Noviembre 2004

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Ciencia Ficción Peruana en Velero 25.
Creada: Julio 2003
Actualizada: Agosto 2004
Derechos Reservados: Ediciones Quinx
©
Quinx 2003
Lima - Perú 200
4
 
El cuarto de los secretos

Adriana Alarco en una nueva colaboración visita una vez mas el universo sugerido en anteriores relatos (Serie "El plato del forastero") y en clave humorística nos narra las aventuras de un simpático alienígena.

En la casona de la abuela, de maderos rechinantes y losetas de colores desvanecidos y gastadas por el tiempo, me gustaba rebuscar cachivaches. Encontraba de todo en aquel cuarto oscuro de los secretos, en aquel lugar al fondo de la casa y lejos del jazmín de olor que perfumaba los corredores y jardines.
Sabía que era solamente un depósito de vejeces, que olía a papel amarillento, apolillado y a muebles antiguos, pero me gustaba llamarlo el Cuarto de los Secretos pues descubría maravillas olvidadas. Se amontonaban entre otras cosas, sillas sin patas estilo imperio, fonógrafos con discos negros y pesados, encajes para vestir lámparas y adornar blusas, tubos de bronce de camas coloniales y fotografías increíbles, con movimiento propio. Así es. Las figuras se movían y se escuchaba el sonido del viento que provenía desde adentro.
Lo descubrí el día que hallé una extraña máquina fotográfica que se abría y se cerraba como un acordeón. Era rara, especial, no necesitaba rollo y si se apretaba un botón, al poco rato salía la fotografía por el otro lado, dando a luz una imagen vibrante. Me dispuse a probar el nuevo descubrimiento. Las fotografías no salían con colores brillantes sino en tonos marrones y pastel, pero no importaba. Era un juguete encantador. Al admirar la imagen que tomé del jardín, con su baranda verde y resquebrajada, vi en el papel satinado los rosales balanceándose en el viento y escapándose de la sombra del ficus gigantesco. Hasta me pareció escuchar en el fondo un rumor de brisa matinal. 
Me enteré por la abuela que la máquina tomaba fotografías oscilantes y en movimiento desde hacía muchos años. Me entusiasmé increíblemente pues las únicas imágenes en acción que veía eran las películas de Tarzán que programaban en la polvorienta sala del cine del pueblo, ya que no existía la televisión en aquel tiempo. Al tomar una fotografía a la campana de bronce, aquella misma que llama a la gente cuando viene el río colmado y se deben abrir todas las compuertas para regar las viñas, ¡escuché el tañido! ¿Era una fotografía sonora o estaba imaginándome sueños venideros? Como yo era una nieta curiosa y llena de entusiasmo, fui donde la abuela a preguntarle sobre ese extraordinario secreto encontrado entre los cachivaches. 
-¿Ves, abuela, cómo se mueven las figuras? ¿Ves cómo se escuchan los sonidos? ¿Es magia? ¿Es la belleza que se plasma y revive en el papel?
-Ese es un regalo mágico que me hizo el forastero. Aquel personaje inolvidable que aterrizó un domingo en el arenal desde un planeta desconocido. 
-¿El forastero lagarto que está pintado en un retrato de la sala?
-El mismo. Llegó una tarde cuando yo era muy joven y me tomó cariño. Prometió defenderme de bandidos y facinerosos y así fue. Aunque a veces puede equivocarse.
-¿Quién? ¿El forastero o la máquina fotográfica?
-Más bien, querida, esconde el aparato -respondió sin contestarme. -Es mejor que no juegues con él porque te puedes llevar una ingrata sorpresa.

No deseaba obedecerle. Quise tomar una foto a la veterana que se mecía en su silla, y antes de que lo advirtiera la inmortalicé. ¡Cuál no sería la sorpresa cuando apareció la imagen de la abuela balanceándose en su mecedora y de pie, detrás de ella, aquel mismo forastero que llegó del cielo a regalarle el mágico presente, con una mano como una garra verde sobre su hombro. ¡No podía ser! Se la mostré con sorpresa:
-Abuela, ¡tú te meces y el personaje inolvidable aparece junto a ti!
-¡Claro que sí! Él me aseguró que yo nunca lo olvidaría, por esa razón su espíritu está siempre a mi lado, cuidándome. 
-Como tu ángel de la guarda.... si se puede llamar así.... 

Quise que me contara la historia de cómo fue que llegó aquel forastero de color verde, con piel escamosa y ojos saltones, a compartir la mesa dominical con la familia. Ella accedió. Me senté en el suelo cruzando las piernas, con los codos sobre las rodillas, mirándola atentamente para no perder ni una sílaba.
-Fue una tarde de bochorno y de calor, cuando se había terminado de recoger el algodón y pronto empezaría la vendimia -relató la abuela. -En casa de mi madre, los tíos estaban ocupados con la cosecha y mis hermanos ayudaban a despepitar un poco de algodón mientras el resto se llevaba a la desmotadora. 

