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Ciencia Ficción Peruana en Velero 25.
Creada: Julio 2003
Actualizada: Agosto 2004
Derechos Reservados: Ediciones Quinx
©
Quinx 2003
Lima - Perú 200
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Solaris: frente a los limites de lo humano

Llegados ya al siglo XXI y habiendo progresado y aprendido tanto sobre la naturaleza y la forma en que funciona este universo (tanto así que ya sabemos su forma, su edad y su composición genérica, en lo que ha sido llamado el descubrimiento científico del año) algunos tal vez se pregunten si esta "afortunada" raza encontrará límites en su incesante investigación en pro de hallar la raíz de todas las cosas.

Muchas veces, henchidos de orgullo ante nuestros logros, no prestamos atención a las sutiles señales que pasan desapercibidas y que constituyen por si mismas más que un discurso, y es que está fuera de nuestros límites entender esos patrones

Más aun, si no somos capaces de entender esos patrones, ¿cómo podemos ser capaces de entender otra conciencia?

Stanislaw Lem (Lvov, 1921) ha dedicado buena parte de su obra a alertarnos acerca de los peligros y las limitaciones de los seres humanos o la tendencia a conceptualizar todo desde un punto de vista antropocéntrico. Tal como es el caso de la presente novela.

Los críticos dicen -y no con ausencia de razón- que Lem no es un escritor de novelas, cosa que podemos constatar dado que sus libros de relatos cortos (como la Ciberiada o Diarios de las estrellas) logran redondear temas y conclusiones intrigantes y aleccionadoras con mucha elegancia, mas no así en los relatos largos, donde existe la necesidad perentoria de poner al lector en autos sobre lo que ocurre de alguna forma. 

Sabemos, a su vez, que toda regla tiene una correspondiente excepción y en el caso de Lem, esta es precisamente esa.

Comentan los críticos (cito a John Clute, de la enciclopedia de Ciencia Ficción) que uno de los supuestos básicos de las novelas de ciencia-ficción acerca de alienígenas era que estos, por muy extraños que fueran, eran inteligibles. Esto significa que para el lector un alienígena de la ciencia-ficción debía ser o reflejar algún aspecto de la humanidad, o de la conciencia humana, a partir de la cual entenderlo, así como un lenguaje que pueda ser descifrado. La gran innovación de Lem en esta novela es romper este supuesto y de que forma.

El relato (o bien deberíamos llamarlo la chanza) comienza en el límite de lo inexplicable, Solaris es un planeta que no tendría porque estar donde está. Pero algo -o alguien- hace que permanezca, a este lugar son entonces enviados equipos de los mejores científicos a estudiar este fenómeno. Pero ya desde este inicio (que llega al lector por canales indirectos) asistimos a la serie de manifestaciones del mar que cubre todo el planeta y que bien podrían describir un lenguaje secreto o un ciclo ecológico, un secreto cuya revelación permanece oculta en un laberinto sin Ariadna a la vista.

Lem nos transporta a este exótico escenario a través de los ojos de Kelvin, cibernético que entra a trabajar en una estación cubriendo una baja, suficiente está en decir que algunos experimentos extraños estaban siendo llevados a cabo en esta nave-estación y que las consecuencias les serán enrostradas a todos los miembros de la tripulación

Es a partir de este punto que Lem nos demuestra su maestría, ya que el relato se mueve en varias direcciones y funciona en varios niveles.

El primer nivel que puedo reconocer es el del melodrama romántico, la "historia de amor" entre Kelvin y su desaparecida Harey, quien (que) es un producto de la reacción del mar al experimento. De esta manera, asistimos a la recreación de un drama que tiene un final previsible, pero que está lleno de momentos intrigantes, Harey se manifiesta demasiado humana para ser lo que es, y Kelvin no puede trascender al hecho que esa Harey que tiene en frente no es la misma que la que el conoció -y perdió- y a pesar de eso no puede evitar amarla, o recordar su amor por ella. Todo ello empeorado por el hecho que la particular naturaleza de Harey no puede pasar desapercibida ni para ella misma (como en la escena de las bombonas de oxígeno) con el consiguiente dolor de cabeza para un Kelvin cercano al punto de quiebre; que ve en la manifestación presente la realización de la posibilidad de enmendar los errores por los que se siente profundamente culpable (la muerte de la verdadera Harey) y que ni siquiera podrá obtener consuelo de ello, sabiendo que esa Harey, la de ese planeta solo existe por los recuerdos que el mismo tiene de aquella a la que conoció.

Un segundo nivel de la historia es el relacionado al estudio del planeta mismo y a los efectos que eso tiene en los seres humanos dedicados a esta terrible labor. El relato del finado Gibarian, y las actitudes cercanas a la paranoia tanto de Snaut como de Sartorius -enfrentados por separado a sus propios demonios- nos demuestran lo duro que puede ser para la psique humana el enfrentarnos con cosas totalmente nuevas (bien se dice que en realidad no hay ideas nuevas, sino construcciones sobre ladrillos ya conocidos por nosotros, pero ¿en qué torcido y exótico lenguaje está construido Solaris?) a las que apenas pueden atisbar conclusiones pequeñas y parciales, a escala humana; que comparadas con el mar que es en realidad la verdadera forma de vida alienígena, palidecen por su pequeñez.

Un nivel más alto en abstracción lo podemos encontrar en la solarística, o la "ciencia" que estudia al planeta, concebida como un estudio multidisciplinario (lo cual habla de la complejidad del asunto y de la preclaridad de Lem por la necesidad de este tipo de estudios en nuestro aun azul planeta) jamás puede trascender de un aspecto meramente descriptivo o taxonómico, ya que señala hechos que dentro de la cotidianidad del océano, podrían interpretarse como carentes de lógica, coherencia o causalidad. Y que por las razones anteriormente expuestas, carece de poder predictivo. Esto nos lleva a otro cuestionamiento (el cual cito de Richard Dawkins en El gen egoísta).

"si bien podemos establecer que las leyes físicas son las mismas para cualquier habitante de este universo, ¿podríamos afirmar también que las leyes de la vida deben manifestarse iguales para cada caso, sea la vida que encontremos en otros mundos totalmente extraña o diferente o basada en otra química? ¿podemos esperar similitudes?"

Lem no solo nos lleva a hacernos estos cuestionamientos en el nivel de la biología, sino en el nivel de la manifestación de la conciencia. Por lo que Solaris nos deja una pregunta implícitamente planteada: ¿Puede la conciencia humana entender a otra conciencia totalmente distinta? 

La respuesta categórica de Lem es un rotundo no (ya que ni siquiera podemos entender nuestra propia conciencia a plenitud, es más, como Douglas Hofstadter señala, estamos impedidos de ello). 

Teniendo todo esto en cuenta, el libro resulta una lectura muy estimulante, con un ritmo propio de una novela de misterio y un sentido del drama que es raro en un escritor tan racional y con un sentido tan agudo de la ironía (tal como Diarios de las estrellas y Ciberiada nos demuestran) y con una conclusión verdaderamente despiadada con la que el lector puede estar o no de acuerdo. Estas son suficientes razones para que haya sido llevada ya dos veces a la pantalla grande (con adaptaciones de Andrei Tarkovski y Steve Soderberg) con variados resultados. 

Termino esta reseña recomendando altamente la lectura de este libro, ya que contiene indudables lecciones sobre la condición humana y sus -no tan notorias- limitaciones, que espero, sirva a los lectores a ser un poco más razonables acerca de nuestra precaria posición en este caótico cosmos.

© Isaac Robles; 28-12-03

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