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EH: ¿A qué cree
que se deba que lo soliciten tanto en los medios últimamente?
JBA:
Porque la gente prefiere entrevistarme a mí sobre mí antes que
sobre mis libros, lo cual me molesta profundamente. Porque lo
interesante no soy yo. En cualquier caso, sería lo que escribo. Creo
también que la gente se divierte mucho con mis declaraciones,
generalmente provocativas, insolentes, jodidas. Como cuando Caretas hizo
una encuesta "¿Cuál fue su reacción al asesinato de Kennedy?", y todo el
mundo, al muy estilo peruano, con gran solemnidad contestaba: (imitando
la voz de Toledo) "Fue un golpe duro para la democracia occidental...".
Todo tipo de cosas así, tan profundas, ¿no? Pero como decía María Elena
Walsh: "No es lo mismo ser profundo que haberse venido abajo". Entonces
yo, que odio la solemnidad -la principal enemiga de la seriedad-,
contesté: "¡Uy, chucha, mataron a Kennedy!". Y me dicen: ¿puedo ponerlo
así? Claro, ponlo así, ésa fue mi reacción. Por eso soy tan popular
entre ciertos periodistas amigos. Saben que siempre voy a decir algo
inconveniente. ¿Qué cosa inconveniente quieres que diga ahora? (risas)
EH: ¿Qué opina de la ciencia ficción
latinoamericana?
JBA: Hay excelentes autores a nivel
latinoamericano. Me acuerdo mucho de una argentina, Nelly Kaplan, que
después se fue a París e hizo cine allá. Hay un cuento suyo, muy
divertido, de ciencia ficción, sobre una mujer que consigue un robot
sexual, masculino y que nos deja chiquitos a todos. En Chile está Hugo
Correa. Y así hay varios por ahí. En Cuba se ha hecho mucha ciencia
ficción.
EH: ¿Y por qué cree que en Cuba haya
arraigado tanto?
JBA: Cuba siempre ha sido un país
muy diferente al resto de América Latina, incluso antes de Fidel Castro.
Por ejemplo, el único país latinoamericano donde se permitía la
pornografía. No sé si estaba prohibida por la ley, pero en todo caso
nadie le daba bola a ésta. Entonces la gente hacía pornografía, por
escrito, en todas formas. Y ha seguido siendo diferente, con más razón
por el gobierno que tienen. Ahora bien, también hay otro argumento, y es
que había muy buena ciencia ficción soviética. Servía mucho para evadir
la censura, porque claro, oficialmente no toca temas políticos, no jode
a los censores.
EH: Lo cual es un error porque la ciencia
ficción es justamente política...
JBA: Desde luego, es el más
profundo análisis de lo actual. Los hombrecitos marcianos son pendejos
terráqueos, colonizadores, en realidad. "Voy a escribir sobre Marte,
porque entonces no me meto en problemas con el gobierno". Eso puede
pasar.
EH: ¿Pero a uno no lo podían acusar de
violar las reglas del realismo socialista?
JBA: Eso nunca fue tan fuerte
en Cuba, ¿eh? Inclusive, al comienzo las revoluciones son muy
libertarias. Recuerdo los primeros años —ustedes todavía no habían
nacido— en el 59, 60, 61: había una explosión de creatividad en todas
las artes y también literatura, nadie se metía con ellos. Me acuerdo que
los afiches cubanos eran una maravilla, tan buenos como los polacos. En
fin, eso fue cediendo cada vez más a la rigidez estalinista, hasta el
famoso caso Padilla, que provocó la ruptura de Vargas Llosa, por
ejemplo. Las revoluciones tienen también esa tendencia a empezar muy
bien y a terminar muy mal, ¿no? Por lo menos en esos terrenos.
EH: ¿Por qué cree que en el Perú la ciencia
ficción no pega tanto como género?
JBA: No tengo la menor idea.
Había la interpretación de un crítico de literatura latinoamericana
alemán, que vivió muchos años aquí, Wolfgang Luchting. Él atribuía eso
al hecho de que no hubo mucho desarrollo científico en el Perú. Un
argumento discutible, ¿no creen?
