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Ciencia Ficción Peruana en Velero 25.
Creada: Julio 2003
Actualizada: Agosto 2004
Derechos Reservados: Ediciones Quinx
©
Quinx 2003
Lima - Perú 200
4
 
Las quejas de Galileo

Carter Scholz (Nueva York, 1953) tiene una formación musical y en cultura renacentista que salta a la vista a través de sus obras. Escritor muy poco prolífico, sus primeras historias vieron la luz a mediados de la década del setenta y pronto fue considerado con respeto por sus pares por evitar los lugares comunes y los clichés de la CF, con un estilo y temáticas muy personales. Es autor de una novela, PALIMSESTS (1984), en colaboración con Glenn Hartcourt, y de una colección d cuentos, CUTS (1985), y próximamente aparecerán otras dos novelas: THE CRAFT OF DYING y SCIENCE/FICTION. Como en su anterior historia publicada en nuestras páginas ("Viajes", en el numero 6), en "Las quejas de Galileo" nos encontramos con un personaje histórico que nos cuenta una historia.

La entrevista se llevó a cabo en un espacioso condominio cerca de Marina del Rey. El venerable astrónomo, que todavía conserva la ciudadanía italiana, estaba bronceado y en perfectas condiciones a pesar de la reciente resurrección, que había estado a cargo de la Corporación Fénix.
Tanto en apariencia como por el atuendo se diferencia muy poco de cualquiera de los libretistas jubilados que viven en esta comunidad. Su departamento contiene una pantalla de video que ocupa toda la pared, objets d'art de diversos países, una colección de instrumentos astronómicos. El lugar de honor, sobre la amplia repisa de mármol de la chimenea, lo ocupa un esbelto y elegante telescopio, el mismísimo instrumento a través del cual observó por primera vez la superficie lunar, las fases de Venus, los anillos de Saturno y los satélites de Júpiter.
El enorme costo de la resurrección fue solventado por el Vaticano, como reparación del daño infligido al astrónomo por las persecuciones del siglo diecisiete. La solicitud fue presentada por un descendiente directo, asesorado por la Corporación Fénix. Aún no se ha establecido cuál es el monto total de la operación.
Pero el propio Galileo es flemático en lo que respecta a sus riquezas.
-Estoy muy bien, sí -dice sorbiendo agua Perrier saborizada-. Y estoy agradecido, por supuesto, por la reivindicación formal. Pero la extensión de mi fortuna... eso es relativo. Aquí estoy menos cómodo de lo que estaba en Pisa. De hecho, estos departamentos sor más pequeños que los que la Inquisición me obligó a ocupar.
Me aventuro a decir que él podría, si quisiera, vivir cómo : dónde le agradara.
-Es verdad. Pero si voy a vivir en este siglo, pienso que debo vivir en este siglo. -Lanza miradas alrededor de la habitación, confundido.- Mis abogados dicen que soy más rico que los Médici. Para mí eso es irrisorio. ¿Puedo elegir- a un Papa gracias a mi fortuna, cono ellos lo hicieron? ¿Puedo siquiera hacer cambiar ese retrato de Fernando, de Médici descubriendo las lunas de Júpiter? No. Ese cuadro miserable, ese libelo, es ahora un tesoro del arte nacional, qué le parece.
Le pregunto por sus planes. ¿Volverá a su antigua profesión?
-¿Por qué habría de hacerlo? He visto vuestros grandes observatorios; el de Palomar, el de Mauna Kea, incluso el de Arecibo. Son tan impresionantes como los elefantes. Pero no constituyen la astronomía como yo la conozco. Vuestros astrónomos en realidad jamás miran a través de los instrumentos, ¿lo sabía? Osan películas y máquinas. Claro, el aire está tan mugriento que los telescopios más grandes, como el de Arecibo, se usan para detectar ondas invisibles. -Mueve la cabeza, como alguien que discute con un loco.
Se siente claramente quisquilloso con respecto al golfo que aún lo separa del mundo moderno. Sus actitudes, sus creencias, su sentido de lo aceptable, no son como los nuestros. El mayor astrónomo del planeta en otros tiempos ahora no puede sino sentirse inferior, un enano anta la ciencia de nuestros días.
Le sugiero que, con su fortuna, podría hacerse construir el observatorio más grandioso de la Tierra.
-No, gracias, No tengo ganas de que me llamen viejo chiflado.
Le pregunto por sus observaciones de Neptuno. Los movimientos del planeta están, claramente especificados en uno de sus cuadernos de notas. ¿Merece que se le adjudique el descubrimiento de dicho planeta?
Se encoge de hombros. -Yo no sabía lo que era. ¿Quién podía esperar otro planeta? Pensé que era una estrella. O quizá pensé que era un ángel, ¿en? -agrega sardónicamente.
Busco algo que decir, pero él se inclina hacia adelante, golpeteándome el pecho. -¿Sabe lo que están buscando, esos que se hacen llamar astrónomos, con los ojos ciegos de sus elefantes? El origen del universo. Eso me dijeron. Apuntan las máquinas hacia los confines de lo existente y allí esperan encontrar el origen del universo'. ¡Locos! -Se recuesta y termina su Perrier.
Con tacto, cambio de tema. ¿Abriga algún resentimiento contra la Inquisición?
Por un momento se permite una torva sonrisa. Luego habla con voz indiferente. 
