En 1980 en su
numero 127, la legendaria revista española Nueva Dimensión presento
la novela corta La persistencia de la visión pocos años después
(1984), Domingo Santos edito en dos volúmenes (La persistencia de
la visión y En el salón de los reyes marcianos) lo mejor
de los relatos de John Varley. Aquí las palabras que a modo de
prologo dedicara Santos a la obra de Varley.
En los más de cincuenta años de historia
«pública» que lleva la ciencia ficción, el género ha sufrido multitud de
profundos e importantes cambios. Hugo Gernsback lo concibió como una forma
de novelar la proyección al futuro de las inquietudes correspondientes a una
época de glorificación de la técnica, y su propia novela Ralph 124C41+, una
mediocridad literariamente hablando, es un compendio de las supuestas
maravillas tecnológicas que el hombre iba a encontrar en el siglo XXVII. La
poca enjundia de gran parte de ¡os autores que se adscribieron al género en
sus inicios, su desprecio o ignorancia de la auténtica ciencia de la época,
su propensión a asombrar al lector con maravillas científicas tan
sorprendentes como inverosímiles, su despreocupación, en fin, en marcar una
clara línea divisoria entre lo cierto, lo probable y lo imposible, hicieron
que el género perdiera pronto verosimilitud y cayera en un profundo abismo
de improbabilidad, donde el lector desconfiaba de todo lo que leía, aunque
se emocionara o se divirtiera con ello, y lo aceptaba como un mero cuento de
hadas, una fábula con un trasfondo más o menos seudotecnológico.
Luego llegó Campbell. John Wood Campbell, Jr., nacido en 191O, graduado en
física en 1932 por la Universidad Duke y el Instituto de Tecnología de
Massachusetts, y aficionado a la ciencia ficción desde su juventud, accedió
a la dirección literaria de la revista de ciencia ficción Astounding
Stories en 1937, puesto que mantuvo hasta su muerte, ocurrida en 1971.
Él fue quien inició la «era Campbell», el período más glorioso de la
historia del género, tanto por la calidad de las obras producidas como de
los autores que las producían. Un par de años después de hacerse cargo de
Astounding Stories, había «descubierto» y llevado a la celebridad
autores tales como Isaac Asimov, Robert A. Heinlein, A. E. van Vogt,
Theodore Sturgeon, Clifford D. Simak, L. Sprague de Camp, Lester del Rey,
Jack Williamson... Empezaba lo que luego sería calificado como la primera
«edad de oro» de la ciencia ficción. Campbell fue claro desde un principio
en sus exigencias. La ciencia ficción no tenía por qué limitarse a «instruir
deleitando», no necesitaba ser un vulgarizador de la ciencia al uso por
medio de la dramatización de los logros científicos de la humanidad. Pero
tampoco tenia que ser un camelo, no bastaban unas cuantas palabras
rimbombantes de aspecto seudocientífico y unas difusas explicaciones
seudoteóricas para dar verosimilitud a una trama. Los relatos de ciencia
ficción que publicaba tenían que tener una sólida base científica, y al
igual que a ningún autor se le ocurriría plantear la acción de su relato en
un planeta cuadrado, por aquello de las leyes de la mecánica celeste,
tampoco podía basar su acción en entelequias quizá algo más sofisticadas
pero igualmente imposibles desde un punto de vista científico. No basta con
ponerle un nombre extravagante a un arma o a un aparato para darle
verosimilitud. Hay que justificar de forma plausible su existencia.
La «era Campbell» de la ciencia ficción vio una dignificación del género
gracias a una exigencia inflexible e insobornable de calidad. Calidad
temática y estilística: los relatos tenían que tener una trama coherente y
estar bien contados a nivel literario; y calidad científica: la ciencia y la
técnica no tenían que formar necesariamente la base del relato, pero si lo
hacían, si intervenían en él, tenían que ser coherentes y, por muy osadas
que fueran las especulaciones, debían poseer una base real. Es bien conocida
la historia del relato de Cleve Cartmill Deadline, publicado en 1944,
y que motivó una visita de las fuerzas de seguridad norteamericanas a la
redacción de Campbell para averiguar cómo habían podido filtrarse secretos
atómicos militares, puesto que el relato describía con toda precisión la
explosión de una bomba atómica (incidentalmente, aunque el episodio sea
menos conocido, el escritor Philip Wylie recibió una visita similar en 1945,
a resultas de la cual fue prohibida la publicación de dos historietas de
Superman que tocaban idéntico tema).
