LA MANO DERECHA DE DIOS

 “los caminos de la gloria conducen únicamente a la tumba”.
Gray

1
Sergai cerró los ojos cuando la luz le dio de lleno en el rostro, llevaba meses sin salir al exterior. Parpadeó, luego entrecerró los ojos dejándolos como hendijas y colocó su mano derecha a manera de visera para poder apreciar la bola rojo-naranja que colgaba del cielo. Un sol falso, un reactor termonuclear, con hidrógeno isotópico como combustible, confinado en un campo magnético especial, una construcción humana que pronto desaparecería. Al sol de la tierra le tomaría sesenta mil millones de años apagarse, este lo haría en cuestión de minutos. Y todo gracias a él, una suerte de Dios Cósmico con la capacidad de destruir a esa insensata y malagradecida criatura que en su tonto orgullo se hacia llamar homo sapiens.

Estuvo así durante unos minutos, absorto en su contemplación, imaginando como sería todo cuando se iniciara la catástrofe, luego bajó la mano y contempló la ciudad a sus pies. El edificio donde se encontraba era uno de los más altos del Domo. Durante los primeros años de la colonia habían vivido allí los cerebros más prominentes del planeta. Ahora estaba en ruinas, olvidado, abandonado a su suerte como él, con una orden de desalojo ya que pronto sería desmantelado. El hombre era un animal que olvidaba con facilidad, que echaba a un lado con una rapidez insólita lo que consideraba viejo y poco útil. Pagaran por eso, pensó. Yo les haré pagar caro por haber olvidado.

-Señor, la cena esta lista –la voz le llegó desde su espalda.

Se volvió y observó el rostro inexpresivo del robot, los ojos ciegos en la superficie negra del metal, su única compañía desde que lo habían condenado al ostracismo. Ningún juez había dictado sentencia, ninguno de sus compañeros de trabajo había dejado de dirigirle la palabra, incluso parecían respetuosos en su trato, pero él había escuchado las burlas a su espalda, el había sido testigo de los súbitos silencios que se producían a su llegada, de las risas contenidas, de los cuchicheos. Le llamaban doctor meteoro.

Había intentado resistir con estoicismo pero no pudo. Era un animal herido en la parte mas importante de su ser, su orgullo y huyó, corrió a esconderse en un lugar donde no pudieran ver su rostro, con la esperanza de que con el tiempo el dolor pasaría y podría reintegrarse a la sociedad. Un imposible, y ese imposible encerraba una paradoja: las gentes eran incapaces de olvidar su error y sin embargo ninguno de ellos era capaz de recordar lo bueno que había hecho, sus aportes a la comunidad. Si el hombre vivía como ser social, entonces el estaba muerto, por tanto nada de lo que le ocurriese a los hombres era de su incumbencia.

Echó una ultima ojeada a la ciudad y se internó en la penumbra del amplio salón que le servia de residencia. Sus pasos resonaron en la estancia vacía como el tictac de un gigantesco reloj. Con paso cansino se acercó a la consola del computador y tecleó unas cifras. La pantalla se iluminó y Sergai consultó los datos que aparecieron en ella en forma sucesiva. Su rostro, avejentado, se distendió en una ligera sonrisa de placer cuando encontró lo que buscaba.

-Treinta y seis horas –dijo en voz alta- Treinta y seis horas y todo habrá acabado.

El final estaba cerca y esa certeza le abrió el apetito.

2
La primera parte de su plan requería de mucha astucia y valor, también de un poco de suerte. Cierto escritor había dicho que la suerte era la justificación de los mediocres, él no estaba de acuerdo ¿Cómo explicar entonces la vida fácil de muchos mediocres? Si: necesitaba un poco de suerte para llevar adelante su empresa y obtener el éxito y esperaba contar con ella.

-Hola Profesor – hacía tiempo que no se le veía.
Estaba muerto y resucité, pensó.
-Hola… -dijo. Observó la cara regordeta y sonrosada, le resultaba familiar pero no pudo recordar el nombre asociado a esa cara.
-Elizabeth –la muchacha acudió en ayuda de su memoria.

Aún después de decirle el nombre no lograba recordarla.
-Elizabeth, Zulueta, Xenobiología –insistió la joven
-Ah…, claro Zulueta. Estas muy cambiada muchacha. Recuerdo cuando tu abuelo te traía al Instituto. Te has convertido en una hermosa mujer.

