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Ciencia Ficción Peruana en Velero 25.
Creada: Julio 2003
Actualizada: Agosto 2004
Derechos Reservados: Ediciones Quinx
©
Quinx 2003
Lima - Perú 200
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Oro de Pachacamac

No menos interesante, y hasta imprescindible, me resulta hoy un párrafo de Pedro de Cieza de León. En el capítulo LXXII de su Crónica del Perú se lee: "es público entre los indios que los principales y sacerdotes del templo habían sacado más de cuatrocientas cargas de oro, lo cual nunca ha parecido, ni los indios que hoy son vivos saben donde está". Lo que habitualmente han creído leer los historiadores ceñidos a una trivial interpretación de los hechos, es lo que en apariencia dice la tradición que Cieza recogió.

Y habría que creer entonces que todo un pueblo vio que se llevaban ingentes riquezas a lomo de hombre y de bestia, y de apresurada manera, para ser ocultadas en algún lugar. Y tenemos que creer también que, después de este espectacular traslado, todos los testigos se callaron y nadie supo nunca nada.

Ciertamente que la verdadera interpretación es otra. Para quienes estén familiarizados con narraciones en las que se maneja ciertos símbolos para enmascarar un conjunto de verdades o mensajes secretos, no es novedad que estos se designen con acepciones ya clásicas: el tesoro. la corona, el cáliz, el oro. Este procedimiento es suficiente para alertar a quien sepa buscar. No otro es el sentido de algunas leyendas relacionadas con riquezas más o menos fabulosas. Y los documentos del Perú antiguo están preñados de ellas. El admirable cronista que fue Cieza recogió así una versión que, bajo un sencillo velo, contiene en realidad todos los elementos básicos: así tenemos que los guardianes del templo (los principales y sacerdotes) que eran los depositarios de la Verdad (conjunto de enseñanzas y prácticas herméticas) se llevaron una excepcional cantidad de oro (la Tradición) que ha sido ocultada. De esta forma ya sabemos que, probablemente, la enseñanza pasó a una especie de sociedad secreta heredera de la Tradición de Pachacamac. Era, pues, un oro de templo. No del que estaría mejor guardado en palacios y fortalezas. Es por eso que el jefe de la expedición contra el santuario, Hernando Pizarro, escribió a la Audiencia de Santo Domingo, el 23 de noviembre de 1533, que "llegado a la mezquita é aposentos, pregunté por el oro é negáronmelo que no lo avía: hízose alguna diligencia é no se pudo hallar". No está demás que cite, para confirmarlo, a otro testigo presencial. Miguel de Estete escribe en su Noticia del Perú: "estuvimos hasta treinta días, donde buscamos todas aquellas casas de depósitos donde guardaban el oro y la plata, lo cual, todo tenían alzado y escondido, que no se halló si no muy poco, y lo que no quisieron llevar". Su desilusión de soldado no hubiese sido tanta si al menos hubiera sabido de qué oro se trataba.

Otras informaciones de crónicas y archivos aportan mayores conocimientos que es prudente no difundir. Baste decir que un tenaz y cultivado extirpador de idolatrías, Cristóbal de Albornoz, informa que cuando la rebelión mesiánica del Taqui Onqo en Parínacochas, en 1565, sus conductores aseguraban que había huacas que no habían sido "vencidas por los españoles". Y las más importantes eran Titicaca y Pachacamac. Por ahora recordaré una última referencia complementaria a la anterior, señalando que existió una antigua y profunda relación entre Pachacamac y las divinidades del Tiahuanaco, a través de los Huari.

Pero volvamos a Apolaya y a la segunda y sustancial parte de su versión. Aquella en la que dice que "un culto exigido por el bramido de la tierra sería levantado en el nombre menor de Pachacamac. Sin saberlo, los hijos de los viracochas nombrarán al dios que creyeron destruir...".

SÍ bien ya me era claro el anuncio de lo que se trataba, estaba todavía ansioso por ampliar el rastro histórico. Después de agotar la investigación en crónicas - de las que guardo excepcionales derroteros- me dediqué una vez más a los archivos. Busqué con ahínco en numerosos documentos una señal, un rastro mínimo de Apolaya. No encontré nada. Revisé testamentos, libros parroquiales, actas de defunción, papelería del Santo Oficio.. . Pero no fue un trabajo vano. Un día -fatigado de tanto leer y hurgar- hallé en la sección de censos uno sobre la población de la parroquia de San Marcelo. Era incompleto y de principios del siglo XVII. Revisando con atención los nombres ubiqué jubiloso a un "Hapolalla, indio Hurin.. .". A pesar de lo escueto del dato y la variante en la escritura de uno de sus apellidos sentí que era mi presa. Constaba que vivía en una ramada de la calle Pachacamilla y que se dedicaba a arreglar huertos de casas particulares. En el año de ese censo -1604- debía tener poco más o menos ochenta años de edad, si calculamos que en 1533 tenía doce o trece. Nombre incompleto, condición racial o de casta, lugar de origen (Hurin, que es la antigua grafía de Lurín) y oficio, no era mucha cosa, pero todo ello demostraba la existencia de Apolaya en ese barrio y en ese año. Esto último era fundamental. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que ese mismo censo recogía otros datos que me eran preciosos: primero, que en !a misma calle habitaban indios nacidos en Pachacamac o de padres o abuelos que habían vivido allí al momento de la Conquista; y segundo, que ya había en Pachacamilla una cofradía de negros o pardos. Se recogían algunos nombres y lugares de origen. La mayoría había nacido en Angola, y de allí su denominación genérica de "negros angolas".

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Luis Enrique Tord
Nació en Lima en 1942.

Doctor en Antropología, realizó cursos de perfeccionamiento en el Instituto de Países en Vías de Desarrollo (Lovaina).

Es miembro de la Sociedad Geográfica de Lima, de la Sociedad Bolivariana del Perú, de la Sociedad Peruana de Historia y de la Biblioteca Peruana de Cultura de la Fundación Augusto N. Wiese.

Tiene una abundante producción científica y cultural vinculada primordialmente al área de su formación profesional, reconocida con el Premio Nacional de Cultura "Antonio Miró Quesada" en 1971. "El Indio en los Ensayistas Peruanos: 1848-1948" le mereció el premio a la Investigación de la Historia Peruana "Luis A. Eguiguren", en 1978.

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