
En la ciencia-ficción, un tema que es
ampliamente tocado es el de la soledad. La sensación de estar solo o
sentirse el único de tu clase.
Ejemplos de ello son el cuento “Un Plato de Soledad” de Sturgeon, donde una
mujer es contactada por un OVNI pero solo le dejan un halo como signo de su
presencia, e inmediatamente la presión por saber que le dijo el OVNI termina
por volverla un paria social. O el cuento “Péndulo” de Bradbury, donde un
brillante científico mata sin querer a muchas personas en un experimento y
por ello es condenado a ver el transcurso de las épocas, prisionero de un
cristal especial, absolutamente solo.
Silverberg ha trabajado numerosas veces el tema en cuentos como “Ver al
Hombre Invisible” (donde los indeseados por la sociedad son dados el status
de “invisibles” de efecto y causa) o novelas como “Muero por dentro” (en la
que un hombre con habilidades telepáticas nos cuenta el calvario que es su
“don” que va perdiendo poco a poco, y su desesperada búsqueda contra el
tiempo por encontrar otros como él), “Estación Hawksbill” (donde un grupo de
prisioneros políticos ha sido desterrado a las postrimerías del tiempo para
que no molesten al statu quo de su mundo, y como van muriendo lentamente al
no tener mujeres con las cuales reproducirse) o “El Hombre en el Laberinto”
(en la que un explorador que ha fallado en su misión ha sido exiliado a un
complejo mundo laberíntico, pero cuando sus servicios son necesarios de
nuevo este se niega a salir de su “reino” y es necesario enviar una
expedición para recuperarlo).
Otros prestigiosos autores han tomado el tema también como Henry Kuttner en
“Mutante”, narrando la soledad a la que son expuestos los homo superior que
han surgido después de la guerra atómica. O Alfred Bester en la primera
parte de su magistral novela “Tigre, Tigre”, donde narra la soledad absoluta
a la que se ve sometido Gully Foyle, el protagonista, al estar abandonado en
el espacio tras haber sido asaltada su nave-carguero y muerta su
tripulación. Clifford D. Simak nos da uno de sus cuadros más desconsoladores
en “Estación de Tránsito” con la figura siempre solitaria del custodio de la
estación interestelar del título: Enoch Wallace, quien debe gozar de la
juventud eterna, al precio de la soledad absoluta, de dejar todo y a todos
atrás. Frank Herbert nos da un cuadro desgarrador de la soledad en “Los
Creadores de Dios” durante el momento en el que Lewis Orne pasa de hombre a
divinidad.
El celebrado Harlan Ellison puede haber llegado a la quintaesencia de la
soledad con su aterrador relato “No tengo boca y debo gritar”; en este, los
cinco últimos sobrevivientes de la humanidad son torturados hasta la
saciedad por una IA omnipotente hasta que uno de ellos se las ingenia para
liquidar al resto y liberarlos de su tormento. Pero la IA no se deja vencer
tan fácilmente y condena al único sobreviviente a pasar sus días haciendo lo
que indica el título.
En “Retorno de las Estrellas” de Stanislav Lem, los astronautas que
partieron a otras estrellas hace siglos, regresan a la Tierra a velocidades
sublumínicas solo para encontrar un mundo radicalmente cambiado, donde el
instinto de conservación, la competitividad, la violencia, han sido
erradicadas por el “bien” de la humanidad, pero con ello han matado el afán
por obtener nuevos descubrimientos y de seguir adelante en su búsqueda de la
verdad, y los astronautas, último rezago del viejo mundo, terminan como
lobos entre una población de borregos.
En “Soy Leyenda” de Matheson se narra las penurias y tribulaciones del
último humano que ha escapado a una plaga global de vampirismo (justificada
de un excelente modo especulativo en la novela) y como se vuelve leyenda al
ser el Último Hombre y enemigo de la Vampiritud.
