Jun 2004

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Ciencia Ficción Peruana en Velero 25.
Creada: Julio 2003
Actualizada: Agosto 2004
Derechos Reservados: Ediciones Quinx
©
Quinx 2003
Lima - Perú 200
4
 
La forma de la Ciencia Ficción por venir

Eso fue hace mucho, y han pasado tantas cosas... Hemos visto a la ciencia ficción recorrer un largo camino, y crecer en dignidad, aunque me temo que no siempre para su beneficio en todos los sentidos. Muchos de nosotros debemos esforzarnos para rechazar la parálisis que causa poseer una imagen establecida de videntes o de literatos. Hemos visto convertirse en realidad muchas predicciones de la ciencia ficción: los viajes espaciales, la energía atómica, la televisión, cosas que ni siquiera los mismos escritores o editores creían mientras escribían o publicaban aquellas narraciones.

De los pulp magazines, que muchos llevábamos con las cubiertas arrancadas, o bien ocultos en los bolsillos interiores, la ciencia ficción pasó a ocupar un lugar muy diferente: hoy, por ejemplo, Hermán Kahn contrata asistentes para que tabulen las ideas de las obras completas de A. E. van Vogt y vean cuáles pueden ser utilizadas en los argumentos que prepara el Hudson Institute.

Con una parte de la cabeza pienso que esto me gusta. Pero con la otra parte no tanto, porque siento —y lo digo con pena— que buena parte de la ciencia ficción de los últimos pocos años ha perdido en cierta manera el carácter excitante que tenía en otros momentos. Los escritores son buenos, incluso técnicamente mejores que los precedentes,

Y sin embargo, la producción de nuevas ideas no parece estar de acuerdo con la cantidad de escritores existente ni con la cantidad de libros que se publican.

¿Por qué ocurre esto?

No sé si tengo toda la respuesta, pero creo que tengo una parte. Se puede resumir en una sola palabra: conformismo.

Quisiera evitar todo posible malentendido. Considero que cuando la ciencia ficción salió de Osnome y Barsoom hacia los probables futuros reales del mundo real en que vivimos, dio un paso hacia delante. No sólo esto mejoraba su calidad literaria, sino que creo incluso que desempeñó un papel bastante considerable en la tarea de convertir a una parte de la población en gente con sentido temporal, que, al menos, algunas veces, piensan en las acciones de hoy en los términos del costo de mañana en polución, superpoblación y degradación general de la condición humana.

Lo que quiero decir es que después de avanzar, un paso tras otro, de pronto nos quedamos congelados. Personalmente estoy cansado de muchos temas corrientes en la ciencia ficción. De verdad, no quiero volver a leer una novela donde el héroe sea un engranaje rígido y despersonalizado en una máquina corrompida y desalmada. Eso ya lo leí. Hasta lo escribí. Y no quiero volver a leerlo.

Es verdad que para muchos de nosotros el mundo se presenta así, y que las presiones que soportamos tienden a convertirnos en alguien como ese héroe. Y todos los escritores conocen las ventajas de la identificación con el lector: si usted le clava las espuelas al lector donde le duele, habrá conquistado su interés.

Supongo que esto no es malo en sí. Pero tiene algo de malo, y es que induce a pensar en algo que yo no creo: que la gente dentro de cincuenta o de quinientos años no sufrirá por causa de heridas diferentes de las que nos hacen sufrir hoy.

Y el problema de esto es que contradice ese elemento de la ciencia ficción que la hizo originariamente digna de ser leída. Un ejemplo puede ser la diferencia entre Julio Verne (que, en mi opinión, no merece hoy ser muy leído) y H. G. Wells (que, según pienso, será un autor eternamente digno de ser leído). Verne era conformista. La sociedad de que hablaba era la sociedad en que vivía. Los problemas que le preocupaban eran los problemas del mundo de mediados del siglo XIX. La ciencia que utilizaba era la que podía tomar de los textos y obras de referencia a que todo hombre culto tenía acceso.

