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Ciencia Ficción Peruana en Velero 25.
Creada: Julio 2003
Actualizada: Agosto 2004
Derechos Reservados: Ediciones Quinx
©
Quinx 2003
Lima - Perú 200
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La forma de la Ciencia Ficción por venir

Para poder hablar sobre lo que vendrá en ciencia ficción, necesito retroceder para tomar impulso. Lamento decir que retroceder significa retroceder hasta muy lejos.

Empecé a leer ciencia ficción en 1930, año más, año menos. Hace de esto más de cuarenta años. Parece más, y también, en cierto modo, parece más de lo que una vida debiera contener. El mundo era un lugar muy distinto en 1930. Recuerdo ese año, y los años vecinos. Supongo que tenían veranos, pero lo que recuerdo es la nieve, la gente en ropas de trabajo que paleaba la nieve, y los hombres que vendían manzanas en las calles. Eran los días de la Gran Depresión, cuando era elegante ser pobre, y casi toda la gente que yo conocía estaba a la moda.

Algún día alguien —quizás un miembro aspirante de la Asociación de Investigadores sobre Ciencia Ficción, o un futuro doctor en letras desesperado por hallar un tema— se pregunte qué habría sido de la Ciencia Ficción si no hubiese sido por la Gran Depresión. Yo no estoy seguro de lo que hubiera ocurrido. Quizá no habría sobrevivido. Porque las revistas, todas las revistas, eran un producto de la Depresión. Si uno no tenía trabajo, no podía comprarse un coche nuevo ni ir a un club nocturno, o ni siquiera comprar gin de contrabando. Pero seguramente sí podía conseguir diez o quince centavos para comprar un ejemplar de G-8 and His Battle Aces o The Shadow. Juntamente con las demás expresiones del pulp (1) se desarrolló la ciencia ficción. Un empresario capaz, Hugo Gernsback, fue el primero, con Amazing Stories. Cuando quebró, perdió esa publicación, que continuó apareciendo bajo el sello de otra compañía editora, y editó en cambio Wonder Stories. Simultáneamente, Clayton ponía en marcha Astounding Stories. Gernsback era capaz de verdad. Vio lo que otros editores también veían, pero sin saber aprovechar: que los lectores de revistas de ciencia ficción se interesaban en lo que leían infinitamente más que los demás consumidores de pulp. Por ejemplo, escribían cartas. Muchas cartas. Quizá, pensó Gernsback, sea posible reunir a estos activistas en un club, y si entonces uno convierte la revista que edita en el órgano oficial del club, es posible lograr un público fijo que asegure indefinidamente una circulación básica.

Puso manos a la obra con una entidad llamada Liga de Ciencia Ficción... y allí, hermanos míos, todos nos metimos en dificultades. La Liga hizo mucho por la circulación de Wonder Stories, pero nos acostumbró a encontrarnos, y miren a qué hemos llegado cuarenta años más tarde.

