Jul 2004

Volver

Editorial

Aniversario

Artículos

La "europeización" de la biota planetaria o la "terranización" de los planetas alienígenas
Luis Bolaños.

Empleos interesantes en la Ciencia Ficción
Daniel Mejía.

Machen y Lovecraft, coincidencias y semejanzas
Adriana Alarco.

Entrevista a:

Frederick Pohl

Relatos peruanos

El forastero prodigioso
Adriana Alarco.

Adán y un principio fabuloso
Beritoni Gelgel

Los funerales del color verde
Pedro Novoa

Relatos extranjeros
Con amigos como esos...
Alan Dean Foster
Tu vida por la mía
Frederick Pohl.
Reseñas

Mi nombre es legión
Víctor Pretell.

Las canciones secretas
Daniel Salvo.

Ilium
Isaac Robles.

Cine & Comic

El hombre araña 2
Víctor Pretell

JLA/Avengers 2
Daniel Mejía.

Arte C-F

Bob Eggleton
Víctor Pretell.

BitImagen

Split Infinity de Tim White
Luis Bolaños.

Babel 17

Mundo Disco
Daniel Mejía

Ediciones Pasadas
2004
2003
Enlaces

Axxon online

StardustCF

Velero 25

Ciencia Ficción Perú

Tiempo futuro


caronte.quintadimension.com



Buscar en Caronte, el buscador de Ciencia Ficción, terror y Fantasía.
¿Te gusto nuestra pagina?, entonces:
¡Díselo a un amigo!
Tu nombre:

Tu e-mail:

e-mail del amigo:

Tu mensaje:

Quiero copia: 


Ciencia Ficción Peruana en Velero 25.
Creada: Julio 2003
Actualizada: Agosto 2004
Derechos Reservados: Ediciones Quinx
©
Quinx 2003
Lima - Perú 200
4
 
Tu vida por la mía

Pohl vendió sus primeros cuentos allá por los años cuarenta, y en su colaboración con el fallecido C. M. Kornbluth dio nacimiento a obras maestras tales como "Mercaderes del espacio". Ahora les ofrecemos un relato de la «época dorada» de Pohl, contemporáneo de lo más selecto de su producción, y algo olvidado hoy por el simple hecho de ser lo que llamaríamos una «viñeta»... pese a tener todas las características de lo mejor de su obra y de su filosofía.

Estoy sentado en el borde de algo que llaman una cama. Esta hecha de flejes de acero entrelazados y no tiene colchón. Solo una manta de color verde oliva. No es cómoda, pero evidentemente no tienen interés en que me sienta cómodo.
De esta cárcel departamental me llevarán a la cárcel central, y de allí al crematorio.
Por supuesto que primero habrá un juicio, pero no pasará de ser una formalidad. No solo me han sorprendido con el revólver humeando en la mano y Laurence Conan boqueando por el agujero que la bala le hizo en la garganta. Es que además confesé.
Yo, sabiendo lo que hacía —con, según lo llaman ellos, premeditación y alevosía—, maté a Laurence Conan de un tiro.
Ellos dan muerte a los asesinos; por consiguiente, me matarán también a mí.
Especialmente porque Laurence Conan había salvado mi vida.

