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Jack Vance ya ha sido presentado en nuestras
páginas por su serie de Los
Príncipes Demonio. Esta novela, como mucha de su vasta obra se ambienta
también en un medio de space-opera, pero radicalmente distinto al de la
Oikumene. El Príncipe Gris (The Grey Prince, 1974) se ambienta en el que
quizá sea el medio más recurrente y famoso de Vance: el de la Vastedad
Gaénica, lugar donde se ambientan otras novelas como el fix-up inédito de
Galactic Effectuator (1980), la trilogía de Alastor o las recientemente
publicadas en español Lámpara de Noche (1996) y Maske: Taeria (1976). En
este universo, el ser humano se ha lanzado a las estrellas con éxito y ha
conquistado la galaxia, más que por la fuerza de las armas, que por ser la
especie de turno a la que le toca ese papel (léase: todas las demás especies
inteligentes están convenientemente en decadencia o todavía tienen mucho
camino por delante).
En el mundo de Koryfon, que es uno de los muchos colonizados sucesivamente
por distintas oleadas de humanos, hay una frágil paz entre los señores
terratenientes que controlan las tierras más fértiles y los Uldras, un grupo
nómada de humanos sometidos a su voluntad de curiosas costumbres, que pese a
haber llegado a ese mundo por medio de naves espaciales, practica la
hechicería y las artes místicas con cierto aire de sacralidad. Mientras que
los señores terratenientes o Eng’sharatz quieren mantener el status quo, los
Uldras, liderados por Jorjol, el “Príncipe Gris” del título, exigen que
todos los terrenos de Koryfon pasen a su administración, así como tener más
representación política oficial. La crisis política la vemos desde los ojos
de la familia Madduc, perteneciente a la primera clase, a la vez que son
acompañados por un cortejo típicamente vanceano, muy diverso y pintoresco de
personajes que reflejan la tensa situación política que se vive. Añadan a
esto el misterio detrás de las dos especies alienígenas del planeta: los
Erjines y los Morfotas, y el misterio está servido.
Algunos ven en esta novela, una defensa de los derechos de los israelíes
sobre los palestinos durante la cuarta guerra árabe-israelí. Algo
injustificado en mi opinión, porque Vance es en lo absoluto un escritor
político, sino más un explorador de ambientes exóticos. La cuestión es el
derecho a la posesión de la tierra, y como a veces hay que justificarla por
la fuerza. Eso los peruanos lo hemos vivido con las constantes invasiones de
terrenos, realizadas por gentes que necesitan donde vivir, e invaden
terrenos agrícolas ó arqueológicos en su desesperación. Más Vance está
hablando aquí de invasión a escala planetaria, algo que la humanidad nunca
ha experimentado, ni esperemos experimentar. ¿Qué haríamos si una legión de
alienígenas llegasen a nuestro planeta, armados para colonizarlo y ponernos
a nosotros como clase secundaria?
Eso si, Vance no se cree el mito del “buen salvaje”. Sus “pobres nativos”,
los Uldras, los mensajeros de viento y los Erjines (y quizá hasta los
Morfotas) son descritos como un grupo de estafadores, traidores,
saqueadores, salvajes e incivilizados irredimibles, mientras que la
civilización está retratada (pálidamente) en la clase terrateniente. Y quizá
sea que el concepto de “civilización” sea algo que todas las culturas
reclaman pero ninguna posee realmente, y esa muy bien puede ser la lección a
recordar. Jorjol es retratado como un ser llevado por la ambición y el
deseo, que destila odio hacia la clase terrateniente por todos sus poros;
también esta el cruel sacerdote Moffamides que es un traidor y asesino
confeso, oculto bajo la fuerza de la tradición y la fe. En cambio los
“buenos” en esta novela, bien podrían haber sido sacados de cualquier novela
decimonónica de aventuras: tenemos al Chico Bueno –Kelse Madduc-, la Noble
Doncella –su hermana Schaine-, los Fieles Compañeros –Gerd Jemasze y Erris
Sammatzen- ,el Intelectual bien intencionado pero tonto –Elvo Glissam- y al
Noble Nativo –Kurgech-.
Pero esa elección de personajes no es al azar. Como toda novela vanceana,
está llena de acción e intriga. Hay una tensión constante entre el joven
Kelse Madduc y Jorjol por algo que pasó hace años, cuando Jorjol servía a
los Madduc, a la vez que está el misterio de la “formidable broma” que el
padre de Kelse, Uther dice que sorprenderá no solo a todo Koryfon, sino a
toda la Vastedad Gaénica, y que interna a Kelse y a un grupo de sus fieles
amigos al interior del territorio desértico del Palga, un territorio
dominado por tribus Uldras salvajes, y por los humanos domesticadores de
Erjines conocidos como los mensajeros del viento, y que –en efecto- será una
broma formidable del destino.
Vance como siempre recrea un ambiente muy exótico en Koryfon, donde todo
tiene un nombre o significado alienígena al punto de indicarse intraducible,
según los útiles pies de página que se encuentran casi en cada página.
También es de agradecerse la breve introducción que hace Vance a su
universo, en un breve resumen al inicio del libro, que orienta al lector en
la complicada situación social y geopolítica que se vive en el planeta.
Vance quiere que el lector se sienta en un mundo alienígena, aunque poblado
por humanos, quiere hacernos sentir la diferencia de milenios que nos separa
a ellos de nosotros con sus wittolos, weldewistes, visfers, gonaives y
rituales de xheng. Y lo logra magistralmente. Lean la versión rica en
detalles de Ediciones Grijalbo en su colección La Puerta de Plata y no se
arrepentirán. Es un libro para soñar despierto.
© Daniel Mejía; 22-04-05.
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