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Ciencia Ficción Peruana en Velero 25.
Creada: Julio 2003
Actualizada: Agosto 2004
Derechos Reservados: Ediciones Quinx
©
Quinx 2003
Lima - Perú 200
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2984

En todas las gloriosas ramas de laurel que, atentas a las tradiciones, se preparaban para saludar el triunfo de la Revolución del Arrozal, había un solo parásito que molestaba a quien sería ungido como su legítimo líder: la victoria le parecía falsa.
En efecto, Vanh no podía pasar por alto la notable colaboración que el sistema había prestado para su autodestrucción. Y no porque la tarea de derribar a un imperio de mil años hubiera sido fácil: no, por el contrario, había tomado la mejor parte de la vida de Vanh y de sus seguidores (había tomado la vida de decenas de ellos). Y había tomado la mano izquierda de Vanh. No, había sido una empresa sangrienta, prolongadamente miserable, jamás fácil. Pero ellos habían triunfado, y ése era el parásito que molestaba a Carlos Vanh: había sido posible.

Todas tas cosas desean permanecer como son, había escrito un filósofo quince siglos antes. El Partido había hecho de aquel lema un programa, y se había perfeccionado en el arte de desear perdurar tanto y tan bien que era, de hecho, indestructible. Que el Partido fuera debelado era imposible: la insidiosa Hermandad absorbía todo ímpetu rebelde, le extraía las entrañas y lo volvía a escupir a la sociedad como un remedo fantasma de sí mismo, como un animal domesticado que ya olvidó cómo hacer daño, y la amenaza no sólo quedaba conjurada sino que el Partido aprendía de ella, se hacía aún más fuerte, más perenne...
Pero Vanh y los suyos habían derrocado al Partido, y eso lo confundía y lo desquiciaba. Jamás ningún revolucionario tuvo, como él la había tenido, la certeza del fracaso. No una corazonada: una convicción científica, basada y demostrada con todo el rigor de la lógica matemática. Todo lo que ocurría en la historia era obra del Partido. El presente, contenido en la historia, no contenía ya al Partido. El Partido ya no existía: el Partido, por lo tanto, había detentado en sí mismo el germen de su propia destrucción. Absurdo. Recordó las dificultades que habían tenido para expresar la famosa —y secreta— Proposición Gamma en lenguaje formal.

Pero allí estaba Vanh, pálido aún, sintiendo el peso de su hazaña, sin poder hacer otra cosa que caminar en derredor de la mesa, revisar las pocas y desconcertantes antigüedades encerradas en esa habitación, célebremente enorme y vacía, situada en el centro de un palacio de piedra también enorme y vacío: la habitación del Gran Hermano.
Veintiséis años de vivir en el peligro habían convertido a Vanh en un hombre agotado, parco pero intenso, y que sabía pasar largas horas inmóvil. Pero allí, en el Sancta Sanctorum del imperio, durante esos instantes a solas que había tenido la debilidad de pedir (y que le fueron reverentemente concedidos) se dio cuenta de que sus días de guerrillero terminaban: tan sólo atinaba a hacer cosas tontas como meter y sacar nerviosamente la mano del bolsillo, hurgar bajo pesadas antiguallas que ofrecían una resistencia singular a ser movidas, y contemplar estupefacto el techo vacío, cavilando en aquella paradoja de la cual él era a la vez predicador y protagonista.

