Noviembre 2003

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Ciencia Ficción Peruana en Velero 25.
Creada: Julio 2003
Actualizada: Agosto 2004
Derechos Reservados: Ediciones Quinx
©
Quinx 2003
Lima - Perú 200
4
 
Happy End

Nemo ante mortem beatus.
Ovidio

¡Hey! Conozco unos cuentos
sobre el futuro...
El tiempo en que los aprendí
fue más seguro...
Los Prisioneros

Nadie es feliz antes de morir, cuenta Ovidio que refirió Heródoto que espetó Solón al rey Creso: tan sólo en el último de sus días puede decirse de un hombre si tuvo o no una vida dichosa. (Heródoto se engañaba, claro; Solón murió hacia el 559, cuando Creso aún no llegaba al trono.) Válida es por supuesto la lección, que resulta beneficiada de su origen fabuloso; la realidad es sólo un defecto del que adolecen ciertos hechos del pasado. Los menos, felizmente.

Pero estoy divagando. Me queda poco tiempo y pronto me llamarán para entrar a la Cámara. Me presentaré. Soy el último de los hombres incompletos; esto basta. Mis hijos —perdón, es la costumbre— nuestros hijos serán los primeros verdaderos hombres. Serán los últimos.

Claro que no es un privilegio que sea yo quien redacte esta noticia. En las antesalas de veinte mil cámaras prodigadas por todo el planeta, hombres parecidos a mí —los elegidos entre la muchedumbre humana por su ineptitud para ganarse la vida de modo honrado, tara que los ha inclinado a diversas variantes del periodismo— redactan o pulen sus versiones de lo que han dado en llamar La Declaración, paradójicamente inspirados en aquel feo período de la historia durante el cual la humanidad aún tenía ilimitada fe en su porvenir. Se sabe que yo no soy periodista, pero tampoco un historiador debería avergonzarse de que su objeto profesional consista apenas en una hinchada colección de primeras planas. Después de todo fue Heródoto quien inventó la primicia.

¿Debo describir la Cámara? Es lo que hacen mis colegas. Me pregunto si el jurado considerará aceptable mi versión si omito lo rectilíneo, lo visible, lo que será desmenuzado y repetido en veinte mil veces cinco carillas (el límite que se nos ha sugerido: ahora todos estamos dispuestos a aceptar límites). Bien, la Cámara es un pequeño recinto en el que cabe un hombre de pie. Versiones primitivas obligaban al usuario a recostarse en una especie de sarcófago, en una posición de connotaciones demasiado claras. Hoy uno puede tener un aspecto activo y sano cuando elimina todas sus cuitas con el futuro. A la altura de los genitales hay un irradiador: sencillo, dirán los divulgadores científicos; complejo, los menos entusiastas. En mi opinión, es un vulgar emisor de radio. Los detalles de frecuencias y alcances han merecido demasiadas páginas y premios Nobel y, en unas y otros, los ánimos se han mostrado laudatorios primero y después inspiradamente suspicaces. Se nos ha dicho que la irradiación es una especie de vacuna, que salvará nuestra vida y la de nuestros hijos. Es verdad; pero la verdad, ya lo digo, es con frecuencia accidental y casi siempre irrelevante.

Tras darle una constitución a Atenas, Solón se escabulló de allí durante diez años para que los atenienses —que habían jurado obedecerla— no lo obligaran a hacerle modificaciones. Los patrocinadores de las cámaras han actuado bajo parecida desconfianza en los hombres y fe en los hechos consumados. Lo cierto es que cada Cámara produce (además de la curación) una diferida aunque irreversible infertilidad. No los aburriré con pormenores de genes ligados al sexo, cromosomas YY, moscas de la fruta o tardías reivindicaciones de Gregor Mendel y sus arvejitas, dado que tantos otros se están esmerando en tal sentido. Me basta lo fundamental: algo en la dote genética que daré a mi prole portará la incapacidad de producir espermatozoides activos. Como todos los hombres, tras la irradiación yo podré tener hijos, pero jamás nietos.

Con dificultad imagino (supongo que miento: nadie puede imaginar) la inmensa confusión que habrían engendrado las cámaras si éste, su verdadero propósito, hubiera sido puesto al alcance del público. Me hago cargo de los bajos medios que han sido empleados para mantener el secreto.
Yo no siento culpa. Cuento veintiún años y una educación privilegiada, y me dispongo a vivir una vida larga y provechosa. Difundida La Declaración entre la generación que nos sigue, habrá en ella quien juzgue que en algún lado se ha cometido un abuso, pero, por supuesto, en poco tiempo más —medio siglo a lo sumo— no quedará nadie para juzgar nada.

¿Que cómo se convenció a los reacios? Nunca los hubo. Las cámaras son, naturalmente, el resultado final de un proyecto social de enorme alcance. No puede uno simplemente ir donde un macho y pedirle que se dé un baño de radiación en los testículos. No puede ir uno donde un cristiano y crearle sin necesidad una duda a caballo entre el aborto y el suicidio. Hay que recurrir a la astucia, y ésta siempre ha recomendado recurrir a la parsimonia.

