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Conocí a este texano diplomado en física (pero
que en ocasiones logra aproximaciones tan potentes en biología que parece
biólogo, lo cual demuestra la versatilidad de sus conocimientos, sostenidos
por sus cruzadas referencias eruditas, divertidas y vertiginosas peripecias,
diseño de atrayentes personalidades, paisajes colosales y hasta elementos de
novela negra) a través de un relato:
En el cuenco, trepidante,
preñado de acontecimientos, firmemente cohesionado en torno a su idea
principal y con una protagonista femenina que le robaba el primer plano al
héroe, habría que rubricar que esa siguió siendo una característica que
prodigó en las siguientes obras que rastreé: la capacidad para integrarse en
el alma femenina y lograr transmitir sus emociones (cuando tropecé con la
trilogía de El Budayén encontré ecos similares en G.A. Effinger).
Pocos meses más tarde especté un film de CF Clase B, que para mi sorpresa se
escudaba en sus peripecias argumentales y que dejaba un agradable sabor a
incidentes peligrosos, garantía de entretenimiento y exploración a la manera
individualista de los clásicos de la Edad de Oro, que recogía de ese cuento
de Varley.
El segundo encuentro fue con
Incursión Aérea (también llevada al cine
como Millennium tras expandirla a la novela homónima, y una vez más
encuentro resonancias en otro film exitoso y rompedor: Doce monos), y
para mi junto con Las Barbie Asesinas, dos de sus mejores relatos
renovadores de impacto, aparecidos ambos en aquellas criticadas revistas
Asimov de Picazo. Incursión Aérea poseía esa melancolía que se puede
paladear también en Jack Vance acerca de un futuro que probablemente nunca
será, pero que por su emoción y complejidad valdría la pena haber habitado,
aunque sea por un momento, para aprender y regresar refrescados y
expectantes a este que nos toca morar.
Siempre se insiste en sus mecanismos de camuflaje heinlenianos, sin embargo
no se hace notar con igual intensidad que venían revestidos con el
socialradicalismo de los 60' californianos (un monumento a esa corriente
sería el premiado La Persistencia de la Visión, si cambiamos a los
ciegos por hippies), ruptura de tabúes (repetidos cambios de sexo de los
personajes, preludiando lo que sería un maduro acercamiento en la Serie de
la Cultura de Iain Banks) e innovación conceptual (un proceso de demolición
de la especie humana por invasores alienígenas que llegan a proteger a los
cetáceos, pero que nos empuja a un florecimiento en sistemas de sostén
vital, multiculturalidad, brochazos de new age e ingeniosas mixturas
económico-tecnológicas, incursiones en clonación y otras biotecnologías,
etc. mientras anidamos en domos, satélites, asteroides, cuevas, túneles,
ecosistemas para humanos modificados, ayudados por la “Ophiuchu Hotline”,
torrente de conocimientos que nos llegan desde ese lugar específico por
láser), y sobre todo valentía para sostener sus posiciones, no todo lo que
aparecía entonces, era una maniobra de oxigenación de los leit motiv
heinlenianos o un reverdecer de la space-opera.
Pulse Enter,
The Pusher y otros de la recopilación Blue
Champagne demuestran que más allá de la semejanza estilística,
Varley tenía algo que decir, ya que su formación cultural era mucho más
profunda, o si preferimos, intercambiaba mayor número de capas temáticas que
la de su supuesto maestro.
Sufre como cualquier sesentón, de manías y algunas, según reseñan en la
actualidad son las de extraviarse en su propio juego de espejos hasta
parecerse demasiado a quien homenajeaba, y aunque manteniendo con donaire su
propio empaque, mejora y resucita al maestro (acción que demuestra que
cuando hay amor, hasta el polvo de las momias puede devenir delicioso de
paladear), prefiero quedarme con el Varley del pasado que acabo de comentar
y seguiré expandiendo, ese que irrumpió con planteamientos novedosos,
escenas espectaculares y conceptos demoledores, en palpitantes narraciones
plagadas de romance, desencuentro, intrigas, inteligencias artificiales
demasiado humanas, episodios humorísticos, descripciones grandiosas y
emoción a chorros, picaresca, turbamulta de protagonistas, leyendas a lo
Mike Resnick, encuadres pasmosos, urbes increíbles, gatillos intelectuales
que explotaban rellenos de matrices ilustradas (en ambas sentidos, el de la
forma y el colorido y el del contenido sustancioso y estimulante)
Tengo que confesar que me he quedado en
Playa de Acero (poderosa,
estridente y tan perturbadora para los sentidos como un ecosistema
megadiverso), como siempre por responsabilidad de las casas editores y sus
políticas de distribución para América Latina. Así pues perder un clásico
como El Globo de Oro me ha salvado de naufragar como insisten muchos
con Trueno Rojo. Reitero que cuando se dedica a ser el mismo emerge
un indiscutible talento que en instantes semeja un precursor de líneas de
Bruce Sterling o Neal Stephenson (explico: no por la intención, sino por el
estilo, por la forma de construcción y por el metatexto sustentador), con
innumerables ganchos para aventuras desmesuradas, estructuras embutidas
dentro de artilugios que funcionan como molinillos de oraciones budistas
arrojándonos sorpresivamente al rostro el jugo de decenas de datos y teorías
en tan sólo un par de párrafos (recuerdan Y mañana serán clones) que
nos desconciertan y nos ponen a soñar, si esto no es lo que busco cuando leo
CF entonces ¿que es?, por ese motivo, cuando nombro a Varley me siento
nostálgico y acaricio mentalmente mi par de novelas y mis recopilaciones y
me lanzo a viajar por ese escenario de los “Ocho Mundos” y los avatares que
se desencadenan.
En cuanto a la carátula presentada por R.
Courtney (dibujante habitual de Creepy y Gamebooks) para Wizard, segundo
tomo de la trilogía de Titán, conjuga el sentido de maravilla, atrapa la
ironía rampante, recurre a las faunas imposibles, aprovecha el gadget
tecnológico, presenta la hibridación de especies, expresa la confusión de
géneros, despliega los panoramas atonitantes, y nos extasía con la sólida
belleza femenina perturbadora y desafiante con que solemos gozar y holgarnos
en esa interminable otoño sombrío pero con pinceladas enternecedores e
inquietantes en que parecen vivir los humanos transformados de los Ocho
Mundos y de la trilogía de Titán.
© Luís A. Bolaños;
28-12-05. |