Había destruido al sistema. ¿Se había destruido el sistema a sí mismo? ¿Acaso se había destruido él al destruir al sistema? ¿Eran aquellas dos una única pregunta? Desechó esta posibilidad con un escalofrío. Él era parte del sistema, como lo era también la Revolución del Arrozal. El subterráneo grupo de intelectuales que reunió bajo ese nombre había comprendido que una teoría política perfecta tenía que ser demolida desde su mismo centro, desde sus fundamentos lógicos. Durante un cuarto de siglo emplearon aporías como fusiles, antinomias como bombas caseras. Sus atentados, donde atrevidos entimemas reemplazaban a la gelignita, no tardaron en abrir brechas detectables en la más íntima trama del Partido.
Ahora, sin embargo, aquella aparatosidad teórica era tan sólo un estorbo para sus sentimientos. El triunfo había sido más intelectual que militar, era cierto, pero allí estaban las muertes de Diana y de Arroz, la dolorosa quema de las tres bibliotecas que habían logrado ocultar durante tantos años, la pérdida de la cuenta de los días al punto en que era ya imposible conocer la fecha actual (no importaba: el día ameritaba ser el primero de un nuevo Año Uno)... La falta de su mano izquierda le parecía banal al lado de todo esto, pero ya no pudo dejar de incluirla en el recuento. Se acercó a un vetusto sillón y trató de orientarlo hacia la ventana, pero descubrió sin sorpresa que estaba atornillado al piso. Encogiéndose de hombros, se sentó, dejando reposar en los polvorientos brazos su mano y su muñón.
Como en el grotesco asunto de la amputación, pensó, una vez más todo dependía de él. Después de tantos años inclinado a hurtadillas sobre los archivos de la Hermandad, sabía que dieciocho (no: diecinueve) veces en esos años distintas revoluciones fueron apagadas en secreto, y que de tales espasmos sólo tenía noticias la más alta jerarquía del Partido, que él acababa de destruir, y Arroz y él mismo. De algo había servido el estudio, sin embargo: descubrieron la única grieta lógica que podría ayudar a derrumbar una estructura política que había sobrevivido más de diez siglos sin conocer siquiera una crisis.

Jamás en la historia del hombre —él lo sabía— un sistema político había permanecido en el poder tanto tiempo, y ninguno siquiera la décima parte de ese plazo sin afrontar algún cambio de importancia. (Axioma Uno: El Partido no cambia; es.) El horrendo equilibrio artificial sustentado por los mecanismos políticos urdidos bajo la figura imposible del Gran Hermano, descubrieron, estaba basado en lo que Arroz denominó Prospectiva Paraconsistente, una ciencia tan exacta como cruel: su desaparecida mano era testigo. Y Vanh nunca pudo entender por completo la demostración de Diana de que, según la proposición quinta de Gódel, él nunca podría estar allí... pero allí estaba ahora, sentado en aquel sillón.

Y allí encontraron su cadáver al día siguiente, cuando el preocupado Escuadrón del Arrozal logró derribar la severa puerta de hierro que habían abierto para él el día anterior. Denegrí fue quien lo vio primero, tirado como un trapo sobre el sillón, la cabeza destapada por detrás, seguramente por una explosiva disparada dentro de la boca. El rostro no estaba maltratado y era perfectamente reconocible, pero en ese momento Rafael Denegri, en quien recaía ahora la responsabilidad de dirigir la revolución, empezó a deslizarse hacia el pánico. Porque en el rigor mortis que empezaba a detener la cara de Vanh en una cruda máscara, Rafael pudo descubrir qué era lo que le atraía tanto de ese rostro, en qué consistía el magnetismo que había arrastrado a todos ellos tras ese hombre a sabiendas de que los llevaba a un fracaso que pregonaba además como necesario.
Sí, ahora lo veía claro: el arco de las cejas y la sobrehumana expresión de ausencia que Vanh había adquirido en los últimos años; el color del cabello que, encaneciendo desde hacía poco, llegaba ahora a la tonalidad exacta, y, sobre todo, los enormes bigotes que parecían saltarle de debajo de la nariz... ¿cómo no haberlo notado antes? Y el gesto de la boca, inhumanamente imperativo, que persistía y aun se acusaba ahora que estaba muerto... ¿es que nadie se había dado cuenta del parecido de Vanh con el Gran Hermano?