Elizabeth se sonrojó, balbució algo incomprensible y luego dijo:
-Gracias.
- Bueno ha sido un placer –dijo Sergai- Disculpa a este viejo con Alzheimer .
-Para nada, profesor. Si usted padece esa enfermedad, me gustaría contagiarme y ver si puedo ser la mitad de inteligente que es usted.

Sergai iba a decirle que el Alzheimer no era en modo alguno transmisible, en cambio escruto el rostro de la joven en busca de alguna señal de burla, no la encontró. Intercambiaron algunas frases intrascendentes y luego la muchacha se despidió.

- Gracias por su tiempo –dijo y por increíble que parezca le sonó sincera.

Sergai, observó a la joven mientras se perdía por el largo y estrecho corredor en dirección al departamento de Xenobiología. La joven se volvió en una ocasión, le sonrió y le dijo adiós moviendo los dedos de su mano derecha. Por un momento se sintió extraño. ¿Qué hacia allí?. Por un momento su resolución se debilitó y se vio recorriendo el camino de vuelta a su casa, de vuelta a la soledad, de vuelta al encierro.

¿Qué haces viejo estúpido?

La amarga voz en su interior le gritó. ¿Vas a ablandarte porque una chiquilla te enseño los dientes? ¿Vistes su cara cuando estaba de espalda? ¿La vistes? ¿Puedes asegurar que no estaba riéndose de ti?

No, se contesto. Y de inmediato: ¡Pero ella no es así!
¿Estas seguro?

No, no estaba seguro, las personas podían resultar muy engañosas. ¿Quién era capaz de saber lo que pensaba otro de él? ¿Quién podía tener esa certeza? Que él supiera, nadie. El hombre en su afán de saber la verdad había construido máquinas que medían las reacciones a determinadas preguntas comparándolas con patrones fisiológicos, había creado ingeniosos sistemas de mapeo cerebral con SPECT y los resultados habían sido desastrosos. Y en definitiva ¿que era verdad y que mentira? Ejércitos de sabios habían dedicado vidas enteras en encontrar la respuesta, una exquisita forma de perder el tiempo.

La chica le caía bien, era una lástima pero correría la misma suerte del resto.

Compuso el rostro y mostró su mejor sonrisa cuando la puerta donde se leía: DEPARTAMENTO DE ASTRONOMÍA Y ASTROFÍSICA, se abrió ante él.

3
Dos horas mas tarde Sergai salió por esa puerta transformado, los ojos brillantes y una sonrisa que quería partirle el rostro. Todo había sido tan fácil, tan fácil que casi no podía creerlo. Grivans, su acérrimo enemigo, se encontraba en una expedición en el cráter de Dominic, enclavado a unos cuatrocientos kilómetros de distancia. De haberlo planeado no le habrían salido mejor las cosas. Grivans no volvería a tiempo para ver el espectáculo, su joven e inocente ayudante la había informado que el regreso de la expedición estaba previsto para dentro de diez días. Una verdadera lástima pero a fin de cuentas un detalle menor, de cualquier modo moriría. Es más su muerte sería mucho más lenta de lo que él había planeado. Se lo imaginó viendo como poco a poco las reservas de oxígeno de su traje se agotaban mientras esperaba con los ojos clavados en las estrellas la llegada de la nave de salvamento, que sólo arribaría al planeta mucho tiempo después que sus huesos se hubieran fundido con el polvo. Nada mal, nada mal.

Avanzó por el pasillo hablando consigo mismo, sin notar la mirada de extrañeza de las gentes al pasar por su lado. Chocó con alguien y le pidió disculpas automáticamente, el otro dijo algo a su acompañante, rieron, pero él no se dio por enterado. En el ojo de su mente sólo había lugar para una imagen. Si alguno de los que se encontró en el pasillo hubiese podido visualizarla habría quedado paralizado por el horror.

Al llegar a la salida volvió a tomar consciencia del entorno y saludó a la joven pelirroja de busto prominente, sentada detrás de un escritorio donde se veía un cartel que ponía: Recepción.

-Que tenga usted un buen día –dijo.

Los ojos de la mujer, de un azul intenso, se abrieron como platos en el rostro pecoso. Hacia poco aquel viejo soquete con cara de pocos amigos y vestir estrafalario le había gritado e insultado con prepotencia y ahora… la saludaba como si nada. Debe estar loco, pensó. Le devolvió el saludo, tal y como lo exigía su función y las circunstancias.

