Mayo 2004

Volver

Editorial

De los libros de C-F, considerados como artículos de lujo
Daniel Salvo.

Artículos

El aire en peligro
Luis Bolaños.

De la peste y otros demonios
Daniel Mejía.

Inca Land
Mónica Delgado.

Ensayo

Profetas y libertarios
Francisco Tumi

Entrevista a:

Bruce Sterling

Relatos peruanos

El pilar del templo
Manuel A. Cuba.

Meteorito
Adriana Alarco

Relatos extranjeros
Conocimiento es poder
H. B. Fyfe.
Reseñas

El amor es un numero imaginario
Luis Bolaños.

Babel 17
Daniel Mejía.

Retorno a las estrellas
Isaac Robles.

Primera Antología de Ciencia Ficción Latinoamericana
Daniel Salvo.

Cine & Comic

La paga
Víctor Pretell

Nuevos Hombres X,
el fin

Daniel Mejía

Infinite Ryvius
Isaac Robles.

Arte C-F

Jim Burns
Víctor Pretell.

BitImagen

Gwen in Green
Luis Bolaños.

Babel 17

Dune y su universo
Víctor Pretell

Ediciones Pasadas
2004
2003
Enlaces

Axxon online

StardustCF

Velero 25

Ciencia Ficción Perú

Tiempo futuro


caronte.quintadimension.com



Buscar en Caronte, el buscador de Ciencia Ficción, terror y Fantasía.
¿Te gusto nuestra pagina?, entonces:
¡Díselo a un amigo!
Tu nombre:

Tu e-mail:

e-mail del amigo:

Tu mensaje:

Quiero copia: 


Ciencia Ficción Peruana en Velero 25.
Creada: Julio 2003
Actualizada: Agosto 2004
Derechos Reservados: Ediciones Quinx
©
Quinx 2003
Lima - Perú 200
4
 
Inca Land

La imagen del Perú que circula en el cine mundial no difiere mucho de la construcción fantástica que le dieron los conquistadores. Esta idea de país, de lugar y de mundo nos extraña. Pese a ello, las industrias culturales destacan nuestro supuesto exotismo. Sin embargo, por muchas razones, esas imágenes no pueden representarnos. 

Existe gran variedad de títulos cinematográficos (innombrables en el espacio de un artículo) en los que el Perú, si bien puede que no sea la estrella, es la palabra que ofrecerá un sabor exótico al público extranjero, y un motivo de sonrisa para los peruanos, que saben muy bien que su realidad no siempre ha sido ni será "de película". Diversos cineastas foráneos perciben al Perú como símil de El Dorado, el Paititi, el corazón del oro, como territorio de misterio y jungla virgen, de nativos indefensos y serviles, pero también como región de peregrinación, donde se encuentra libertad espiritual y confraternidad.

Quizá se haya notado con más frecuencia esta representación singular del país mediante los dibujos animados de televisión o Walt Disney. Cómo olvidar aquel capítulo de Sport Billy, en el que el protagonista llega al país para participar en un campeonato de caballos peruanos de paso. O los mini episodios animados de Cantinflas, en los que se paseaba sabroso por el Cusco. Sonada repercusión local obtuvo también aquel infame capítulo de McGyver, en el que el héroe liberaba a los naturales del horror terrorista. 

Pero en nuestra memoria cinéfila cercana aparecen imperdonables Fratacino, Fujimoto y Néstor Carpa, en Lima: Breaking the Silence, el filme de Menahem Golan que narraba a su muy fresca manera los pormenores de la toma de la residencia del embajador japonés en 1997. 

Tampoco hay mucho que decir sobre Sendero de sangre, la ópera prima de John Malkovich, basada en la novela de Nicholas Shakespeare, aunque se trate de un Perú difuminado, innombrado y de fantasía, con su amago de Ketín Vidal o su líder Ezequiel. 

