Rubén Mesías Cornejo
publico hace varios años la primera versión de "Underground" en el
diario La Industria de Chiclayo ahora una versión remozada que se
engarzara con futuros relatos que compartirán un escenario común, un
fondo particular del cual esta historia es la primera, se nos presenta
aquí. Esperamos conocer más sobre este particular universo.
Preludio.
La energía que emana de la proa ilumina vivamente la cabina de la sonda. Por
un momento parece que la legendaria luz del sol estuviera resplandeciendo
frente a mí, pero todo no pasa de una simple ilusión que mi cerebro desecha
pronto. Nada debe distraerme de la tarea de conducir esta sonda a través de
las entrañas de la Tierra. Detrás de nosotros se alinean centenares de
sondas que transportan a los colonos que abandonaron las cuevas del
Inframundo para retornar a las comarcas del mundo superior, tal como lo ha
determinado la voluntad de nuestro Patriarca.
Hasta el momento nuestro éxodo ha resultado propicio pues el fuselaje de las
sondas ha resistido bien los rigores de la travesía subterránea. Además el
espectrómetro nos ha brindado una buena noticia: se han encontrado residuos
de roca sedimentaria entre el material de desecho que los filtros retienen a
diario. Este indicio nos permite inferir que estamos atravesando la corteza,
y que nos hallamos cerca de las superficie donde se erigen las ciudades que
nuestros padres habitaron antes de ser arrojados al abismo situado mas allá
de la discontinuidad. La leyenda cuenta que esa gente aprendió a resistir el
acoso de la terrible estrella que antaño contribuyó a la germinación de la
vida .Hoy me toca empezar mi reposo. Otro navegante ocupara mi lugar
mientras me hundo en el gélido sueño que proporciona el criopreservador . He
calculado los turnos y estoy seguro de que me tocará conducir la sonda
cuando la invasión se produzca.
Interludio.
Desde mi despacho de Tecnocrátor monitoreo las condiciones del ámbito
exterior. Sobre el domo se ciernen brumosos cúmulos de smog que evocan la
amenaza de una tormenta, de pronto las nubes se detienen y dejan escapar una
nutrida lluvia de partículas que se abaten estruendosamente sobre el domo
que protege a la ciudad.
Cada vez que ocurre algo semejante, acude a mi memoria el fenómeno que
originó este desequilibrio extremo. Hace muchos siglos atrás que la
atmósfera se echó a perder debido a las emisiones gaseosas de las industrias
establecidas en el Primer Mundo. A raíz de esto el clima del planeta empezó
a cambiar, y la tragedia se precipitó sobre la Humanidad.
El paulatino recalentamiento derritió el casquete de hielo que cubría a la
Antártida, y el océano enloqueció devorando islas y asolando el interior de
los continentes. Por ende ninguna ciudad costeña pudo permanecer incólume al
vendaval que alteró severamente la toponimia del orbe. Así fue como la costa
quedo convertida en una región insalubre que obligó a emigrar a los que
pudieron sobrevivir hacia los austeros valles serranos que habían resistido
mejor los embates del cambio climático. De esta manera la vida pudo
continuar su curso en aquellos lugares que nuestros antepasados rescataron
de la catástrofe.
En ese momento los sobrevivientes que provenían de la extinta capital
decidieron, por unanimidad, empezar la construcción de un Domo que los
protegiera de los efectos de la radiación ultravioleta. Lamentablemente la
ejecución de la obra acarreó una serie de inconvenientes -escafandras
defectuosas, equipos de respiración inadecuados y una insidiosa epidemia que
mermó la mano de obra disponible- que suscitaron una oleada de histeria
entre los refugiados. Apremiado por los reclamos de sus súbditos el primer
Tecnocrátor dispuso que el domo entrara en servicio sin evaluar previamente
su capacidad de resistencia a la radiación, pues era una necesidad imperiosa
contar con un área protegida para poner en marcha la planta atmosférica que
purificaría los sectores habitados del valle. Además nadie deseaba
permanecer más tiempo dentro de los incómodos refugios subterráneos que se
habían excavado para servir de vivienda mientras se terminaba el domo. A
largo plazo la decisión de mi antecesor se revelo contraproducente, pues si
bien le produjo la aprobación de la mayoría no tuvo en cuenta que los
defectos de construcción terminarían manifestándose tarde o temprano.
