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Ciencia Ficción Peruana en Velero 25.
Creada: Julio 2003
Actualizada: Agosto 2004
Derechos Reservados: Ediciones Quinx
©
Quinx 2003
Lima - Perú 200
4
 
Las formas

Hernández sonrió con la misma benevolencia que usa un adulto para con un niño que gime asustado de la oscuridad. 

- "No irá su cuerpo físico, amigo mío. No tenga usted ningún temor. Su cuerpo permanecerá aquí todo el tiempo, aunque hablar de "tiempo" en este caso es un error. Además iremos juntos. No se preocupe." 

El joven se sintió tranquilizado, pues confiaba en su amigo. 

- "Me siento mejor así. ¿Qué es lo que debo hacer?" 
- "Junte los dedos pulgares, índices y mayores, y cruce los otros dos. Ahora apoye sus brazos relajadamente sobre las piernas y apunte con sus dedos juntos hacia la forma enfrente suyo. Esa posición especial hará fluir su deseo más fácilmente. Cierre los ojos y piense en la pasión de Cristo. Imagine una multitud y un hombre bueno que va siendo cruelmente castigado a medida que arrastra su pesada cruz..." 

Entonces Belisario se encontró en una colina cercana a las murallas de Jerusalén, que identificó de inmediato, aunque sin saber cómo ni porqué. Una multitud vociferante se divisaba, desfilando lentamente. Hombres y mujeres vestían túnicas sueltas, y soldados de relucientes cascos mantenían a raya al gentío, impidiéndole acercarse mucho al centro. Allí, un hombre robusto arrastraba una cruz y entonces, sobresaltado, preguntó a la impalpable presencia de Hernández: "¿Es él?". "No", respondió la mente astral de su amigo; "es Simón de Cirene, un hombre a quien los soldados romanos al mando de Petronio, centurión romano, han obligado a cargar la cruz de Cristo, por encontrarse apurados. Jesús ha desfallecido pues los maltratos y más de cien azotes infligidos se han dejado ya sentir. Es el que va adelante, con las manos atadas." 

Entonces Belisario vio a un hombre delgado y descalzo, vestido con un desgarrado manto color granate. "Está lejos para apreciar su rostro", le dijo a su amigo, mientras se sentía presa de una profunda emoción. "Usted puede acercarse tanto como desee. Ya sabe que nadie lo verá, pues estamos en una dimensión diferente. Podemos observar pero no ser observados". Ante lo cual el joven observador, dudoso y hondamente conmovido, acercó su ser astral al centro mismo de la muchedumbre. Al acortarse la distancia física arreciaron los gritos, vituperios e insultos, y pudo escuchar también los sollozos de las mujeres que seguían de cerca a Jesús, quienes pugnaban por acercársele a pesar de la férrea custodia que ejercían los soldados de metálicas corazas.

A pesar de su objetividad de científico, se sintió sobrecogido. Jesús era un hombre encorvado, de estatura mediana, largo cabello color castaño, hirsuto bigote y espesa barba. Tenía la ancha frente sudorosa cruzada por una cicatriz, los ojos negrísimos hundidos y separados, la nariz larga y curva, los labios llenos. Su mirada era serena, a pesar de los sufrimientos por los que atravesaba, y sus ropas estaban manchadas de sangre. Entonces el joven puso su atención en María, la madre de Jesús, y vió un rostro avejentado más por los sufrimientos que por los años; al igual que a las otras mujeres, un negro manto la cubría desde la cabeza hasta los pies, y su resignado llanto contrastaba con el desesperado de María Magdalena, hermosa aún en su dolor.

Pero como la trágica procesión continuaba, ahora se fijó brevemente en los ladrones, desnudos éstos de medio cuerpo arriba, torvos los rostros, despavorida la mirada. 

Ya ascendían hacia la cumbre del monte de la calavera y algunos de los verdugos desnudaban a Jesús mientras otros preparaban los grandes clavos. Belisario se fijó en el rostro del Salvador y le pareció ver en él una sombra de temor. Los soldados romanos procedían con rapidez y eficiencia, producto de multitud de anteriores ejecuciones contra sediciosos y criminales del Imperio en expansión. Ya tendían el delgado cuerpo sobre la cruz y clavaban sus manos al madero con gruesas y largas alcayatas. Belisario sintió un escalofrío de horror y una profunda compasión cuando uno de los sayones, sonriendo, clavó limpiamente ambos pies, uno sobre el otro, haciendo crujir los maltratados huesos. La sangre corría en regueros que humedecían la tierra rocosa. Luego levantaron la cruz que portaba el delgado cuerpo, introdujeron el largo extremo inferior en un agujero ex profeso y la acuñaron con piedras para dejarla vertical. Aún no había reparado en los ladrones, y cuando los miró, ambos estaban ya amarrados por las muñecas a los brazos de las sendas cruces y por los tobillos al extremo inferior de las mismas. Sangraban profusamente por los lancetazos que les infligían alegremente sus verdugos, y sus cabezas colgaban sobre los pechos anhelantes. Al mirar nuevamente a Jesús, observó estremeciéndose cómo, sangrando todavía por las heridas del látigo, estaba colgado allí al sol, para morir. Para precipitar su fin, un impaciente soldado lo apuñaló en el costado con la espada corta, y riendo dijo: "Ahora dejemos que Elías venga a salvarle". Al extraérsele la hoja de la espada, Jesús pareció morir. Entonces, trémulo, Belisario dijo a su invisible mentor: "Al parecer todas las crucifixiones son de mero trámite, inclusive la de Jesús, redentor de los cristianos. Pero... ¡se están yendo ya, Ingeniero! ¿No van a sortearse las ropas de Cristo? ¿Este no va a pronunciar ninguna palabra?" 

"Nosotros deberemos regresar también a la temporalidad normal, amigo, pues una urgencia me obliga. Lamento tener que comunicarle que aún el hiper-tiempo en el cual estamos inmersos, fluctúa a nivel del tiempo consciente. Y ciertas limitaciones que contienen aún las formas me impiden en estos momentos mayor elasticidad. Pero luego podremos conversar tranquilamente sobre este viaje que hemos realizado juntos. Por favor, piense en el despacho de Quintana, con mucha atención y concentración, pues así facilitaremos el regreso." 

Y al hacerlo, Belisario encontróse sentado, y no entre cojines sino en un sillón, con sus vestiduras normales; no sin sorpresa vio que su amigo se incorporaba del escritorio de su jefe de almacén, después de colgar el teléfono. 

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Carlos Bancayán
Profesor de ciencias, poeta y narrador. Nació en l943 en Chiclayo, cálida ciudad del norte peruano. Integra la directiva de la Asociación Cultural Amigos de Max Dextre, de la Asociación de Escritores Lambayecanos, ADEL, y de la Casa del Poeta Peruano, filial Chiclayo.

En l975 publicó "Poemas dispersos", una antología de su producción primigenia, y en l979 su libro de poesías "Sentidumbres, la costumbre de sentir". "Pastor de colibríes", su tercer poemario, vio la luz en l994,y su libro de cuentos "Las formas", en l997.

Ha obtenido diversos premios, como literato y también por su calidad de promotor cultural.

También conferencista y periodista de opinión, es constante partícipe del quehacer cultural e intelectual de su pueblo.
Las formas
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