EH: Pero el
Perú posee una rica tradición mitológica, en todo caso…
JBA: La verdad, no tengo una
explicación muy clara de eso. Hay varios autores, pero no son, no somos
cantidad ni calidad, digamos. Uno de los problemas, no sólo con la
ciencia ficción, sino con toda la literatura peruana, es que somos muy
flojos para investigar, para buscar datos. Explosionamos en grandes
especulaciones interiores o en la psicología, o sobre la realidad social
o lo que sea, pero son puras elucubraciones internas. Cuanto más
inverosímil es un texto literario, más verosímiles tienen que ser sus
detalles y sus informaciones. Stephen King logra hacerte tragar las
cosas más intragables del mundo, inverosímiles, simplemente con ciertos
detalles técnicos que son muy inteligentes de su parte. Es decir, los
monstruos que salen de los desagües aparecen junto a un McDonald's y
automáticamente haces la conexión de modo inconsciente. Sé que hay
McDonald's, entonces, ¿por qué no puede haber un monstruo que sale del
desagüe a su lado? Bueno, esa es en parte la técnica de Stephen King
para hacerte tragar lo más inverosímil.
EH: Es una cuestión de técnica, en efecto,
y aquí en el Perú la técnica narrativamente se ha estancado de alguna
forma. No hemos avanzado más de lo que en las décadas de 1950 y 1960 se
avanzó…
JBA:
Sí, eso es cierto. Para poder escribir el cuento "Armagedón en la
Internet" (que luego se convirtió en una novela), me pasé las horas
muertas investigando —sobre todo en Internet, que me da esa facilidad—
datos verdaderos sobre sectas y religiones para poder incluirlos y
burlarme de ellas en el relato. Entonces, hay ahí una cierta flojera de
muchos de mis colegas en cuanto a apuntalar sus delirios con realidades,
digámoslo así. Eso lo hacen muy bien en otros países. Las novelas de
espionaje, por ejemplo, te meten unos datos de "yo sé más de la CIA que
el jefe de la CIA". Pero eso es trabajo, pues, investigación.
EH: Al estilo del reportero...
JBA: Exactamente. A veces un
novelista debe ser un buen reportero, así de claro. Estoy leyendo una
novela policíaca de Ellroy, La dalia negra, no sé si la conocen. El tipo
te hace una descripción sobre cómo funcionaba la policía en el año 1946
en Hollywood. Él nació dos años después y no ha podido vivirlo. Pero
tuvo que hacer una investigación: cómo era una comisaría en Los Ángeles
a fines de la década de 1940. Y eso es como chamba de a pie. En cambio,
el típico autor peruano, sobre todo el joven, se sienta y deja fluir sus
problemas en las páginas. Él la amaba, pero la chica se iba con otro, y
que no sé… ¡qué horrible, carajo! Y cuando me fumé mi 'porro' —¿o cómo
se llama acá?, mi 'huiro'—, empecé a delirar. Entonces, nos traslada
todos sus delirios a los pobres lectores. En esas condiciones, para ser
interesante debe ser muy bueno. Pero a mí qué chucha me importa que haya
delirado el pata. No, la verdad. Y para que me interese tiene que
conectar conmigo de alguna manera, ¿no? Como lector.
EH: Entonces, usted cree que en la mayoría
de casos la literatura peruana actual no logra conectar al lector con el
texto…
JBA: Para hablar de
literatura peruana tendría que haber leído más de lo que he leído y no
me atrevo. Escribí un articulito para Caretas hace tres semanas. No sé
si ustedes saben que Stephen King ha ganado un premio literario muy
prestigioso en Estados Unidos. El crítico más célebre del New York
Times, Harold Bloom, dijo que cómo era posible que sucediera eso si era
pura basura. Yo escribí un artículo sobre el esnobismo en la crítica
literaria. Pero más que esnobismo o pedantería, hay un problema muy
serio de muchos críticos, con pocos lectores, pero muchos críticos, y es
que aborrecen la idea del entretenimiento en la literatura. Para volver
a citar a María Elena Walsh, todo tiene que ser profundo... o haberse
venido abajo, una de dos. Ya sólo el hecho de que una novela sea
entretenida e interesante los pone nerviosos.
EH: Porque en cierto modo les están
quitando a los críticos capacidad de decir cosas. Es decir, pierden
peso…
JBA: Quieren demostrar que
ellos son tan profundos como el autor. Y si bien ellos no han podido
escribir la novela, por lo menos saben criticar las de otros. Entonces,
lo que procuran es encontrar la profundidad del alma humana en cada
novela. Lo malo es que en el entretenimiento también se encuentra la
profundidad del alma humana.