En aquellos días había gigantes en la Tierra. Recuerdo a varias de las personas que convirtieron la ciencia ficción en lo que es en la década del treinta. Figuras como no volveremos a ver. Nosotros, los admiradores, los miembros de la Liga de Ciencia Ficción, o de la Liga independiente de Ciencia Ficción, o del grupo de los Futurianos, mirábamos a las figuras paternales que escribían los cuentos y editaban las revistas con el cálculo y la timidez con que un cabrito mide la fuerza del jefe del rebaño. Estaba entre ellos el poderoso Gernsback, cuyos cubiles se encontraban en la calle Hudson, y que se comunicaba con los jóvenes admiradores y escritores por medio de su representante en la Tierra, Charles Hornig. Y también T. O'Connor Sloane, doctor en filosofía, que fue luego director de Amazing Storíes. Un hombre maravilloso que tenía una larga barba blanca como Jehová o como Bernard Shaw. Nunca le olvidaré, porque él publicó mi primer texto, en 1937. O más o menos en 1937. Era un poema; lo escribí en 1935, fue aceptado en 1936, editado en 1937 y me lo pagaron en 1938, porque así funcionaban las cosas en esos tiempos. Jamás se lo perdonaré, pero a veces quisiera hacerlo. Y también Farsworth Wright, el director de Weird Tales, que sufría de parkinsonismo y cuando tomaba en la mano un original lo hacía sonar como unas maracas; detrás de su enfermedad había un cerebro agudo y generoso. Y también el maestro de todos nosotros, John Campbell. Cuando tomó la dirección de Astounding a mitad de los años 30, llevó la ciencia ficción a cierto nivel de dignidad que no había tenido antes. No estoy hablando solamente de aspectos literarios; pocos saben que John era también un connaisseur de vinos y comidas. Por ejemplo, y me lo contó su esposa de entonces, era el único cliente del Chock Full O'Nuts de la Calle 23 para quien reservaban una botella especial de ketchup Pride of the Farm. Visitar a John Campbell era siempre una experiencia. Lo que más le divertía de Astounding eran sus propios editoriales. Mientras los pensaba, comentaba el tema con todos sus colaboradores. Hacía esto durante cuatro semanas, y el último día de la última semana los escribía. Y como ya había oído todas las objeciones posibles a la loca propuesta que iba a formular en el editorial, había tenido también tiempo para considerar la réplica a esas objeciones. Lo que más recuerdo de John en esos días son cosas largas: frases largas, larga nariz escocesa, larga boquilla de cigarrillo, larguísima cánula del pulverizador contra el asma con que puntuaba sus frases. «Aunque este cuento no está muy bien escrito, tiene algo. Pero —chorrito— lo malo es que no sabe usted qué es.» Tiempo después esos pulverizadores pasaron a la historia, con la aparición de los medicamentos dianéticos. Sin embargo, John me dijo un día: «Gracias a la terapia dianética hemos conseguido una positiva reducción de los síntomas de la tuberculosis, el asma —chorrito— y el resfriado.»

Que hable con ligereza de estas personas no significa que no las quiera. Ya he escrito en otras partes lo que de ellos pienso, y no creo que se ofendan si los recuerdo con un afecto cotidiano y familiar al mismo tiempo que con todo el respeto que se merecen. Cuando los conocí, nosotros éramos los admiradores, y ellos el establishment.

Y entonces empezaron a ocurrir cosas. Cosas locas. La gente nos compraba cuentos. Escribir cuentos seguía siendo una tarea muy interesante, pero también muy laboriosa. Miré a mi alrededor y me pareció que, en tanto que para ser un escritor se necesitaba por lo menos algún talento y esfuerzo, no había requisitos semejantes para ser un editor o un director de revista. Así que empecé a tratar de que alguien me contratara, y para sorpresa de todos, y principalmente mía, una semana de octubre de 1939 recibí dos propuestas de empleo. Una era como cadete de la American Car & Foundry; la otra como editor de dos revistas de ciencia ficción. No vacilé en ese momento, pero a veces me he preguntado si elegí bien. No era un problema de salario, porque los dos empleos eran por la misma cifra, diez dólares semanales. Esto significaba una especie de retroceso, porque el verano anterior ganaba doce dólares como lavaplatos en un restaurante, pero cuando el dueño de las publicaciones me dijo cuánto deseaba que trabajara con él, acepté inmediatamente. Y debía ser cierto, porque al mismo tiempo contrató a otro editor para otra de sus revistas, y a él no le ofrecieron semejante suma. Firmó por trabajar a prueba —sin salario— durante tres meses, y luego, fue ascendido a mi nivel económico de diez dólares.

Pero allí estaba yo, con diecinueve años de edad, y director de dos revistas de ciencia ficción. Y poco después mi amigo Bob Lowndes fue designado director de Future Fiction, que editaba Louis Silberkleit y algo por el estilo le ocurrió a Don Wollheim. Y de repente, los tres miembros del grupo de los Futurianos, rebeldes contra el establishment, éramos el establishment. Los pacientes habían tomado el manicomio.

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