De la selva su Sci-fi 

Qué peruano iba a imaginar que, en 1939, el director de King Kong, Ernest B. Schoedsack, había dirigido Doctor Cyclops, teniendo como sugestivo decorado a un Perú imaginado. Un grupo de científicos es invitado por el doctor Alexandre a su laboratorio ubicado en la Selva peruana, para probar sus experimentos con energía atómica, que pueden disminuir la talla de los seres humanos. Por venganza convertirá en homúnculos a los colegas que se niegan a colaborar con él. 

Como en esta cinta de Schoedsack, los escenarios reales no eran parte de las superproducciones de Hollywood de la década de 1930, sino el cartón piedra y las recreaciones no siempre fieles de ciudades y países, ni aún en las dos décadas posteriores, aspecto que ya ha quedado obsoleto. Sólo basta recordar a Nueva Zelanda como la Tierra Media en la trilogía de El señor de los anillos.

Algunos filmes se morían por evocar reinos sublimes, de princesas glamorosas en comarcas desconocidas, como por ejemplo La Atlántida, de Gregg Tallas, o La reina de Cobra, de Robert Siodmak, ambas protagonizadas por María Montez, utilizando decorados inverosímiles en historias con poca gracia. La posibilidad que daba el technicolor despertaba el interés en el dorado, las lentejuelas y cuentas de todas las tonalidades. El tiempo ha debilitado a estas obras, a menos que se les ausculte bajo el influjo de lo camp, kitsch o el simple humor involuntario.

A esta masificación con argumentos y escenografías extrañas pertenece El secreto de los incas (Estados Unidos, 1954), de Jerry Hopper, que compartió el éxito de Yma Sumac e hizo que el mundo pusiera los ojos en aquel "universo" cósmico e insólito que develara en sus melodías. Yma contribuyó con su propia leyenda a dar atmósfera mítica a todo en lo que ella participara, se denominaba alta sacerdotisa de los incas y Virgen del Sol, incluso se decía que su árbol genealógico se remontaba hasta Atahualpa. 

En El secreto de los incas, Charlton Heston tiene un pedazo de un antiguo mapa de piedra que indica la ubicación de una tumba sagrada. Para anticiparse a Robert Young, roba el avión del cónsul rumano y se marcha a Machu Picchu. Allí encuentra el tesoro, pero aquel, que le estaba esperando, se lo arrebata. Yma Sumac pone la nota musical en esta reyerta de ambiciones. No existe un realismo topográfico, incluso algunas veces se han usado templos mayas de tecnopor con palmeras para rehacer el reino de los incas. 

Peplum y chullos

Un ejemplo no sólo de cine hilarante y estrambótico, sino del peplum, el cine de gladiadores, es la italiana Hércules contra los hijos del sol (1965), de Osvaldo Civirani, en la que el mítico héroe, rodeado por incas, demostrará que es el más fuerte, y adiestrando a sus amigos nativos logra destituir a Atahualpa y devolver el trono a quien verdaderamente pertenece, Huáscar, liberando de un oscuro ritual a su hija Yamara. 

En esta misma época, gracias a una exoneración de impuestos a las cintas nacionales, se realizan coproducciones con México, que tuvo resultados deleznables, como La Venus maldita (1966), de Alfredo B. Crevenna, que contaba en su reparto con Luis Álvarez y Alicia Maguiña, o Las sicodélicas (1968), de Gilberto Martínez Solares, con Rogelio Guerra y Antonio Salim, realizadas con capital mexicano. A diferencia de las lamentables Operación ñongos, Bromas S.A. o El tesoro de Atahualpa, de Vicente Oroná, el mismo de Látigo negro contra el ánima del ahorcado y Traigo mi 45, que tenían inversión nacional. En algunas de ellas se tenía la percepción de Lima y alrededores como lugar de relajo, con habitantes "comiquísimos", llenos de gallardía y donaire.