EH: Es lo que se critica a textos como El
señor de los anillos. Es algo que dijo, por cierto, el mismo Bloom...
JBA: Sí, mucha de esa gente
se ha olvidado de cuál fue el verdadero origen de la literatura, un
viejito ciego que en una aldea cuenta cuentos, oralmente, para
entretener y en cierta forma educar a sus oyentes en el mercado. Ese es
el origen de literatura. Después la lectura empezó a independizarse.
Primero vino el romanticismo alemán con sus demonios, término que
también hemos visto en autores peruanos, mis demonios. Como no tengo
muchos demonios, estoy cagado, ¿no? Yo le daba el ejemplo a Vargas Llosa
de George Simenon, el autor francés, no sólo de novelas policiales, sino
otras muy buenas. Ha escrito unas 400 novelas, un autor prolífico,
compulsivo, casi patológico. Le decía: ¿cómo es el asunto de los
demonios con George Simenon? ¿Tantos demonios se puede tener o es el
mismo demonio que vuelve una y otra vez? Existan o no, eso nació con el
romanticismo alemán. Con el tiempo vino el nouvelle roman, toda esa
macana francesa, parisina, no francesa ni siquiera parisina, de un par
de barrios de París... donde lo importante no eran los personajes ni los
hechos, sino los textos. Los 'texteros', los llamaban. Por supuesto, son
experimentos que contribuyen al desarrollo de la literatura como
experimentos, pero que luego mueren, porque la gente quiere seguir
leyendo historias. Esto también pasa con las artes plásticas: aparece
una tendencia en pintura de vanguardia que luego muere y reaparece en
publicidad. La vanguardia sirve para hacer avisos de la Coca Cola o al
mismo McDonald's. En eso estoy bastante en la retaguardia, la verdad.
Por ejemplo, a mí me gusta una obra teatral de ser posible en tres
actos. Pero cuando comienzan a dar saltos y contorsiones sobre el
escenario, como que digo: "Al circo, muchachos". Yo odiaba a los pobres
Yuyachkani, que eran tan buena gente, por los zancos. ¡Ya, carajo,
bájense de los zancos de una vez! Son mis problemas de conservadurismo.
EH: ¿Cómo siente el paso desde "Marita en
el parque" hasta un "Ejército de locos", dos de sus novelas más
representativas, en retrospectiva? ¿Cómo se puede evaluar ese recorrido?
Hay continuos elementos de sorpresa, por ejemplo, que siempre se
manifiestan...
JBA: Sí, soy muy "O'henriesco"...
El final sorpresa me gusta mucho. Aunque no siempre lo uso. Justo estaba
revisando un cuento de mi último libro —sabe Dios cuándo saldrá— que
termina sin sorpresa, pero que intenta crear una atmósfera especial.
Sobre sectas, para variar. Una secta rarísima, basada en la sabiduría de
los caldeos. En fin, se trata de crear una atmósfera entre religiosa y
erótica en ese cuento, pero sin sorpresa final. No tengo un estilo muy
rígido ¡o que me nace de las pelotas!, más o menos.
EH: Hay una suerte de pesimismo y también
de fatalismo en sus historias. Una visión descreída de la humanidad…
JBA: Perfectamente cierto, y
corresponde a la realidad de lo que pienso. Marco Aurelio Denegri dijo
una vez, citando a Koestler, que la humanidad era un error de la
evolución. Me permití discrepar: no, al contrario, somos un éxito de la
evolución. Hemos desarrollado nuestra crueldad hasta límites
maravillosos, hemos triunfado, hemos poblado la Tierra y estamos
desplazando al pobre oso de anteojos que no tiene la culpa de nada hacia
la extinción. Menos mal que la mujer no es un animal en extinción. Pero
sí, creo que somos bichos bien raros.
EH: ¿Y cómo eso se refleja en sus escritos?
JBA: He sido calificado como
un tipo que hace novelas o cuentos, no sobre personas o hechos, sobre
ideas. Una crítica bastante lúcida, me parece, y hasta cierto punto
totalmente cierta. Con eso intento reivindicar la famosa novela de
ideas, tan venida a menos últimamente. Trato de colar, bajo el disfraz
del entretenimiento, la diversión, unas ideas un poquito más hondas. La
gente se las traga bonito como las píldoras, con su Coca Cola para
darles sabor.
