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Ciencia Ficción Peruana en Velero 25.
Creada: Julio 2003
Actualizada: Agosto 2004
Derechos Reservados: Ediciones Quinx
©
Quinx 2003
Lima - Perú 200
4
 
Disfraz

Estaba distraído, con la mente extraviada en los laberintos de un dolor reciente. Por eso, cuando el mendigo ingresó al vagón, farfullando su discurso, no le prestó atención.

-A mí no me manda nadie; yo pido para mí. Para mí, pido. Tuve un accidente; necesito que me ayuden. Una moneda, por favor. -Las palabras se abrieron paso con dificultad, por lo que demoró en relacionar la demanda con la figura voluminosa que se bamboleaba por el pasillo al ritmo del tren. -A mí no me manda nadie; yo pido para mí. Para mí, pido. Tuve un accidente; necesito que me ayuden. Una moneda, por favor.

Extraño, se dijo; algo no encaja. Observó al mendigo a los ojos y percibió el desajuste entre el discurso, repetido como una cantinela, y los gestos mediante los cuales el hombre registraba el entorno. Eran más de las seis de la tarde, la hora pico. El vagón estaba lleno de gente que regresaba a sus casas, en los suburbios. Pero el mendigo se movía como si el tren estuviera vacío. Miente, pensó; finge, no hay duda de que está interpretando a un personaje creado para pedir limosna. No se sintió sorprendido. Aunque pertenece más al folclore urbano que al ámbito de los estudios serios, es vox populi que muchas personas trabajan de mendigos con el mismo profesionalismo con que se reparan relojes o se lustran muebles. No valía la pena torturarse con una reflexión tan inclemente, decidió. Buscó algunas monedas y se preparó para dárselas en cuanto se acercara.

Todo hubiera concluido en ese punto, a no ser porque el mendigo dejó escapar una exclamación, seguramente al recibir una moneda falsa. No lo sorprendió la exclamación en sí misma; no habría ocurrido eso ni siquiera si la exclamación hubiese sido pronunciada en otro idioma. La extrañeza provino de que por un instante, una ínfima fracción de segundo, el mendigo osciló en el límite de la percepción, mostrando que, por debajo de su envoltura humana, había un artefacto, o algo no humano que parecía uno. Se refregó los ojos, desconcertado, como si fuera lógico atribuir el fenómeno a una ilusión óptica. Cuando el mendigo llegó junto a él trató de descubrir algún otro signo que pusiera en evidencia la naturaleza oculta del otro, pero sólo vio a un hombre corpulento, muy deteriorado por un infarto cerebral masivo; arrastraba la pierna izquierda y el brazo del mismo lado le colgaba como un trozo de carne muerta. Las dificultades en la dicción quedaban disimuladas por la costumbre de repetir el mismo discurso, aunque la voz le temblaba cada vez que pronunciaba la palabra "accidente". Le dio las monedas que tenía preparadas. El mendigo se detuvo y dijo:

-Dios lo bendiga y le dé el doble. -A continuación, con un movimiento que desmentía la inutilidad del brazo, apretó el puño y las monedas desaparecieron. No las guardó en el bolsillo ni las depositó en el morrión que le colgaba de la cintura: desaparecieron. ¿Otra ilusión óptica? Se le ocurrió que no perdía nada encarándolo; en el peor de los casos recibiría una respuesta incomprensible, fuera de la programación, o nada. Pero el mendigo ya le había dado la espalda, siguiendo su camino por el vagón atestado, con la pierna a la rastra y la mano colgando fláccida en el extremo del brazo. No pedía permiso: se impulsaba y pasaba entre la gente, como una máquina programada para cumplir ese objetivo.

Un episodio banal; ha terminado. ¿Tenía sentido seguir preguntándose acerca de lo que había visto, el supuesto artefacto disfrazado de mendigo? Una máquina de pedir limosna. Ingenioso. Una vez amortizados los gastos de diseño y construcción, estaríamos ante un generador incansable de ganancias, en actividad las veinticuatro horas, todo el año, años y años, incansable, eficaz. Los gastos de mantenimiento serían mínimos: las máquinas no comen, no duermen, no reciben sueldo, no realizan protestas sociales, no reclaman vacaciones, no se enferman... ¡Perfecto! Alejó la idea por demasiado fantasiosa y no tardó en recaer en su honda melancolía. En realidad no le importaba; aunque fuese como lo había imaginado, no le importaba.

Sin embargo, cuando el mendigo pasó al otro vagón, lo siguió con la vista. Había una coincidencia, por lo menos intrigante. El último vagón a recorrer se ajustaba a la perfección con la llegada a la terminal. Ocho vagones, dieciséis estaciones. Matemáticamente exacto; una concesión dramática a la simetría, que en la realidad, por lo general, se empeña en escurrir el bulto.

Al descender, prolongó la investigación ubicándose a veinte pasos del mendigo. El hombre (se resistía a aceptar que su visión pudiera darse por verificada) permaneció junto a la última puerta del último vagón. Esa, al invertir su marcha la formación para recorrer el trayecto de la terminal a la cabecera, se convertiría en la primera puerta del primer vagón. Las precisiones matemáticas en el comportamiento del lisiado seguían dándose de cabeza con la lógica. Si la impresión que trascendía de su aspecto y comportamiento llevaban a suponer que el hombre a duras penas podía valerse por si mismo, la forma en que tenía organizado su trabajo demostraban lo contrario. Creyó vislumbrar, fugazmente, un cambio en la actitud cuando los nuevos pasajeros fueron ocupando los coches, pero le restó importancia. Fue en ese momento que decidió seguir al mendigo hasta el fin del mundo, si resultaba necesario. No tenía nada importante que hacer, nadie lo esperaba, y le vendría bien, en todo caso, concentrarse en una empresa novelesca, aunque fuera una ilusión, una soberana ridiculez.

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Sergio Gaut vel Hartman
Nació en 1947, en argentina. Publica relatos de CF desde 1970 en revistas (ND, El péndulo, etc.) y fanzines. También es fundador del Circulo Argentino de Ciencia Ficción y Fantasía (CACFyF).
Tiene relatos como "Guía practica (abreviada) para entrar en contacto con culturas pretecnologicas" en ND 137; "Lapso de reflexión" en El Péndulo 6, "Los trepadores" en la antología Latinoamérica Fantástica. 
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