Mayo 2004

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Ciencia Ficción Peruana en Velero 25.
Creada: Julio 2003
Actualizada: Agosto 2004
Derechos Reservados: Ediciones Quinx
©
Quinx 2003
Lima - Perú 200
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Profetas y libertarios

En su célebre prólogo a Crónicas marcianas, la estremecedora colección de relatos de Ray Bradbury, Borges sostiene que la marca distintiva de la ciencia ficción es "su carácter de anticipación de un porvenir posible o probable".
En ese mismo prólogo de apenas ocho párrafos, tan pródigo sin embargo en reflexiones íntimas y brillantes ("¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me pueblen de terror y de soledad?"), Borges hace también una distinción imprescindible.
Para el autor de Ficciones, una cosa es la anticipación narrativa propiamente dicha, de la clase que se ofrece, por ejemplo, en Somnium Astronomicu de Johannes Kepler, sin duda más a tono con el espíritu de lo que hoy conocemos como ciencia ficción, y otra cosa muy distinta son las "invenciones irresponsables y libres", como la Historia verídica escrita por Luciano de Samosata en el siglo II de nuestra era, o la aventura lunar del caballero Astolfo en el Orlando furioso, de Ludovico Ariosto (siglo XVI).
"Para Luciano y para Ariosto -explica el maestro-, un viaje a la Luna era símbolo o arquetipo de lo imposible, como los cisnes de plumaje negro para el latino; para Kepler, ya era una posibilidad, como para nosotros".

FUTURO Y ESPACIO EXTERIOR
Cuando Bradbury publicó Crónicas marcianas en 1950 -el prólogo de Borges es de cuatro años más tarde-, el futuro hipotético de la especie humana se estaba disparando hacia un universo poblado de imágenes portentosamente distintas de las de décadas atrás, y el joven siglo XX se abría campo en todas las direcciones como una antena parabólica móvil que fecundaba en la mentalidad de los individuos un imaginario insólito e ilimitado.
Las máquinas, que habían comenzado a entrar en el día a día de los hombres desde el siglo anterior como consecuencia de la revolución industrial, habían dado el salto a la era de la propulsión a chorro, la exploración espacial y la velocidad de la luz y devoraban la imaginación tanto de los instruidos como de las masas con novedades y posibilidades que en cuestión de meses quedaban atrás respecto de otras más inverosímiles.
Recuérdese que, como afirma el historiador Eric Hobsbawm en su Historia del siglo XX, el período comprendido entre el fin de la segunda guerra mundial y la crisis del petróleo de comienzos de los años setenta representa la edad de oro de la especie humana. En ese corto lapso, según Hobsbawm, habrían culminado 8 mil años de evolución desde la aparición de la agricultura en las nacientes del Tigris y el Éufrates, y el hombre habría ingresado en una nueva etapa de su prolongado camino sobre la Tierra.
A lo largo de esta cima de poco más de 25 años, la humanidad se asomó sucesivamente a revoluciones científicas, tecnológicas y culturales menores -por calificarlas de algún modo- como las protagonizadas por el plástico, el amor libre o la televisión, pero también a otras descomunales y aún más inquietantes como la desintegración del átomo, los viajes interespaciales, el hallazgo del ADN, la aparición del chip, la masificación urbana, la destrucción de la familia tradicional, el totalitarismo o la irrupción del movimiento juvenil y en general de todos los movimientos que le dieron forma a la década de los sesenta, desde el de los derechos civiles hasta el de la mujer.
Cuando congéneres de Ray Bradbury como Isaac Asimov o Arthur Clarke publicaron respectivamente novelas como Fundación (1951), que en realidad es una saga, o El fin de la infancia (1953) faltaba todavía más de una década para que el hombre pusiera su primera huella en la Luna, pero la carrera espacial ya era una sólida realidad y la exploración del cosmos, con su misteriosa amalgama de repulsión y curiosidad, comenzaba a convertirse en una suerte de destino humano ineludible.
Las obras de ciencia ficción, sin embargo, así como no son "invenciones irresponsables y libres" como las de Luciano de Samosata o Ludovico Ariosto, tampoco son ensayos científicos ni tratados sobre los futuros esperables. Son, ante todo, narraciones literarias con personajes, trama y ritmo y concebidas para encandilar al lector mediante la magia del lenguaje. En sus páginas, en sus imágenes, los artistas, al igual que los hacedores de otros géneros literarios, vuelcan sus fantasmas, sus personalidades y sus obsesiones, como ocurre, para citar dos casos extremadamente dispares, en El corazón de las tinieblas o Pedro Páramo. "¿Cómo pueden tocarme estas fantasías, y de una manera tan íntima?", se preguntaba Borges, retóricamente, en el prólogo de Crónicas marcianas.
En Fundación, Asimov abre la puerta a sus demonios literarios y saca del desván una de sus aficiones más entrañables, la historia universal, para imaginar la decadencia del imperio galáctico y la aparición de la regeneradora Fundación con un aire similar al que envolvió la caída de Roma.
Clarke, por su parte, consecuente con sus preocupaciones filosóficas, imaginó en El fin de la infancia la súbita interrupción de la encarnizada carrera espacial de las dos superpotencias del momento a manos de una invasión de seres superiores que dominaban a la especie humana y la ponían, con signo benéfico, en el camino de la inevitable era de los supercerebros.
El futuro autor de 2001, una odisea en el espacio parece explorar aquí el otro extremo de la evolución no solo de los seres humanos, sino de la vida en su conjunto. Si los organismos celulares, parece preguntarse -a lo largo de un relato donde también cobran vida imágenes ancestrales del demonio, por ejemplo-, fueron el primer estadio del que surgieron sucesivamente los seres acuáticos, los anfibios, las especies terrestres y los animales superiores sobre los que se enseñoreó el hombre, ¿cuál es el extremo final de la evolución?, ¿a qué conduce la transformación estructural de la naturaleza?, ¿cuál es la clave y el destino de la vida en el universo?

