Eugenio Alarco (Padre
de Adriana Alarco) es ya casi un escritor centenario, este cuento que
en realidad es el primer capitulo de su novela "La magia de los
mundos" es una original visión de un mundo en el cual el reemplazo de
órganos es el pan de cada día. Escrito hace mas de 50 años el relato
conserva aun ese sentido de extrañeza y ajenidad que caracteriza la
C-F.
¿De modo que estos trajes en que los hombres
se envuelven encierran tantos portentos y virtudes? ¿Y cómo? ¿Y dónde? Son
cual un sutil tejido que se adhiere al cuerpo; es la verdadera epidermis, de
asombrosos brillos y matices, y el cruce de las galerías o de los cielos, en
que pululan los hombres, ofrece así una maravillosa visión calidoscópica.
Mas ¿puede haber potencia tal encerrada en imperceptibles mecanismos? ¿Acaso
como en aquellos mares, en que una micrométrica gota contiene milagros de
organizada potencia? Por eso, quizás, decía él que se ha dormido a la
máquina; se ha humillado, reduciéndola al nacer entrega insostenible de sus
ocultos ímpetus, cual si poseyéramos invisibles criados a nuestro servicio.
Es admirable; pero, como siempre, el dominio consciente de las fuerzas es
flamígero regalo para las combustibles ánimas; humanas.
–¡Néstor!
Era una voz de suavidad memorable. Y entre el tropel de voladores inmortales
que recorrían la galería vio él sonriente rostro conocido.
–¡El hada, Pandora; el hada!
–¿Hada? ¡Nada de eso! Es Crisálida, la que arrulló tu despertar.
–¡Néstor, hijo mío! ¡Qué bien! ¡Qué alegría! ¡Y ya hablas como nosotros! ¡Y
ya vuelas! Lo sabía, pero tan distinto es verte.
–Me diste la vida, Crisálida; me viste nacer. Gracias. La primera mujer de
los nuevos mundos a quien vi; toda suavidad y caricias, toda belleza.
–¿Adonde vais? –dijo ella, viendo en Pandora aires de mohindad.
–Viene de las lagunas caliclanas.
–íbamos en busca de saludables brisas.
–Venid antes conmigo. Ven, Néstor. Tal vez no regreses por acá pronto. Ya
que te interesan estos reinos voy a mostrarte algo, que está al paso.
Mecanismos de la vida, acumulados, con los que yo de continuo opero.
Se desviaron luego del torrente humano, penetraron por entrecruzados
espacios, atravesaron bosques fantasmas, prados sumergidos en cálidas luces,
y pasaban sin tropiezo por entre árboles, infrutescencias y follajes. Al fin
penetraron en unas grutas cuyo acceso pareció de improviso abrirse entre las
brumas luminosas al acercarse ellos. Por dentro reinaba la misteriosa
quietud; sintiéronse sumidos en narcotizadores vahos. Al principio nada
veíase entre la densa oscuridad; luego entrevieron abajo una charca, llena
como de serpientes flotadoras, que se movían lentamente; serpientes o
moluscos de círculos blancos y manchas negras o pardas o azules o verdosas,
todos agrupados por colores, en progresiva escala de cromatismo. Eran como
los ojos del estanque, que anduvieran errantes, buscando con mil pupilas qué
mirar en las penumbras.
Siguieron hacia otra no menos lóbrega caverna, que también tenía una charca
en que flotaban y se estremecían carnosos y rojizos animales, sin patas ni
cabeza, de cuerpo irregular y retorcido. Así sucediéronse luego cuevas y
lagunas, de variadas formas y tamaños, hundidas en diversas luces pálidas.
Eran ya los pergaminos sembrados de tupida y larga pelambre negra, roja,
dorada o castaña, o simples líquidos de colores verdinos, transparentes o
sanguinosos. O las extrañas y tortuosas formas grises, amoratadas o
parduscas.
Una mezcla de aprensión y repugnancia cosquilleaba las entrañas de Néstor.
Tenía deseos de preguntar qué era esto y cómo y para qué podían los
inmortales criar aberrados seres de tan horrible figura, pero Crisálida
hacíales señas de que debían avanzar quietamente. Cuando al fin emergieron
hacia la pureza de las luces, sintieron que los cuerpos parecían salir
también de un estado de semisomnolencia o depresión. El aire tornóse puro,
el ambiente lleno de suavidades.
–¡Horror, Crisálida! ¿Qué monstruosos seres nos mostraste?
–No puede haber horror en los componentes del hombre. Habéis visto ojos,
corazones, cabelleras, diversos haces musculares, sangre, vísceras, variados
jugos, humores. Allí conservamos vivientes a unos y frescos a otros. Los
utilizamos para reemplazar los que en los seres se destruyen o dañan.
–¡Qué horrible suplantación, oh Crisálida! ¿Cómo podéis así desvirtuar los
sentidos auténticos de la vida? Confío en que en nuestra reviviscencia no
los habréis empleado.
–Nada substancial, pues habíais mantenido vuestra integridad.
–Pero si vosotros no morís, ¿de dónde obtenéis todo esto?
–No debemos morir, pero hay muertes eventuales, por errores o descuidos.
Mueren los seres, pero sus órganos o algunos de ellos siguen viviendo. Los
recogemos, separamos y conservamos vivientes hasta necesitarlos.
–¡Qué abominación, qué ruindad! En mis tiempos tales mutilaciones sólo
hacíanlas hienas, buitres o antropófagos.
–Tu época, Néstor, revolvíase impotente entre milenarios prejuicios que
deformaban los sentidos de la vida. No olvides que es común yerro nos
parezcan espantosos los medios con que se crean los bienes perdurables. El
brillo de la verdad suele desfigurar las cosas o hacerlas confundirse con
las que falsamente relucen. Tengo que irme ahora. Me llaman. Te habré de ver
otras veces. Quisiera enseñarte las maravillas de las microestructuras, para
que comprendas cuánto hemos aprendido y aún podemos aprender de lo pequeño.
Nada lo es tanto que no pueda encerrar portentos. Allí verás los más
diminutos entes que conocemos, formando la viviente contextura de células o
infusorios. Y los verás, grandes y hermosos, o monstruosos y abominables,
con todos sus suaves movimientos, deslizarse con solemnidad, jugar, comer,
hacerse el amor y reproducirse. ¡Y de tan variadas formas o costumbres! Allí
podrás admirar la espléndida organización de las minúsculas partículas de
materia, exponiendo su inagotable fuerza en las ordenaciones, evoluciones y
permanentes ritmos y expresándose tanto en canturreos asombrosos como en
insospechadas policromías. Y también verás seres de toda naturaleza, traídos
de lejanísimos mundos, desde los confines del universo. Te he de mostrar
todo eso, Néstor. Hasta otra vez. Ven a buscarme. Adiós.
Y se fue, dejando flotar entre ellos su perfume de nardo.
© Eugenio Alarco;
1952. |