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La tarde era húmeda.
No se veía el cielo por la neblina cerrada.
Una luz a lo lejos hizo que dirigiera mis pasos hacia ese lugar. Estaba
perdido y dejé mi nave sobre un banco de arena. No escuchaba ningún ruido,
todo era silencio. Algunos aleteos me hicieron levantar la vista y observé
un pelícano, tan perdido como yo, en busca de su nido. Su triste aspecto me
hizo seguir su vuelo con los ojos y luego desapareció en la niebla. Yo soy
sólo un viajero, un náufrago entre planetas, un navegante sin rumbo. Nunca
vi antes un ave real, solamente estudié su imagen virtualmente.
Proseguí hacia la luz y divisé una antigua construcción de tablas que
reconocí como madera orgánica y no de material prefabricado como tenemos en
Alfa.
Me pesaba el traje. La gravedad del lugar y la presión atmosférica me
aplastaban contra el suelo. Según Janu, no había peligro atmosférico. Me
quité el casco y pude respirar. A duras penas pude llevar mi cuerpo hasta la
puerta sobre una escalera carcomida y abrí.
En medio de la habitación había una mesa rodeada de sillas. Las personas que
se hallaban alrededor se estaban alimentando sobre unos platos
rudimentarios. La comida era extraña. No estaba recubierta ni eran glóbulos.
Eran trozos cocinados que parecían ser de animales desconocidos. El olor
intenso hirió mi sentido del olfato.
Varios niños corrían por el aposento. Los seres mayores, sentados, bebían de
sus vasos y comían usando palos cóncavos y trinches. Amablemente, me
invitaron a sentarme y me llamaron forastero. Acepté su compañía pero no
pude comer ese alimento de extraño olor intoxicante y probablemente de sabor
inpasable.
Yo podía entender lo que me decían pero ellos no comprendían mi idioma. No
tenían instalado un traductor para ese fin. Probablemente eran seres muy
primitivos los habitantes de este planeta azul, recubierto en gran parte por
mares y océanos.
Saqué mi linterna y vi que se echaron hacia atrás al ver el rayo de luz
potente. Luego se acercaron con curiosidad. La tocaron con cuidado con los
dedos, pensando que podía quemar. Me hizo gracia. Encendían y apagaban ese
rayo de luz que me guió por las colinas antes de encontrarlos.
Cuando la proyecté hacia la pared, apareció Janu.
Olin – me dijo el comandante de la misión extralimítrofe, - estamos
esperando tus noticias. Todos han regresado a la base menos tú.
Al escuchar el sonido que salía del rayo de luz, los primitivos se quedaron
sin voz y el silencio se acumuló como cubos virtuales, unos sobre otros
hasta llenar la estancia. La tensión les quitó el aliento.
Hablé con Janu y los primitivos guardaron sus distancias. No entendieron una
palabra de nuestro idioma. Le expliqué al comandante que estaba perdido y me
prometió enviarme el recorrido de regreso con el plano trazado, desde este
punto de partida donde me encontraba.
Los habitantes comenzaron a susurrar entre ellos. Estaban asombrados.
Atónitos, más bien. Me acercaron viandas pero yo no podía soportar los
efluvios de tan condimentados potajes. También rechacé un vaso con líquido
oscuro.
Creyeron que estaba despreciando sus brebajes y alimentos.
Alrededor de la mesa, en el suelo, se arrumaban costales que contenían
polvos. Probablemente eran de granos molidos para preparar panes, como se
usaba en Alfa antes de encontrar la fórmula líquida de alimento y los
glóbulos para los viajeros.
Me acerqué para observar e hice correr el polvo entre mis dedos verdes y
escamosos. Oí un grito de pavor.
Uno de los más pequeños señaló la piel de mis brazos que se había
descubierto y empezó a arrojarme puñados de esa harina a los ojos. Otros
siguieron su ejemplo. Mis escamas verdes se cubrieron de una pátina blanca.
No deseaba hacerles daño ni asustarlos. Abrí y cerré los ojos. Me empujaron
hasta la puerta y la cerraron de golpe detrás de mí.
Encendí la linterna. Se reflejó un círculo en el aire y apareció Janu.
- Ya tengo el plano, Olin. Realmente te has alejado muchísimo de la ruta y
has terminado en un mundo primitivo llamado Tierra.
- Envíalo pronto para poder regresar. No creo que debo quedarme más tiempo
en esta tierra …………..
Acababa de pronunciar esas palabras cuando salió de la casa la mujer más
anciana del grupo. Me tomó del brazo y susurró:
- No hagas caso de los niños. Son muy pícaros y traviesos pero son buenos.
Apagué la linterna por el momento. Suavemente, ella me acompañó de nuevo
dentro del local y me ofreció de beber. En el fondo, yo no tenía apuro.
Decidí aceptar ese líquido oscuro con destellos rojos. Probé primero con la
lengua y luego terminé el vaso de un tirón para regocijo de todos. Tenía un
sabor agradable. Después de otros vasos más de ese brebaje que llamaron
vino, encendí mi linterna y allí estaba el plano enviado por Janu. Se
reflejaba en el aire todo el mundo a mi alrededor, con sus estrellas,
planetas, coordenadas. Pero yo no podía descifrarlo en ese momento. Veía
dobles rutas, dobles coordinadas, dobles planetas y estrellas.
El brebaje pudo más que yo. Me estiré en un rincón del aposento y dormí y
dormí y dormí hasta que ya no tuve más sueños ni cansancios ni delirios ni
inquietudes. Desperté luego, aún como un fardo pesado pero más ligero y más
contento. No escuché ni sentí nada de lo ocurrido a mi alrededor durante las
horas de sueño. Estuve inconsciente y, al abrir los ojos, me encontré con
las escamas cubiertas de florecillas pequeñas y la nariz adornada con un
cucurucho de papel plateado. Los niños habían hecho de las suyas mientras yo
dormía.
Me despedí de los forasteros, pues para mí eran ellos los forasteros y fui a
buscar mi nave sobre la colina lejana bajo la luz de un sol brillante. Era
de día. El cielo alrededor era claro y la niebla no agobiaba el paisaje. Los
arenales, formando dunas de suaves curvas, tenían reflejos iridiscentes.
Prendí mi linterna y allí estaba el mapa, perfecto y sin duplicados. Me
había pasado el efecto mágico del líquido terrestre.
Enrumbé hacia Alfa con las indicaciones de Janu. Nunca olvidaré la
experiencia. Esa fue la primera y última vez que pisé el planeta Tierra y
bebí y sufrí los efectos de ese brebaje tan rojo, pastoso al paladar, de
aroma delicado y armónico al gusto que ellos llaman vino.
© Adriana Alarco;
22-11-04. |