Mayo 2004

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Ciencia Ficción Peruana en Velero 25.
Creada: Julio 2003
Actualizada: Agosto 2004
Derechos Reservados: Ediciones Quinx
©
Quinx 2003
Lima - Perú 200
4
 
Regreso a las estrellas
O sobre como "redifinir a golpes lo humano"

Describir una obra de Stanislaw Lem (Lvov, 1921) es en muchos sentidos, un trabajo complicado; Sin embargo podríamos aproximarlo a la elaboración de una concienzuda receta de cocina; a saber: tómese a un ser humano, no a uno cualquiera, porque tiene que ser alguien en el cual predomine el uso de la razón (un escritor machista y ficticio sostenía que las mujeres son hombres sin razón ni sentido de la responsabilidad, allá el; sin embargo la ausencia de personajes femeninos en posiciones de relevancia en la narrativa no es algo característico de Lem, dato curioso) sométalo a continuación a condiciones extremadamente adversas, no para su integridad ni se seguridad personal, sino para su capacidad de razonar (ambientes exóticos, situaciones inexplicables, desafíos extremos) y haga que no se quiebre frente a ello, sino que trate de enfrentarlo; resultado: una novela digna de atención 

Retorno de las estrellas (Powrots gwiazd, 1961) es una confirmación más en esta tendencia. Publicada el mismo año que su más famosa obra Solaris (anteriormente reseñada en esta web) nos describe una tierra que podríamos llamar idílica, en un hipotético siglo XXII donde la enfermedad, la violencia y muchas de las "barbaridades" y "arbitrariedades" de las anteriores épocas han dejado paso a una sociedad próspera centrada en sí misma. Lo verdaderamente interesante del relato, es que este mundo no viene a nosotros desde un punto de vista propio de época (y con esto tendiente a hacernos creer que "este futuro es el mejor de los mundos posibles") sino desde la perspectiva de un observador que es en sí mismo, un anacronismo.

Hal Bregg, tripulante de la Nave espacial Prometeo, enviada a la estrella Arturo, regresa después de un viaje que para él ha representado menos de veinte años de su vida, pero ha sido más de un siglo en el planeta que lo vio nacer. El shock que produce esa sensación de encontrarse en un entorno del todo distinto, y más aun, con personas que se parecen a él, pero que al mismo tiempo son tan distintas es una imagen que el autor logra construir ya desde las primeras páginas, junto con ello nos da una perspectiva casi onírica de la tecnología de época (tal como la "ley de Clarke" nos anticipa con bastante claridad) y su abrumadora exquisitez, casi mágica, en todos sentidos. Lo que rompe las convenciones establecidas en la mente de Bregg, cosas como transporte sin inercia o sistemas expertos, o escaleras ingrávidas, sencillamente rompen las cadenas de asociaciones acerca de lo que el mundo "debería ser." 

El lector hasta cierto punto no puede evitar compadecer, muy a su manera, al anacrónico Bregg. Pero esta sensación no dura mucho, ya que el esfuerzo de racionalización de Bregg por entender que demonios está ocurriendo por su cuenta pronto nos sumerge en un drama aun más alarmante: el drama de las barreras que las épocas establecen, de manera casi inconsciente entre las personas.

Desde el punto de vista psicológico, las relaciones que Bregg establece tienen eso de extraño que por ejemplo, tendría el fuego para el hombre en las épocas glaciares. Sus contactos con las personas de la época (en especial las mujeres) nos demuestran lo permeable de la naturaleza humana, en particular en un escenario ficticio donde los seres humanos han suprimido de plano el sector reptiliano de sus cerebros, con esto la posibilidad de una convivencia armónica han crecido y el mundo vive en paz, pero el costo ha sido alto: la incapacidad de sentir emociones fuertes y buena parte del instinto de auto-conservación eliminado, junto con ello también aquella maravillosa -y terrible- capacidad de los seres humanos de antaño (de la época en que Bregg vivió) ese impulso inexplicable de ir al frente, de seguir buscando, de probar más alternativas, de no rendirse ni conformarse con nada. Aquel mismo impulso que motivó viajes como el del Prometeo. De modo tal que la humanidad de esta época reemplazo su "fuerza vital" por una mesurada combinación de lógica y buena intención social. Es este contraste entre el mundo fuera de él y su propio ser el que mantiene a Bregg en un estado constante de tensión, de búsqueda, tal cual un predador ante el cual las ovejas pastan indiferentes.

