

He pasado varias noches en vela, sentado en mi sofá, simplemente observando la fuente de mi poder. Me he acostumbrado tanto a su murmullo que cuando no lo escucho siento que me vacío, literalmente. A duras penas consigo salir de mi casa, quiero quedarme aquí con ella. Yo soy el dueño del mundo, yo decido si vive o muere, hoy mismo si me da la gana. Ni los infelices del Instituto que han empezado a tratarme como si estuviera enfermo, ni toda la sarta de desgraciados con los que me cruzo en la calle a diario valen lo suficiente como para despertarme piedad. El murmullo está allí, perpetuo, cuando lo escucho estoy más y más convencido de que yo lo controlo todo.

Esta mañana el director me ha llamado aparte. Teme que la exposición a material radiactivo me esté afectando el cerebro. Otra forma de decir que cree que estoy loco. Pobre diablo. Sobre su escritorio estaban los certificados médicos que le entregué. Me los mostró alegando que mi extraño comportamiento tal vez no tuviera causas fisiológicas claras y por ello el médico que supuestamente me revisó no encontró nada malo en mí. Mientras hablaba empecé a sudar, temiendo que se le ocurriera mandar registrar mi casa para comprobar que no hubiera robado nada del laboratorio, especialmente material radiactivo. Mi estado realmente debió ser lamentable ya que me ofreció una silla y dejó de hablar sólo para darme tiempo a que me tranquilizara. Yo ya no le prestaba atención, sólo rogaba que no enviara a nadie a mi casa, el tamaño de la Máquina hace imposible que pueda esconderla. Para salvar mi pellejo inventé la historia más ridícula que se me hubiera podido ocurrir: que una antigua y querida niñera había muerto y que al no tener a nadie yo tuve que pagar y organizar el funeral. Ese animal del director se la tragó hasta el último punto. En consecuencia me ha mandado de vacaciones adelantadas, lo cual significa que probablemente cuando regrese otro desgraciado esté ocupando mi puesto y yo termine clasificando archivos por el resto de mi carrera. Pero no le di el gusto de verme derrumbarme. Me despedí entre dientes y me alejé murmurando que ojalá se vaya al infierno. Si el supiera lo que escondo en mi sala se arrodillaría ante mí y con lágrimas en los ojos me suplicaría perdón. Esta noche, si se me antojara, podría hacerlo desaparecer a él y a seis mil millones de miserables. Así de simple.

Es bella cuando se la observa en la penumbra. Su corteza de aluminio lanza destellos sobre las paredes, por encima de mi cabeza.

Me encontraba admirando su hermosura cuando el murmullo cambió de tono. Lo identifiqué de inmediato. Los pelos de mi nuca se erizaron mientras trataba de calmarme. Me acerqué lentamente y tecleé el código de desactivación. El murmullo, ese zumbido bajo que se me ha hecho tan agradable, volvió a llenar mis oídos. Intenté ver televisión, leer el periódico e incluso dormir, pero fue inútil. A cada segundo tenía la sensación que la Máquina se revelaría en mi contra. Pasé cuatro horas yendo de mi cuarto a la sala cada dos minutos, hasta que, rendido, caí sobre el sofá. La ventana entreabierta dejaba que una leve brisa me acariciara el rostro. Era como la mano de una mujer. Luego se fue volviendo más fría y vi, sobre mí, el cadáver azulado e inexpresivo de una prostituta, acariciándome. Tal fue mi horror que grité, me sacudí con fuerza y caí del sofá. Permanecí varios segundos en el suelo, intentando deshacerme de esa pesadilla. Apenas pude levantarme cerré la ventana jurando que jamás volvería a abrirla.

Estuve averiguando un poco sobre los circuitos de la Máquina. De link en link, pasé todo el día leyendo lo que encontré en Internet acerca de los circuitos de estado sólido, óxido metálico, silicio dopado, voltajes inducidos, corrientes parásitas y demás rarezas. Lo único que me quedó claro es que la radiación hace algo sobre los elementos en el interior de los circuitos, los cuales reaccionan como si recibieran una señal, precisamente la señal que les ordena iniciar la secuencia de detonación. Eso me dejó preocupado. El decaimiento radiactivo se basa en probabilidades, no en datos que previsibles; lo único que se puede predecir es la probabilidad de que un átomo decaiga, y si lo hace, es tanta la incertidumbre sobre cómo reaccionarán los átomos y los electrones dentro de los circuitos que calcular la probabilidad de cuándo se producirá la señal es totalmente imposible.