En cambio, Wells ensanchaba su visión mirando hacia nuevas especies de ciencia, nuevas formas de sociedad, nuevos problemas.

No quiero hablar en los términos de la ética protestante, ni mencionar obligaciones o responsabilidades, pero no puedo dejar de sentir que nosotros, los escritores de ciencia ficción, tenemos en cierto sentido una obligación. No impuesta por una orden divina, sino porque se trata de una cosa que es preciso hacer y que nadie más está haciendo: esa cosa es tratar de imaginar nuevos estilos de vida y de anticipar qué sufrimientos —distintos de los nuestros— padecerán quienes vivan con esos nuevos estilos.

Yo sé que no propongo una tarea sencilla. Quizá ni siquiera sea posible. Pero vale la pena. Tratar de ver unas condiciones distintas de las nuestras, a tiempo para ayudar al mundo a prepararse para ese futuro shock, ese cambio de valores, ese nuevo ambiente en que todos nosotros estaremos viviendo cuando el progreso de la tecnología alcance el actual potencial de la ciencia.

El conformismo con los problemas de hoy implica la no aceptación de los de mañana; y la ciencia ficción pertenece al mañana.

Avizorar el futuro, mostrar sus extraños e inesperados giros, proporcionar un catálogo de futuros posibles para que el mundo elija, iluminar las decisiones que hoy podemos tomar: éstas no son las únicas cosas que puede hacer la ciencia ficción, pero sí son cosas que la ciencia ficción puede hacer mejor que cualquier otro instrumento humano.

No tenemos por qué hacerlas, si no queremos.

Esto es todo lo que deseo decir hoy sobre ciencia ficción, y ya he terminado, aunque quisiera formular una observación personal.

Como les he dicho, he pasado largo tiempo ocupándome de ciencia ficción, y he ganado una buena cantidad de Hugos, y plaquetas y premios de varias clases. Pero hoy he recibido el máximo. Ser Huésped de Honor en esta convención representa para mí una gratificación personal completa. Un verdadero honor.

Ya me referí al afecto y la amistad que siento por muchas de las grandes figuras del pasado: no se limitan a ellos, porque siento afecto por hombres de hoy, como Ben Bova o Larry Niven, y por los de ayer como John Campbell o Doc Srnith. Existe entre nosotros una vieja amistad, que valoro y aprecio, y también entre todos los que estamos en este lugar.

Durante los años he conocido a muchas personas que trabajan en el campo de la ciencia ficción, autores, admiradores, artistas gráficos. Los he encontrado en California, y en el Este, y en todo el territorio de los Estados Unidos, y en Canadá, en Inglaterra, Alemania, Italia, Rusia, Brasil, Japón y una docena de otros países. Y he descubierto que todos somos iguales. No somos amigos o colegas: somos una familia. No siempre estamos de acuerdo. Podemos pelearnos. Pero lo que nos une siempre es más fuerte que aquello que nos separa. Podemos burlarnos unos de los otros y hasta insultarnos; pero nunca dejaremos de hablar entre nosotros, porque de otro modo, ¿con quién hablar? En Moscú y en Munich, en Osaka y en Montreal, he hablado con gente que tenía piel de distinto color y hablaba distintos idiomas, pero a todos los reconocí. Eran una familia. Mi familia. Nuestra familia. Una familia a la que me da gran placer pertenecer. Y una gran calidez. Salud y gracias a cada uno de vosotros.

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Fin

 

(1) Pulp: Pulp magazines, literalmente revistas de pulpa, por la calidad
     del papel en que se imprimían. Era papel de periódico, y se imprimían
     también en rápidas rotativas de periódico, de ahí su gran difusión y
     bajo costo. La expresión más notoria del pulp es seguramente la
     historieta.


© Frederick Pohl; LACON 1972 (Discurso de los huéspedes de Honor)

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