Presentamos un relato
de J.B. Adolph -reconocido y prestigioso escritor peruano- que esta
incluido en su antología "Cuentos del Relojero Abominable" donde toca
uno de los temas mas caros a él, la necesidad humana de creer o tener
un Dios.
Nos costó un gran esfuerzo acostumbrarnos a la
polvorienta penumbra del recinto: los rincones parecían esperarnos con
cierta suave malevolencia. Avanzamos entre asientos de madera que se
desmenuzaban a nuestro paso; para ello bastaba el tibio viento que
provocaban nuestros cuerpos al pasar. La única luz provenía de nuestras
linternas. Los viejos ventanales, alguna vez, sin duda, marco de coloridos
vitrales, eran ahora ojos cegados por la acumulación de tierra que había
convertido este templo en una burbuja dentro de una caverna. ¿Cuánto tiempo
habría debido transcurrir para que el templo quedara enterrado, o se le
habría sumergido en este clandestinaje artificialmente, para sustraerlo a
las iras científicas del hombre? Ambas cosas eran posibles: éste había sido
un planeta de guerras y de luchas religiosas, de fisión nuclear y de
ateísmos feroces.
Al fondo de esta iglesia provinciana estupendamente conservada, a unos
veinte metros, distinguíamos un altar que reconocíamos negro pese a una
pátina gris opaca de detritus. Un púlpito derruido parecía desconsolado,
aplastado por algún predicador gigantesco o por un dantesco sermón. Pensé
que habríamos de desenterrar el edificio íntegro, no sin antes reforzarlo
para evitar una rápida descomposición de piedras cuya solidez ya sería
discutible.
Mientras avanzaba, me invadía una lenta y triste angustia: creía escuchar
millones de ruegos e invocaciones a una deidad que me era, a la vez, extraña
y familiar. Finalmente todos los dioses son el mismo terror encarnado; no
podía ser de otra forma, siendo toda criatura la misma. Y, sin embargo, la
bendición de las cosechas, que aquí sin duda se solicitaba; el perdón de
aquellos horrendos aunque minúsculos pecados; la humillante esperanza de
sanar siquiera una vez más antes de morir; la risilla picara en la
solemnidad de algún oscuro matrimonio; todo esto quería aplastarme mientras
caminaba, con delicadeza, sobre estas losas sueltas entre las cuales ya
había muerto mil veces la rebelde y derrotada maleza.
No debíamos hablar: un eco podría precipitar para siempre a este templo en
la nada, en esa misma nada contra la cual había sido edificado.
Silenciosamente avanzamos, midiendo nuestros pasos, apoyándonos en cada losa
con infinita paciencia.
Volví a preguntarme cuanto tiempo habría transcurrido desde que los últimos
fieles se habían reunido aquí. Pero, ¿que diferencia había? Mil años o un
millón: de todas maneras sus preces se habían evadido e instalado en el
corazón de su dios, de aquél que los vio extinguirse, como un croupier que
recoge las fichas y anuncia que no va mas. En cuanto a mí, el conformismo
que era producto de infinidad de exploraciones me había hecho observar con
frialdad casas y escuelas, sedes gubernamentales y hospitales, refugios
atómicos y cavernas con pinturas rupestres, en mil y un planetas que ahora
giraban, con inútil precisión, en órbitas carentes de testigos. Ninguna de
esas experiencias me conmovía tanto como este oscuro templo, hoy
subterráneo, bajo una colina de chamuscado ocre sobre un planeta quieto y
que se me aparecía lloroso.
Por unos instantes sentí la tentación de arrodillarme, sin hablar, para
continuar la conversación con este ahora solitario dios sin criaturas.
Después supe que mi compañero tuvo pensamientos semejantes: ¿cómo permitir
que la muerte triunfara tan absoluta, tan irrecuperablemente? De esos
ruegos, de esas imprecaciones, ¿qué provecho habría sacado un dios tan
relativo? ¿Qué absurda batalla libraría ahora con un demonio insulso y
fatigado, que sólo a sí mismo podría tentarse?
Sonreí. Pude sonreír, porque sentía la sangre que me recorría el cuerpo y la
presencia tibia de mi compañero. El altar, me dije, está vacante: no
necesito reiniciar una conversación que no se interrumpió. Cada uno de estos
seres murió con su dios, a su manera, furiosamente monótona y repetitiva:
algún día vendrán a nuestros propios templos —aunque no les demos ese
nombre— a pisar con cuidado y callar con temor. Y nuestros visitantes se
preguntarán en qué recodo del camino desaparecimos.
Rad me tocó el hombro levemente.
"Aquí deberíamos tocar la grabación", susurró en mi oído.
Asentí. Murmuré a mi vez: "Sí, pero sería muy peligroso".
Ví que me hacía un gesto, como para que saliéramos del templo. Tenía razón:
antes de la restauración, si es que se decidía efectuarla, no había más que
hacer aquí. Salimos.
Nos sentamos junto a una roca, en la que crecían unos líquenes grises.
Dominábamos una llanura muerta. Afortunadamente el aire era respirable: éste
debió ser un planeta hermoso. Lo era todavía, pese a la ausencia de colores.
Respirábamos, sí, pero jadeantes: la proporción de oxígeno era baja, debido
a la poca vegetación. Un sol duro, cegador, se derramaba sobre la llanura y
la hacía reverberar hasta el horizonte.
"Es un templo pequeño pero hermoso", dijo Rad.
"Si. Ojalá decidan restaurarlo". Rad sonrió con la boca torcida. "Vendrán
los turistas". Me encogí de hombros.
Rad cogió un poco de tierra y la hizo correr entre los dedos: una lagartija
lo miraba, sorprendida pero sin temor.
"¿Cómo acabó este planeta?", preguntó.
"Los analistas piensan en envenenamiento colectivo por gases", respondí.
"¿Otra guerra?",
"Si. Para acabar con todas las guerras".
La lagartija salto, con increíble rapidez, y volvió a mirarnos, inmóvil en
el aire vibrante.
"¿Tendrían tiempo de rezar estos feligreses?".
"Imposible saberlo. Si alguien murió allí adentro" —y señalé a la entrada
del templo— "hace tiempo que se convirtió en polvo".
Rad sonrió sin alegría.
"¿Qué pensará su dios de todo esto?".
Mire a la lagartija. "¿Piensan los dioses?", pregunte.
Bebimos de nuestras cantimploras. Detrás de colina nos esperaba la nave. Rad
cogió la cajita que habíamos encontrado en lo que debió ser una oficina a la
entrada del templo; una cajita de metal, con una cinta intacta, por lo menos
aparentemente. Supimos de inmediato que era una grabación musical. Una
cajita intacta, entre otras, junto a implementos descompuestos, hechos polvo
a medias, viejos como los vitrales desaparecidos, viejos como la. maleza
descompuesta, viejos como las inmortales lagartijas que no murieron de
asombro. Conocíamos tales milagros de la química y la física; alguna vez
hemos encontrado una mano dentro de una piedra.
"No hay dónde escuchar esto", dijo, dándole vuelta entre los dedos.
"No será difícil construir un aparato para tocarla", dije. "Habrá que
dejarlo en manos de los ingenieros".
Rad me entregó la cajita. Miré los signos grabados en el metal: "Wachet auf,
ruft uns die Stimme — Bach/Nicolai", y me incorporé. Guardé la cajita e
hice una señal a Rad.
"Vamos", le dije, y comenzamos a volver a la nave..
© José B. Adolph;
1974
Extraído de: Cuentos del Relojero Abominable.
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