Noviembre 2003

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Ciencia Ficción Peruana en Velero 25.
Creada: Julio 2003
Actualizada: Agosto 2004
Derechos Reservados: Ediciones Quinx
©
Quinx 2003
Lima - Perú 200
4
 
Happy End

Todo empezó, claro, con aquel distante creced y multiplicaos, el propósito de toda acción social emprendida hasta hoy. Desde el Edén, absurdamente, la unidad humana mínima era vista en términos de pareja más prole. (El sentido en el que aquello comportaba una ganancia sobre la unidad personal es aún objeto de dudas. Pero entonces se accedía a verdades que hoy se han disuelto en inconsistencias; aquellos bienaventurados no supieron que la verdad dependiera tanto de las disputas.)

A partir de entonces, sin embargo, la incesante penetración genética en el futuro demostró ser un despropósito: nunca éramos felices en función a que nuestros hijos lo fueran. (En eso consistió, históricamente, la expulsión del Paraíso: algo ocurrido en Siria y Mesopotamia hace doce o diez mil años nos condenó al ahorro, a la espera, a labores agrícolas y a horribles planes quinquenales... en reemplazo de la alegría de la caza y de la inmediatez de la recolección, que nos habían entretenido durante doscientos y más milenios.

Frente a ello mi generación ha sido la única sincera. Ha creado las cámaras: con ellas ha privado a sus hijos de la idea, de la mismísima posibilidad material de renunciara su propia felicidad. Mi generación ha entendido por fin cuánto sacrifica el individuo por un futuro que no sólo es inútil para él, sino que ha probado —convertido en pasado azaroso— que no sirve para nada.

Pero el antiguo y potente relato de lo que ocurrió en el Edén contiene no sólo la llave de nuestro encierro en la incontable cárcel de los días, sino también (y apenas disimulada) la pista de nuestro escape.

La clave es ya veterana, y fue harto conocida en la Antigüedad. Se sabe que Juliano, emperador de Roma, empachado de la piadosa opacidad en que la religión oficial había sumido a la antes festiva capital del Imperio, hacia el 362 pudo seducir al desorden —mediante su célebre Contra Galileos— a la muy contenida metrópolis latina. Este breve espasmo báquico de retorno a los viejos dioses fue enmendado por la ortodoxia "galilea" (desde el obispado) tras la conveniente desaparición del apóstata en el Asia.

Las razones de Juliano son transparentes, y puede sustentarlas cualquiera que realice una lectura desprejuiciada del Génesis. Las resumiré: en el Edén, el árbol cuyo fruto está prohibido es el del Bien y del Mal. Su consumo se pena con la muerte inmediata. Junto a éste se halla el Árbol de la Vida, sobre el que no pesa tabú alguno. La pareja humana sólo consume del primero, instada por la serpiente, que niega que vayan a morir y más bien aduce que Dios tiene cierto temor celoso a que conozcan el bien y el mal y sean como él. Así ocurre en efecto: y Dios mismo lo confirma. La consecuencia es, claro, la mortalidad, el sudor de tu frente y el parto con dolor. Pero dichas penas podían bien cumplirse «en» el Paraíso; no hace falta alejarlos de allí. La expulsión, en consecuencia, ocurre no como castigo sino como precaución. No vayan a comer ahora del otro árbol también: del de la Vida. Lejos de engañar a nadie, la serpiente dice la verdad mientras que Dios, como mínimo, se desdice.

Aquí nos apartamos de las infantiles conclusiones del Contra Galileos, que afirman que aquel otro fruto era el pasaporte a la inmortalidad. (En efecto, otros han querido ver allí dos relatos entremezclados: en uno de ellos la pareja edénica consumía regularmente del jugoso fruto de la Vida y la expulsión equivalió entonces a una cruel Ley Seca... No es así; en verdad, nunca lo tocaron: hasta hoy.)

Pero otra vez divago. Más elegante, más madura es la respuesta (hija de otras dudas) engendrada en el siglo X por los albigenses. A ellos se atribuye el primer intento explícito de extinción de la "endemoniada" especie humana, vía la promiscuidad sexual y el rechazo a la concepción. Aquello fue una feria onanísta; nosotros, por supuesto, por un lado tenemos mejores razones y medios más efectivos, y por otro no apresuramos etapas. Juliano mostró con eficacia que el libertinaje sexual es un fin, no un medio. 

(Aquí debo hacer notar que el extincionismo total es rara vez deliberativo; las más de las veces sus argumentos no pasan de la imprecación. Poco conocida es la que corresponde a un Adolf Hitler, vinculado al parecer por los judíos al bando de la serpiente enroscada. Antes de morir profirió más de una vez el deseo de que hubiera una bomba que pudiera hacer estallar toda la Tierra. Entrecortadamente repetía, apenas con cierta atrezzatura wagneriana, lo que uno de los Luises concibió con bastante más fluidez: Aprés moi, la déluge.)