-No, en realidad no. Si no fuera por ellos, hoy no estaría aquí, ¿eh? Y usted tiene que entender que yo los provoqué. Me habían advertido. Fue una completa idiotez publicar mis diálogos.- Hasta cierto punto estaban; dispuestos a dejarme proseguir mis estudios libremente, siempre y cuando no hiciera pronunciamientos necios. Pero los hice. Durante él período que pasé en la cárcel, fueron amables conmigo. El propio Cardenal Baggi; hizo algunos valiosos comentarios sobre la mecánica celeste y la naturaleza de la materia. Vea, yo tenía una visión muy irresponsable que me complacía en llamar verdad, mientras que la Iglesia adoptó el punto de vista, más amplio, de que toda verdad es relativa. El camino de la verdad hay que prepararlo, de lo contrario hace más mal que bien. -Suspira-. Me pregunto si podría haber regresar de la muerte al Cardenal Baggi. Extraño nuestras charlas. Pero no, no sería justo para él.
¿Qué puede decir de sus legendarias palabras -'a pesar de todo, se mueve'-, pronunciadas, tal como lo registra la historia, luego de que firmara la retractación?
-Ah, sí; mascullé eso. Pensé que para mis adentros, y el viejo. Cardenal que presidía (no recuerdo el nombre) sonrió y dijo: 'Por supuesto que sí, hijo mío, pero no se lo digas a nadie'. Un grupo muy esclarecido» la Iglesia de Roma.
¿Aún es católico practicante?
-Por supuesto. ¿Qué esperaba?
Pero... la experiencia de la muerte... eso debió haber afectado sus, creencias.
-La muerte no fue nada; una pausa. Fue un estado intermedio, como enseña la doctrina. Las almas serán llamadas para ser recompensadas o castigadas sólo el Día del Juicio Final, no antes. Esa es la verdadera resurrección. O quizás... -sonríe, inescrutable, y extiende las manos para abarcar, parece, a toda Marina del Rey-, quizás éste es el Purgatorio, ¿Usted qué cree, eh? Todos nosotros, muertos y malditos, e ignorantes de todo, en un Purgatorio ni malo ni bueno pero igual a la Tierra, en donde nuevamente debemos ganar la gloria o la condenación, una y otra vez, hasta que hayamos aprendido la lección.
No soy teólogo, pero le menciono que hasta la Iglesia admitió recientemente que el Cielo y el Infierno pueden ser metáforas o ficciones, antes que lugares concretos. Galileo ríe largamente.
-¿Y ellos me acusaron de hereje a mí-? Ah, los tiempos cambian. Pero quizá actúen con sabiduría. A lo mejor esa fue siempre la verdad, pero nosotros estamos en condiciones de aceptarla ahora. O quizás, tengo razón, y éste es el Purgatorio, y esas ideas son trampas del diablo, ¿eh? ¿Qué opina? ¿Usted murió, joven?
Insisto en que no, por supuesto que no, pero mientras lo digo tengo un repentino y enfermante recuerdo, sin duda falso, de un accidente... Es, persuasivo, este italiano. Debo obligarme a recordar que la resurrección, en un caso como el de él, se realiza a partir de material fragmentario. Existe un error potencial. Me doy cuenta de que estoy hablando en voz alta. Galileo desestima mis dudas.
-Yo soy él. Hasta mis recuerdos están intactos, ¿usted puede decir lo mismo?
¿Mis recuerdos? Al menos sé que nunca morí. Galileo me dedica una vez más su inescrutable sonrisa, al tiempo que se levanta de la silla. Percibo que la entrevista está llegando a su fin.
-Sí, quizá yo soy la trampa que le tendió el diablo. Ah, pero usted no cree en el diablo. Mucho peor para usted. Bueno, si de mí depende, no me volverán a la vida otra vez, pese a mi fortuna. No estoy conforme, con este mundo de ustedes. En mis días había gigantes: los Médici, Michellangelo, Newton, yo mismo. Este mundo es como una mala imitación. Vuestros telescopios tienen espejos del tamaño de rotondas o antenas que cubrirían un viñedo, pero con todo eso no han provocado en vuestro mundo ni un décimo del cambió que yo provoqué en el mío con esto -y toca el esbelto telescopio.
Le pregunto si no lo ha impresionado ninguno de los logros modernos. ¿Qué tal las fotografías tomadas por las sondas espaciales no tripuladas: la sublime y apabullante belleza de los anillos de Saturno vistos de cerca, o las torturadas superficies de los satélites jovianos a los que él dio nombre? ¿Incluso eso lo deja inconmovible?
Con majestuosidad, baja la mirada hacia mí.
-Recuerde que fui yo el que descubrió esas maravillas. Del mismo modo que recuerdo que fue Dios quien las creó.
Esto, por fin, es demasiado para mí y empiezo a enumerar las decenas, cientos, miles de realizaciones que han hecho avanzar al mundo tan lejos por los senderos del progreso desde que él murió -¡y entre éstas las resurrecciones no son poca cosa!-, pero mientras me explayo me doy cuenta de que tales logros deben ser incomprensibles para su mente arcaica. Cuando me detengo, veo que él no hace más que asentir complacido.
-Una raza de monos inteligentes -dice-. Mejor apunten esos monstruosos espejos hacia ustedes mismos.
Así que me despido del italiano y de su finalmente irreprimible vanidad, y me encamino hacia la luz solar artificial para abordar el transportador. A través de los vidrios tonalizados, Marina del Rey parece delgada e insustancial, desvaneciéndose bajo mis pies. Pronto me dirigiré al norte, en donde continuaré mis investigaciones en charláis con Einstein y Eduard Degas. Se dice que Einstein ha renunciado a la relatividad y pasa el tiempo en Lake Tahoe, aprendiendo sonatas para violín de Tartini y apostando a los dados. Degas, dicen los rumores, se dedica a los gráficos por computadora.

© Carter Scholz; 1986.
Titulo original: Galileo Complains
Traducción; Claudia de Bella
Reproducido de Cuasar N° 22 Oct/Dic 1990 año VII

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