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Flnjg estaba huyendo de una Luna. Por su
negligencia imperdonable, había causado un embrollo con el banco de genes
del laboratorio. A los gusanos les crecían alas de avispa, a los peces,
colas de rata y a los tucanes, crines de caballo en vez de plumas. Era una
locura lunática.
Los gerentes de la fábrica “Genes para Renovar el Futuro Lunar” donde se
localizaba el laboratorio estaban desesperados. Décadas de investigación,
estudio y trabajo arrojados al basurero por un simple descuido de Flnjg, el
simple asistente temporal del laboratorio de genética.
Vamos por partes.
Después de aplicarles el material genético equivocado, el asistente del
laboratorio contratado durante un eclipse extraoficial, abrió las puertas de
las jaulas para examinar de cerca su experimento, por lo que los extraños
animales aprovecharon de la inusitada libertad: saltaron, volaron, se
arrastraron y caminaron escondiéndose en cada agujero que podían encontrar.
Al ver el desastre animal en un arca lunar que no era de Noé, Flnjg salió
disparado del laboratorio perseguido por monos con alas, conejos sirenios
con colas de pez, lagartijas con bolsas de canguro para cargar a sus
pequeñuelos. Mientras los seres manipulados se desplazaban por canales de
ventilación y tubos de mantenimiento, el asistente escapó de la fábrica como
alma que lleva el diablo.
Lleno de vergüenza y preocupación por su irresponsable proceder, decidió
robar una nave en el estacionamiento circular de platillos voladores, y
desaparecer del satélite. Dirigió su vuelo hacia el lejano planeta Tierra
con el fin de recoger nuevas muestras de genes no manipulados de los seres
que allí habitaban. Voló atravesando el cielo verde bajo la luz de variadas
lunas, anillos y satélites tornasolados. Pasó días y noches alimentándose de
pastillas sin encontrar el coraje de encender el comunicador espacial de la
nave para no escuchar los improperios que seguramente le estaban enviando
los gerentes de la fábrica.
Lleno de frustración y amargura, decidido a cometer maldades, robos y
desaliños para procurarse el material requerido, Flnjg llegó al planeta
Tierra, lugar de origen de los animales del laboratorio de genética que él
había arruinado mezclando genes, razas y alimentos.
Así, solo en la inmensidad, sin saber la conmoción que había provocado su
huida, aterrizó en un paraje desolado rodeado de arena gris y pocas colinas
rocosas. Se sentía un fugitivo perverso, indisciplinado e irresponsable.
¿Quién lo iba a recibir con cordialidad de ahora en adelante? Nadie. Todos
lo señalarían con el dedo indicando un ser nefasto y desagradable. Había
arruinado décadas de trabajo en su Luna. Bajó del disco volador con
semblante de pocos amigos y alargando sus garras en señal defensiva y
agresiva hacia cualquier ser viviente que se le cruzara por el camino y que
llevaría sin más ni más, amarrado, enjaulado y prisionero a su nave para
transportar al satélite.
Al fondo, en el horizonte neblinoso, se veía una casa baja de paredes de
adobe y barandas de madera verde, con techo de cañas y escalera de cemento
en la entrada. La luz de las lámparas titilaba en las ventanas en medio de
la niebla del atardecer que trepaba desde la arena caliente después de
recibir los rayos de sol durante muchas horas.
Se dio cuenta que había aterrizado el disco en una explanada arenosa muy
cerca de centenarios ficus de gruesos y rugosos troncos, y de altísimos
eucaliptos. Al acercarse a la casa divisó los jazmines que se enredaban en
las rejas de las ventanas perfumando las tardas horas y abrumando con su
olor dulzón a los insectos adormilados que zumbaban alrededor. Cachorros
jugueteaban unos sobre otros mientras algunos niños humanos contemplaban las
nubes y lanzaban piedras contra los arbustos de algodón silvestre para
desenterrar lagartos.
Se sintió paralizado por el temor de tener que descuajeringar ese hermoso
cuadro de vida pacífica. No se movía una hoja y todo parecía ostentar un
cierto color gris plateado como el cielo brumoso.