-Usted también – sonrió.

Tras esa sonrisa era evidente el sarcasmo, notó Sergai, no le importó. En realidad lo que el veía era un pobre esqueleto descarnado que mostraba su dentadura en un grito interminable.

4
Sergai observó la imagen tridimensional desplegada a lo largo de veinte metros. Varias esferas de un color rojo intenso se desplazaban con lentitud, las órbitas de cada uno de esos cuerpos las había calculado por el método de corrección diferencial. En azul formando líneas que convergían en un punto, las posibles trayectorias y en amarillo los Albedos. Los resultados de tres Modelos de Predicción que le había costado diez años desarrollar. Le había fallado en una ocasión pero eso no volvería a suceder. Aún podía recordar aquella conversación de dos años atrás como si estuviese ocurriendo en ese momento. Las palabras de Grivans, dichas con ese tono autosuficiente y altisonante que lo caracterizaban:

- Creo que las conclusiones basadas en sus datos son imprecisas y prematuras.
- No estoy de acuerdo con usted. El análisis matemático de los modelos de predicción y los datos obtenidos mediante la Espectrometría de Plasma, indican que el evento tiene un 85 por ciento de probabilidad de ocurrencia.
-Ochenta y cinco por ciento…
-Asi es
-Los datos de Nuestro Sistema de Vigilancia y Monitoreo simplemente no apoyan su teoría…doctor Sergai.
-¡Su sistema esta obsoleto! Su sistema se basa en una extrapolación de datos obtenidos desde una perspectiva terrestre.
-Cálmese, por favor. No es necesario gritar.
-Nunca había estado más calmado… Doctor. Y no estoy gritando.
-Creo, que seria de crucial importancia que reexamine cuidadosamente su teoría.
-Lo he hecho un par de cientos de veces. ¿le parece suficiente?
-Doctor, todos reconocemos su valía, pero en este caso…
-¿Porque no corta la baba y va directo al grano, eh?
-Bien…siento decirle que el Instituto no va a apoyarlo.
-Usted no siente nada…
-Esta equivocado.
-Entonces lo presentare ante la Asamblea.
-¿Ha pensado en las consecuencias? ¿Sabe lo que provocara esa noticia en la gente inocente? Será un caos.

Y lo fue.

El asteroide paso a cientos de miles de kilómetros de la órbita del planeta y ni siquiera produjo un incremento de las mareas. Sus predicciones se fueron al traste pero el daño estaba hecho. Los de la Asamblea basados en el prestigio que había ganado por su labor durante años decidieron apoyarlo y dieron la Alarma. Un periodista comento: “El desastre habría sido menor si el dichoso asteroide hubiera impactado directamente sobre nuestro territorio. Se moría por saber lo que escribiría el periodista esta vez, claro si es que en el infierno existían medios de comunicación masiva. Aunque si se tenía en cuenta la naturaleza básica de muchos de los que ejercían dicha profesión, debería haberlos, pensó

Ochenta y cinco por ciento, pensó Sergai con rabia y tristeza, ahora mientras observaba el desplazamiento teórico de los cuerpos celestes en el Modelo de Predicción. Quizá el estúpido de Grivans tenía razón: se había apresurado.

Vocalizó una orden y el número de cuerpos se duplicó, se triplicó hasta que la parte central de la imagen quedó saturada de ellos. Cientos de meteoritos, había calculado sus masas y diámetros, la energía cinética del impacto, atravesarían la débil atmósfera del planeta y perforarían la estructura del Domo como si este fuese de gelatina. Ni el intensificador de campo, ni los laseres, podrían detenerlos.
Mucho menos ahora que había introducido un nanovirus en la IA central que inutilizaría los radares. Por supuesto para asegurar su éxito había dañado los filtros de plasma del radiotelescopio e introdujo sutiles cambios en los algoritmos del Programa de Detección de Objetos Cercanos, PeDOcs como le había llamado un gracioso. Para el momento en que lo notaran, si es que lo hacían, seria demasiado tarde. En verdad: una jornada productiva.

5
En las horas que precedieron lo que a él le gustaba llamar: La Hora del Yamin Allah" –la hora de la mano derecha de Dios- en recuerdo de la piedra negra a la que los Musulmanes rendían homenaje en la meca, que resultó ser un meteorito, Sergai apenas durmió. La mayor parte del tiempo la pasó calculando la zona de mayor impacto. La lotería, según su propio decir, se la sacó el Sector Gagarin-Armstrong. Un sector nuevo, en construcción.

