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La primera referencia que tuve de esta novela
fue la película del mismo nombre, protagonizada por Arnold Schwarzenegger y
María Conchita Alonso. En la película, Arnold hace el papel de Ben Richards,
un vigilante que se ve envuelto en un complot para encubrir una masacre, y
es obligado a “participar” en un concurso llamado “El fugitivo” (The running
man en el original). Dicho concurso consiste es ser perseguido por una serie
de excéntricos “cazadores”, quienes son premiados si logran dar muerte al
fugitivo. Se supone que, si éste logra escapar de estos acosadores, recibe
como premio un indulto y una recompensa monetaria. Hasta ahí la película.
Bueno, la novela y la película comparten la idea principal, esto es, la
“cacería” de un ser humano convertida en espectáculo televisivo. Pero ese es
quizá el único punto de contacto. Por que la novela, como muchas otras que
he leído de Stephen King, tiene mucho más…
Lo que nos ofrece King es lo siguiente: en un futuro que cada vez se nos
hace más familiar, la televisión (llamada “librevisión”) lo es todo, al
punto que es ilegal desconectarla. Los empleos escasean, y son pésimamente
remunerados. La contaminación de las grandes ciudades es un hecho que se
oculta al gran público. Casi no existen monedas, y la nueva unidad cambiaria
tiene poco valor. La vida es, simplemente, asquerosa. Uno puede preguntarse
si estamos en el mismo universo de otra de las novelas de Stephen King, “La
larga marcha”, pero este es peor. Como corresponde a tal sociedad, la gente
es capaz de hacer cualquier cosa por dinero. Y cuando decimos cualquier
cosa, nos referimos a CUALQUIER cosa. Como los pobres participantes de los
programas de Laura Bozzo.
En este contexto, el desempleado Ben Richards, cuya esposa debe prostituirse
para reunir algo de dinero y con una hija enferma, decide participar en uno
de los concursos que se transmiten por la librevisión. Los concursos
televisivos, en los cuales el participante es somete a una serie de pruebas
para obtener un premio no son algo desconocido… pero en el mundo de Ben
Richards, estos concursos han llegado a unos extremos que, lamentablemente,
no son tan ficticios como debieran. Hay quienes buscan en la ciencia ficción
una cualidad predictiva que no tiene por que ser su rasgo característico.
Bueno, esas personas pueden encontrar esa “historia del futuro novelada” en
esta obra de King. Y sin ir muy lejos, sin necesidad de buscar grandes urbes
en países del primer mundo. No. Aquicito nomás, como decimos los peruanos,
hemos sido testigos de la emisión de programas que bien podrían integrar el
repertorio de “El fugitivo”. ¿O es que ya nos olvidamos que Laura Bozzo,
cuando propaló aquel programa en el cual se premiaba a los concursantes por
lamer axilas sudorosas, le puso como título “Hago cualquier cosa por
dinero”? ¿No suena similar a los programas de la librevisión del libro, como
por ejemplo Caminando hacia los billetes, cuyo participante muere de un
infarto producido al fallar en una pregunta, entre los aplausos del público?
Ese aspecto, “el público”, aparece en la novela de King como en segundo
plano. Si hay televisión, o librevisión, obviamente hay público. Pero en
realidad, el público –es decir, NOSOTROS – somos los principales
protagonistas. ¿Cómo entonces pueden propalarse programas como Caminando
hacia los billetes, El baño de los cocodrilos o La carrera de las armas, si
no hay un público dispuesto a pasar el tiempo observándolos? En este
sentido, El fugitivo tiene el mérito de enrostrarnos en la cara nuestra
participación activa en un negocio basado en la explotación, humillación,
muerte… en suma, en la utilización del ser humano como objeto. Quizá, en el
fondo, nos gustaría que todos los demás seres humanos fueran objetos para
utilizar a fin de lograr nuestros deseos: sexo, entretenimiento, ansias de
poder… ¿comida? La librevisión del mundo de Ben Richards parece regida por
el leitmotiv de la televisión peruana “esto es lo que le gusta a la gente”.