Flnjg avanzó decidido. No se amilanó al ver a los jóvenes humanos quedarse
quietos a contemplarlo con curiosidad. Enfundó sus garras fieras que usaba
con delicadeza cuando mezclaba menjurjes en los tubos del laboratorio, o que
mostraba con valentía como defensa propia cuando debía arañar a algún
contendiente que se entrometía en su territorio.
Escondió las uñas largas que penetraron bajo su piel pasando inadvertidas
Las prominencias de su cabeza alargada y sin cabellera estaban disimuladas
bajo el casco de metal brillante con anteojeras para agrandar y acercar las
imágenes y los sonidos lejanos.
― Me llamo Víctor, y tú ¿quién eres? ― le dirigió la palabra uno de los
jóvenes humanos, sin temor, resquemor ni embarazo.
Flnjg no sabía qué contestar. Había entendido la pregunta con el traductor
simultáneo insertado en su casco pero no estaba en condiciones aún de
explicar a otros seres su perversidad intrínseca y menospreciable.
― Soy Flnjg y vengo de un satélite lejano.
― ¿Has llegado de la Luna?
― Así es, ― respondió el extraterrestre aunque no se atrevió a dar mayores
explicaciones pues no sabía cuán enterados estaban estos niños humanos de la
complicada red de comunicaciones entre planetas y satélites que existía en
el firmamento.
― Pues, entonces, ven a compartir con nosotros la cena en casa de la abuela.
― No quisiera molestar, aunque sí me servirían algunas explicaciones sobre
la ubicación de algunas aves, reptiles y mamíferos de estos valles y
quebradas.
― La abuela sabe muchas cosas y te puede explicar lo que necesites.
― Está bien.
Sin saber si estaba actuando correctamente, Flnjg decidió seguir a los
muchachos hasta la casa. No le convenía mostrar su lado oscuro ante los
nuevos conocidos pues eran los únicos que podían enseñarle dónde descubrir
nuevos animales para sus experimentos que podría robar y, si fuera el caso,
descuartizar y martirizar. Por tal razón, se dispuso a ser un comensal más
en la mesa de mantel blanco del comedor de la dueña de la casa. Caminaron
bajo los altísimos árboles que llevaban hacia la escalera de entrada pero se
detuvo antes de entrar por la puerta.
― ¿Y, me pueden decir si esta es hora de traer visitantes a casa de su
abuela, tunantes? ― regañó una mujer de piel oscura y de edad avanzada,
deteniéndolos al divisar al desconocido que acompañaba a los muchachos.
― Creo que se muere de hambre, ― respondió Víctor. ― ¿No ves lo flaco que
está?
― Pues si va a sentarse a la mesa debe lavarse primero las manos que están
verdes de mugre y quitarse el sombrero.
― No es un sombrero, Ignacia, es un casco.
― A quitarle el casco, entonces.
Por supuesto, nadie se atrevió a quitarle el casco al huésped quien se sentó
a la mesa de la abuela con la cabeza cubierta para no asustar a los demás
con sus bultos y prominencias.
― Me cuentan mis nietos que usted viene de la Luna, ― comentó la abuela
después de saludar muy circunspecta al recién llegado de color verde y
escamas tornasoladas.
― Así es, mi dama, ― contestó Flnjg educadamente, ― pero de una Luna mucho
más lejana que la vuestra.
― ¿Y, qué ha venido a hacer a la Tierra?
― He llegado para estudiar la fauna de la región, ― respondió muy serio. No
quería explicar lo que había sucedido en el laboratorio de la fábrica de
"Genes para Renovar el Futuro Lunar". Se sentía demasiado culpable ante
aquellas inocentes personas.
― Pues aquí puede estudiar muchos animales. Le puedo indicar que los
reptiles de las quebradas hasta cambian de color y de piel con la estación;
que las aves se adornan con bellísimas plumas de colores y que los mamíferos
que tenemos en los alrededores no son feroces ni dañinos. Para encontrar
felinos bravos como la pantera y el jaguar debe viajar hacia la selva, y si
quiere estudiar mamíferos acuáticos, tenemos el océano muy cerca de acá
lleno de delfines y ballenas.
