Octubre 2003

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Ciencia Ficción Peruana en Velero 25.
Creada: Julio 2003
Actualizada: Agosto 2004
Derechos Reservados: Ediciones Quinx
©
Quinx 2003
Lima - Perú 200
4
 
Disfraz

Cuando la formación estuvo a punto de partir, en el último segundo, el mendigo abordó el tren, lo que provocó que él, distraído en sus especulaciones, tuviera que correr para no perderlo. Sólo el espontáneo apoyo de uno que trabó las puertas automáticas, le permitió llegar antes de que el tren se pusiera en marcha.

Ya a bordo, sin posibilidades de ocupar un asiento, se acurrucó para pasar inadvertido y observar con atención el accionar del mendigo.
-A mí no me manda nadie; yo pido para mí. Para mí, pido. Tuve un accidente; necesito que me ayuden. Una moneda, por favor. -Las mismas palabras, la misma oscura oscilación en "accidente". Con una envidiable precisión recorrió el vagón en el mismo tiempo que el tren demoró en unir las primeras dos estaciones. Mientras sentía crecer en su interior la excitación que generaba ir detrás del esclarecimiento de un enigma, por minúsculo que éste fuera, imaginó tres o cuatro desenlaces posibles, algunos de los cuales entrañaban cierto riesgo para su integridad. ¿Estaría operando bajo la influencia de un impulso suicida? Asimiló la idea, aunque no por completo. Su herida interior era profunda, de las que no cicatrizan así nomás. Pero estaba seguro de que su afán por conocer se impondría a cualquier tendencia desafortunada.

Buscó una vez más al mendigo. No lo vio, por cierto. Debía estar en el tercer vagón y si el modo de actuar era el previsto, no tenía por qué inquietarse; no lo iba a perder. En ese punto lo asaltó una nueva duda. Si la teoría del artefacto era correcta, el mendigo no descendería nunca del tren, o por lo menos no saldría nunca de las estaciones cabeceras, manteniéndose en una suerte de circuito cerrado. Seguramente entraría en contacto con el encargado de recoger la recaudación, pero él no lograría obtener un solo dato más. Eran sus propias limitaciones, comer, dormir, satisfacer necesidades fisiológicas, las que terminarían por hacerle perder la pista del lisiado. No tenía sentido. Estaba persiguiendo un fantasma. Sería mejor abandonar en este punto, antes de que la obsesión encadenara su voluntad.

No obstante, se permitió un último lance. Si lograba obviar la pesquisa, habida cuenta de que ya sabía que no lo conduciría a ninguna parte, y descubría entre los otros pasajeros alguno que hubiera notado el extraño comportamiento del mendigo, quizá diera con una respuesta satisfactoria sin más trámite. Lo animó hasta tal punto esa posibilidad que se atrevió a abordar al que tenía más cerca.

-Discúlpeme -le dijo a un joven de ensortijado cabello rojo que había pasado todo el viaje buscando una posición adecuada para su gran mochila-: ¿Observó al mendigo que pasó hace un rato, el afásico, gordo, que repetía un discurso entrecortado?
El muchacho lo miró extrañado, pero no pareció molesto por la intrusión. -Lo veo todos los días que viajo; ya no le presto atención. ¿Qué hizo?
-Hacer no hizo nada especial. Es difícil de explicar. Seguramente vas a pensar que estoy loco o que persigo alguna cosa rara.
El joven se encogió de hombros. -Debo haber escuchado cosas peores, con seguridad.
-Lo único que tengo es una sensación, un relámpago. Vi algo muy extraño cuando pasó junto a mí, hace un rato; lo vengo persiguiendo desde entonces.
-Entonces lo dejó ir, porque anda como tres vagones atrás.
-No importa. Sé donde está en este momento. No es eso. Maniobra con regularidad, como si fuera una máquina.
-¿Un robot mendigo? -El muchacho había captado la idea de inmediato. -Suena absurdo.
-Sí, ¿no? -El tren se había ido llenando en cada estación y la atmósfera ya era irrespirable. Se preguntó cómo haría el mendigo para cumplir con la pauta: un coche por tramo.

-Según mi cálculo -prosiguió-, en la octava estación habrá llegado al último vagón, lo que lo obligará a tomar un tren descendente o el próximo en la misma dirección que éste.
-¿Está seguro de lo que dice? Mire, yo a usted no lo conozco. Puede ser un lunático al que le dio por ese lado. Y a mi el mendigo no me hizo nada. ¿Tengo que elegir a uno de los dos?
-Es cierto, te pido disculpas. 
-No, está todo bien. -El joven pareció advertir que había actuado groseramente y trató de reparar su conducta. Tendió la mano y se presentó. -Me llamo Julián; hago este camino todos los días. -Sonrió. -Estudio en el centro, Sociales.
-¡Qué bien! Yo soy Esteban Gandolfo. Como ves, pierdo el tiempo con estas tonterías.
-¿Se propone seguirlo? -Hizo un ademán ambiguo, en la dirección probable en que podría hallarse el lisiado en ese momento. En la pregunta estaba implícita otra.
-No tengo nada mejor que hacer. Enviudé, hace dos meses. Al llegar a casa me siento en una silla y me quedo horas mirando el vacío. A veces me acuerdo y enciendo la televisión; entonces me quedo horas mirando la televisión como si fuese el vacío. Esto, por lo menos, aunque sea más loco, luce más interesante, ¿no te parece?
-Lo siento -dijo el joven, incómodo, poco habituado a expresar una condolencia.
-No hay problema. Me disculpo otra vez por haberte metido en esto.

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Sergio Gaut vel Hartman
Nació en 1947, en argentina. Publica relatos de CF desde 1970 en revistas (ND, El péndulo, etc.) y fanzines. También es fundador del Circulo Argentino de Ciencia Ficción y Fantasía (CACFyF).
Tiene relatos como "Guía practica (abreviada) para entrar en contacto con culturas pretecnologicas" en ND 137; "Lapso de reflexión" en El Péndulo 6, "Los trepadores" en la antología Latinoamérica Fantástica. 
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