Septiembre 2003

Volver

Editorial

Horizontes

Artículos

Manimales o el animal que camina en nuestras células
Luís Bolaños.

Stephen Baxter:
Genio Espaciotemporal

Daniel Mejía.

A. E. van Vogt, en busca del superhombre
Víctor Pretell.

Relatos peruanos

Oro de Pachacamac
Luis E. Tord.

Nutrición
Carlos Bancayán.

Ensayos

Las Series en la Ciencia Ficción
I: Introducción

Víctor Pretell.

Las Series en la Ciencia Ficción
II: Los cantos de Hyperion

Isaac Robles.

Reseñas

Un ejército de locos
Daniel Salvo.

La tierra permanece
Daniel Salvo.

Luz de otros tiempos
Isaac Robles.

Cine & Comic

 Universo Marvel:
El Fin

Daniel Mejía.

Arte C-F

Chesley Bonestell
Víctor Pretell.

BitImagen

Guardian of the City
Luis Bolaños.

Ediciones Pasadas
2004
2003
Enlaces

StardustCF

Velero 25

Ciencia Ficción Perú

Tiempo futuro


caronte.quintadimension.com



Buscar en Caronte, el buscador de Ciencia Ficción, terror y Fantasía.
¿Te gusto nuestra pagina?, entonces:
¡Díselo a un amigo!
Tu nombre:

Tu e-mail:

e-mail del amigo:

Tu mensaje:

Quiero copia: 


Ciencia Ficción Peruana en Velero 25.
Creada: Julio 2003
Actualizada: Agosto 2004
Derechos Reservados: Ediciones Quinx
©
Quinx 2003
Lima - Perú 200
4
 
Oro de Pachacamac

A esta altura de su relato, Apolaya se extendía en explicaciones acerca de la jerarquía de su padre y, por lo tanto, de las posesiones que aseguraba haber tenido en el valle. Cuidaba, además, de aclarar cautelosamente que esa "revelación" pertenecía al mundo de las antiguas creencias, y que si la traía a recuerdo era por parecerle conveniente "a las pruebas claras que tengo prometido hacer en conocimiento de mi linaje".

Redundando en esta intención se refería también a algunos vecinos suyos. Y aquí venía una información sumamente importante: precisaba que él vivía en el barrio de Pachamamilla "que es donde tengo asentada mi habitación y la pobre herencia que recibí".

Aclaraba que ahí les habían dado tierras a quienes las perdieron en Pachacamac, "de allí el nombre". Decía que con las chacras que les arrebataron se habían creado las encomiendas de San Salvador de Pachacamac. Proseguía explicando que algunos vecinos suyos habían sido sacerdotes del templo, por lo que los indios del común les servían y respetaban profundamente, "cuidando su venerable ancianidad". Acerca de esta afirmación he confirmado su veracidad en numerosos expedientes de archivo y en los viejos documentos de la parroquia de San Marcelo —que fue de los agustinos en el siglo XVI—, donde se recoge la desconfianza que despertaban en los sacerdotes "esos naturales de sospechosa conversión". Más de un flamígero extirpador de idolatrías había .emprendido contra ellos rabiosas búsquedas de ídolos que suponía adoraban ocultamente. Pero el esfuerzo había resultado infructuoso. Como irónico comentario a estos episodios, Apolaya escribía que jamás iban a encontrar imagen alguna de Pachacamac, pues "por algo era el dios desconocido".

Llegado a este punto, el expediente transcribía una intervención crucial que desde hoy, estoy seguro, será referencia imprescindible para aproximarse a ciertos aspectos secretos de un culto que parece aún manifiesto y actuante. Al fin y al cabo su importancia fue siempre tan esencial, que el mismo Garcilaso -a pesar de su cuzqueñismo- no pudo dejar de afirmar de esta divinidad de la tierra yunga "que toda la teología de los Incas se encerró en el nombre de Pachacamac".

Pero volvamos al relato de Apolaya. Dice nuestro informante que años antes de la redacción de ese documento, aunque no precisa cuántos, estos antiguos sacerdotes de su barrio llegaron una tarde a visitarlo. Era un gesto honroso que muy rara vez, o nunca, hicieron con nadie más. Y esta vez la satisfacción de Apolaya fue definitiva: le anunciaron que debían hablar con él. Sabía que dos de los tres sacerdotes habían participado, al lado de su padre, en los cultos secretos a Pachacamac. Y se comentaba entre los vecinos indios que el más anciano había servido al oráculo mismo. En cambio el tercero era aún joven y por eso se mantenía unos pasos atrás, como servidor de los mayores.

El más anciano, Asunción Acctu, después de rechazar amablemente la cancha y la chicha ofrecida por Apolaya, le dijo que debía explicarle ciertas cosas veladas y primordiales. Que había sido escogido por su sangre, por su madurez y porque sabía escribir en la lengua de los viracochas. Que en esa lengua, cuando llegara la hora, debía dejar testimonio de lo que iba a escuchar para que comprendieran "los que supieran leer". Continuó diciendo que los españoles habían escrito mucho sobre Pachacamac. Que seguirían escribiendo sobre el. Que dirían cosas importantes, pero que no se darían cuenta, porque pensaban que estaban muertas. Pero que siempre habría quienes supieran entender.

Anterior

Siguiente>>

a la pagina principal
Santuario: Pachacamac
Oro de Pachacamac
Segundo Premio
Santuario: Pachacamac
Luis Enrique Tord
Nació en Lima en 1942.

Doctor en Antropología, realizó cursos de perfeccionamiento en el Instituto de Países en Vías de Desarrollo (Lovaina).

Es miembro de la Sociedad Geográfica de Lima, de la Sociedad Bolivariana del Perú, de la Sociedad Peruana de Historia y de la Biblioteca Peruana de Cultura de la Fundación Augusto N. Wiese.

Tiene una abundante producción científica y cultural vinculada primordialmente al área de su formación profesional, reconocida con el Premio Nacional de Cultura "Antonio Miró Quesada" en 1971. "El Indio en los Ensayistas Peruanos: 1848-1948" le mereció el premio a la Investigación de la Historia Peruana "Luis A. Eguiguren", en 1978.

La mejor novela de
C-F según los resultados de nuestra encuesta.

Optimizado para 800x600