― Gracias, mi dama, veré de conocer e investigar todo lo que pueda, ―
respondió Flnjg a la abuela, sin dar a entender sus verdaderas intenciones y
con toda la cordialidad de que era capaz bajo su verde caparazón.
Antes de terminar la cena, apareció la pequeña Rosaura cogiendo dos
lagartijas por la cola que se meneaban para soltarse.
―Aquí tiene, señor lunático. He recogido estos amiguitos para usted.
― No debes llamarlo lunático, ― interrumpió la abuela. ― No es de muy buena
educación echar en cara el origen de las personas. Además, aquí significa
que no está en sus cabales.
― Pues realmente no está en sus cabales sino en los nuestros... ― replicó la
niña, que no entendía lo que significaba la palabra. Luego escapó dejando
las lagartijas en manos del comensal. Al ver su embarazo, Víctor lo ayudó y
las metió dentro de una caja vacía a la que practicó unos agujeros en la
tapa para que los pequeños reptiles tuvieran por donde respirar.
Al poco rato apareció Claudio con una víbora, un escorpión y varias arañas
en una canasta. Flnjg pegó un salto y decidió que eran venenosas por lo que
inmediatamente las tapó con la servilleta para que no se escaparan.
Cuando Ignacia le trajo dos gallinas y un conejo del corral no sabía más
dónde ponerlos.
― ¡Dejen que termine de cenar! ― ordenó la abuela, pero ya estaban los
nietos jalando al burro por la cuerda y amarrando en los ganchos que
colgaban de los gruesos ficus a dos caballos y una yegua.
― ¡Para qué han traído a Nerón, a Calígula y a India, si no sabemos si
quiere montar a caballo! ― insistió enfadada la abuela.
― Es para que estudie la fauna de la hacienda, abuela, ― replicó diligente
el malicioso Víctor. Lo que quería era verlo caerse del caballo pues la
yegua era una de las más bravas y nadie más que el tío Emilio la podía
montar.
― ¡Pues sólo falta que le traigan a la vaca lechera y a las ovejas
trasquiladas para que el zoológico esté completo!
― No, abuela, ¡podríamos enseñarle los huesos de ballena de hace cuchumil
años que están en el cerro blanco y verás cómo se queda patitieso de
asombro!
― Ya, niños, basta con las payasadas.
― Oye, amigo lunar, come un poco de miel. Es de las abejas de la abuela. Te
vamos a llevar al panal. ¡Claro que a ti no te van a picar las abejas, con
ese cuero que llevas encima, pero te puedes llevar una reina y otras más
para ver si saben hacer miel allá en la Luna!
― ¿Te imaginas cómo debe ser la miel lunar?
―¡Deliciosa, chico!
Así, platicando, los nietos pasaron las horas tratando de imaginar lo que
quería saber e investigar el recién llegado quien estaba sorprendido por el
giro que tomaban las circunstancias y enterraba cada vez más sus temibles
garras para que pasaran desapercibidas.
Al final de la cena estaba el forastero rodeado de cajas agujereadas con los
más variados insectos, desde mariposas hasta grillos, también un recipiente
lleno de agua salada y con peligrosas mantas, rayas y malaguas del mar, una
caja con gatitos recién nacidos, cuatro cachorros perrunos, un lechón, tres
jilgueros en una jaula, una lechuza, dos papagayos verdes y un monito,
recién traído de la selva. Además, llegó Víctor con su camión de juguete
donde había encerrado cuatro cuyes, dos murciélagos, cinco pericotes y una
vizcacha.
Afuera rebuznaban los burros, relinchaban los caballos, mugía la vaca
lechera y escupían tres llamas y una alpaca arrastradas por los traviesos
muchachos hasta la puerta de la casa de la abuela.
