Septiembre 2003

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Ciencia Ficción Peruana en Velero 25.
Creada: Julio 2003
Actualizada: Agosto 2004
Derechos Reservados: Ediciones Quinx
©
Quinx 2003
Lima - Perú 200
4
 
Oro de Pachacamac

Decía Apolaya "con mis ojos de ver vi" que por los maizales atravesaron esos fogosos monstruos sobre los que, como torres, se balanceaban unos hombres fornidos, de espesa barba y de mirada centelleante. Era sobrecogedor -afirmaba- observar cómo, al menor movimiento de sus manos sobre las riendas, hacían girar a esos fuertes animales cuyos relinchos, hocicos espumantes y furiosa arremetida habían sembrado el terror en el ejército imperial. Esa tarde pasaron arrogantes por entre los altos muros de la ciudad, cabalgaron sus caminos de tierra apisonada, admiraron la belleza de las construcciones y señalaron, curiosos, las grandes murallas de oscuro ocre del Templo del Sol.

Apolaya no olvidaba destacar el chocante contraste entre sus amargos sentimientos y el sereno aspecto de su padre, sacerdote del santuario que, por su condición, creía que debía estar devorado por la incertidumbre.

Fue en el momento en que los viracochas se dirigieron hacia el templo de Pachacamac cuando la tierra se remeció. Despavoridos, los indios, que cargaban las vituallas de los invasores, los abandonaron. Un alarido impresionante escapó de todas esas gargantas desesperadas. Pero los blancos, como excitados por el reto, despreciaron las inquietantes amenazas del dios. Los caballos, encabritados, sacudieron el miedo y, espoleados por sus dueños, aceleraron el paso hacia el templo mayor del Imperio.

Enmudecidos, los indios vieron subir a los españoles por las rampas circulares del santuario, atravesar la muralla y cabalgar sobre el patio de los primeros ayunos. Los vieron luego subir las dos rampas siguientes, entre muros exornados de aves, peces y plantas de vivaces amarillos, ocres, verdes y celestes. Y, para espanto final de los testigos, aparecer sobre la última plataforma, a donde sólo podían llegar los que habían ayunado un año entero.

Ante el estupor de la indiada, en medio del silencio de la tarde quebrado por los relinchos, el chirriar de los metales y correajes y las cortantes voces de los jefes, los viracochas desmontaron frente a la Habitación Sagrada del Desconocido. Se vio entonces abrir, de un golpe, la puerta rutilante de cristales, turquesas y mullus, y violar...

En esta parte de la narración se adelgazaba el trazo y la tinta se borraba por un espacio de medio folio. Importante, o fundamental más bien, sí se piensa que fue el momento culminante. Pero en estos casos, como de costumbre, al investigador no le queda sino calmarse y maldecir las desgracias que el tiempo o el descuido causan en los documentos. Pero, a decir verdad, hasta ahora no me resuelvo a explicarme si ese medio folio fue destruido adrede o si fue obra de la polilla. En todo caso no me quedó mas que resignarme y seguir adelante.

En el folio siguiente se reiniciaba el texto con el final de una consideración acerca de esa tragedia e indicaba que, el estado de angustia en el que estaba sumido Apolaya, fue quebrado por la voz de su padre. Distante y áspero le dijo: "Recuerda, sólo han tocado una de sus apariencias". Estimulado por la ávida atención de su hijo, el sacerdote había añadido: "Hace tiempo que Pachacamac se ha escondido. Su fuerza resurgirá y será adorado por los hijos de estos viracochas. No saben que arrojando una piedra contra el Mar no lograrán romper su espejo inconcebible".

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Luis Enrique Tord
Nació en Lima en 1942.

Doctor en Antropología, realizó cursos de perfeccionamiento en el Instituto de Países en Vías de Desarrollo (Lovaina).

Es miembro de la Sociedad Geográfica de Lima, de la Sociedad Bolivariana del Perú, de la Sociedad Peruana de Historia y de la Biblioteca Peruana de Cultura de la Fundación Augusto N. Wiese.

Tiene una abundante producción científica y cultural vinculada primordialmente al área de su formación profesional, reconocida con el Premio Nacional de Cultura "Antonio Miró Quesada" en 1971. "El Indio en los Ensayistas Peruanos: 1848-1948" le mereció el premio a la Investigación de la Historia Peruana "Luis A. Eguiguren", en 1978.

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