Si la gente quiere basura, pues a darle basura. Quien se atreve a ir contra
la libertad de empresa, que clase de fascista es ese que quiere algún
control sobre los programas que se emiten…
Volvamos a la novela. En esos Estados Unidos del futuro, Ben Richards decide
participar en el programa El fugitivo. El programa top de sintonía, el
primero en el rating. El objetivo del concurso es la cacería del fugitivo, a
cargo de un equipo de cazadores. Al concursante, quien se convierte en un
fugitivo “de verdad” se le otorga un tiempo de ventaja, y luego corre por su
cuenta el sobrevivir la mayor cantidad de tiempo posible. Mientras más
tiempo sobrevive, más dinero recibe su familia o beneficiarios. Como
obligación, el fugitivo deberá reportarse cada cierto tiempo ante la cadena
de librevisión. Para el tiempo en que se escribió esta novela (1982),
difícilmente podían preverse los actuales avances tecnológicos en el campo
de las telecomunicaciones, de tal manera que Richards debe reportarse
periódicamente ante los directivos de la cadena de librevisión. Para ello,
debe enviar una cinta por correo, es decir, esos correos con buzones… ¡a
mediados del siglo XXI! Los cambios tecnológicos actuales harían inviable
más de un aspecto de la novela… Puede ser “capturado” (asesinado) tanto por
los acosadores (quienes no son el equipo de estrambóticos personajes de la
película) como por cualquier persona que lo reconozca en las calles. Cien
nuevos dólares si la información conduce a su localización. Mil nuevos
dólares si la información conduce a su muerte. Esto es televisión
interactiva…
Como ventaja, Richards puede ocultarse donde le plazca, y puede defenderse
contra sus cazadores. Cualquier lugar de los Estados Unidos (¿y del mundo?)
puede ser bueno… Lo malo es que prácticamente no quedan lugares donde huir.
Todo el mundo desea ganar algo de dinero, ya sea capturando a Richards o
informando acerca de su paradero.
Uno puede preguntarse si el dinero es suficiente razón para “colaborar” con
el asesinato de un ser humano. Los directivos de la cadena de librevisión
saben que no: hay algo más. ¿Qué será? Veamos (es un decir) la escena en la
que Richards es presentado ante el público. Gritos de odio se dejan oir
entre el público. ¿Cómo pueden odiar a alguien a quien han visto por primera
vez en su vida? Leamos lo que dice Dan Killian, de la Comisión de Concursos:
No tiene usted ninguna posibilidad. Nadie la tendría con toda una nación a
la caza del hombre y con el equipo y entrenamiento increíblemente
sofisticado de los Cazadores. (…) No se mezcle con esos tipos buenos de
clase media de ahí afuera; le odian profundamente. Usted simboliza todos los
miedos de estos tiempos inquietos y turbulentos. Lo que acaba de presenciar
no ha sido todo teatro o manipulación del público, Richards. Realmente le
odian a muerte. ¿No lo ha notado?
Cuánto habremos debido de odiar a esos pobres diablos que lamían axilas en
el programa de Laura Bozzo, para disfrutar tanto de su humillación.
Tras aceptar las condiciones, el desarrollo de la acción abandona el campo
de la ciencia ficción para pasarse al de los thrillers: ahora estamos
leyendo una novela de acción.. Richards deberá poner en juego todo su
ingenio para no ser identificado o capturado por los Cazadores o por
cualquiera que desee obtener provecho de su captura. Sin embargo, tendrá la
oportunidad de hacer amigos que, además de ayudarlo, le informarán acerca de
los verdaderos niveles de contaminación ambiental existente en las ciudades
y de cómo podrían mitigarse sus efectos de forma barata y eficiente… lo que
no conviene a los intereses de los capitalistas de siempre. Sin embargo, los
intentos por revelar esta verdad (recordemos que Richards es objeto de la
atención de millones de televidentes) no llegan a ser eficaces, pasando
luego al olvido. Parece que King decidió meter ahí un poco de relleno, y
después no supo qué hacer con él.
Lo que sigue es la narración, en breves capítulos insertados a modo de
cuenta regresiva, de las aventuras y desventuras de Richards en su intento
por sacar el mayor provecho posible de su participación en el programa. Sabe
que el objetivo de éste es ofrecer al público las imágenes de su captura y
muerte. Pero Richards tiene muchos recursos. Podría durar más tiempo que
otros concursantes. Podría acabar con los cazadores. Podría… ¿sobrevivir?
Eso le toca averiguarlo al lector.
© Daniel Salvo; 21-01-05. |