Iván Efrémov
(1907-1972) fue un hombre de asombrosa erudición enciclopédica. El
"secreto" principal de la vida de Efrémov radica en su incesante
aprendizaje, en que siempre marchaba adelante. Desde mediados de los
años 1940 Iván Efrémov se dedicó a la obra literaria. El centro de su
atención y el sentido de su obra fue el hombre: su grandeza espiritual
y su belleza física, el perfeccionamiento y el desenvolvimiento
permanentes de inagotables fuerzas psíquicas y físicas y, como
objetivo final, la edificación de una sociedad nueva, de una
civilización bella y digna del hombre. La nebulosa de Andrómeda, El
Corazón de la Serpiente, El filo de la cuchilla, En el confín de
Oikumena y Tais de Athenas... Detrás de cada uno de estos títulos
surgen mundos enteros y se revela un alto nivel de reflexiones y
sentimientos experimentados por el gran hombre, artista y pensador. A
continuación publicamos varias opiniones de Iván Efrémov acerca del
futuro del hombre y la civilización, sistematizados por Yuri Moiseev.
Astros de los seres humanos
El hombre de la nueva sociedad encara inevitablemente la necesidad de
disciplinar deseos, pensamientos y voluntad. Este camino de la educación del
intelecto y la voluntad es tan obligatorio para cada persona como lo es la
educación del cuerpo.
Ya hace milenios los helenos decían que lo supremo es la medida. El sentido
de la medida es la base de la cultura. Con la elevación del nivel cultural,
una gran felicidad del hombre será la que uno siente ayudando a otro, será
la auténtica alegría del trabajo que enciende el alma. La liberación del
poder de las ambiciones y las mezquindades hará que las alegrías y las penas
pasen a una esfera superior: la creación.
Importantísimo deber del arte es desarrollar el aspecto emocional del
hombre. Sólo el arte tiene poder para predisponer y preparar la psiquis
humana para que asimile las sensaciones más complejas. ¿Quién no conoce la
mágica facilidad para comprender que proporciona una previa predisposición
mediante la música, los colores y la forma? Y cómo se encierra el ser del
hombre, si se irrumpe en él burdamente, por la fuerza. La amplia divulgación
del arte conducirá a que prácticamente cada persona llegue a dominar alguno
de sus géneros, alternándolos en diversos períodos de la vida.
Lo bello sirve de apoyo para el ser del pueblo. Si se aplasta, se destroza o
se diluye la belleza, se quiebran los principios que obligan a los hombres a
combatir y a entregar su vida por la patria. En un suelo emporcado y hollado
jamás crecerán el amor a su pueblo y su pasado, ni el coraje guerrero, ni la
valentía cívica. Si se olvida la gloria pasada, los hombres se convierten en
manada de guiñapos, ansiosos de llenar su panza.
Por tanto, lo más importante para el destino de los hombres y del Estado es
la moral del pueblo, educarlo en la dignidad y el respeto a los antepasados,
al trabajo y a la belleza. De no ser así, todo se derrumba.
El aspecto más importante de la educación es desarrollar una aguda
percepción de la naturaleza. El debilitamiento del interés por la naturaleza
equivale al estancamiento en el desarrollo del ser humano, ya que, perdido
el hábito de observar, el hombre se vuelve inapto para generalizar...
Las especulaciones en torno a la degradación del hombre jamás me han
parecido convincentes. El infinito perfeccionamiento cultural y físico, el
desenvolvimiento de todas las cualidades y los talentos encerrados en cada
persona, una vida pulcra y recta, y la educación a partir de un minucioso
estudio de la estructura hereditaria, producirán los hombres bellos del
futuro. Los débiles imploran milagros como los mendigos imploran limosna, en
lugar de desbrozar el camino con sus propias fuerzas y voluntad. La carga
que lleva un hombre libre e intrépido es grande y penosa. Y si no procura
endosarla a Dios o a un personaje mítico, sino que la porta él mismo, se
iguala con Dios y se hace digno del cielo y los astros. Yo confío que en el
decurso de los siglos el río de las generaciones humanas se irá haciendo más
puro, hasta convertirse en torrente cristalino. . .
Papel social de la ciencia
En nuestra época la ciencia se ha convertido, sin duda, en una fuerza motriz
de la sociedad. Su papel seguirá elevándose. Pero si la ciencia se incorpora
al proceso histórico como importante fuerza productiva, se ve sometida
completamente a las leyes sociales. Los sabios ya no pueden considerarse
como parte de una comunidad libre de exploradores de la verdad. Digamos, las
cuestiones como "peligroso-seguro" o "dañino-provechoso" no se pueden
resolver sin entender dialécticamente la unidad de los contrarios en el
medio social. La lucha por la felicidad del género humano, que a lo largo de
milenios libran el arte, la literatura y la filosofía, escapa muy
frecuentemente a la atención de los científicos. Es un error cardinal que se
comete en cuanto a la valoración de la ciencia, de su objetivo y su sentido.