Pero como suele ocurrir normalmente, todo se deteriora. La edad de oro de la
ciencia ficción, la «era de Campbell», ocupó prácticamente toda la década de
los cuarenta. Al inicio de los cincuenta, el deterioro se había establecido
ya firmemente. El éxito de aquella ciencia ficción de calidad que había
aportado autores tales Asimov, Heinlein y Van Vogt (el trío más importante
de aquella década), y otros como Henry Kuttner, Eric Frank Russell, etc
había traído su inevitable secuela: otros editores, ávidos de buenas ventas
pero menos escrupulosos, autores poco preparados buscando únicamente el
beneficio inmediato, inundaron el mercado con productos que pretendían
imitar a los grandes maestros pero que no tenían ni su calidad literaria ni
su verosimilitud científica. La década de los cincuenta (presidida por otro
lado por la guerra fría y la amenaza de la espada de Damocles atómica) vio
una proliferación de una ciencia ficción serie B que cumplía los requisitos
de atraer, inquietar y mantener en vilo al lector, pero cuyos productos no
alcanzaban la altura suficiente como para ser calificados de «obras
literarias». La proliferación de revistas y colecciones de novelas de
ciencia ficción de principios de aquella década fue un fenómeno artificial,
que podía mantenerse un cierto tiempo pero que estaba inevitablemente
abocado al fracaso.
Los años sesenta vieron pues, también inevitablemente, una catarsis. Los
planteamientos de Campbell ya no eran válidos tras más de veinte años, y la
gente buscaba algo más. La nouvelle vague del cine francés dio en
cierto modo la pauta para esa transformación, y proporcionó también el
nombre, new wave, nueva ola, aunque algunos han preferido llamarla
new thing, nueva cosa. La historia es cíclica, y esta nueva tendencia
tuvo también su profeta, sustituto de Campbell, en la persona de Michael
Moorcock, y su revista, sustituta de Astounding, en la revista
inglesa New Worlds. Frente, a los postulados de Campbell, la new
wave pretendía alcanzar sus metas por vía de la experimentación
literaria. No importaba la ciencia, no importaba la lógica: importaba
únicamente crear un estado emocional en el lector. Los máximos exponentes de
esta etapa son dos escritores británicos, Brian W. Aldiss y J. G. Ballard,
aunque por supuesto hubo muchos más, el propio Moorcock, y una cierta
cantidad de autores norteamericanos que durante un tiempo vivieron y
escribieron en Inglaterra, adscribiéndose a esa corriente: James Sallis,
Thomas Disch, John Sladek, Samuel R. Delany (uno de los primeros escritores
de éxito de ciencia ficción de raza negra). La nueva corriente pronto fue
adoptada también por otros escritores estadounidenses, principalmente Harlan
Ellison y Robert Silverberg, el cual había empezado su carrera siendo un
escritor «tradicional» y muy prolífico, así como algunos nuevos valores que
veían difícil su salida al rígido mercado «normal» de la ciencia ficción
norteamericana, entre los que cabe destacar como uno de los más importantes
a Norman Spinrad.
La new wave fue un revulsivo que horrorizó a los más conservadores
aficionados a la ciencia ficción, pero que acercó el género a las corrientes
principales de la literatura general. De pronto, aquellos que hasta entonces
habían despreciado la ciencia ficción descubrieron que era algo más que las
historias de marcianos que habían creído en su juventud. Autores como
Anthony Burgess (La naranja mecánica), Kurt Vonnegut, Jr. (Matadero
cinco), los propios Aldiss (A cabeza descalza) y Ballard (Playa
terminal, Bilenio, y que irrumpiría en la siguiente década con
obras como Crash, La isla de cemento y Rascacielos, que
no hay que confundir con la novela y la película del mismo título basada en
ella), o Norman Spinrad (Incordie a Jack Barron), se alejaron de los
esquemas tradicionales de la ciencia ficción para ir al encuentro de nuevos
horizontes. Fueron aceptados tanto dentro como fuera del género.
Se ha dicho a menudo que la new wave se consumió, murió, a principios
de la década de los setenta. En realidad fue asimilada. Pasada la novedad
que la distinguía con un marchamo de espectacularidad, en la década de los
setenta las obras que apenas unos años antes hubieran sido calificadas como
pertenecientes a dicha corriente (las novelas de Ballard antes citadas, Todos
sobre Zanzíbar, de Brunner, y sus secuelas El rebaño ciego y
El jinete en la onda del shock, así como La quinta cabeza de Cerbero,
de Gene Wolfe, sólo por citar algunas) fueron aceptadas como obras
«normales» de ciencia ficción. Surgieron nuevos autores que hubieran podido
ser encasillados en esta línea y que sin embargo no lo fueron ya, como James
Tiptree, Jr., Gardner Dozois, Barry Malzberg... El género se estabilizó.