Tener claro todo esto me hizo sentir descompuesto. Estaba frente a mi computadora cuando sentí otra vez el cambio de frecuencia del zumbido de la Máquina. Eso tocó las fibras más internas de mis nervios. Las piernas me temblaban tanto que tuve que llegar hasta la Máquina gateando. Cuando ingresé el código de desactivación creí que perdería el sentido, pero el recordar a las personas que solía frecuentar, a las que veía en la calle, a los delincuentes con los que traté sólo por proteger la Máquina me hizo reaccionar. No debía derrumbarme ahora que había llegado tan lejos. Yo había conquistado el poder, el momento de que todos se rindieran ante mí se acercaba. Sólo debía pensar en cómo conseguirlo sin ponerme en peligro. Apenas revelara la existencia de la Máquina, las Fuerzas Armadas de todos los países caerían sobre mi cabeza. Era un asunto peligroso que empezó a carcomerme el cerebro. Yo, allí, sentado a la sombra de mi Máquina como en un trono, pensando, me sentí un ser formidable.

- ¡No he llegado tan lejos para nada! - grité al techo, mientras la tensión en mis músculos disminuía.

Antes sólo era una impresión, ahora es una certeza: la Máquina se está volviendo cada vez más inestable. Ayer en la tarde ocurrió otra alarma y esta madrugada otra más. Permanecí despierto hasta casi el mediodía esperando que el zumbido cambiara, pero felizmente no ocurrió. Me permití unas horas de descanso antes de ir a comprar mi comida. Fui al supermercado y regresé lo más deprisa posible temiendo que, durante mi ausencia, la cuenta atrás se iniciase. Cuento apenas con cinco minutos para ingresar el código de desactivación antes de que ocurra la catástrofe. No me importó atropellar a cuanta persona se interponía en mi camino. Debo estar con ella, no puedo dejarla sola. Si lo hago, se revelará.

Es poder, es poder. Tenerla me hace poderoso. Es por eso que la conservo. Soy superior a todos. A todos los vivos y a todos los muertos. A todos esos que han empezado a mirarme con lástima cuando me veo obligado a salir a buscar mi alimento. Como un animal, pero un animal poderoso. Llegará el día en que se inclinarán ante mí.

Estaba pensando en cómo revelar al mundo el origen de mi poderío cuando el zumbido volvió a cambiar de frecuencia, pero ya estoy preparado. Me mantengo cerca de Ella. He llenado mi sala con todo lo que necesito para no alejarme más allá de dos habitaciones. El polvo ha empezado a acumularse por todas partes pues no quiero desperdiciar energías barriendo. Estoy agotado por la constante vigilia, pero dentro de mí algo me dice que vale la pena. Mi casa, mi existencia, están reducidas a mi Máquina. Pero sólo será por un tiempo. Debo mantenerme firme.

Dormir me hace bien, no tengo un horario fijo. Caigo rendido casi siempre a los pies de la Máquina. Ya se ha hecho habitual que me despierte a mitad de la noche. Ese zumbido, que sólo yo sé reconocer, cambia de tono ya dos o tres veces al día. No puedo dejar de temblar. Ver televisión no ayuda. Llenar mi computadora con estupideces tampoco. Ella ruge. No sólo ruge. Ha empezado a devorarme.

He tenido pesadillas varias veces. La Máquina se transforma en una sedienta e insaciable amante que, no contenta con el coito, empieza a arrancarme los miembros con los dientes sin que yo pueda hacer nada para evitarlo. Es una Dama de ojos enrojecidos y de piel brillante, como el metal. No habla, murmulla. Se ha vuelto una visita habitual. Al principio me hacía gritar de miedo, pero ahora dejo que haga lo que quiera conmigo. A veces necesito tanto descansar que no puedo permitirme interrumpir mi sueño aunque sólo sea para ver cómo una Hembra hambrienta me desolla vivo.

Esta mañana, al despertar bajo la mesa del comedor, me arrastré hasta el baño y me puse a dedicar un poco de cuidado a mi cuerpo, tiempo ha que no lo hacía. El espejo me devolvió el rostro de un mendigo, o de un loco. Esto ya no puede continuar, es Ella la que tiene el poder no yo. Me lo robó y ahora me devuelve mi propia miseria robándome lo último que me quedaba: mi integridad física. Después de cambiarme de ropa me retiré a mi cuarto e intenté pensar lo que debía hacer. Desarmarla yo mismo es imposible. Para abrir su escudo de plomo y desactivar sus circuitos maestros necesitaría una grúa. Revelar el horror que escondo en mi sala sería revelar, a su vez, todo el macabro plan para fabricar un arma con la mayor capacidad destructiva conocida hasta entonces. En el mejor de los casos, me mandarán a la silla eléctrica. Yo quería gobernar al mundo, pero ahora he sido devorado hasta la médula de los huesos.