Bueno, las circunstancias son interminables; no creo que sirvan para convencer a un jurado.
Conan y yo fuimos amigos íntimos durante muchos años. En el transcurso de la guerra perdimos contacto. Volvimos a encontrarnos en Washington cuando la guerra ya había terminado. En cierto sentido, nuestros caminos se habían separado. El había encontrado un motivo para vivir. Trabajaba intensamente en un proyecto, pero como no mostraba interés en contarme de qué se trataba, quedaba muy poco de qué hablar. Y, bueno, yo también tenía mi vida. No se trataba de la investigación científica. Dejé la carrera de medicina; Laurence, en cambio, la terminó. No me avergüenzo de haberla dejado? no es nada vergonzoso. Simplemente no aguanté el tener que manejar los cadáveres y hacer las disecciones. No me gustaba, no quería hacerlo, y cuando me obligaban, el trabajo salía mal. Por eso dejé la carrera.
Carezco, pues, de un título profesional, pero no hace falta un título para ser ordenanza del Senado.
Ser ordenanza del Senado no es un cargo deslumbrante, pero de todos modos a mí me gusta. Los senadores son amables con los ordenanzas y no se recatan en presencia de ellos, de modo que uno aprende muchísimas cosas sobre los entretelones del gobierno. Y un ordenanza del Senado está en condición de hacer muchos favores a todo tipo de personas: a los periodistas, proporcionándoles buenas pistas para sus reportajes; a los funcionarios del gobierno, que a veces pueden basar toda un campaña en unas pocas observaciones reiteradas; y finalmente, a cualquiera que tenga interés en asistir desde las galerías a algún debate importante.
A Laurence Conan, por ejemplo. Tropecé con él en la calle un día, y me preguntó si sería posible presenciar el debate sobre relaciones internacionales que estaba a punto de celebrarse. Le conseguí una invitación, y lo llamé al día siguiente para avisarle. Y estaba allí, mirando con gran atención lo que pasaba, cuando se levantó el Secretario para hablar y resonó aquel inesperado alarido, y los nacionalistas portorriqueños sacaron las armas y comenzaron a dispararlas sobre los legisladores.
Ustedes recordarán el asunto, supongo. Eran tres solamente, dos con revólveres y el tercero con una granada de mano. Los de los revólveres lograron herir a dos senadores y a un ordenanza. Yo estaba allí mismo, hablando con Conan. Vi al que tenía la granada y me lancé sobre él. Logré derribarlo, pero la granada, con la espoleta quitada, había salido ya de sus manos. Me lancé detrás de ella, pero Conan se me había adelantado.
Los diarios nos llamaron héroes. Dijeron que era milagroso que Laurence, que había caído sobre la granada, se las arreglara para arrojarla lejos, sin que ni él ni los que lo rodeaban resultasen heridos. Porque la granada llegó a explotar, pero las esquirlas no hicieron daño a nadie. Los diarios dijeron que Laurence se había desmayado por el choque del aire. Y es verdad que se desmayó.
Tardó seis horas en recobrar el conocimiento, y cuando lo recobró, permaneció aún dos días en un estado de estupor.
Lo llamé entonces. Se alegró de que lo fuera a visitar.
—Nos salvamos por poco, William —me dijo.
—Creo que te debo la vida, Laurence —le respondí.
—Pura suerte, William; salté a tiempo, y eso es todo.
—Los diarios dicen que estuviste magnífico; te moviste con tanta rapidez que nadie supo qué había sucedido.
Esbozó un gesto de protesta, pero sus ojos traslucieron su preocupación.
—No creo que nadie se haya fijado realmente.
—Yo me fijé —le dije, recalcando las palabras.
Me miró silencioso durante un momento.
—Yo estaba entre la granada y tú —le dije—, y no pasaste ni junto a mí, ni por encima, ni por debajo. Pero llegaste antes a la granada.
Negó con la cabeza.
Proseguí sin dejarle intervenir:
—Y, además, caíste sobre la granada. Explotó debajo de tu cuerpo. Lo sé porque estaba casi encima tuyo y la explosión te levantó del suelo. ¿Tenías algún traje a prueba de balas?
Se aclaró la garganta antes de responder:
—Bueno, en realidad...
Se quitó las gafas y se limpió sus ojos húmedos y cansados. Mascullo:
—¿No lo leíste en los diarios? La granada explotó diez metros más allá.
—Laurence —repetí suavemente —yo estaba allí.
Se recostó en la silla mirándome fijamente. Laurence Conan era un hombre pequeño, pero nunca me pareció tan pequeño como en aquel momento, echado hacia atrás en la silla y mirándome fijamente, como si yo fuera la misma Némesis.
Luego se rió. Y me sorprendió: parecía casi satisfecho. Y dijo:
—Bueno, William, a alguien tenía que decírselo tarde o temprano. ¿Por qué no decírtelo a ti?

No puedo referirles todo lo que me dijo: contaré la mayor parte, pero no aquello.
Eso jamás se lo diré a nadie.
Larry dijo:
—Debí saber que tú te acordarías —me sonrió serena y amistosamente—. Aquellas charlas en el café... toda la noche hablando de mil cosas. Pero no necesito repetirlo. Tú lo recuerdas.
—Sí. Decías que la mente humana tiene poderes psicocinéticos. Sostenías que con solo el poder de su mente un hombre podía, sin mover un dedo ni usar ninguna máquina, trasladar su cuerpo a cualquier parte, instantáneamente. Decías que nada hay imposible para la mente.
Me sentí muy tonto al decir esto: era un montón de absurdos. ¡Imagínense a un hombre trasladándose de un lugar a otro a fuerza de puro pensamiento Pero... yo había estado en aquella galería...
Me pasé la lengua por los labios y aguardé a que Laurence confirmara o rechazara lo que acababa de decir.
—No sabía lo que decía —dijo Laurence riendo—. ¡Imagínate!
Supongo que puse cara de asombro, porque Laurence me palmeó en la espalda y prosiguió:
—Sí, William, estás equivocado, pero de todos modos acertaste. La mente sola no puede hacer nada de eso... eran tonterías mías. Pero —prosiguió—, pero hay... bueno, llamémoslas técnicas, que ponen en conexión la mente con las fuerzas físicas, con las fuerzas físicas comunes que usamos todos los días. De este modo todo es posible. ¡Todo! ¡Todo! Lo que siempre había soñado, y muchas cosas más que nunca me había imaginado, y otras que no he descubierto todavía.
Se detuvo un momento para controlar su emoción, y luego prosiguió:
—¿Quieres volar al otro lado del océano? Pues en un segundo, William. ¿Quieres sofocar la explosión de una bomba...? Ya me viste hacerlo. Requiere energía... no se puede jugar con las leyes naturales. Eso fue lo que me dejó un día entero sin conocimiento. Pero aquello fue difícil. Mucho más fácil es hacer que una bala no dé en el blanco. Y más fácil todavía sacar el cartucho de la recámara y hacerlo venir a mi bolsillo para que no se pueda disparar. ¿Quieres las Joyas de la Corona de Inglaterra? Puedo traértelas en un segundo, William.
—¿Puedes también prever el futuro? —le pregunté.
—Eso no, es un superstición...
—¿Y leer la mente ajena?
La expresión de Laurence se aclaró:
—¡Ah, te refieres a mis charlas de otros tiempos! No, tampoco puedo hacerlo. Tal vez algún día, sí sigo trabajando en ello. Por ahora no. Pero puedo hacer otras cosas que son tan importantes como esa.