Lo cierto es que, si bien se dice que la ciencia ficción es el único género
que va por delante de su tiempo, la realidad es que, como todos los demás
géneros literarios, va a remolque de su tiempo. La era de la glorificación
del maquinismo vio nacer las obras de «aventuras científicas» de Verne y sus
seguidores; los años treinta reflejaron la gran confianza de la humanidad en
el desarrollo científico que iba a resolver todos los problemas del mundo, y
más; las novelas de terribles invasiones espaciales y las ucronías
pesimistas mostraron la angustia de la guerra fría y la posibilidad de una
invasión comunista; las incontables obras posatómicas señalaron el peligro
de una guerra nuclear. Los años setenta se caracterizaron por el
derrumbamiento de todos los sueños de grandeza de la civilización occidental
a causa de la crisis de la energía, y por la concienciación de que el
equilibrio ecológico de la Tierra es muy precario y la humanidad lleva años
empeñada obcecadamente en destruirlo. La ciencia ficción tenía que hacerse
eco de esas inquietudes, y así lo hizo.
Y siguiendo el tortuoso camino de toda esta evolución, llegamos a los años
ochenta. Una década que se está caracterizando por una curiosa ambivalencia:
por un lado el desencanto ante el rumbo que están siguiendo los asuntos de
la humanidad, frente al cual el ciudadano medio se siente totalmente
impotente, y por otro la esperanza de que como en tantas otras ocasiones
sobreviviremos a todas las pruebas, quizá algo maltrechos pero también más
purificados (¿qué significa si no la esperanza casi mística en la llegada de
la era de Acuario?). Esta ambivalencia ha hecho que la ciencia ficción de
los últimos años se decante hacia dos vertientes distintas pero en cierto
modo complementarias: por un lado un resurgimiento de la imaginación, de ir
nuevamente en busca de ese «sentido de la maravilla» que presidió el género
en su edad de oro y que parecía haberse perdido ante los problemas más
inmediatos; y por otro lado la convicción de que, pese a todo, el hombre
seguirá adelante y, por encima de todos los recortes presupuestarios en los
programas espaciales de todos los países, al final llegaremos a las
estrellas. Quizá distintos, quizá renqueantes, quizá sufriendo, pero
llegaremos.
En estas nuevas corrientes se inscriben la mayor parte de los nuevos
escritores que, como Úrsula K. Le Guin, Joan Vinge, Tanith Lee, C. J.
Cherryh (es curiosa la profusión de nombres de mujer entre los nuevos
grandes valores) buscan, junto con la profundidad temática y la exactitud
científica, una gran dosis de fantasía e imaginación.
En este último apartado cabe incluir con pleno derecho, y como uno de los
nombres más importantes, a John Varley. Nacido en la década de los cuarenta
(como Cherryh, como Vinge, como Lee), pertenece a la generación de
escritores que empezaron a publicar a mediados de los años setenta y han
visto confirmado su talento y su éxito a caballo entre las dos décadas.
Varley, un hombre al que no le gusta que se hable de él («son mis obras
quienes tienen que hablar de mí», dice), ha conseguido situarse en muy pocos
años, y con una obra más bien escasa, a la cabeza de esta nueva tendencia
que aúna una sólida base científica con una gran imaginación y una profunda
preocupación por el hombre y sus problemas. Su primera novela, The
Ophiuchi Hotline (incongruentemente titulada en español Y mañana
serán clones), obtuvo un resonante éxito en todo el mundo, y marca la
pauta de lo que es y representa toda la obra de este autor.
Porque, al contrario de otros muchos autores, que se dedican a imaginar
universos distintos para cada una de sus obras, Varley ha preferido crear un
futuro, su futuro, en el cual ha situado la mayor parte de su obra. Es un
futuro distante unos quinientos años de nuestro hoy, en el cual la humanidad
ha sido exiliada de nuestro planeta por unos «Invasores» que aparecen sólo
como un antecedente y una nebulosa referencia, tan inmensamente superiores a
nosotros como indiferentes a la raza humana, que a raíz de este exilio se ha
esparcido por todo el sistema solar.