La melancolía más que la soledad se muestran en las “Crónicas Marcianas” de
Bradbury, pero aún así son muy evocativos esos paisajes marcianos, esos
desiertos vastos y solitarios, donde lo inesperado puede pasar.
Otros libros donde la soledad sin ser el tema de fondo, si es resaltada con
fuerza pueden ser “La Mano Izquierda de la Oscuridad” de LeGuin donde el
viaje de Genly Ai por el planeta Gethen a la largo de su eterno invierno es
muy evocativo. También en “Solaris” de Lem se da un cuadro desgarrador de la
soledad personal en la figura de los tres científicos que buscan
desesperadamente resolver los secretos del planeta del título que al final
logra vencer a la ciencia humana, y como se ven atrapados en los fútiles
intentos del mundo viviente para comunicarse con ellos que los devastan a
nivel psicológico. “La Guerra Interminable” de Haldeman narra la soledad del
soldado Julian Mandela que lucha a lo largo de siglos una guerra absurda
contra un enemigo que no comprende, alejado para siempre de su hogar y sus
seres queridos, aún de sus compañeros soldados contemporáneos para trabajar
al lado de extraños a los que no debe lealtad alguna.
En la conmovedora novela “Flores para Algernon”, Charlie, un joven retrasado
mental sufre la exclusión típica de los de su clase, pero cuando una
novedosa técnica le permite elevar su IQ al de un genio, sufre de exclusión
nuevamente esta vez por destacar sobre los demás.
En “La Nave del Millón de Años” de Poul Anderson se narra la odisea de
inmortales inmunes a la enfermedad o a la muerte por vejez, que deben
aprender a reconocerse entre si, y escapar de las supersticiosas masas que
los ven como hechiceros o demonios, guardando su secreto lo mejor posible
aunque eso signifique la soledad eterna. Otros autores que tocan el tema de
la inmortalidad como soledad son Mary Shelley en el relato “El Mortal
Inmortal”, Roger Zelazny en la lírica novela “Tu, el Inmortal” y A.E.Van
Vogt en una de sus típicas novelas de superhombres: “Los Fabricantes de
Armas”.
Piers Anthony, uno de los talentos salidos de los '70 nos muestra en “Chton”
a un prisionero que trata de escapar de la prisión a la que se ve confinado,
la cual se describe como un verdadero infierno. Volviendo a Zelazny tiene
una recopilación de historias bajo el título “Mi Nombre es Legión” donde
describe a un agente secreto que decide vivir fuera del sistema con todo lo
que eso implica. En contraparte a “Estación Hawksbill” está el cuento
“Némesis” de Clarke donde se narra el destierro temporal de los prisioneros
a un futuro muy remoto.
Ya terminando, podemos citar el cuento de Catherine L. Moore (autora de las
famosas historias de Northwest Smith y Jirel de Joiry) “Portal en el Tiempo”
en el que se describe a un Dios aburrido de su divinidad, y a la conmovedora
historia de Charles Logan “Naufragio”, donde se narra la odisea de Isidoro
Tansis, un ser humano abandonado a su suerte en el sistema de Capella tras
la destrucción de su nave, y como, poco a poco se va quedando sin recursos
para sobrevivir en ese mundo hostil.
Finalmente, para cerrar, podríamos citar “La Metamorfosis” de Kafka, en la
que Joseph K. se vuelve por razones absurdas, en un híbrido entre el hombre
y el insecto, quedando como un rechazado por ambos mundos.
Definitivamente en tan buena compañía de lecturas nadie podría quedarse
solo.
© Daniel Mejía; 29-06-05.
Si desea enviar algún comentario pulse
aquí
(Doy mis agradecimientos a Noal_Mordecai,
pistolep, temucano, leopar, Anraman, aquivoy, Letoll, clavos, nimraithkar,
Meteco, Errantus_Aquila, kaoss, t-bone, Kraken, Atienostak, Dua,
Melmoth_El_Neuromante, Zabara y Tigglath Assur por su solidaridad y
colaboración a la hora de hacer este artículo) |