Ella era jovencita, con su traje de percal floreado, corriendo sin zapatos y con dos trenzas amarradas como las mías. Se parecía a mí, según afirmó observándome sobre sus anteojos. Una mañana, estaba atracándose de uvas sin lavar y con sabor a vino dulce, por el sol que recibían colgadas en las parras. Recorría el mismo camino arenoso que lleva a los escalones de piedra de la casa. No se veía a nadie, pero repentinamente, un sujeto se le apareció delante, con un extraño traje ajustado y casco brillante.

-Magia -pensé entonces. -Nadie aparece así nomás de la nada si no es en los cuentos de hadas. No podía descubrir su mirada pues la escondía detrás de una lámina azulada.

Asombrada, dejó caer las uvas en la cesta que llevaba al brazo y observó al recién llegado. Era muy alto, tanto que probablemente podría ver correr el agua por el río sin tener que subir al mirador. El forastero le dio a entender que tenía sed. La abuela, con la osadía de su juventud, lo cogió de esa mano verde a la altura de sus ojos, que más parecía una manopla verrugosa, y lo condujo hasta la casona donde estaba su madre y sus hermanos, sin siquiera haberle visto la cara. 
Se quitó el casco y tanto la abuela como la bisabuela se quedaron perplejas al ver el color verde esmeralda de sus escamas y verrugas. Sin embargo, lo invitaron a sentarse en la mesa a almorzar. Era ya una costumbre familiar recibir a extraños personajes de otros mundos en aquel paraje solitario por lo que se preparaba el plato del forastero en la mesa dominical para cualquiera que llegara por el arenal un día domingo, sea de color verde o de color normal. A nadie se le consentía llegar a ese rincón del mundo tan lejos del resto del mundo sin ser agasajado con amabilidad.
La abuela observó las protuberancias verduscas de membranas carnosas como crestas en el cuello y verrugas en las manos y en el rostro, todo lo cual le daba un aspecto feroz. Claudio, el menor de los hermanos de la abuela, se agazapó debajo de la mesa. Desde su escondite, estudió las zancas, le pellizcó los tobillos y trató de quitarle los zapatos, hasta que se dio cuenta que no los usaba. Eran así sus pies córneos, de piel gruesa que terminaban en cartílagos como uñas. Entonces, el travieso muchacho le hincó los pies con la punta afilada de su trompo de madera para ver si le dolía, hasta que empezaron a descascararse por los golpes. Los efluvios que despedía su pellejo acorazado olían a musgo penetrante. 
La bisabuela, adivinando la malacrianza, no se inmutó pero de dos zarandeadas arrastró al infernal vástago y lo obligó a alejarse del visitante. Claudio, salió de debajo de la mesa, tapándose la nariz por el desagradable olor, pero regresó y le entregó un vaso con vinagre en vez de vino para ver qué cara ponía. El forastero lo bebió de un tirón sin respirar. Sudó un fluido morado y le brotaron lágrimas de sangre de los ojos saltones. Al ver eso, el monigote se escondió detrás de la silla alta de su madre y no salió sino hasta que le perdió el miedo dado que no tenía experiencia con foráneos. 
En cambio, nuestra joven abuela escrutaba con curiosidad esa piel verdosa y escamosa al pasarle las viandas para que comiera, pensando en los misterios que podría desentrañar.

-Me di cuenta de que el forastero se esforzaba en comunicar con nosotros pero nos advirtió que no sabía hablar muy bien nuestro idioma. 
-¿Le gustó la comida? ¡Aunque no habrá deseado beber nada después del vinagre!
- Más bien, se regocijó con el vaso de vino espumoso. Luego probó las tajadas de queso, las paltas, los mangos y las lúcumas del huerto. También dio vueltas a la cesta de pan fresco.
-Le habrán sorprendido otras cosas a las que no estaba acostumbrado..
-¡Claro que sí! Escuchó las canciones que brotaban del antiguo fonógrafo, con admiración y estupor. Admiró los cojines acariciando con sus manos como garras los exquisitos bordados. En la sala, contempló con interés los retratos colgados de anticuados personajes tan distintos a él. En el jardín, aspiró el perfume del jazmín de olor que aleteaba con la brisa. 
-¿Y, la máquina fotográfica?
-Esa apareció después. Al ver la sorpresa del individuo, mi madre decidió entonces que el visitante era un ser extrañamente feo pero inocuo.

A los pies de la mecedora de la abuela, yo la contemplaba con la boca abierta, tratando de descifrar si era verdad lo que contaba o fruto de su imaginación. Pero con toda seguridad, sí era mágico el regalo que había recibido.