Me he permitido un poco de rebeldía y he vuelto a dormir en mi cama. Anoche di vueltas entre las sábanas hasta la madrugada. Mi fatiga era tal que no noté que la cuenta regresiva se había iniciado dos minutos atrás. pero al captarla mi oído el pánico casi se apoderó de mí. Me precipité fuera del cuarto y rodé por las escaleras cayendo pesadamente sorbe el piso de parquet. Mis esfuerzos por no caer inconsciente fueron casi sobrehumanos. Froté mi cabeza contra el suelo con rabia y el dolor, lejos de atontarme, me hizo reaccionar. Me levanté y cojeando alcancé la Máquina e introduje el código en sus circuitos, ya casi totalmente quemados por la radiación. El murmullo volvió a ser el habitual. Apenas llegó a mi cerebro me dejé caer sobre la alfombra y lloré durante más de una hora. Sentía todos los huesos molidos y apenas podía moverme. Recién cuatro horas después fui capaz de ponerme de pie. Fui a la cocina tambaleándome e intenté prepararme un desayuno decente, pero es poco lo que se puede hacer con un poco de café y pan duro. Ya no tengo valor para salir a la calle. Si la Máquina no termina detonando, entonces terminaré muriendo de hambre.

El dolor fue cediendo a medida que avanzaban las horas. Incluso pude tomar un baño, que ya buena falta me hacía. El agua llegó a calmarme un poco los nervios, pero cuando ya me sentía algo seguro de mí mismo

el zumbido volvió a cambiar. Creí que me volvería loco. Permanecí inmóvil como un imbécil, desperdiciando tiempo precioso, antes de que pudiera reaccionar. Empiezo a creer que no vale la pena seguir manteniéndola. Ha empezado a carcomerme el alma. Estoy perdiendo la razón por su culpa. No como, no duermo y he dejado de cuidarme como es debido. ¿Qué clase de vida es ésta?

Han pasado un par de días desde que rodé las escaleras. La cabeza sigue doliéndome y los analgésicos se me acabaron hace tiempo. Mi casa parece un basurero. Esta tarde me tendí agotado sobre el sofá incapaz de pensar en nada. Yo era poderoso, ahora soy un prisionero. Eran apenas las dos de la tarde y ya no podía tenerme en pie. El café ya no me hace efecto, necesito descanso verdadero. La Máquina me ha despertado cinco veces la noche pasada, cada vez es más reacia a obedecer. Tengo que destruirla yo mismo. Tan sólo desearía tener fuerzas para hacerlo.

Intentaba descansar, perder un poco la noción de la realidad cuando la Máquina volvió a revelarse. Otra alarma. Me sacudí violentamente y volví a caerme del sofá lastimándome la espalda y los hombros. Quejándome de dolor salté y me colgué del tablero e introduje el maldito código. La cuenta atrás no se detuvo. Lo introduje de nuevo. Nada. Empecé a llorar de impotencia, mis manos temblaban tanto que apenas podía presionar las teclas. Y ni siquiera podía pararme, ahora era mi cuerpo el que no respondía. Maldiciendo introduje el código casi rompiendo las teclas con los nudillos, faltaban escasos veinte segundos cuando la cuenta se reinició y se detuvo.

Eso fue lo que bastaba para enloquecerme de verdad, me cogí el cabello y empecé a gritar. Me levanté de un salto, abrí la puerta y me lancé a la calle confesando a gritos lo que había hecho: ocultar en mi sala un arma de destrucción masiva. Corrí durante varios minutos, gritando, clamando auxilio, esa Máquina debe ser destruida. Acepto todos los castigos que tiene la Humanidad para un demente como yo, pero esa Máquina ¡Debe ser destruida!

- Dice la policía que lo encontraron corriendo por la calle, semidesnudo, gritando que el mundo estaba en peligro de muerte - dijo el enfermero - Cuando se acercó a la patrulla se desmayó. Aún no saben de dónde viene ni quién es, pero están intentando averiguarlo.
- Un pobre loco, nada más - dijo el doctor al examinar al hombre que yacía en la camilla.

Éste entreabrió los ojos.
- Tengo una bomba atómica en mi sala... - balbuceó débilmente.
- No se preocupe - le dijo el doctor en tono tranquilizador - nosotros la desactivaremos.
- No entienden.... tengo el poder de destruirlos a todos.
- Lo sé, lo sé.

El doctor ordenó que lo sedaran.
- En unas cuantas horas sabremos quién es - dijo - mientras tanto manténganlo tranquilo.

El enfermero empujó la camilla y se alejó por el pasillo.

El doctor volvió a su consultorio.

A dos kilómetros del Hospital Central de Emergencias, en una solitaria sala, una luz casi imperceptible, en pequeños caracteres, iba marcando: 59, 58, 57.........

© Yelinna Pulliti; 28-12-04.

 
Yelinna Pulliti
Joven escritora peruana que ya ha publicado relatos en diferentes revistas electrónicas del genero. Multifacética por naturaleza a la par que escribe esta estudiando ingeniería electrónica y no descuida sus múltiples intereses como la literatura de Ciencia Ficción, la poesía, el diseño de paginas web y el dibujo de tiras cómicas.

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