En 1965 llegó también Susumu Hani, exponente, en aquellos años, del nuevo cine japonés, que rodó Amor en los Andes, sobre una japonesa curioseando en la Sierra.

No muy conocida es la película El último rey de los incas, de Georg Marischka (1966), que narra en pleno siglo XIX los avatares de un sumo sacerdote de "Muchu Pichu", quien decide reestablecer el legendario imperio. Este western, como lo ha catalogado su director, tenía en su reparto a Guy Madison, como Jaguar; a Fernando Rey, como el presidente Castillo; y a Francisco Rabal, como Gambusino. 

Un punto aparte es la experiencia tras las cámaras de Denis Hopper en Chinchero, Cusco, con su The Last Movie (1971), sobre la llegada de un tormentoso equipo de filmación a un tranquilo pueblo indígena y los trastornos que provocan en él. Al aeropuerto Jorge Chávez llegaron Peter Fonda, Dean Stockwell, Samuel Fuller, Kris Kristofferson y otras figuras del Hollywood setentero y hippy. Se estrenó en festivales y en circuitos pequeños de Nueva York y Los Ángeles. Nunca se exhibió comercialmente ni aquí ni en Estados Unidos, por ello creció un culto sobre el paradero de la cinta desaparecida. 

Bajo ojo alemán

En 1971, R.W. Fassbinder puso en boca del actor Wolfgang Kaufmann, en Rio das Mortes, el loco deseo de vender hasta el alma a cambio de ir al Perú, con un mapa virreinal bajo el brazo, y poder convencer a Hanna Schygulla de hacer realidad la fantasía de la riqueza recóndita. Abandonar los suburbios de Munich por un viaje bárbaro a un continente desconocido. 

Ese mismo año, la versión libre de las peripecias de Lope de Aguirre, hizo que fueran a parar a la Amazonía la pareja dispareja formada por Werner Herzog y Klaus Kinski. Aguirre, la ira de Dios, despegó la carrera de Herzog, quien entregó también una de las primeras películas que hacían favor a los paisajes locales. 

El Amazonas como fondo volvió a ser motivo 12 años más tarde de este par en Fitzcarraldo, sobre un irlandés que idea llevar un barco a través de una montaña, que desembocará en un río hacia el preciado caucho. Con ello cumpliría el sueño de su vida: crear un palacio de la ópera en Iquitos, para que sea inaugurado por Enrico Caruso. En Iquitos hay muchos que no pueden olvidar a Claudia Cardinale durante el rodaje. 

Superhombres

No era necesario que el director italiano Alberto de Martino viniera al Perú para que dirigiera, en 1980, El hombre puma, con Walter George Alton y Donald Pleasence. Una deplorable ficción para la televisión sobre un paleontólogo norteamericano que se transforma, bajo el poder hipnótico de un chamán peruano, en Puma-man, receptor de toda una estirpe heroica cuyo fundador no fue sino miembro de la raza extraterrestre que originase la cultura andina. 

Si a algunos les parece ridículo el calzoncillo rojo de Superman, les parecerá folclórica la vestimenta de este héroe atípico: botines marrones, mallas beis, polo negro con un puma estampado en oro y la infaltable capa roja. Un detalle más, su máscara es una cabeza clava.

Por otro lado, Luis Llosa se encargó de alimentar la imagen de país de postal, especialmente en sus coproducciones, con la cinta de aventura infantil para televisión Max is Missing, de 1995, en la que aparecían Ramsay Ross, Reynaldo Arenas (como el gran inca) y un tal Robert de Vico (ojo, no es De Niro) en pleno valle del Urubamba.