Nunca se había sentido Flnjg tan agobiado por las circunstancias. No sabía
cómo llevarse los animales hasta su disco volador para transportarlos al
satélite. Decidió que lo más fácil era cambiarlos por algo que no tuvieran
en la Tierra. Imaginó que todos los humanos debían tener las mismas
deficiencias que los de la casa de la abuela, o sea, no podían comunicar con
el resto del mundo, no podían volar, no podían cambiar el clima a su antojo,
y decidió entregarles el aparato que manufacturaba arco iris, lluvias y
vientos. Eso podría ayudar mucho. Con las lluvias dirigidas a cada lugar
específico y en cantidades reguladas podrían ayudar los cultivos en tiempos
de sequía, arrastrando o alejando nubes en el cielo. Levantando vientos a su
antojo podrían hacer mover el molino de viento que producía la poca energía
que se necesitaba en la casa sobretodo de noche para encender luces en vez
de velas y lamparines.
Los arco iris eran una preciosidad en el firmamento y los niños podrían
divertirse buscando tesoros al final de cada uno, lo cual, además, era
ingenioso pues el aparato podía producir cinco o seis a la vez, uno para
cada uno. En fin, no se le ocurrió otro regalo más propicio.
Cuando anunció a la abuela su ofrecimiento, esta quedó bastante satisfecha
con el cambio pero deseaba ver cómo funcionaba, primero.
Los muchachos inmediatamente decidieron que no era suficiente pago por todas
las mascotas que se llevaría el forastero fugitivo y le pidieron que
cambiara los animales por la Osa Mayor, la Osa Menor, el brazo y la cabeza
de Orión, la Cruz del Sur y un trecho de la Vía Láctea.
Flnjg se vio en dificultados. Le interesaba regresar a su planeta y
reconstruir el laboratorio devastado de la fábrica con los animales
recolectados por los nietos. No había tomado en cuenta que ellos deseaban
cotizar los astros, explotar los crepúsculos y organizar los rayos y
centellas aprovechando el cielo hasta ahora improductivo para ellos.
La abuela consideró que una forma de lluvias y vientos locales, producidos
con el toque de algunos botones, sería un buen pago en aquel lugar alejado
de la civilización, pues podría regar los campos a su antojo, algunos meses
más que otros, según el tipo de plantación y circunstancias, además de otras
ventajas y maravillas.
Los primos decidieron entregarle solamente los animales más pequeños y
quedarse con los caballos, las ovejas, los camélidos y la vaca lechera,
además del gallo de pelea y del toro bravo que no pudieron encontrar por
estar ocupados en faenas propias.
El forastero fugitivo entregó el aparato a la abuela quien inmediatamente
hizo aparecer cinco arco iris en el cielo a pesar de ser casi hora de ir a
dormir, para regocijo de los nietos, de la vieja cocinera Ignacia y de la
mano de obra local que ya no se asombraba por los prodigios que sucedían a
cada rato en los alrededores de la casa hacienda.
Víctor, junto con los de más, ayudó a Flnjg a llevar al Arca Extraterrestre
a los animales intercambiados con una segunda intención. Vieron la nave del
extraterrestre levantarse en el aire y dirigir el rumbo hacia su lejano
hogar.
Todos quedaron contentos y se tuvieron por bien remunerados. El forastero
pensó haber hecho una magnífica recolección de fauna terrestre. Viajó con la
esperanza de que le perdonaran su irresponsable actitud con la variedad y
cantidad de animales que llevaba desde la Tierra y prometió a los muchachos
regresar algún día.
El travieso Víctor se escondió en el arca y nadie se dio cuenta al
principio. Al ver que no regresaba a casa la abuela y los primos se
preocuparon hasta que tuvieron que aceptar, con congoja que el nieto había
tenido la malhadada idea de escaparse y volar con el forastero hacia otros
mundos.
Después de un tiempo, sin esperanzas de que regresara pronto, se consoló la
abuela con los cambios que ocurrieron, pues desde aquel día la hacienda
empezó a dar más y mejores frutos. Con el regalo de Flnjg se podían regar
los campos a su antojo y no dejaban de producir vientos, aguaceros y arco
iris para maravilla de los vecinos que veían llover en campo ajeno y no en
el propio y nunca se enteraron de la visita del fugitivo.
Por eso, hasta el día de hoy, en casa de la abuela la mesa está puesta, el
plato del forastero espera...
© Adriana Alarco;
01-07-05.
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