BITIMAGEN: WIZARD DE JOHN VARLEY UN BITIMAGEN COLMADO DE NOSTALGIA

Conocí a este texano diplomado en física (pero que en ocasiones logra aproximaciones tan potentes en biología que parece biólogo, lo cual demuestra la versatilidad de sus conocimientos, sostenidos por sus cruzadas referencias eruditas, divertidas y vertiginosas peripecias, diseño de atrayentes personalidades, paisajes colosales y hasta elementos de novela negra) a través de un relato: En el cuenco, trepidante, preñado de acontecimientos, firmemente cohesionado en torno a su idea principal y con una protagonista femenina que le robaba el primer plano al héroe, habría que rubricar que esa siguió siendo una característica que prodigó en las siguientes obras que rastreé: la capacidad para integrarse en el alma femenina y lograr transmitir sus emociones (cuando tropecé con la trilogía de El Budayén encontré ecos similares en G.A. Effinger). Pocos meses más tarde especté un film de CF Clase B, que para mi sorpresa se escudaba en sus peripecias argumentales y que dejaba un agradable sabor a incidentes peligrosos, garantía de entretenimiento y exploración a la manera individualista de los clásicos de la Edad de Oro, que recogía de ese cuento de Varley.

El segundo encuentro fue con Incursión Aérea (también llevada al cine como Millennium tras expandirla a la novela homónima, y una vez más encuentro resonancias en otro film exitoso y rompedor: Doce monos), y para mi junto con Las Barbie Asesinas, dos de sus mejores relatos renovadores de impacto, aparecidos ambos en aquellas criticadas revistas Asimov de Picazo. Incursión Aérea poseía esa melancolía que se puede paladear también en Jack Vance acerca de un futuro que probablemente nunca será, pero que por su emoción y complejidad valdría la pena haber habitado, aunque sea por un momento, para aprender y regresar refrescados y expectantes a este que nos toca morar.

Siempre se insiste en sus mecanismos de camuflaje heinlenianos, sin embargo no se hace notar con igual intensidad que venían revestidos con el socialradicalismo de los 60' californianos (un monumento a esa corriente sería el premiado La Persistencia de la Visión, si cambiamos a los ciegos por hippies), ruptura de tabúes (repetidos cambios de sexo de los personajes, preludiando lo que sería un maduro acercamiento en la Serie de la Cultura de Iain Banks) e innovación conceptual (un proceso de demolición de la especie humana por invasores alienígenas que llegan a proteger a los cetáceos, pero que nos empuja a un florecimiento en sistemas de sostén vital, multiculturalidad, brochazos de new age e ingeniosas mixturas económico-tecnológicas, incursiones en clonación y otras biotecnologías, etc. mientras anidamos en domos, satélites, asteroides, cuevas, túneles, ecosistemas para humanos modificados, ayudados por la “Ophiuchu Hotline”, torrente de conocimientos que nos llegan desde ese lugar específico por láser), y sobre todo valentía para sostener sus posiciones, no todo lo que aparecía entonces, era una maniobra de oxigenación de los leit motiv heinlenianos o un reverdecer de la space-opera. Pulse Enter, The Pusher y otros de la recopilación Blue Champagne demuestran que más allá de la semejanza estilística, Varley tenía algo que decir, ya que su formación cultural era mucho más profunda, o si preferimos, intercambiaba mayor número de capas temáticas que la de su supuesto maestro.

Sufre como cualquier sesentón, de manías y algunas, según reseñan en la actualidad son las de extraviarse en su propio juego de espejos hasta parecerse demasiado a quien homenajeaba, y aunque manteniendo con donaire su propio empaque, mejora y resucita al maestro (acción que demuestra que cuando hay amor, hasta el polvo de las momias puede devenir delicioso de paladear), prefiero quedarme con el Varley del pasado que acabo de comentar y seguiré expandiendo, ese que irrumpió con planteamientos novedosos, escenas espectaculares y conceptos demoledores, en palpitantes narraciones plagadas de romance, desencuentro, intrigas, inteligencias artificiales demasiado humanas, episodios humorísticos, descripciones grandiosas y emoción a chorros, picaresca, turbamulta de protagonistas, leyendas a lo Mike Resnick, encuadres pasmosos, urbes increíbles, gatillos intelectuales que explotaban rellenos de matrices ilustradas (en ambas sentidos, el de la forma y el colorido y el del contenido sustancioso y estimulante)

Tengo que confesar que me he quedado en Playa de Acero (poderosa, estridente y tan perturbadora para los sentidos como un ecosistema megadiverso), como siempre por responsabilidad de las casas editores y sus políticas de distribución para América Latina. Así pues perder un clásico como El Globo de Oro me ha salvado de naufragar como insisten muchos con Trueno Rojo. Reitero que cuando se dedica a ser el mismo emerge un indiscutible talento que en instantes semeja un precursor de líneas de Bruce Sterling o Neal Stephenson (explico: no por la intención, sino por el estilo, por la forma de construcción y por el metatexto sustentador), con innumerables ganchos para aventuras desmesuradas, estructuras embutidas dentro de artilugios que funcionan como molinillos de oraciones budistas arrojándonos sorpresivamente al rostro el jugo de decenas de datos y teorías en tan sólo un par de párrafos (recuerdan Y mañana serán clones) que nos desconciertan y nos ponen a soñar, si esto no es lo que busco cuando leo CF entonces ¿que es?, por ese motivo, cuando nombro a Varley me siento nostálgico y acaricio mentalmente mi par de novelas y mis recopilaciones y me lanzo a viajar por ese escenario de los “Ocho Mundos” y los avatares que se desencadenan.
 

En cuanto a la carátula presentada por R. Courtney (dibujante habitual de Creepy y Gamebooks) para Wizard, segundo tomo de la trilogía de Titán, conjuga el sentido de maravilla, atrapa la ironía rampante, recurre a las faunas imposibles, aprovecha el gadget tecnológico, presenta la hibridación de especies, expresa la confusión de géneros, despliega los panoramas atonitantes, y nos extasía con la sólida belleza femenina perturbadora y desafiante con que solemos gozar y holgarnos en esa interminable otoño sombrío pero con pinceladas enternecedores e inquietantes en que parecen vivir los humanos transformados de los Ocho Mundos y de la trilogía de Titán.

© Luís A. Bolaños; 28-12-05.

 
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"...Tengo que confesar que me he quedado en Playa de Acero (poderosa, estridente y tan perturbadora para los sentidos como un ecosistema megadiverso) como siempre por responsabilidad de las casas editores y sus políticas de distribución para América Latina. Así pues perder un clásico como El Globo de Oro me ha salvado de naufragar como insisten muchos con Trueno Rojo. Reitero que cuando se dedica a ser el mismo emerge un indiscutible talento que en instantes semeja un precursor de líneas de Bruce Sterling o Neal Stephenson (explico: no por la intención, sino por el estilo, por la forma de construcción y por el metatexto sustentador), con innumerables ganchos para aventuras desmesuradas, estructuras embutidas dentro de artilugios que funcionan como molinillos de oraciones budistas arrojándonos sorpresivamente al rostro el jugo de decenas de datos y teorías en tan sólo un par de párrafos (recuerdan Y mañana serán clones) que nos desconciertan y nos ponen a soñar, si esto no es lo que busco cuando leo CF entonces ¿que es?por ese motivo, cuando nombro a Varley me siento nostálgico y acaricio mentalmente mi par de novelas y mis recopilaciones y me lanzo a viajar por ese escenario de los “Ocho Mundos” y los avatares que se desencadenan ..."
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Diciembre 2005

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