Por eso puede ocurrir que una ciencia inmoral e inhumana, obrando en pro de
la "verdad" valorada por dicha ciencia y no por la sociedad, quede al margen
del progreso. Y será sustituida por la "Academia de Pena y Alegría" que
responde armoniosamente a la gran necesidad humana de la felicidad y la
justicia.
Esta alternativa no es una invención. El conocimiento auténtico de lo
complejo de la naturaleza viva es imposible dentro de los límites de la
lógica lineal, unilateral y peligrosa, ya que es fácil convertirse de
pensadores libres en esclavos atados a los métodos inventados de ciertas
ciencias limitadas. Al mismo tiempo, hace mucho que me atrae la idea de
fundar un instituto para el intercambio, como dicen los físicos, de ideas
"locas", nuevas previsiones, fantasías científicas y de hipótesis aún no
fundamentadas. De modo que allí se encuentren, inspirándose unos en otros,
representantes de las más diversas ramas de la ciencia y escritores de
prédica científica y de ciencia-ficción. ¡Y desde luego los jóvenes!
La segunda mitad de nuestro siglo ha demostrado nítidamente que, sin
profundas transformaciones sociales, la ciencia no es capaz de resolver
problemas como la contaminación de la atmósfera, la falta de agua dulce, el
agotamiento de recursos naturales y la destrucción de la Naturaleza. Por
ahora la ciencia contribuye a este proceso o asume función registradora del
mismo, en lugar de ponerse enteramente al servicio de la felicidad del
género humano. Desde este punto de vista, incluso las más importantes
teorías científicas pueden hallarse al nivel del pensamiento de la edad de
piedra, si no se traducen en sabiduría consciente de la moral humana.
El gran sabio de este siglo, nuestro compatriota Vladímir Vernadski,
introdujo el concepto de "noosfera": el total de los logros colectivos
alcanzados en el terreno cultural de la moral y las artes. En la noosfera se
reúnen todos los sueños, conjeturas, ideales sublimes de quienes hace tiempo
han desaparecido de la faz de la Tierra, métodos de conocimiento elaborados
por la ciencia, la imaginación creadora de pintores, escritores y poetas de
todos los siglos y pueblos. La noosfera abarca como un océano a todos,
modelando todas las concepciones acerca del mundo, y huelga expresar cuanto
significan la pureza y la transparencia imperecederas de las aguas de tal
océano. Todos los esfuerzos de los creadores deben orientarse hacia ese
objetivo, y es menester no sólo crear lo nuevo, sino impedir que se manche
lo precedente, otra ingente tarea en beneficio de todo el mundo.
Yo creo en una razón sana.
La razón en el universo es la única
Desde luego, el aspecto que tiene el hombre, el único ser con el cerebro
pensante en la Tierra, no es fortuito. Este aspecto responde al requisito de
la mayor diversidad de cualidades y de la capacidad de soportar enormes
cargas, así como corresponde a un sistema nervioso extraordinariamente
activo...
La belleza humana significa, además de la perfección, la universalidad de
función, reforzada y pulida por la actividad intelectual y la educación
espiritual.
Un ser pensante de otro mundo, si ha alcanzado el Cosmos, es igualmente
perfecto y universal, o sea, bello. No puede haber ningún monstruo cornudo y
rabudo, ni hombres fungiformes o pulpoides.
El pensamiento se rige por las leyes del universo que son únicas en todas
partes, y no puede haber ningún "otro" modo de pensar absolutamente
diferente, al igual que no puede haber incomprensión entre seres pensantes
en la etapa superior de desarrollo.
Por ello no admito que los llamados "forasteros de otros planetas" puedan
actualmente encontrarse de incógnito entre los hombres de la Tierra. Su
aparición supondría una civilización más desarrollada, gracias a la cual
ellos podrían trasladarse en el espacio y adaptarse a la vida terrestre. De
poseer un poderío semejante, no dejarían de intervenir en nuestra vida,
malamente organizada y llena de sufrimientos, para ayudar a la humanidad a
encontrar un camino que conduzca a la perfección. Y nosotros no lo hemos
advertido bajo ninguna circunstancia, incluyendo las horrorosas atrocidades
cometidas por el fascismo.
La cuestión de la intervención o no intervención, discutida con excesivo
fervor en nuestra literatura de ciencia-ficción, no puede plantearse ante el
hombre y la humanidad de alta moral y civilización. Otra cosa es la forma de
esta intervención, la cual puede presentar gran interés como tema para las
obras de ciencia-ficción.
© Iván Efrémov.
Tomado de: Literatura Soviética; Numero Especial de Ciencia Ficción; LS
1982; ISSN-0202-1897 |