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A Druuna la conocí gracias a los comics de
Toutain, al poco tiempo de iniciar su singladura cósmico-erótica en Charlie
Mensuel (Francia, 1985), en España ya se estaban traduciendo, prometía y por
lo menos al inicio entregaba más de lo que cualquier coleccionista hubiese
creído posible: un guión fuertemente entroncado con las aventuras galácticas
y un desbordado erotismo que estimulaba la vista y la mente.
Recuerdo que tras adquirir el ejemplar de Zona 84 donde se iniciaba la saga
me precipité a degustar, nunca mejor expresado, las rotundas y voluptuosas
formas, frecuentemente despojadas de ropaje (el cual desaparecía por
cualquier circunstancia) de Druuna, quien actuaba proveída de una dosis
enorme de inocente voluntad, serenidad y ternura, que le permitía salir
indemne de las ocurrencias más peligrosas (me recordó enseguida al Angel de
Barbarella tan indigerible en su bondad, que el mar de magma maligna donde
era arrojado para que lo desintegre lo vomita sin menoscabo alguno envuelto
en un capullo transparente, quizás como alusión al condón) pero conservando
siempre un perfil de alto voltaje sicalíptico que fue expandiéndose a medida
que se desgranaba el relato tortuoso de una space opera asfixiante,
pletórica de acción enrevesada, ambigua y decadente sazonada con abundante
sexo y explícitas aberraciones.
Pocas veces he ansiado una historieta por el dibujo, casi siempre me han
atraído mejor las temáticas, si el continente es hermoso, doble placer, pero
con Druuna y su espléndida catadura formal (a pesar de su claustrofóbico
entorno, tanto arquitectónico como ideológico) arroje por la borda esas
disquisiciones y me dediqué al deleite voyeurista y a la excitación del
intelecto mediante las peripecias escabrosas de la protagonista, que por
gracia recibida se mantenía incólume y hasta digna con una cierta ingenuidad
no importa las peripecias horribles que hubieran sucedido a ella o a sus
semejantes.
Analogía que hay que tomar con pinzas por que una parte significativa de
aquellos con quienes se tropieza son mutantes y los human@s que aparecen
carecen casi por lo general de envoltura ética alguna, regodeándose en el
sadomasoquismo, en la tortura, la antropofagia, la mutilación y actividades
similares sin límites y con desparpajo; los episodios se orientaban a
demostrar mediante una suerte de dualismo, el enfrentamiento entre la
pasmosa y extraordinaria belleza de Druuna y las enloquecidas y deformes
mutaciones que la rodean, siempre oscilando entre lo esperpéntico y lo
pavoroso, en medio de contextos barrocos y dantescos. Lo mutagénico
representado en sus vertientes más horrorosamente efervescentes, plagaba las
páginas en un bestiario desaforado y sarmentoso, en algún momento agradecí
que los comics no tuvieran olor, por que una gran parte de los personajes
secundarios, se encontraban en tal estado de deterioro físico y decadencia,
que se sentían podridos, hediondos y repulsivos. Eso si, no hay duda del
trazo maestro de Serpieri, ya sea que apunte a las posaderas de Druuna o a
los pseudópodos de sus engendros deambulando por mundos enmarañados y
purulentos, va rubricando su alucinación por las redondeadas siluetas
femeninas, con unción casi religiosa y evidentemente placentera por las
nalgas. Su consagración revelada por un icono simultáneamente angelical y
libidinoso terminará por atraparlo y enclaustrarlo en un tremendismo lascivo
donde las escenas son penetradas por un hálito tan retorcido como atroz,
circunstancias desequilibrantes que impedirán se transforme en una obra
maestra.
La habilidad gráfica con que se expresa es tremenda, aunque su estilo puede
ser tildado de académico e hiperrealista, transita de la elegancia clásica a
los arrebatos malsanos casi sin transición, gracias a que posee un
acercamiento pictórico tan detallista que ingresa en el terreno movedizo de
la alusión múltiple tornándolo perturbador, uno extravía el contenido y el
mensaje por el continente y la profusión de tafanarios excelentes que colman
las páginas del comic.
El entorno donde se ubican los episodios, reproducen arquitecturas
formidables (pero contaminadas simultáneamente por la enfermedad que devasta
mentes y cuerpos de sus moradores), paisajes alucinantes (tanto los cálidos
y dorados como los sombríos azulados, hágase una comparación entre las
primeras viñetas de la playa en Morbius Gravis II y las siguientes en el
interior de la urbe postapocalíptica donde se deslizará la protagonista) o
monstruosidades pavorosas (plagados de tumoraciones y excrecencias
enfermizas) con gran dominio de las perspectivas.