VOCES DE ALARMA
Un porvenir posible y probable. Los años cincuenta eran también los años de la tensión nuclear, del pánico a los megatones y a la lluvia ácida, y mientras el hombre, como ya se ha dicho, miraba las estrellas en busca de una ruta hacia el futuro, los poderes terrenales se las arreglaban para poner en evidencia que el fin de la especie también podía estar cerca, como lógico correlato de una sabiduría al revés que apuntaba no a la solidaridad entre los hombres, sino a la autodestrucción.
En 1963, cuando el francés Pierre Boulle publicó El planeta de los simios, la humanidad ya estaba en condiciones de aniquilarse varias veces a punta de bombazos, de convertir su hogar, la Tierra, en un cementerio baldío y de hacer que la especie se volviera una suerte de sustrato arqueológico, como los dinosaurios del Mesozoico. Al contrario de lo que ocurre en la famosa película de 1969, vuelta a hacer en 2002, la desoladora aventura del humano Taylor en una tierra de simios, narrada en un manuscrito que flotaba a la deriva en el espacio sideral, es la fantasía terrorífica de un simio, y quien lo encuentra y lo lee es otro simio que se solaza con la imaginación de sus congéneres: ¡un humano inteligente, ja!
El irónico destino autodestructivo del hombre, en esos tiempos de guerra fría e inminentes e hipersensibles botones rojos, inspiró decenas de relatos literarios y cinematográficos en los que la humanidad era estremecida y puesta en jaque por el holocausto nuclear. La ciencia ficción, de esta manera, hacía sonar la alarma y lanzaba una suerte de voz de alerta a los oídos de los poderosos, que, a un lado y al otro de la pugna global, tenían en sus manos un poder destructivo jamás visto antes.

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