Un ejemplo non plus ultra de la visión que se tiene del país la coprodujo también el mismo Llosa, en una película de acción futurista de Jonathan Winfrey, New crime city (1994). La Lima de la década de 1990, sin mayores maquillajes, se convirtió en la devastada ciudad de Los Ángeles posnuclear. La zona industrial de Lima, la avenida Argentina y calles vecinas, luciendo muy legibles pintas sobre Sendero Luminoso en muros, fingió ser el escenario del caos. El clímax de este alucinante relato se desarrolló sobre la azotea del edificio limeño de Petroperú, escenario del enfrentamiento entre dos villanos por la posesión de un virus letal capaz de acabar con la humanidad. 

Es usual que muchas edificaciones reales hayan inspirado a más de un cineasta para sus tomas en exteriores, sino cabe recordar la Gare du Orsay en París, en El proceso, de Orson Welles; la Biblioteca Estatal de Hans Sharoum, en El cielo sobre Berlín, de Win Wenders; o el edificio parisino de la Rue Vavin, donde se encontraban Marlon Brando y María Schneider, en El último tango en París, de Bertolucci. Pero usar el techo del edificio actual de Petroperú para una lucha a muerte no tiene comparación alguna. 

Perou mon amour

En Azul profundo (1988), Luc Besson oscila entre las bellas islas griegas, Sicilia y La Raya, en los Andes, donde entra en acción una Rossanna Arquette que enloquece a uno de los dos buceadores, encarnado por Jean Reno. 

El dramaturgo, poeta y cineasta pánico Fernando Arrabal dirigió en 1982 Le empereur du Perou, con Mickey Rooney, Monique Mercure y Jean Louis Roux. Pero fue David Lynch, al alimón con Barry Gifford, el autor de Sailor y Lula, quien le dio un rostro, y no precisamente uno bonito, al país de los coches bomba, las combis y la comida al paso, por medio de un personaje memorable: Bobby Perú, encarnado por un Willem Dafoe chimuelo y arrabalero.

En 2000, el franco-peruano Manuel Poirier rodó también en Lima Te quiero. En ella, una pareja francesa se muda a Lima. Su plan es vivir apasionadamente, con la idea de ganar una fortuna con un diamante que robaron. En el Bar Juanito conocen a otros compatriotas a quienes les ofrecen la valiosa joya, pero sus relaciones se tornan ambiguas por osados juegos de seducción.

Al final de cuentas, el Perú ha sido inspirador de escenarios -ya sean difuminados o reales- para historias descabelladas, desde la del doctor hacedor de miniaturas hasta el desvarío de Fitzcarraldo, pasando por el hombre puma y la lucha en el techo del edificio de Petroperú (aunque aquí no sea Lima, sino Los Ángeles posapocalipsis). Pero ha servido también como motivo para disquisiciones existenciales, como en Azul profundo o de candor infantil como en El emperador del Perú. 

Variedad de percepciones, ligadas en su totalidad con un pasado histórico milenario y, en las décadas pasadas, a un imaginario de inestabilidad política y social debido al terrorismo, ya caricaturizado y sin mayores pretensiones, tanto que el país nos parece decolorado y ajeno.

Bibliografía
1. ALFARO, Rosa María y QUEZADA, Alicia: Atrapadas sin salida,
    imágenes de mujer y de pareja en telenovelas y publicidad. Veeduría
    Ciudadana de la Comunicación Social con el auspicio de la World
    Association for Christian Communication (WACC) Lima, 2003.
2. GIDDENS, Anthony: La transformación de la intimidad. Sexualidad,
    amor y erotismo en las sociedades modernas. Ediciones Cátedra.
    Madrid, 2000.
3. BARBERO, Martín: Televisión y melodrama. Tercer Mundo Editores.
   Colombia, 1992.

© Mónica Delgado; 05-04-04
Tomado del N° 58 de la Revista-e Identidades publicación de Editora

Perú
a la pagina principal
Aguirre la ira de Dios
Fitzcarraldo
Fitzcarraldo
Fitzcarraldo
Luz de otros tiempos
The Puma-Man
El arte de Jim Burns
BitImagen

La mejor novela de
C-F según los resultados de nuestra encuesta.

Optimizado para 800x600