Aquello comenzó a principios del siglo XXI, pero hay primeras planas que insinúan que ya a fines del XX se trasteaba con la idea en diversos laboratorios. Había que estudiar la reacción masiva a epidemias de transmisión por vía genital. Los estudios indicaron que, dada la suficiente sofisticación de las relaciones sociales, la totalidad de los varones estaría dispuesta a vacunarse contra un virus (creado in vitro y fiel colaborador) mediante la irradiación. Recuerdo lo verosímil de los primeros fracasos, el celebrado hallazgo del gen culpable, las publicitadas honduras presupuéstales, las campañas alegres o agresivas. En el mejor momento se levantó sospechas a propósito. Se insinuó a oídos receptivos que todo era un engaño, que el propósito era la esterilización de la humanidad. Nadie hizo mucho caso a quienes se atrevieron a publicar un desvarío tan desmesurado, de modo que se moderaron las hipótesis: se trataba tan sólo de esterilizar a los chinos, total estaban casi extintos. A los judíos, siempre tan a la mano cuando se trata de inventar conspiraciones. A los portugueses. A los zurdos. O bien, la intención era crear una raza superior conformada exclusivamente por budistas, los únicos capaces de soportar el tormento de la irradiación. ¿Qué no se ha dicho de las cámaras en la pasada década? Tengo dos archivos llenos.

Claro, la gente informada sabía que ésas eran tonterías, que a las cámaras se ingresaba para vacunarse —uno y su descendencia— contra el mortal virus y que, tras cinco indoloros segundos, podía uno irse en paz. Alcanzado el punto en el que la gente informada era mayoría, los insensatos y vendedores de tonterías se disiparon por falta de mercado. Cuando este informe sea leído, hará varios años que todos los hombres del mundo hayamos pasado por las cámaras. Como los atenienses del Siglo de Oro, tendremos que aceptar lo dado. Y lo dado —la irreversible extinción de la especie humana— es hermoso. Permítaseme intentar una poco usual defensa de esta tesis.

Mis colegas circunstanciales han de estarse centrando en los aspectos técnicos, religiosos o legales del tema, según sus propias limitaciones o capacidades. Los más pintorescos sin duda son los que explotan el ángulo milenarista. Sé de uno que titula su informe ¿Para qué una Segunda Venida de Cristo? y de otro que, arrebatado además por la hípica o el fútbol, propone Walk Over al Juicio Final. Mis propias y notorias carencias han terminado por inspirar un enfoque algo falto de color, pero quiero creer que dotado de la perspectiva que ofrece el examen profesional del persistente pasado.

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Enrique Prochazka
Nació en Lima en 1960, estudió Filosofía y Antropología en la Pontificia Universidad Católica del Perú, Ha publicado trabajos de investigación sobre el pensamiento anarquista de Max Stirner y ensayos de interpretación acerca de Ludwig Wittgenstein y Hegel, además de notas y artículos de opinión en publicaciones peruanas y extranjeras.

Montañista y fotógrafo, su trabajo literario ha merecido el primer premio del concurso El Cuento de las Mil Palabras de la revista Caretas de Lima. También ha obtenido menciones en los certámenes Copé de Cuento de la empresa Petróleos del Perú, Ricardo Palma de la revista Meridiano y en el convocado por la Asociación Peruano-Japonesa.

En sus propias palabras Prochazka considera que: ... "Escribir estas historias, por supuesto, no ha sido el acto de un valiente; tal vez lo sea publicarlas. Mi formación ha sido filosófica y conozco apenas de literatura. Sé lo poco que hace falta para entender que éstos son lo que entre nosotros con facilidad se llamarían, eso sí, cuentos borgianos, Borges leía a Schopenhauer, a Thomas de Quíncey, a Swedenborg, a los gnósticos, a Homero y a todos los demás y, de pronto, escribía sobre gauchos. Yo he leído a Asimov, a Sturgeon, a Epicuro, a los folcloristas rusos, a Schopenhauer, a los cínicos, a Homero y —ventaja enorme— a Borges, y he escrito sobre lo que me ha parecido mejor. Si en ese trayecto paso por ser un mal y tardío copista del maestro, quizá se deba a que he usado las mismas frases y ritmos que él robó a sus mayores. Siempre se tratará de un hurto inteligente; los libros más personales son centones.
He aquí pues cuentos borgianos, sí, pero porque son (como aquellos suyos) schopenhauerianos, homéricos, kafkianos, gnósticos. No tengo prisa en diferenciarme de esa humanidad: lo harán los años y el peligro. Pero no los de Borges, que él obtuvo anhelándolos de la literatura, sino los míos propios, vividos y temidos."
Un único desierto
Col. Terra Incognita
Serie Narrativa
Australis
Lima, Marzo 1997

Índice
.- Presentación
.- Orbis Tertius

.- El premio
.- Conquistador
.- Acero
.- Los dos monstruos
.- La mano de Kazka
.- Dios
.- Cáucaso
.- Taylor
.- El breve mar
.- Hallazgo de la fruta
.- 2984
.- Happy End
.- El porquerizo
.- A modo de explicación

.- Testamento
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