Conforme fueron pasando los siglos el domo empezó a deteriorarse
severamente, y la compresión llego a formar enormes grietas , que si bien
pudieron ser reparadas, permitieron que la temida radiación ultravioleta se
filtrase dentro de la urbe.
Este accidente afecto a la mitad de la población urbícola produciendo un
grave quebranto moral entre todos nosotros. De inmediato los damnificados
fueron transferidos a lugares aislados donde pudieran recibir tratamiento,
sin embargo nuestra ciencia nada pudo hacer para revertir la mutación que se
había producido en los cromosomas de los afectados. Como era de esperar la
prole de esta gente presento un aspecto monstruoso que determino su
inmediato exilio en las comarcas subterráneas que se habían descubierto por
esos días. Así fue como aquellas personas y su progenie fue conducida a las
grandes plataformas que los llevarían al interior del abismo. La única
concesión que mi antecesor hizo fue permitirles llevar las maquinas que
consideraran útiles para acondicionar aquellos lugares a la vida humana. Y
por ultimo antes de partir se les hizo jurar solemnemente que nunca
retornarían a la superficie, sin embargo por motivos de seguridad la fuerza
armada cegó los pozos por donde habían descendido en un intento por
complicarles las cosas si faltaban a su promesa e intentaban volver.
Desde entonces no hemos sabido nada de ellos, y por mi parte espero, que
jamás sientan la necesidad de venir aquí. Si lo hicieran tornarían sumamente
difícil la existencia que llevamos, pues nadie quedaría libre para ocuparse
de los biodigestores que sustentan la ecología de esta urbe enclaustrada.
Escampa. Los rayos del sol traspasan la cortina de smog permitiendo que
aprecie su esplendor en la imagen que tengo en mi monitor. Bajo el domo
aquellos rayos se refractan semejando una pira que ardiera en medio del
firmamento. Y entonces siento que ha llegado el momento de interrogarme por
cuanto tiempo continuaremos resistiendo la presión de esta coyuntura
agobiante.
Coda.
La travesía ha culminado, hemos llegado a la superficie. La tamizada
radiación del sol cae sobre nuestras escafandras mientras los urbícolas nos
contemplan espantados ante el surgimiento de nuestras sondas. En sus rostros
puede leerse un párrafo de horror inconcebible. Han sido testigo del parto
más increíble registrado en la historia del planeta. Sin duda la magnitud de
la verdad les induce a huir. Esta circunstancia nos otorga una ventaja
sustancial sobre nuestros oponentes potenciales ya que podemos desplegar
nuestra vanguardia sobre las avenidas de su ciudad y dirigirnos hacia los
biodigestores donde se produce la energía que alimenta todos los sistemas de
la urbe. Si conseguimos tomar estos objetivos por sorpresa podríamos dedicar
el resto de la faena a buscar el escondrijo donde se guarece el Tecnocrátor,
sin embargo la realidad no se corresponde con mis deseos y las fuerzas
urbícolas reaccionan haciéndonos frente con todo su poder de fuego. Ahora
los disparos de sus armas destellan detrás de sus parapetos, mientras sus
maquinas de guerra acuden para apoyar su esfuerzo... Resulta evidente que
esta demostración solo es el preludio de un contraataque mayor.
La batalla continua y sendos haces de luz surcan el espacio demostrando que
la lucha se encuentra en su momento mas álgido. Sus armas continúan
disparando a plena potencia, pero su impacto resulta repelido por los
escudos energéticos que nuestros guerreros generan para conjurar el peligro.
Aquella barrera invisible hace reverberar el éter con cegadores destellos
que deslumbran a los urbícolas que defienden el biodigestor con el valor de
los desesperados. El aire crepita en torno a los impactados anunciando que
el ataque ha fracasado. Desconcertados los urbícolas se repliegan
combatiendo, mientras sus lanzarrayos continúan disparando haces de luz
contra nosotros en un alarde de coraje, pero su retirada no es completa y
poco después reanudan su resistencia en torno al edificio que contiene al
biodigestor. Para eliminar la oposición que nos impide apoderarnos de sus
reductos apelamos a las sondas lanzacohetes. El gran poder de fuego de
dichas armas bate los emplazamientos urbícolas con efectos realmente
devastadores. Así después de una andanada de cohetes el reducto queda
convertido en una ruina de la cual surgen decenas de hombres con los brazos
en alto, en un claro gesto de rendición que se repite en todos los sectores
de la ciudad.