Pero lo más importante de ese futuro que nos presenta Varley es el hecho de
que el hombre ha evolucionado enormemente con respecto a como lo conocemos
hoy en día, como sin duda tendrá que hacerlo para adaptarse a sus nuevos
entornos, creando toda una nueva tecnología no ya sólo para sobrevivir, sino
incluso para vivir en ellos. El trasfondo de esa sociedad futura, que se
repite recurrentemente en gran parte de los relatos de Varley, es uno de los
principales atractivos de toda su obra. En El paso del agujero negro
[1] , por ejemplo, entramos por primera vez en
contacto con la línea ofíuca, que unos años más tarde daría a Varley el tema
de fondo para escribir su primera novela, citada un poco más arriba. Esa
sociedad futura en que la medicina se ha unido con la mecánica para crear la
medicánica, en la que el hombre manipula su propio cuerpo y registra
periódicamente todos sus recuerdos como forma de alcanzar una
seudoinmortalidad, esa Luna en la que se ha querido recrear el ambiente de
la perdida Tierra por medio de la reproducción en inmensas cavernas
artificiales de los paisajes terrestres, a los que se les ha dado el
evocador nombre de disneylandias, esa forma de adaptarse a los ambientes
hostiles no protegiéndose engorrosamente con artilugios mecánicos sino
adaptando los propios cuerpos, crean un aura de verosimilitud que hace que
los escenarios de los relatos sean reales, vivan en nuestro interior a
medida que progresamos en su lectura.
Y por encima de todo está el hombre. Varley, que posee una formación
científica lo bastante amplia como para hacer creíble, a la luz de los
últimos descubrimientos, el Venus que nos describe en En el cuenco,
posee igualmente una formación humanista lo bastante intensa como para
preocuparse ante todo por los hombres que poblarán su universo. Esa
deliciosa pareja simbiótica de Cantad, bailad, Barnum y Bailey, no
sólo son el resultado de un profundo estudio analítico sobre las
posibilidades de simbiosis hombre-planta para enfrentarse al mundo hostil de
los anillos de Saturno, sino que constituyen uno de los personajes más
atractivos de la ciencia ficción que he leído últimamente, y he leído mucha.
Como atractivos son para el lector los problemas con que deben enfrentarse
los personajes de Varley. Desde las joyas estallantes de En el cuenco
(sin olvidar esa deliciosa y maligna niñita que es Ascua) hasta las
aventuras de Fingal dentro de un ordenador en Perdido en el banco de
memoria, todas las situaciones que nos plantea Varley van
inconmensurablemente más allá de los esquemas habituales de los relatos de
ciencia ficción. En Varley, siguiendo la evolución lógica de esa trayectoria
de la ciencia ficción que he descrito al principio, lo importante de un
relato no es ya la acción en sí, el crear una aventura clásica que tenga
planteamiento, nudo y desenlace, sino el recrear un ambiente que le permita
desarrollar su particular visión de un mundo futuro que puede ser, con mucha
probabilidad, el futuro de la raza humana, haya o no esa pretendida y
nebulosa «Invasión», probablemente mero recurso literario para arrojar al
hombre a la aventura de otros planetas. A Varley, como hombre de nuestro
tiempo que es, no le importa la simple aventura, sino el examinar los
posibles futuros de la humanidad, y las reacciones de esta humanidad ante
dichos futuros.
Y dentro de la obra de Varley (que recientemente se ha enriquecido con una
nueva novela, Titán, en la que abunda en los anteriores
planteamientos, y que constituye el primer volumen de una trilogía que se
complementa con otras dos obras, Wizard [Brujo] y Demon
[Demonio], aún no publicadas en español), una auténtica joya: la que
da título a esta selección de cuatro de sus mejores relatos. La
persistencia de la visión se aparta de ese universo que he descrito y
que tan querido le es a Varley. Se aparta en realidad de todo lo que he
leído últimamente en ciencia ficción. De hecho, mucha gente ha afirmado que
ni siquiera es ciencia ficción (pero, pregunto yo, ¿dónde se hallan los
límites de lo que es ciencia ficción?). Esa aventura de una comunidad de
sordociegos que busca y encuentra su camino siguiendo unas vías distintas a
las de la humanidad normal es a mi juicio una de las obras más emotivas
escritas en la última década en el ámbito de toda la literatura mundial. Una
vez más, basándose en un profundo conocimiento científico, Varley da rienda
suelta a su imaginación, y lleva a cabo un sensacional estudio de la
naturaleza humana en su enfrentamiento a lo que la gente común denomina «la
adversidad». El hecho de que esta historia recibiera los premios Hugo y
Nébula al mejor relato de ciencia ficción en 1979 es sólo el reconocimiento
de su inusitada calidad. Es probable que Varley, todavía en los inicios de
su brillante carrera, nos dé otros y más numerosos ejemplos de su buen hacer
literario. Pero aunque no lo hiciera, su obra anterior, las novelas y
relatos antes citados, y en especial esta última historia, bastan para
situarle como una de las personalidades más originales y excelentes de la
presente década.
© Domingo Santos; 1984.
[1] Publicado en: En el salón de los reyes marcianos.
N° 90 Super Ficción de
Martínez Roca.
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