He allí, pues, nuestra salida. Se nos dijo: Creced y multiplicaos, pero sed ignorantes. Una vez tomado el fruto prohibido, sin embargo, la disposición inicial evidentemente quedaba liquidada; lo sabio era rechazar al punto la invitación que siguió, las hojas de parra... y correr a tomar también del otro fruto. Si su Creador nos engañó acerca de los efectos del primero, tenemos razones para creer que también quiso hacerlo con el segundo, el palo final, el Árbol de la Muerte.

La humanidad, pues, semeja desde tiempos primitivos aquel prisionero supuesto a quien, desde el primer día, los celadores dejan abierta la puerta de la celda a la espera de que entienda que no lo retiene otra cosa que su propia indecisión. Y que, no obstante, deja pasar los días convencido de que, después de todo, un cobarde merecería quedarse allí. Aquel malentendido original ha sido desde entonces nuestra figura: cautivos del pasado, nos amedrentaba además el futuro, cuando en su infinita negación estaba y había estado desde siempre nuestro Mecenas.

Lo que hay de importante para nosotros en ese episodio, en el que Dios actuó como un inconsulto Solón para toda la humanidad futura, es pues el hecho de que el plazo jurado para obedecerle ha concluido. El tímido sacudir de cadenas llegó a su fin: con las cámaras, el Árbol está a nuestro alcance, y feliz será la generación que coma su fruto.

¿Qué harán nuestros hijos con el raro don que ponemos en sus manos? Tengo la convicción de que les será imposible desaprovecharlo. La muerte ha sido siempre el duro horizonte del arte; su trascendencia, quizá el mayor imperativo del artista. Ahora que el tiempo para siempre se acaba, ahora que ese hombre sabe que no quedará nadie para contemplar su pobre obra, habrá de convertirse en sujeto de la más productiva tragedia que se haya concebido. Impulsado por ese colosal, gigantesco carpe diem, el arte final será incomparable.

En cuanto a nuestro papel en el orden cósmico, he guardado para el final una pequeña hipótesis. La misma confección del universo es la de una prolongada Obra de Arte, para la cual la colaboración de una humanidad demasiado ocupada en criar hijos había venido siendo nimia. Como a un aprendiz renacentista, hasta hoy se nos encargaban tan sólo fragmentos, esquinas. incapacitados para firmar, con un guiño trágico dirigido al Pintor, desde este día nos negamos a la alegre barahúnda de genes que se nos había impuesto y decidimos dar —por fin— un brochazo reconocible.

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Fin

© Enrique Prochazka; 1989.

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Enrique Prochazka
Nació en Lima en 1960, estudió Filosofía y Antropología en la Pontificia Universidad Católica del Perú, Ha publicado trabajos de investigación sobre el pensamiento anarquista de Max Stirner y ensayos de interpretación acerca de Ludwig Wittgenstein y Hegel, además de notas y artículos de opinión en publicaciones peruanas y extranjeras.

Montañista y fotógrafo, su trabajo literario ha merecido el primer premio del concurso El Cuento de las Mil Palabras de la revista Caretas de Lima. También ha obtenido menciones en los certámenes Copé de Cuento de la empresa Petróleos del Perú, Ricardo Palma de la revista Meridiano y en el convocado por la Asociación Peruano-Japonesa.

En sus propias palabras Prochazka considera que: ... "Escribir estas historias, por supuesto, no ha sido el acto de un valiente; tal vez lo sea publicarlas. Mi formación ha sido filosófica y conozco apenas de literatura. Sé lo poco que hace falta para entender que éstos son lo que entre nosotros con facilidad se llamarían, eso sí, cuentos borgianos, Borges leía a Schopenhauer, a Thomas de Quíncey, a Swedenborg, a los gnósticos, a Homero y a todos los demás y, de pronto, escribía sobre gauchos. Yo he leído a Asimov, a Sturgeon, a Epicuro, a los folcloristas rusos, a Schopenhauer, a los cínicos, a Homero y —ventaja enorme— a Borges, y he escrito sobre lo que me ha parecido mejor. Si en ese trayecto paso por ser un mal y tardío copista del maestro, quizá se deba a que he usado las mismas frases y ritmos que él robó a sus mayores. Siempre se tratará de un hurto inteligente; los libros más personales son centones.
He aquí pues cuentos borgianos, sí, pero porque son (como aquellos suyos) schopenhauerianos, homéricos, kafkianos, gnósticos. No tengo prisa en diferenciarme de esa humanidad: lo harán los años y el peligro. Pero no los de Borges, que él obtuvo anhelándolos de la literatura, sino los míos propios, vividos y temidos."
Un único desierto
Col. Terra Incognita
Serie Narrativa
Australis
Lima, Marzo 1997

Índice
.- Presentación
.- Orbis Tertius

.- El premio
.- Conquistador
.- Acero
.- Los dos monstruos
.- La mano de Kazka
.- Dios
.- Cáucaso
.- Taylor
.- El breve mar
.- Hallazgo de la fruta
.- 2984
.- Happy End
.- El porquerizo
.- A modo de explicación

.- Testamento
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