No obstante en torno al Palacio del Tecnocrátor la resistencia no parece
menguar, pero el numero de lanzacohetes que se concentra alrededor de la
posición hace cambiar el cariz de la lid, y pronto nuestros infantes
consiguen desbordar su perímetro defensivo. Ahora se produce un combate
mucho mas cruento pues la corta distancia que separa a los contendientes
hace que los disparos se hagan casi a quemarropa. Un alto número de soldados
urbícolas perece de esta forma defendiendo la persona de su Tecnocrátor.
Sacando la cuenta parece que el asalto final ha resultado demasiado cruento
para ellos. Los pocos que aun resisten se retiran hacia los campos de minas
que cercan esta ciudad casi rendida. Sobre el terreno que ya es nuestro
yacen miles de urbícolas desmembrados por los rayos. Por todos lados se ven
los escombros donde agonizan los soldados que defendían esas posiciones
destruidas por los cohetes. Pese a su infortunio el Tecnocrátor todavía
encabeza a la pequeña facción de empecinados que persisten en combatir.
Para eliminar aquel foco de resistencia se nos ordena atacar la periferia
con la tares de eliminarlo y capturar al Tecnocrátor con vida. Ante nosotros
se levanta la translucida cúpula que contemplara la última batalla de aquel
demente. Nuestros guerreros inician el ataque apoyados por un diluvio de
cohetes que estremece el cielo y la tierra. Los urbícolas apenas replican y
se retiran hacia el perímetro que protege los campos de minas que alguna
inteligencia pérfida dispuso allí. Su única esperanza consiste en que los
sigamos, confían en que las minas darán cuenta de nosotros. Pero no saben
que las minas han sido detectadas y que los trajes de nuestros guerreros
cuentan con dispositivos de amplificación muscular que les permite eludir,
de un salto, la ultima trampa del enemigo. Ante esto los urbícolas que
siguen al Tecnocrátor deponen las armas pues nadie quiere morir por algo que
ya no existe.
Y el Tecnocrátor se entrega con el rostro desencajado de un hombre que se
siente culpable de un desastre demasiado grande.
Ahora toda la urbe nos pertenece, y mas allá del domo que cubre a las ruinas
de esta ciudad ya dominada se distinguen las humaredas que indican que la
lucha también ha declinado en las urbes vecinas. Esto quiere decir que la
sincronización de la operación ha resultado exitosa, y que nuestras armas
han logrado una victoria completa en todas partes.
Las cámaras que registran en nuestro avance nos traen una imagen justiciera.
Sucede que el Tecnocrátor ha sido llevado a una plaza pública para ser
escarnecido ante sus propios súbditos. Luego, en un acto ritual, la ciclópea
estatua que representaba al Primer Tecnocrátor fue echada abajo, el rostro
de aquel hombre, muerto hace tantos siglos, permaneció impávida con su
indeleble expresión de hegemonía inmortalizada en un bronce puesto al nivel
de los despojos de la urbe que ayudo a construir.
Ahora las cámaras nos traen la imagen de una legión de rezagados que se
atreven a encaramarse sobre las arcadas que sustentan la superficie del
domo. Han eludido la puntería de nuestros tiradores y su intención es
claramente suicida pues han instalado explosivos plásticos que despedazaran
la bóveda si nosotros lo permitimos. Tal vez los anime el pérfido deseo de
dejar la partida en tablas, sin vencedores ni vencidos, pero se equivocan si
imaginan que evitaremos esa contingencia. Todos sabemos que cuando el domo
se desplome se producirá la terrible implosión que acabara con todos los
urbícolas que no se hayan puesto a salvo. Es cierto que su cultura
desaparecerá, pero eso no significa gran cosa en los anales de nuestra
historia ahora que los underground señorean la superficie del antiguo
planeta azul.
© Rubén Mesías Cornejo;
20-03-05. |