Octubre 2003

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Ciencia Ficción Peruana en Velero 25.
Creada: Julio 2003
Actualizada: Agosto 2004
Derechos Reservados: Ediciones Quinx
©
Quinx 2003
Lima - Perú 200
4
 
Disfraz

-¡Déjelo! ¿No se da cuenta de que ya tiene bastante con su cruz? -intercedió una mujer que estaba embarazada. -Usted no sabe lo que es el respeto. -Una fértil ola de protestas se alzó a coro, fundiéndose con los sonidos propios del tren que seguía su marcha, ajeno al conflicto desatado en su interior.
-Necesito que me ayuden. Una moneda, por favor.
-¡Qué alguien llame al guardia! -gritó un hombre alto y obeso de cráneo afeitado y poblado bigote negro-. ¡Seguridad! ¡Seguridad!
-Esperen -dijo Esteban, acorralado contra una de las puertas automáticas; sus posibilidades de ser despedido hacia el andén en el caso de que el tren se detuviera eran enormes: la presión de la gente iba en aumento y él, con las manos en alto, no lograba convencer a nadie; más bien todo lo contrario-. No trato de hacerle daño al lisiado. Sólo escuchen: ocurre algo muy raro con este hombre. Lo único que me interesa es averiguar. Ellos también lo notaron -agregó señalando a Julián y a la mujer de tez oscura.
-Necesito que me ayuden. Una moneda, por favor.
-Yo no -se defendió el muchacho-. Únicamente lo seguí, por curiosidad. -La mujer permaneció en silencio; había agotado sus argumentos y el cansancio volvía a tomar posesión de su voluntad.

-A mí no me manda nadie -insistía, obstinado, el mendigo. El tren se había detenido en una estación, pero las puertas no se abrían. La detención se prolongaba más de la cuenta, por lo que no era descabellado suponer que la noticia del tumulto había llegado a oídos del personal de seguridad; estos se estarían organizando para tomar cartas en el asunto. El tiempo se agotaba y a Esteban no se le ocurría nada efectivo. Por fortuna, la agresividad de la gente, en tensa espera, había decrecido, pero no existían garantías de que la violencia no se desatara al menor estímulo. 
-¡En el primer vagón! -oyó Esteban que gritaban-. ¡Hay uno que lastimó al Pingüino!

¡El Pingüino! ¿Así lo llamaban? La retorcida hilaridad que le produjo a Esteban la idea se desvaneció al reparar en que lo estaban acusando de un abuso no cometido. La gente se había apartado de él y lo miraba con asco, con aprensión, con resentimiento. Era todo lo que necesitaba. Le arrebató la mochila a Julián y tomándola con las dos manos de las correas, la descargó contra la cabeza del mendigo en el mismo momento en que éste repetía por enésima vez su letanía:
-Tuve un accidente...
-¡Vas a tener otro! -aulló Esteban.

La mochila hizo impacto y la cabeza salió volando como un meteoro, rozando a su paso todas las agarraderas de una fila, que tintinearon musicalmente. El cuerpo del mendigo empezó a girar sin control y un lluvia de placas, componentes, capacitores, resistencias y vaya uno a saber qué más, se derramó sobre los pasajeros del tren. Tornillos y arandelas rodaron por el piso del vagón, formando un riacho absurdo.

-Una moneda, por favor -seguía rogando el cuerpo decapitado. Esteban dedujo que el reproductor estaba en algún punto próximo a la axila. Pero esa deducción pasó a segundo plano cuando advirtió que casi todos los pasajeros se abalanzaban sobre los componentes sueltos del mendigo y otros, más osados todavía, lo desmembraban para apoderarse de los brazos y las piernas. En la otra punta del vagón, el recolector de residuos vestido de verde y amarillo, exhibía triunfal la cabeza, imponiendo la superioridad de su físico sobre los que trataban de arrebatársela. Cuando estuvo seguro de que todos reconocían su derecho, desenroscó la cabeza propia y procedió a sustituirla por la del mendigo.
-¡Es de última generación! -exclamó, eufórico. Un aplauso cerrado coronó la conquista. La mayoría de los pasajeros se desentendieron de Esteban, a quien minutos antes habían estado a punto de linchar, y se dedicaron a comparar y ponderar las piezas obtenidas en el desmantelamiento. Del mendigo sólo quedaba el núcleo del tronco con la unidad de sonido, que por alguna extraña razón nadie había reclamado. Esteban se agachó y pudo escuchar, aunque el volumen ya era muy bajo, el invariable alegato, casi inaudible.
-... yo pido para mí. Para mí...

Las puertas se abrieron por fin, y la multitud se derramó por el andén.

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Fin

 

© Sergio Gaut vel Hartman - 2003 (Reproducido con permiso del autor)

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Sergio Gaut vel Hartman
Nació en 1947, en argentina. Publica relatos de CF desde 1970 en revistas (ND, El péndulo, etc.) y fanzines. También es fundador del Circulo Argentino de Ciencia Ficción y Fantasía (CACFyF).
Tiene relatos como "Guía practica (abreviada) para entrar en contacto con culturas pretecnologicas" en ND 137; "Lapso de reflexión" en El Péndulo 6, "Los trepadores" en la antología Latinoamérica Fantástica. 
Nueva Dimensión 137
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