- Le gustó este lugar acogedor -comentó la abuela con nostalgia. -Me trató afablemente y escudriñó la expresión algo inquieta de Claudio, con una mueca que podía parecer una sonrisa en su rostro escamoso. 
-¡Estaba enojado con él porque le había pinchado las escamas de los pies!
-No se enojó pero le hizo pagar su travesura. Nos relató que llegaba de más allá de las estrellas y su hogar era como un punto en el infinito. Pero yo era muy curiosa.

Aquí, la abuela confesó que sufría de cierta impertinencia congénita. Probablemente era bastante parecida a la mía cuando hago preguntas embarazosas en medio de una reunión. Fue por eso que quiso saber de qué raza, género, especie y clasificación era el recién llegado. Para no adivinar, de hecho le preguntó qué era, si un él o una ella. No se amilanó con el silencio del sujeto verde y siguió preguntando si había nacido de un huevo como las gallinas o como los gatos. El extranjero hizo unos ruidos divertidos con su trompa huesuda. 
La abuela terminó preguntándole cómo procedían para la fecundidad, para gran bochorno y zozobra de la bisabuela que se escandalizó sobremanera. Claudio, molesto por la verborrea de su hermana y viendo que nadie lo tomaba en cuenta, de improviso la cogió por las trenzas y la hizo caer al suelo. Fue en ese momento que apareció la máquina fotográfica. 
Al forastero no le fastidiaron las preguntas indiscretas y divertidas de la abuela sino el modo brusco y agresivo del hermano. Enfocó a Claudio y apretó el botón. Para sorpresa de mi abuela y de su madre, el muchacho desapareció paulatinamente de la vista y se disolvió en el aire.

-¿Desapareció? ¿Se disolvió? 
- Con tantos cuentos de aparecidos, de fantasmas y de extraterrestres, en la familia estamos acostumbrados a esas magias y portentos. Pero mi madre casi se desmaya del susto.

Contó la abuela que la bisabuela se quedó boquiabierta y ensimismada por un segundo. Luego, dio un respingo de su silla alta, se afanó, se ahogó con la saliva y finalmente, entre atoros y susurros, le preguntó al forastero en forma perentoria por su hijo. 

-Lentamente, el extraño visitante se colocó el casco en la cabeza de donde le llovieron en la cara las canicas de colores del facineroso. La tranquilizó con una mueca que quería ser sonrisa y se pasó la lengua roja y puntiaguda por los labios carnosos. 
-¡El tío Claudio llenó de bolas de colores el casco del visitante!
- Pero no se enfadó. Amablemente, nos tomó por el brazo y nos condujo hasta la nave que había aterrizado en las cercanas lomas arenosas. Mi madre estaba cada vez más intrigada por tan raro comportamiento. Se abrió una puerta corrediza de metal en el disco anaranjado y apareció sobre una escalera el indomable Claudio. 
-¿Apareció en la nave del forastero?
-Allí había llegado enviado por la máquina fotográfica. Bajó a la carrera y se apretó a las faldas de mi madre que le limpió con el delantal las lágrimas y mocos de la cara. No sabía bien si debía reír o llorar de su viaje por la dimensión desconocida y no volvió a abrir la boca hasta que no partió el visitante en su nave. 
-¡Menudo susto se había llevado! ¿Cómo era el avión?
-Aquel artefacto no era un avión a hélice como el que conocíamos y que traía el correo algunas veces, aterrizando en las lomas. Era diferente porque no tenía alas ni ventanas visibles pero relucía bajo el sol como un lucero. 
-Abuela, tu hermano sí que habrá visto cómo era por dentro.
-Claudio estaba tan aterrado que no pudo describirlo. Temblaba como una hoja.

Antes de continuar su viaje interplanetario, el extraterrestre le regaló a la abuela esa máquina de tomar fotografías para agradecer su cordial acogida, y le prometió que siempre cuidaría de ella. Yo creo que le tomó cariño a ese rostro amable de sonrisa franca que conserva hasta el día de hoy, a pesar de estar ahora surcada de arrugas. 
-Cuando desees librarte de alguien que te molesta o te ataca, o que te embiste, hiere, golpea y maltrata tómale una fotografía y su alma quedará atrapada en el otro mundo, afirmó el forastero. No temas, me dijo, yo te estaré cuidando desde arriba.

Gracias a esa promesa, cada vez que se le tomaba una fotografía a la abuela con esa máquina, aparecía el extraterrestre en la imagen al lado de ella, como el guardián del tiempo con su traje luminoso y su casco de astronauta bajo el brazo mostrando una fea cabeza de color verde con ojos violeta. Aún así, emanaba del papel satinado un diluido olor a musgo y a pantano. 

