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Dentro del amplio mundo del anime, que en
estos últimos años, al mismo tiempo que ha recibido una cada vez mayor
atención, lo que probablemente haya contribuido a generar una eclosión
creativa sin precedentes, al igual que en todos los territorios del fandom
encontramos iconoclastas, creadores rara avis que, en su búsqueda personal
del logro estético innovan considerablemente a partir de un trabajo
personal.
Makoto Shinkai (Nagano, 1973) es lo que podríamos llamar un abanderado de la
onda independiente de la producción de Anime, apartado de los grandes
estudios como Sunrise, Gainax o el histórico Ghibli, o de otras nuevas y
briosas productoras como Xebec o Gonzo, Shinkai es un creador que trabaja de
forma casi artesanal, graduado de literatura, entró en la producción de
animación usando CG a partir de su trabajo en una empresa de videojuegos,
iniciando su filmografía con el corto Tooi Sekai (otro mundo) en 1997,
siguieron Kakomareta sekai (1998), Kanojo no Kanojo no neko (ella y su
gato), Minna no uta egao (2003) y la película de 25 min. que lo puso en el
mapa, Hoshi no koe (la voz de una estrella distante) en el 2002.
Shinkai, argumentalmente se decanta por historias de corte romántico (Shôjo)
con elementos de ciencia ficción, además del uso intensivo de CG en el
proceso de animación, que es llevada con gran cuidado, no es un director del
cual esperemos épicas secuencias de acción imparable tan típica de la
filmografía hollywoodense o sesudas y terribles cavilaciones sobre la
condición humana como en las películas de Miyazaki u Oshii, por mencionar
algunos, el principal talento de Shinkai es la administración correcta del
guión y sus momentos clave y la ambientación que comunica un clima que no es
percibido tan nítidamente por la razón como por las emociones.
En "Voces de una estrella distante", relata la historia de un romance
adolescente, cortado brutalmente por la agresión de una raza extraterrestre
y una separación cada vez más larga, tanto en el espacio como en el tiempo y
la experiencia, puesta de manifiesto por el correo de SMS que la
protagonista envía, forzado a llegar años después a la tierra por causa de
las distancias relativistas.
Kumo no Mukou, yakusoku no basho (El lugar prometido para nosotros, más allá
de las nubes) es su última película, esta vez un largometraje de 90 minutos
en la que da otra muestra de su singular estilo.
En primer lugar, estamos frente a una ucronía, en este universo, Japón ha
sido dividido en dos, tal como le ocurrió a Alemania al final de la segunda
guerra mundial, Quedándose la Alianza Japonesa-Norteamericana con las islas
del Sur y la “Unión” (aparentemente la URSS) con la isla del Hokkaido, al
norte (llamada Ezo en aquel mundo alternativo) esta isla está rodeada de un
gran misterio relacionado con la enorme torre construida allí por la Unión,
aparentemente con el fin de acceder a universos alternativos.
Hiroki Fujisawa y Takuya Shirakawa son dos estudiantes de secundaria en su
último año, y deciden pasar sus vacaciones trabajando en una fábrica de
misiles con el fin de lograr un preciado proyecto personal: reconstruir un
avión derribado que encontraron para viajar hacia la misteriosa torre, es
notoria la diferencia de personalidades y el contraste entre Hiroki de
naturaleza más apacible y soñadora, y Takuya, más serio y decidido.
A este proyecto se une inesperadamente Sayuri Sawatari, compañera de clase
de estos, quien al parecer mantiene una relación no muy clara con la torre y
ese misterio (que la lleva a entrar en un sueño sin retorno) es un factor
clave de la trama.
La desaparición repentina de Sayuri provoca respuestas de desconcierto en
ambos, que, al perder a quien probablemente era el gran motivo para terminar
el proyecto (el director hace notoria la admiración que ambos sienten por
ella, sin que ninguna de lugar a un enamoramiento, lo que nos recuerda la
elevadísima condición en que se tiene a la amistad en la cultura japonesa)
decantan por caminos distintos, aunque sin poder olvidar la promesa pactada
y el dolor que causan tanto la ausencia de Sayuri como el no poder llevarla
a cabo.
Tres años después, la Torre al parecer ya es operativa y Takuya, quien
trabaja ahora para la NSA en un proyecto sobre mundos alternativos,
contempla aterrado, como la torre es capaz de alterar la consistencia física
de su espacio circundante en alrededor de 20 kilómetros, sin posibilidad
alguna de hallar una contramedida, ya que la tecnología de la que disponen
es muy inferior. Al mismo tiempo se involucra con Uilta, un grupo terrorista
capitaneado por Okabe, antiguo jefe suyo en la fabrica.
Esto sienta las bases para un desarrollo ulterior del argumento bastante
bien logrado y que va, como es usual en el cine oriental, más allá de los
maniqueísmos infantiles de buenos y malos.