EH: En sus últimos libros hay una relación
muy estrecha con Internet, que tiene un doble juego. Es un objeto como
el Aleph, tiene muchos significados. Posee una función divina pero
también diabólica, una suerte de creación fáustica, si cabe el
término...
JBA: Así es. Y como todos los
inventos humanos, sirve tanto para el bien como para el mal, con
preponderancia del mal. Como pasa con todo lo que inventan nuestros
compañeros de especie. Es decir, la mayoría de los grandes inventos son
a consecuencia de guerras, tecnologías militares que luego se aplican a
los civiles. Desde la penicilina hasta los celulares o la misma
Internet. Inventamos cosas maravillosas pero las usamos preferentemente
para "el mal", como diría Saddam Hussein.
EH: ¿Y cuál sería la naturaleza del mal?
JBA: Ja ja, qué buena
pregunta. Los católicos sólo dicen que es la ausencia del bien, pero ésa
es más bien una perogrullada.
EH: Hay una idea según la cual el mal es
una elección consciente que se da de antemano...
JBA: ¡Ahí está, es mi tema!
¡La programación del ser humano!
EH: Claro, es una especie de
predeterminación porque uno elige el mal al creer que está haciendo el
bien…
JBA: Efectivamente. O creemos
en una clara presencia satánica, real, personal, o en un dios del bien y
un dios del mal, que fue lo que inventaron los seguidores de Zoroastro;
o si no, una falla estructural del ser humano, en la linda corteza
cerebral que tenemos, que sirve para todo, bueno o malo.
EH: Pero la cultura humana ha sabido
exteriorizar todos esos conflictos, ¿no cree? La antigua mitología, por
ejemplo, tenía esa función catártica. Los dioses y los demonios. Ellos
representan las tendencias del ser humano, las polaridades...
JBA: Claro, ahí está nuestra
dualidad, aunque no sé si es una dualidad tan clara. Hay grises. Hay
bienes que parecen males y males que parecen bienes. Y peor todavía, hay
males que por un tiempo son bienes. Por ejemplo, las culturas humanas
generalmente reconocen el derecho de matar en determinadas situaciones.
No me refiero a la defensa personal, sino a las guerras. Entonces, el
mismo acto de matar, condenado en todos los códigos morales y éticos, se
convierte en una cosa maravillosa, muy buena. La definición de bien y
mal, digamos, no es permanente ni estable, por decir lo menos. La
naturaleza del mal, no sé, eso hace que sea tan difícil de definirse.
Bueno, lo que sí es cierto es que un libro malo jamás será bueno, aunque
eso también es relativo, ¿no? ¿Quién decide lo que es bueno? El criterio
de juicios de una obra de arte en general también es relativo. Del pobre
Bach se olvidaron cien años hasta que alguien lo resucitó por ahí y
ahora es quien es. Entonces, el criterio ni siquiera es la educación.
Estamos hablando de duración. Estamos hablando de Shakespeare, pero uno
dice: carajo, son quinientos años, pero qué significan... En fin, lo
único seguro es que el criterio no depende de los críticos. Basta con la
lista de premios Nobel, por lo que falta y lo que sobra. Jacinto
Benavente, ¡por favor!
EH: Podría hablarnos de su proceso
creativo. ¿La investigación sería el punto de partida?
JBA: No, eso es secundario,
"en apoyo de", logístico, digamos. La creatividad, qué difícil es eso.
En mi caso personal, ocurre que de repente leo una noticia en el diario
o se me ocurre una idea del famoso: "qué sería si es que...". Me siento,
pues, ya no frente una hoja de papel en blanco, sino frente a una
pantalla y empiezan a fluir las cosas. Ahora bien, cómo sucede eso es un
poco misterioso. Y por qué fluye en mi cerebro y no en otros. Porque por
cada escritor hay cien millones de personas que no son escritores, de
los cuales muchos creen que lo son. Lógico. No hay nadie que no quiera
mostrar sus anotaciones, quieren que las vea, tienen unas ideas para una
novela maravillosa. Y a veces me enseñan cada desastre. Uno no sabe qué
decir, uno no quiere insultar, no quiere ofender, pero la idea es: "Oye,
compadre, dedícate a la peluquería o a cualquier otra cosa".