Dos horas antes del impacto salió a la calle. Evadió las aceras mecánicas, quería caminar, su último acto. Una hora y media más tarde alcanzó la estribación Norte del sector, allí su andar se hizo lento, pausado. Quería disfrutar el espectáculo de esta última visión. Los hombres afanándose como hormigas sin saber que muy pronto una enorme mano destruiría el Hormiguero.

Por todas partes se veía una febril actividad, numerosos DiCAR –dispositivos de carga- movían monstruosas láminas de polímero, bloques reforzados de titanio, paneles de vidrio reciclado, estructuras de concreto sintético y otros materiales inteligentes y biomiméticos. Un enjambre de equipos a láser autopropulsado, tráileres orugas y robots constructores se desplazaban silenciosamente por la zona. Vio varios trabajadores, humanos embutidos en sus gruesos trajes de protección, que se afanaban con un cable de superconducción y los saludó con una mano y una amplia sonrisa. Los hombres le devolvieron el saludo.

La presencia humana en la zona era mínima y eso le quitaría parte de sabor al espectáculo, pensó pero en cambio la magnitud de la destrucción la compensaría con creces. Allí la estructura del domo aun era débil, pasarían unos meses antes de que la biofibra se hipertrofiara en respuesta al medio. Si te detenías a observar podías ver incluso las estrellas a través de la translucida piel de la cúpula, los largos y delgados conductos que se engrosarían con el tiempo formando una dura y flexible armazón.

Imaginó los boquetes producidos por el impacto, el aire escapando a través de ellos con un silbido infernal, la gente siendo arrastrada por el efecto de succión, los gases de sus cuerpos saliendo explosivamente por los orificios naturales. Volaran como globos a propulsión a chorro.

Una mujer de edad media lo saludó sacándolo de su abstracción.

Le devolvió el saludo.

-No debería estar aquí -dijo la mujer.

Llevaba un mono de trabajo y se protegía la cabeza con un casco refractario del que sobresalían largos mechones de pelo gris. Sergai observó su rostro de facciones suaves y armónicas, luego el casco y reprimió las ganas de reír. Ese casco no te servirá de nada, se burló mentalmente.

-No lo creo. Usted esta aquí –dijo.
-Estoy haciendo mi trabajo –dijo la mujer y Sergai notó un ligero tono ofendido por debajo de la suavidad de sus palabras.
-Hummm.
-Créame –insistió la mujer –. Han ocurrido accidentes… Es peligroso

No tienes ni idea, pensó Sergai.

-Se lo agradezco pero voy a permanecer un rato más por aquí.

La mujer poso sus ojos del color de la miel en los suyos -bonitos ojos, pensó Sergai, ¿como serán cuando se salgan de sus órbitas?

-Tendré que informar a Seguridad ciudadana.
-Hágalo, esta en su derecho –mientras mas mejor, pensó.

La mujer se volvió con un imperceptible encogimiento de hombros y se marchó sin decir nada más. Sergai la siguió con la mirada hasta que la mujer se perdió entre las sombras de una achatada edificación recubierta por un enjambre de trabajadores robots que despedían intensos destellos metálicos.

Observó su reloj, luego el cielo. Un minuto, solo un minuto y las alarmas no habían sonado, eso solo podía significar una cosa. Su plan había funcionado a la perfección. La muerte descendía sobre el domo en ese preciso instante. El moriría, eso era indudable, pero no importaba, no importaba. Tendría el placer en el postrer momento de su existencia de ver como todo acababa con él. Entrecerró los ojos y de pronto le pareció escuchar un grito. ¡Había comenzado! Miro en la dirección del grito y vio a la loca aquella, los ojos desorbitados mirando al cielo.

Alzo la cabeza y vio la gigantesca sombra descendiendo sobre él: La mano derecha de Dios.

6
Elizabeth dio un salto cuando el minúsculo sensor adaptado a su oído interno le aviso que era hora de levantarse. Cerró los parpados, los abrió de nuevo y la empalagosa musiquita del despertar desapareció. Bostezó, estiró los brazos y dejó que el suelo de la habitación acariciara sus plantas por un segundo de modo que hiciera los ajustes necesarios de acuerdo a su temperatura actual. Le encantaba andar descalza por el piso imitación de césped que le había costado vivir con el cinturón apretado durante todo un mes, pero eso no tenía importancia ahora cuando podías sentir el frescor y el cosquilleo de la hierba en tus plantas.