Un tema interesante a destacar es el tratamiento de las realidades
alternativas, al ser descritas como “ondas alternas” (funciones de onda
cuántica desfasadas) y también como “sueños del universo” dándonos a
entender que el sueño, la imaginación, la creación deliberada pueden
impulsar o contactar otros universos. Tema explotado ampliamente en textos
de ciencia ficción, como por ejemplo Ilium de Dan Simmons (ver
reseña).
La noción, revelada por el sueño de Sawatari, de que los sueños son la clave
para acceder a otros universos, con la consiguiente teoría que a partir de
ello es posible predecir el futuro con un alto grado de probabilidad cabe
perfectamente dentro de la idea de un universo multicausal, que siempre está
en continua creación, y que además sorprende con su complejidad, a la cual
nos cuesta demasiado acceder por más intentos que hagamos (en este sentido
el combate entre razón y sensibilidad entre Takuya y Hiroki es fundamental)
siendo necesario reconocer que el universo funciona con niveles de
complejidad que desafían nuestra comprensión y que cualquier relato que
hagamos de este (o los alternos que correspondan) no pasa de una imagen
parcial y por demás subjetiva, lo que nos recuerda al extraordinario Borges
quien en el Aleph, dice:
“...Pensé en un
laberinto de laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que
abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los
astros. Absorto en esas ilusorias imágenes, olvidé mi destino de
perseguido. Me sentí, por un tiempo indeterminado, percibidor
abstracto del mundo”.
La imagen recurrente del sueño de Sawatari nos
dice a las claras esto, un universo solitario, donde sólo una idea y un
deseo ferviente la mantiene atada a la “realidad” y a la cordura, sueño que
al parecer, Hiroki es capaz de captar debido, al parecer, a la carga
subjetiva que persiste en su mente, acerca de la inexplicada desaparición de
Sawatari y de los no confesados sentimientos que tiene por ella, cosa que se
hace especialmente notoria en su intención de aprender a tocar el violín,
que ella tocaba, como una forma de no olvidarla.
La resolución de la trama es vertiginosa, aunque no trepidante, eso si,
llena de decisiones y digresiones morales acerca de la futilidad de la
guerra y de la ciencia como arma, Hiroki lleva a una durmiente Sayuri a la
torre escapando a través de una batalla en la nave que construyó con Takuya,
y con el terrible encargo de destruir la torre y aparentemente, sólo la
fortaleza de los sentimientos de ambos es capaz de hacerlos sobreponerse a
ese predicamento.
Pasando a otros aspectos, el apartado gráfico de esta producción es
sobresaliente, destacando sobre todo el trabajo de fondos y escenarios,
desde la luminosa y abarrotada Tokio hasta la abandonada campiña de Honshu y
el extraño universo alternativo que rodea la torre, el trabajo en CG de
Shinkai, que también se hace cargo de la edición, el diseño del color y el
guión en ese sentido es sobresaliente, y le brinda a la historia una
cualidad atrayente no por su realismo, sino por su inocultable belleza, tal
vez con la intención de transmitir las emociones de los personajes y sobre
todo, sus más caros anhelos.
La banda sonora, a cargo de Tenmon, quien también colaboró con él en Hoshi
no koe, demuestra una solvencia considerable, así como una tendencia a lo
minimalista, sin punto de comparación con la potencia sinfónica de otros
compositores como John Williams o Hans Zimmer, pero que logra su cometido
con creces, contribuyendo al logro de momentos plenamente conmovedores, en
especial las escenas finales y cuando ambos protagonistas, cada uno por
separado, toca el violín con la misma tonada.
El diseño de personajes, a cargo de Ushio Tazawa, sin ser sobresaliente,
sitúa bien a los personajes y a sus características y gestos, dentro, claro
de los niveles de estética del anime, así tenemos a una Hiroki de rostro
soñador y sonriente, una infantil e inocente Sayuri y un serio y
circunspecto Takuya, entre otros personajes. Asimismo, el trabajo de doblaje
muestra gran cuidado y dedicación.
En resumen, una obra que sin ser trascendental, mantiene un muy alto nivel,
un amplio terreno de especulación intelectual, un argumento conmovedor y
bien logrado (tanto así que el director, sobre todo en las escenas finales,
tiene la oportunidad de convertirlo en un melodrama, pero no cede ante una
opción fácil) y que nos enseña acerca del valor de la amistad, el amor y la
lealtad y que como mensaje central, podría decir que entender este universo
azaroso y a veces inextricable no es sólo un asunto de razón, sino de
sensibilidad, entonces, la integralidad del ser humano es necesaria en todos
los momentos, frente a la constante emergencia de este universo (o cualquier
contraparte alternativa).
© Isaac Robles;
26-06-05.
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