En esa mezcla turbulenta de figuras desquiciadas y sarmentosas, de sudor
brillando y secreciones manando, con glúteos esféricos y maravillosos,
radica un atractivo no por malsano menos potente, que entrega momentos casi
de epifanía visual. Es penoso que a medida que lo anatómico se levanta hacia
la cumbre de la perfección lo literario no se mantenga a la altura de la
serie, tras un inicio prometedor en el cual la sana y provocadora opulencia
de Druuna parece que va a lograr derrotar la efervescencia patológica del
mal que devora su mundo sin afectarla, deriva (quizás por exigencias
editoriales que intuían en el éxito de ventas un boom de largo aliento) a
reiteraciones extraviadas en un limbo de pesadilla.
Ese futuro desesperanzado, teñido de resonancias desasosegantes, de un
marcado pesimismo, se sostendrá entonces, en el uso del sexo como
transgresión y como sustituto de otros despliegues conceptuales, la violencia
con que se acompaña, las violaciones, orgías y detalles que rozan lo
pornográfico atraen y concomitantemente nutren el gusanillo morboso que nos
acompaña, el éxito del Morbius Gravis desborda las tomos que debían
delimitarlo, se instala y reproduce en forma ampliada en nuestras mentes y
corazones de lectores voyeuristas y nos unce a la carreta editorial, ya no
exigiremos coherencia temática y despliegues creativos propios de la CF,
sino que quedaremos encantados con la reiteración exquisita de esos cuerpos
maravillosos empeñados en demostrar y experimentar cualquier variación
erótica que podamos imaginar.
Sin embargo, al revisar Morbus Gravis II, por ejemplo, encontré que el
porcentaje de viñetas donde aparece vestida es abrumadoramente mayor que
donde surge desnuda. Cuando ocurre algo así en nuestra memoria, significa
que tanto el personaje como el autor lograron tejer una red de atracción que
importaba por el significado erótica antes que por el mensaje de Ciencia
Ficción, incluso así Druuna y Morbius Gravis I y II quedarán en la historia
del comic de los 80’s como la aventura eròtico-galáctica por excelencia, aún
cuando luego las siguientes tomos (Creatura, Carnivora, Mandrágora,
Afrodisia, El Planeta Encantado) hayan derivado al onirismo extravagante y
lúbrico.
Se dice que Paolo Eleuteri Serpieri (Venecia, 1944) creó a su heroína sobre
una resemblanza que fundía a Valérie Kaprisky y otras modelos. No obstante,
esa anécdota debe ser tomada con reservas ya que sus mujeres sensuales y
contundentes, con reminiscencias carnales clásicas se alejan diametralmente
de las escuálidas féminas que durante décadas han encarnado el desabrido
concepto de belleza estilizada que las empresas del vestido nos han impuesto
desde las pasarelas donde se ventila la moda, más bien le encuentro una
conjunción entre la carnalidad de dos actrices: Ornella Mutti e Isabelle
Adjani, salvando el hecho de que además existe una opulenta joven que sirvió
como lienzo vivo para los dibujos de la historieta (ver entrevista a
Serpieri en Zona 84/ Nº38). Para mi siempre ha sido única, tanto que me
llevo a una rauda comprensión del apodo de su autor: “Master of the Ass”,
como ejemplo este dibujo de prodigioso alarde técnico en una terraza romana:
Sobre Paolo Eleuteri Serpieri, del google
hemos extraído que nació en Venecia (1944), que además de autor de cómics es
pintor y escultor y expone teoría y practica del dibujo como profesor de
arte en la Universidad de Roma, apasionado por la arquitectura, no pierde
oportunidad para demostrarlo a través de las megalíticas edificaciones donde
transcurren las lances de Druuna. Empezó en 1978, ilustrando en la notoria
revista Lancio West, cuentos ambientadas en el Far West, luego con un
registro muy naturalista y documentado, ilustró para Larousse (1980) una
Historia del Lejano Oeste y paradójico “Descubriendo la Biblia". Casi en
seguida vira hacia lo que e convertiría en su obsesión, en el lujoso álbum
"La india blanca", exponer con estilo inimitables y bellas mujeres, de
exquisitos contornos y apetecibles volúmenes. Colaboraciones para la revista
italiana Orient Express, e historietas para I’l Fumetto y El eternauta, le
proporcionan un temprano espaldarazo de reconocida maestría.
En 1985 inicia su famosísima saga espacial de potente lubricidad Morbius
Garvis, aunque rápidamente deriva hacia un derrotero equívoco y desordenado
hundido en lo alucinado y rebosante de pretensiones fetichistas. Para seguir
los avatares editoriales agregaremos que Druuna prosiguió sus andanzas en
Pilote (Dargaud) y en Editions Bagheera (1990). Las historietas se han
expandido con libros ilustrados como: À la recherche de Druuna, Obsession y
Druuna X, los cuales han corrido por cuenta de Norma Editorial, alcanzando
tiradas de millones de ejemplares en una docena de idiomas. La página web
que aloja las imágenes ha desencadenado un “merchandising” considerable, que
abarca desde videojuegos hasta postales y naipes, pasando por libros
ilustrados donde a rienda suelta se plasman el impulso fetichista y la
perfección formal.
© Luís A. Bolaños;
20-08-05. |