EH: Incluso la publicación es ahora más
fácil...
JBA: ¡Uf! Pero la misma
imprenta ya facilitó mucho eso, las publicaciones masivas de libros que
verdaderamente no deberían existir. Pero claro, el lado positivo es que
otros que no hubieran estado, al existir esos medios masivos, ahora sí
pueden estar. Pero también existe una sobreproducción. La gente siempre
habla de la muerte del libro y nunca se ha publicado tanto como ahora.
No creo que Internet o los medios audiovisuales sean enemigos de la
cultura, sino más bien un apoyo. Por ejemplo, Harry Potter, todo el
mundo despotrica contra él. Leí el primer tomo y me entretuvo, me
pareció muy divertido... El problema es que luego se hace repetitivo.
Pero hay millones de niños que han empezado a leer porque vieron la
película. Muchos de ellos siguen adelante y empiezan a interesarse por
otro tipo de literatura. No es tan malo entonces.
EH: Y la escritura también se ha facilitado
mucho, los chats, los correos electrónicos, los mensajes de textos…
JBA: Sobre todo el idioma del
chat, que es tan divertido. Con 'K' todo. "¿Ké kieres?" Pero no importa,
los idiomas se crean independientemente de lo que pensemos. Se cambian y
se transforman. Ahora, estoy feliz con la existencia de las
computadoras. Para un escritor es maravilloso. Lo que pasa es que hay
muchos intelectuales que son un poco pedantes: "No, no voy a usarla, le
quita la poesía". Exactamente lo mismo dijeron de la máquina de
escribir, que le quitaba la poesía a la escritura. Las cosas cambian no
necesariamente para mal. Se facilita mucho el trabajo de burro, digamos,
del escritor, las correcciones, etc.
EH: Un crítico francés se quejaba de que la
computadora ya no permite encontrar originales…
JBA: Se equivoca. Sí es
posible, sólo que las correcciones ya no estarán escritas a mano, tal
vez. Aunque si eso fuera verdad, de todos modos no creo que fuera una
pérdida tan grande.
EH: Lo que pasa es que hay un fetichismo de
la cultura contemporánea…
JBA: Del objeto más que del
contenido, sí, claro. Y eso que yo soy fetichista de libros. A mí me
gustan los libros como objetos también, el olor. Saramago, que a veces
escribe buenas novelas, pero que generalmente habla cagadas cuando
expresa sus opiniones políticas, decía: "Nunca un correo electrónico
tendrá las huellas de una lágrima". Puta madre, carajo, puedo hacer un
dibujito de una lágrima ¿no? (risas) Es la típica protesta antiprogreso.
Los famosos "luditas", que destruían máquinas textiles en Inglaterra (de
Ned Ludd, que así se llamaba el pata que los dirigía), estaban furiosos
con razón, porque les quitaban trabajo las máquinas textiles, pues una
máquina hacía lo de treinta obreros al mismo tiempo. Ellos finalmente
perdieron la guerra. Siempre hay luditas por todas partes. El correo
electrónico a mí me parece una verdadera maravilla. Por supuesto va a
matar al correo tradicional, pero ¿qué le vamos a hacer? Cada invento
mata una serie de cosas.
EH: Ahora, en su anterior novela parodia la
competitividad, una serie de situaciones muy actuales, así como la
idolatría por la computadora...
JBA: La buena crítica empieza
con la autocrítica. En no tomarse demasiado en serio, cosa que mis
compatriotas nunca practican. Si tú escuchas declaraciones de
intelectuales, hay solemnidad por todas partes. Todo lo ven como una
gran estructura inamovible y nada lo es; todo cambia, todo se mueve. De
ahí vienen las religiones también, ¿no? Necesitan algo firme, entonces
tienen que inventarse a Dios y, sobre todo, otra muerte. La muerte, esa
gran broma de humor negro. A la edad de ustedes no se siente. Esperen a
tener más de sesenta años...
EH: ¿La muerte no es un paso más?
JBA: Me haces recordar la
frase que se le atribuía al pobre general Velasco: "Antes de mi gobierno
se había llegado al borde del abismo... nosotros hemos dado un paso
adelante". (risas) Nunca lo dijo en realidad, pero lo jodían de todos
modos.

© Tomado de la
revista-e "El Hablador".
Entrevista realizada por: Giancarlo Stagnaro. |