Esto motiva a lo largo de la trama situaciones que pueden parecer risibles a primera vista, pero que encubren más de una lección: desde su invitación al apartamento de una mujer, en el que, cual comedia de situación -aunque sin ningún toque de comedia- vemos como la incapacidad mutua de entendimiento puede al mismo tiempo ser hilarante y alarmante. De igual manera su contacto con Aen Aenis, actriz del "real" o TV/cine/teatro de la época, en el cual, tras cohabitar, discuten acerca del miedo que él le provoca o en su relación con Olaf, único amigo de la expedición y una de las pocas personas que puede comprender su cosmovisión, que pasa por una serie de altibajos a lo largo del texto.

Bregg, al describirnos el drama de vivir en esta lejana época, nos mete de lleno en un tema de novela que bien podría tener el viaje como tema tenor, no hablamos aquí de enormes desplazamientos por el globo que pueden tomar meses, sino de completos traslados a lejanas estrellas, lo que puede tomar siglos. También, podemos hablar del viaje como la transformación que sufre la personalidad de Bregg durante todo el proceso narrativo.

Esta analogía viaje-cambio también puede ayudarnos a evocar las sensaciones de extrañeza, que desde el Odiseo que llegó a Ítaca para descubrir que nada era tal como antes, hasta los marineros de todas las épocas que llegados a casa, descubren un mundo totalmente nuevo, aunque sea sólo en el ámbito cotidiano. Esto también nos habla de la extraña relación sujeto-objeto que se establece a partir de la superposición (casi caleidoscópica) de dos puntos de vista: la del hombre tratando de buscar donde encaja en el nuevo esquema de cosas, y la de el ser humano que trata de entender como un presente como el suyo pudo convertirse en un futuro que no alcanza a aprehender.

Lem narra estos hechos y percepciones cuidadosamente y sin tomar ningún partido, en un terreno donde sería muy fácil asumir una posición a favor o en contra, su descripción de la realidad es descarnada y hasta cierto punto, se dedica a desgajar capa por capa del misterio de ese statu quo sin inmutarse siquiera. Aquí vale también una última digresión: quizás Lem usa a Bregg como una especie de Prometeo, que siempre mira hacia delante y busca ese "fuego sagrado" que esta nueva serie de convenciones establecidas sobre la "humanidad" le han privado, sin embargo, está rodeado de Epímeteos, es decir, de personas que sólo miran hacia atrás, hacia su propia comodidad y hacia si mismos. Tal vez sea entonces que los seres humanos estamos en algún lugar entre estos dos y que la verdadera "esencia de lo humano" está en como darnos de cara con tanta diversidad sin salir mal parados (¿ver de cara al sol sin quedar ciego?) y tal vez Lem se proponga, a través del entrañable Bregg, darnos una lección acerca de aquellos dramas que siempre causamos, inevitablemente, buscando ese fuego sagrado, sea el del progreso, el bienestar o el confort, ya que siempre debemos recordar que todos estos logros tienen un costo y que nunca podremos negarlo.

A manera de conclusión, podríamos calificar a esta novela como otro juego de palabras a los que Lem nos tiene acostumbrados, o como una vista alterna al extremo -y tecnólatra- optimismo que algunos autores del genero detentan con tanto orgullo, mal que bien, lo que hacemos y creamos es nuestra responsabilidad como especie, y ninguno de nosotros debería ser sacrificado en ese proceso, ya que más que la tecnología o el progreso, es la humanidad lo que cuenta.

©
Isaac Robles; 03-05-04

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