—Muéstrame alguna de las que sabes hacer.
Sonrió. Laurence se estaba divirtiendo. No necesité rogárselo. ¡Hacía tanto tiempo que guardaba el secreto, desde que descubrió la primera pista, durante la interminable década de los experimentos, fallando siempre, pero acercándose más cada vez a la verdad! Necesitaba hablar. Creo que se sentía realmente aliviado y satisfecho de que alguien lo hubiera descubierto.
—¿Quieres ver algo, William? —me preguntó—. Bueno, vamos a ver con qué empezamos.
Echó una mirada en torno suyo por el cuarto y me preguntó:
—¿Ves esa ventana, William?
Miré a donde me indicaba. La ventana se abrió con ruido de madera frotada y de pestillos. Volvió a cerrarse.
—La radio —dijo Laurence.
Se oyó un clic y el pequeño aparato se encendió por sí mismo.
—¡Fíjate bien! —ordenó Laurence.
La radio se desvaneció, y un minuto después volvió a aparecer.
—Estaba en la cima del Monte Everest —me explicó Laurence, jadeando ligeramente—. Y ahora, voy a mostrarte algo verdaderamente difícil. Fíjate en la radio: la voy a hacer funcionar sin enchufarla. Los electrones por sí mismos...
Estaba mirando fijamente al aparato. Vi como la luz del dial se encendía, temblaba y se mantenía firme. El altavoz comenzó a emitir ruidos confusos. Yo me había parado y estaba detrás de Laurence, precisamente encima suyo.
Usé el teléfono que estaba en la mesa junto a él. Le di detrás de la oreja derecha, y se desplomó doblado sobre sí mismo sin soltar un ay. Metódicamente lo golpeé dos veces más, para asegurarme de que tardaría una hora por lo menos en recobrarse. Lo acomodé, y puse el teléfono nuevamente en su sitio.
Revolví todo el apartamento. Estaban en su escritorio: todos sus apuntes. Todos los informes necesarios. El secreto para hacer todo lo que él podía hacer. Lo quemé.
Llamé a la policía. Cuando llegó, saqué mi revólver y le pegué un tiro en la garganta. Estaba muerto antes de que entraran.

De modo que ya ven ustedes, yo conocía a Laurence Conan. Habíamos sido amigos de mucho tiempo. Le hubiera confiado mi misma vida. Pero es que era más que mi vida.
Veintitrés palabras enseñaban a hacer las cosas que Laurence Conan sabía hacer. Cualquiera que sepa leer puede hacerlo. Criminales, traidores, lunáticos... la fórmula sirve para cualquiera.
Laurence Conan fue un hombre honesto y un idealista, según creo. ¿Pero qué sería de él cuando se volviera un dios? Supongamos que usted supiera veintitrés palabras que le permitieran entrar en cualquier bóveda de un banco, ver dentro de una habitación cerrada, atravesar las paredes... Supongamos que las pistolas no lo pudieran matar.
Dicen que el poder corrompe. Y el poder absoluto corrompe absolutamente. Y no hay poder más absoluto que el contenido en estas veintitrés palabras que pueden librar a un hombre de la cárcel o darle cualquier cosa que desee. Laurence era mi amigo, pero yo lo maté a sangre fría, sabiendo que no se le podía confiar el secreto que lo haría rey del mundo.
Pero a mí sí.

© Frederick Pohl; 1955.
Titulo original: Target one
Traducción; M. Blanco
Reproducido de Nueva Dimensión N° 140

a la pagina principal
El arte de Bob Eggleton
Frederick Pohl
Con amigos como esos... <ND 141> 
Las canciones secretas
Mi nombre es legión
El hombre araña 2
Avengers/JLA
BitImagen
Babel 17

La mejor novela de
C-F según los resultados de nuestra encuesta.

Optimizado para 800x600