Seguramente Denegri supo la verdad antes de representar su parte en el feliz aplastamiento de la vigésima rebelión. Pues la certeza del Axioma Uno debió haberle mostrado cómo Vanh, sentado en ese sillón. Pudo ver al fondo de la sala el gran espejo que el Escuadrón quiso romper, y debió entender también entonces por qué él mismo lo había impedido. Se imaginó, con seguridad, el momento en que Vanh —intentando relajarse en un sillón matemáticamente colocado— vería su reflejo en un cristal orientado hacia allí cien, doscientos años atrás, y que habría visto en él a un hombre vestido de negro, de rostro decidido, con una abundante cabellera gris, impresionantes bigotes y mirada acusadora, observándolo con atención desde el otro lado del cuarto. Y reconstruyó el momento en que los ojos de Vanh habrían subido con pausado temor hasta el borde más alto del espejo, en el que, mucho tiempo atrás, algún miembro de la incomprensiblemente astuta Hermandad había escrito la fatal frase destinada a él, sí, después de todo, sólo a él: El Gran Hermano te vigila.

Con certeza Rafael Denegri supo también, antes de pegarse su propio tiro, cómo halló su amigo la arcaica Cobra .50, cargada y al alcance de su mano única, e impresa en su frente la verdad que todos bien sabían acerca del sistema, la verdad que con Arroz todos habían creído falible. Porque Rafael, como Vanh en su momento, supo fuera de toda duda que lo que lleva en sí su propia semilla no puede ser destruido jamás. El juego había terminado.

Los instantes finales fueron evidentes para Rafael: Vanh recordaría no haber creído nunca en el Gran Hermano, pero tuvo que admitir cuánto lo perturbaba ese rostro severo y perfecto. ¡Qué rasgo de debilidad de las mentes tras el Partido parecía entonces el de necesitar un guardián!

Entonces, en el momento exacto en que Otros previeron que debía hacerlo, tres segundos antes de matarse —tiempo requerido para dar cabida a todo su horror— Carlos Vanh supo que él era el Gran Hermano.

© Enrique Prochazka; 1997

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Enrique Prochazka
Nació en Lima en 1960, estudió Filosofía y Antropología en la Pontificia Universidad Católica del Perú, Ha publicado trabajos de investigación sobre el pensamiento anarquista de Max Stirner y ensayos de interpretación acerca de Ludwig Wittgenstein y Hegel, además de notas y artículos de opinión en publicaciones peruanas y extranjeras.

Montañista y fotógrafo, su trabajo literario ha merecido el primer premio del concurso El Cuento de las Mil Palabras de la revista Caretas de Lima. También ha obtenido menciones en los certámenes Copé de Cuento de la empresa Petróleos del Perú, Ricardo Palma de la revista Meridiano y en el convocado por la Asociación Peruano-Japonesa.

En sus propias palabras Prochazka considera que: ... "Escribir estas historias, por supuesto, no ha sido el acto de un valiente; tal vez lo sea publicarlas. Mi formación ha sido filosófica y conozco apenas de literatura. Sé lo poco que hace falta para entender que éstos son lo que entre nosotros con facilidad se llamarían, eso sí, cuentos borgianos, Borges leía a Schopenhauer, a Thomas de Quíncey, a Swedenborg, a los gnósticos, a Homero y a todos los demás y, de pronto, escribía sobre gauchos. Yo he leído a Asimov, a Sturgeon, a Epicuro, a los folcloristas rusos, a Schopenhauer, a los cínicos, a Homero y —ventaja enorme— a Borges, y he escrito sobre lo que me ha parecido mejor. Si en ese trayecto paso por ser un mal y tardío copista del maestro, quizá se deba a que he usado las mismas frases y ritmos que él robó a sus mayores. Siempre se tratará de un hurto inteligente; los libros más personales son centones.
He aquí pues cuentos borgianos, sí, pero porque son (como aquellos suyos) schopenhauerianos, homéricos, kafkianos, gnósticos. No tengo prisa en diferenciarme de esa humanidad: lo harán los años y el peligro. Pero no los de Borges, que él obtuvo anhelándolos de la literatura, sino los míos propios, vividos y temidos."
Un único desierto
Col. Terra Incognita
Serie Narrativa
Australis
Lima, Marzo 1997

Índice
.- Presentación
.- Orbis Tertius

.- El premio
.- Conquistador
.- Acero
.- Los dos monstruos
.- La mano de Kazka
.- Dios
.- Cáucaso
.- Taylor
.- El breve mar
.- Hallazgo de la fruta
.- 2984
.- Happy End
.- El porquerizo
.- A modo de explicación

.- Testamento

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