-¿Y, tu hermano Claudio?
-Mi hermano Claudio regresó a casa aturdido por la lección, arrepentido de haber dado vinagre de beber al forastero y nunca más molestó a nadie que llegara a compartir la mesa dominical en la casona.

Claro que con una máquina que hacía desaparecer bandidos, no podía la abuela quedarse tranquila. Allí no quedó la cosa. Cuando tomó la fotografía de grupo en la escuela, la compañera que se burlaba de ella por usar anteojos y le sacó la lengua, desapareció desde aquel día de la vida real. Quedó solamente reflejada en el papel. La tía con la que vivía, pensó que ella había escapado de casa y nunca se supo nada más. Fue un misterio sin resolver. ¿Estará dando vueltas en la nave espacial del forastero?
Luego le sucedió lo mismo a una maestra que la regañaba, reprendía, recriminaba y amonestaba en la escuela por contar la verdad sobre el forastero que llegó un domingo a merendar a su casa, verde y con escamas. Le seguía repitiendo que no se debe mentir hasta que la castigó en la escuela después de clases. Al día siguiente, la abuela llevó su mágico presente al colegio y de la maestra nunca más se supo. 
-Debe estar dando vueltas por estrellas y planetas -relató la abuela con una pizca de remordimiento.
-Dando vueltas y vueltas... allá arriba en las nubes.

También contó de la vez que habían entrado unos ladrones a robar la fruta de la huerta. Cuando les tomó una fotografía, instantáneamente desaparecieron del lugar. 
-Pobres muchachos -exclamó, -quizás si están felices o tristes de haberse trepado a los pacaes. 

Años después, sucedió lo mismo con algunos enamorados insistentes que la acosaban y la hostigaban. La fotográfica los atrapó y los envió al otro mundo, literalmente, sin más ni más. 
Me quedé con la boca abierta. 
-¿Desaparecidos? ¿Y cómo no desaparecen las personas a quienes les he tomado una fotografías? ¿como la vieja cocinera Ignacia, por ejemplo? 
-Sólo las personas agresivas y molestas, desaparecen cuando se les toma la fotografía -me explicó la abuela. -La máquina es mágica, clasifica, las absorbe y las arroja al espacio a otra dimensión. No se encuentran jamás en esta tierra.

Me quedé estupefacta por la magia discriminatoria y decidí guardar la fotográfica donde la había escondido la abuela, no vaya a ser que si llegaba Víctor, el primo colorado, nieto del famoso Claudio y tan revuelto como él, lo hiciera desaparecer del todo y no lo halláramos nunca más.

Por esa razón, desde hace muchos años, en el lugar donde aterrizó el disco volador, se reúne la gente a esperar la llegada de algún ovni y cada cierto tiempo se descubren en el cielo filas de discos anaranjados como estrellas fugaces que se mueven, flotan o se perfilan en las noches sin luna de los viernes del mes de abril.
Hoy que soy mayor y de la abuela queda sólo el recuerdo, he buscado la mágica fotográfica para seguir sus pasos y hacer desaparecer a algún maldito que me roba las gallinas, pero no la encuentro. Debe haberse ido con la venta de cachivaches que se hizo al por mayor el último verano.
Sin embargo, en recuerdo de aquel visitante verde, amable y generoso, hasta el día de hoy en mi casa, la mesa dominical está puesta. El plato del forastero espera.

© Adriana Alarco; 19-08-2004.

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Adriana Alarco
Nacida en Lima, Perú, y casada con un economista italiano. Tiene tres hijas, dos viven en Italia y una vive en Méjico, y 4 nietos pequeños.
Trabaja como traductora, al inglés, italiano y castellano.
Acompañando a su esposo ha vivido en la sierra del Perú, cuando la compañía italiana donde trabajó construyó hidroeléctricas, represas,
carreteras, etc., en campamentos alejados y desolados.

Su produccion bibliografica ha estado orientada al Teatro y relato infantil-juvenil. Donde ha desarrollado una profusa labor. Asimismo ha escrito varios libros sobre temas variados que van desde las plantas medicinales hasta los minerales peruanos.

Recientemente ha decantado su produccion a la literatura de Ciencia Ficcion donde tiene publicado ya varios relatos en las diferentes revistas electronicas que circulan por la red.

Bibliografia de CF&F
.- Trocitos de Vida
.- Laboratorio de Robots
.- Dudas en la Niebla
.- Alas de Mariposa
.- Desde la Luna por el
   Arcoiris
.- Un Cierto Extraño Ser
.- El Plato del Forastero
.- Meteorito
.- Neón y la víbora
.- Lorenzo del mar
.- Cuentos de la bruja
   Brujilda
.- El forastero prodigioso
.- El galán
.- El retrato del forastero
.- El cuarto de los
   secretos
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