Hizo un poco de calistenia consciente de que los gramos que perdería no serian más que una ilusión transitoria que se desvanecería a la hora del almuerzo pero que se le podía hacer, era una compulsiva con fijación en la etapa sádico oral, se dijo, o a lo mejor era la soledad. Vaya usted a saber.

Terminó la tanda de veinte minutos de ejercicio isodifásico, se bañó y tomó una taza de café, dulce y humeante, mientras esperaba a que las noticias se “cocinaran”. Dio una orden y cinco metros de pared frente a ella se volvieron translucidos dejando ver árboles, una fuente de agua cristalina y un sendero de piedras bañados por la incipiente luz del sol.

-Su pedido esta listo –dijo una voz neutral.

Elizabeth se volvió y extrajo el periódico de la bandeja donde se encontraba. Apretó el papel con sus manos ligeramente temblorosas y lo llevó a la altura de la nariz. Aspiro con fruición.

-Ahh.

Este era otro de los “vicios”, heredados de su abuelo un investigador de Física quántica que añoraba a la vieja Tierra. Tomo asiento en un “suspensor” que remedaba holograficamente la banca de madera de un parque terrestre y sus ojos se desplazaron con avidez por el periódico.

Lluvia de meteoritos.

El comité para la detección de objetos cercanos CDOC, informo en la mañana de hoy que unos cien meteoritos cayeron sobre el cráter de Malinowski, en la parte oscura del planeta a las 12:00 del día de ayer


Elizabeth recordó el revuelo que se había producido en el Instituto el día anterior a pesar de que el asunto se había intentado manejar por los “secretos” canales internos. Alguien había metido la pata, hasta el momento no había culpables pero el Comité de Investigación se encargaría, sin duda, de encontrar su cabeza de turco.

¿Cómo era posible que un evento de tal naturaleza hubiera escapado a la detección?, pensó la muchacha y un escalofrió recorrió su cuerpo. Si los meteoritos hubieran caído en el Domo a estas horas todos estaríamos… No, se dijo, mejor no pensar en esas cosas, vivían bajo una frágil cáscara y si uno quería conservar la cordura lo mas sano era olvidarlo.

De cualquier manera aquí se vivía mejor que en el planeta madre asolado por las pestes, la polución y la guerra. La posibilidad de un evento meteórico de tal magnitud era poco probable, además contaban con el intensificador de campo, y baterías de cañones láseres, y en el peor de los casos el CDOC podía detectar el evento con suficiente anticipación como para permitir una evacuación aceptable.

Bueno, eso es lo que creíamos hasta ayer, se dijo Elizabeth haciendo una pausa en la línea de sus pensamientos.

La realidad había sido algo diferente. Los del CDOC se enteraron de la noticia media hora después gracias al reporte enviado por el equipo del doctor Grivans desde el cráter Dominic. En las investigaciones preliminares se había detectado la presencia de un nanovirus en la IA central. Ciertos alarmistas especulaban acerca de un posible sabotaje pero eso era cosa de locos, algo posible quizá en la tierra pero no aquí. No aquí. Además ¿quien seria capaz de tal monstruosidad?

Comenzó a sentirse angustiada y se dijo que lo mejor era esperar el resultado de las investigaciones, pasó la página y el siguiente titular en lugar de aliviar su ansiedad le nublo los ojos de lágrimas. No, fue lo único capaz de expresar su aterrada consciencia.

Fallece eminente Astrofísico.

El eminente Astrofísico Sergai Mijica falleció ayer, en un lamentable accidente al recibir el impacto de un bloque de titanio reforzado de mil toneladas de peso. Testigos presénciales informan...

Las lágrimas no le permitieron continuar la lectura, comenzó a sollozar sin poder controlarse. Pobre hombre, pobre hombre, se repetía, hace menos de veinticuatro horas lo he visto con vida y ahora…¡que muerte tan terrible!

Y por un largo rato se mantuvo así, sollozando mientras los pájaros cantaban alegremente entre los árboles.

© Kala Azar; 04-07-05

 
Presentamos a Uds. un relato de la pluma de Kala Azar, desde el primero publicado en Velero 25 -Todos los deseos del mundo- se nota un solidó progreso narrativo, aquí incursiona en la temática espacial pintándonos un futuro cautivante pero en el cual las pasiones humanas no han sido en absoluto olvidadas.
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Julio 2005

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